jueves, 2 de octubre de 2014

Tren (Txema)


Nota aclaratoria

Esta “Nota aclaratoria” -como así he decidido llamarla- forma parte del ejercicio narrativo. Quiero decir que éste es un ejercicio experimental, y como tal, no es únicamente un cuento, o un fragmento de una novela, o un poema sino que pretende mostrar las infinitas capacidades de un posible escritor -en este caso, yo mismo-. Por este motivo la nota, aunque va en cursiva, es ya parte del ejercicio. 

El texto llamado “Viaje suizo”, que viene a continuación de la “Nota aclaratoria”, sucede en un trayecto de tren entre las poblaciones suizas de Zemartt y Visp en el cantón de Valais. Es un texto incompleto, sin final, y como ya se dijo, experimental. Uno de los personajes, y no el principal, es una chica que tiene la curiosidad de ser físicamente igual a otra que el autor -yo mismo- encontraba muchas mañanas en el Raval. 

(Esta frase que acabo de escribir puede resultar difícil de entender, y como es una frase importante, he preferido pararme aquí, entre paréntesis, y comentarla: “Uno de los personajes, y no el principal, es una chica que tiene la curiosidad de ser físicamente igual a otra que el autor -yo mismo- encontraba muchas mañanas en el Raval”. Lo que quiero decir es que durante una época de mi vida, por las mañanas, me encontraba a una chica por las calles del Raval, y esa chica, o más concretamente el físico de esa chica, lo he utilizado para un personaje de “Viaje suizo”.)

La chica del Raval tenía el aspecto que tienen tantas chicas del norte de Europa: era delgada, de estatura normal, ni alta ni baja, aunque quizá tirando a alta, tenía los ojos azules, llevaba el cabello rubio siempre recogido en una coleta, vestía tejanos y nunca usaba tacones, solía ir con zapatillas deportivas. Tenía la peculiaridad que casi siempre iba acompañada de personajes estrafalarios que hacían resaltar todavía más su belleza, porque era una chica realmente bella. De vez en cuando, de forma casual, en nuestros encuentros matinales nos cruzábamos las miradas. Nunca nos dijimos nada, tampoco teníamos nada que decirnos. Eso sucedió hace bastantes años -más de diez-, y a decir verdad, yo había olvidado a la chica por completo. 

Pero hace dos veranos, un día de mediados de julio del año 2012, me sucedió un hecho extraño. Iba en tren -por eso esta “Nota aclaratoria” también tiene relación con el tema- de Barcelona a Girona para ver a un amigo, cuando descubrí en mi vagón, dos asientos más allá, a un chica que se parecía a ella. No es que se pareciera, es que era ella. Estaba leyendo un libro de J.M. Coetzee que no pude identificar porque el título estaba en un idioma desconocido para mí. Me acerqué, sin dudarlo, y me presenté en catalán. Me contestó en catalán con marcado acento extranjero, y me dijo que se llamaba Ellen. No se mostró extrañada, e incluso le pareció bien que me sentara a su lado. Me contó en un catalán fluido que era finlandesa, pero que llevaba quince años viviendo en Cataluña, los últimos tres en Girona donde daba clases de informática en un instituto. Para mí estaba claro que era la misma persona que tantas veces me había encontrado por el Raval, pero cuando le planteé la duda, me dijo que ella nunca había vivido en Barcelona, y que justamente en esa época estudiaba y trabajaba en Vic y que únicamente iba a Barcelona algunos fines de semana a casa de unos amigos. Seguimos hablando, la conversación era amena, confesó ser una lectora adicta, y en especial de Coetzee. Yo le hablé de mis gustos literarios, le conté que tenía un hijo y que intentaba escribir una novela. Se interesó por mi blog, le di la dirección y en la estación de Girona nos separamos después de darnos dos besos y un abrazo.

Unos meses después, ya era otoño, recibí un mensaje en catalán en mi blog en el que alguien con el pseudónimo de “Raval” me felicitaba por mis posts. Le pedí a “Raval” que me escribiera a mi correo personal -a través del blog nunca puedo saber el mail de la persona que me escribe-, que también aparece en el blog, y me dijera, si le apetecía, su identidad. Unos días después recibí un mail de Ellen en el que me aclaraba que ella era “Raval”, pero que no era aquella chica que yo había visto años atrás y que simplemente había usado el pseudónimo para hacer una broma. El caso es que una tarde quedamos en Barcelona, dimos una vuelta por el barri Gòtic, tomamos varias cervezas en diversas terrazas, se hizo tarde y la invité a cenar a mi piso. Ellen aceptó la invitación con naturalidad. 

(Ellen, como ya he dicho, se ajustaba al milímetro a la descripción de aquella chica que durante un tiempo veía en el Raval, y que es una de las protagonistas del texto “Viaje suizo”, pero lógicamente con unos años más.) 

Improvisé un cena sencilla con lo que tenía en la nevera, abrí una botella de vino que me habían regalado, puse música y aquella noche hicimos el amor por primera vez. Sin darme cuenta, casi sin pensar, empecé una relación con Ellen. Una relación en la que yo supe desde el principio, de una manera certera, que cada vez me enamoraría más de ella. Ellen se mostraba feliz, receptiva, pero no era del todo clara. Escondía cosas que yo descubría: se suponía que no había vivido en Barcelona, sin embargo una amiga suya me explicó en una cena, de casualidad, que le encantaba el piso que tenía Ellen en Barcelona. No quise dar importancia al comentario, y ni tan siquiera se lo comenté. Ellen siguió trabajando en el instituto de Girona, yo trabajaba de free-lance en Barcelona, aunque la  mayoría de semanas pasaba la mitad de los días con ella en Girona. Durante estos viajes, yo solía coger el tren de Barcelona a Girona, pasaba indefectiblemente de la euforia a la tristeza pensando en nuestra relación. El amor me estaba quemando como el hielo. 

(Reconozco que esta “Nota aclaratoria” se está saliendo del ejercicio, pero para eso está el texto “Viaje suizo”.) 

La cuestión es que un día de abril, cerca ya de Sant Jordi, caminábamos por la calle Carme cuando se nos acercó un mulato alto con rastas y le dijo: “Hola Aspen, ¡cuánto tiempo!, ¿qué haces por aquí?”. Ellen dijo con voz seria que ella no se llamaba Aspen, y trató de continuar caminando. El mulato la cogió del brazo, y le dijo que a qué venía esa comedia. Yo, por supuesto, no sabía qué hacer. Ellen incluso trató de golpear al chico, que no paraba de reírse de ella. Finalmente el chico se fue, no sin antes gritar: “antes bien que te gustaba chupármela”. Unos metros más allá, Ellen se puso a llorar. Me acusó de cobarde, y de no haberla sabido defender. 

Esa noche ya no dormimos juntos, y nunca más lo volvimos a hacer. Ellen juró que no conocía al chico, que no se llamaba Aspen y yo estuve varios meses deprimido. 

Viaje suizo          

Era un domingo por la tarde de finales de octubre, el tren de las siete de Zermatt a Visp avanzaba rápido por la vía camino de Täsch. Aunque las temperaturas nocturnas rondaban los cero grados, las primeras nevadas todavía no habían hecho su aparición en las zonas bajas del valle; solo las cimas relucían brillantes. Los vagones estaban repletos de turistas bulliciosos que regresaban satisfechos después de haber pasado un fin de semana maravilloso en la montaña. La climatología había sido excelente -era uno de los temas más comentados-. Una señora mayor con marcado acento del norte de Alemania, visitante habitual, según sus propias palabras, del Grand Hotel Zermatterhof -uno de los más prestigiosos-, explicaba que ella y su marido nunca habían encontrado unos días tan soleados y cálidos en esa época del año. Los excursionistas expertos habían podido medirse con las cimas más deseadas como el Monte Rosa o el Matterhorn; era fácil distinguirlos debido al material de alta montaña y los rostros quemados con la típica marca blanca de las gafas de sol. Los excursionista de sofá, como le gustaba a Whilhelm Holt ridiculizarlos, habían podido ascender con el tren de Gornergrat hasta los 3000 metros y disfrutar de la visión de los glaciares en toda su plenitud. Dentro de esa categoría estaban incluidos los japoneses que ocupaban casi al completo uno de los vagones; uno de ellos, el guía del grupo, llevaba una caña con una banderola en lo alto. Había sido un fin de semana de cielos azules, algo no demasiado habitual en el valle alpino. 

Desde la visión nocturna que pudiera tener una vaca que descansa en un prado de las montañas, o la de un águila que planea sujetada por las corrientes, los vagones ofrecían el aspecto de un gusano de luz enorme que atravesaba el fondo del valle junto al curso del río Gornera. Claro que para los animales los ríos no tienen nombre, pero sin duda ellos saben distinguirlos. Un frente de nubes negras procedente del mar del norte, de la zona de Francia o los países bajos -si es que las nubes entienden de países-, estaba irrumpiendo por detrás del circo de montañas anunciando un cambio drástico del tiempo. A lo lejos el cielo se iluminó y se escucharon los primeros truenos. En ese momento el tren redujo la velocidad, y entró en la estación de Täsch. 

Whilhelm Holt y François Kellerman mantenían en francés una conversación animada sobre envases y etiquetas de agua mineral. El primero era el hijo mayor, y casi con toda seguridad futuro presidente -tenía una hermana de tres años del segundo matrimonio de su padre- del imperio de bebidas de un conocido empresario bávaro. El holding internacional poseía incontables marcas de agua, bebidas y zumos distribuidos por todo el mundo. Por supuesto, Whilhelm Holt no le había facilitado esta información a François Kellerman al que había conocido la noche antes en el restaurante del hotel. Simplemente le había comentado que se dedicaba al diseño de packaging para marcas de agua. A Whilhelm Holt la dirección del negocio no le interesaba lo más mínimo, pero le entusiasmaba coleccionar y analizar las botellas y etiquetas de agua. Estudiaba cada envase minuciosamente: el color, la forma, el tamaño, la abertura; las etiquetas: el estilo de las ilustraciones, el contenido de los textos, las tipografías; y la composición del agua. Era el responsable de packaging de las marcas de agua -la compañía contaba con más de veinte en diversos países de Europa-. La mayor parte del trabajo lo hacían estudios externos, pero él se ocupa personalmente de dirigir las líneas maestras. Cada año su departamento creaba nuevas marcas o rediseñaba antiguas. Había analizado más de tres mil botellas y etiquetas de todo el mundo, muchas de ellas ya no estaban en el mercado, y conocía los gustos de los consumidores según las zonas geográficas: en los países mediterráneos preferían colores rojos y tipografías frías; en el norte se decantaban por tonos marrones y tipografías artesanales. Gracias a ese instinto, sin duda relacionado con su sensibilidad hacia la pintura herencia de su madre -muerta en Córcega hace tres años en extrañas circunstancias. Apareció ahogada en una playa sin que se supiera si había sido un accidente, se había suicidado o la habían asesinado-, Whilhelm Holt había conseguido reflotar varias marcas que la compañía daba por hundidas. Ese fin de semana había acudido a Zermatt porque un conocido le había informado que en un restaurante servían un agua mineral belga que él todavía no conocía, la marca en cuestión se llamaba “Chaudfontaine” y utilizaba la imagen de un pájaro blanco que se elevaba del agua y con las patas creaba una espuma. Una botella sin abrir descansaba en el fondo de su maleta protegida por un plástico duro.  

El padre de Whilhelm Holt era un calvinista severo y estricto, ajeno a cualquier veleidad artística, pero que sentía, curiosamente, una gran admiración por su hijo. Pese a que era una persona de hábitos cambiantes, concepciones vitales más bien anarquistas e incapaz de seguir ningún horario. El padre confiaba tanto en su criterio, que, aunque su cometido se centraba en el área del packaging de las marcas de agua, en la compañía no se aprobaba ninguna estrategia de comunicación que no hubiera sido supervisada por Whilhelm Holt. Lo cual, a pesar de que contaba en su departamento con un equipo de doce personas, y que la tecnología le permitía controlar y dirigir los procesos desde cualquier lugar, le ocupaba una enorme cantidad de tiempo. Demasiadas veces se había negado a utilizar el avión privado de su padre para acudir a una reunión, aunque en otras ocasiones se había visto obligado a embarcarse. Whilhelm Holt era un tipo sencillo que prefería alojarse en hoteles confortables, pero secundarios, que en los hoteles lujosos donde se reúnen los potentados europeos o americanos, personas por las que no sentía ninguna simpatía y a las que consideraba tremendamente vanidosas, aculturales, egocéntricas y aburridas. Alguien que lo acabara de conocer, como era el caso de François Kellerman, no sospecharía en absoluto que la persona con la que estaba hablando era el heredero de una de las quince fortunas de Europa. 

(Esta descripción tan larga del personaje de Whilhelm Holt es necesaria para el tipo de texto que estoy escribiendo, es decir, es necesaria para el tipo de ejercicio experimental que quiero desarrollar, aunque al final la historia no vaya de momento a finalizar. El estilo de narrador omnisciente que lo ve todo y penetra en la psicología de los personajes es muy del siglo XIX, un tipo de narrador que al autor -yo mismo- le apasiona. Y que muchos autores del siglo XX también han utilizado, se me ocurre por ejemplo Thomas Mann. Este tipo de acotaciones entre paréntesis, metaliterarias, en las que un supuesto autor -yo mismo- habla al lector, son las propias de un texto experimental, diversos autores también las han usado, por ejemplo Georges Perec, J.M. Coetzee o Paul Auster. Y forman parte de este ejercicio porque en definitiva son un relato sobre el relato. Más adelante entraré en la cuestión del autor y de ese “yo mismo”.)

Whilhelm Holt estudió bellas artes con excelentes calificaciones, primero en Munich y los dos últimos años en Barcelona. Tenía mano para la pintura, realizó dos exposiciones en galerías de conocidos de la familia en París y en Zurich, pero, a pesar del éxito de ventas y de crítica obtenido, no se sintió satisfecho con su trabajo, y decidió que pintaría en la intimidad, solo para él. Más adelante, y pensando en la compañía de su padre, volvió a Barcelona, ciudad que adora, y cursó un Master de Packaging en una escuela de diseño. Su sueño era instalarse en la ciudad mediterránea, pero no sabía qué excusa darle a su padre para poder instalarse allí. Las prioridades de la compañía no están en el mercado español. Siempre había pensado que el amor por una catalana sería una buena excusa, pero en su caso existía un problema. Sus preferencias amorosas se centraban únicamente en los hombres. Y su padre era un calvinista militante que en infinidad de ocasiones había hablado de la homosexualidad como de una enfermedad. Si Whilhelm Holt se hubiera atrevido a confesárselo, eso hubiera acabado al instante con la excelente relación que mantenían; algo que él no deseaba. Por lo que, a ojos de su padre, era un soltero exigente de treinta y siete años difícil de casar; y sus escasos devaneos amorosos, se desarrollaban, como sus cuadros, en la más absoluta intimidad. 

El tren, y en concreto el vagón en el que viajaban Whilhelm Holt y François Kellerman, se vació de pasajeros en la estación de Täsch. Afuera llovía. Resultaba evidente por el ruido de las gotas golpeando la cubierta de la estación. El grupo de japoneses caminó en fila por el andén siguiendo al guía de la bandera. La señora adinerada, turista habitual de Zermatt, y su marido no se habían movido de sus asientos que estaban en el mismo vagón que el de nuestros dos protagonistas. Él dormía con la cabeza apoyada en el hombro de su esposa. Varios pasajeros subieron, unos minutos después el tren volvió a iniciar el camino de descenso. Todavía quedaban cuarenta minutos de trayecto hasta Visp. En este momento, la conversación entre los dos hombres había derivado hacia la impresión que tuvo François Kellerman al visitar una sala del Louvre donde se encontraban diversos cuadros de Jacques-Louis David. Le impresionó uno enorme, del que no recuerda el título, que reproduce a dos ejércitos de hombres desnudos y a varias mujeres que se interponen entre ellos levantando unos bebes frente a las lanzas. Whilhelm Holt le recuerda que la pintura en cuestión se llama “El rapto de las sabinas”, y coincide con él que ese cuadro, y en general las pinturas de Jean Jacques David, le dejan a uno sin aliento por su magnificencia. 

François Kellerman era un arquitecto ginebrino que hacía un año había acabado la carrera. Hacía prácticas en un prestigioso estudio de arquitectura de Ginebra que por desgracia apenas le pagaba, y tenía una alta consideración de sí mismo. Era fácil constatar, por la manera como trataba de introducir y defender sus opiniones, que se consideraba más inteligente que la mayoría de la gente, y que presuponía que gracias a su talento alcanzaría un futuro prometedor. No era el tipo de persona a la que se pudiera denominar modesta. Tenía esa manera de hablar desdeñosa respecto a los países meridionales, o las personas poco brillantes, tan propia de los jóvenes suizos educados en universidades elitistas. Whilhelm Holt conocía bien esas maneras, las había observado en decenas de jóvenes privilegiados, y le producían una mezcla de vergüenza ajena e indignación, pero prefería no contradecirle. Sin duda porque era diez años mayor, y también porque el arquitecto, que viajaba solo, empezaba a interesarle.  
- Aunque el pintor que me causa una sensación más profunda es un alemán contemporáneo de Jacques-Louis David y que también se llamaba David, Caspar David Friedrich. ¿No sé si ha visto alguna de sus pinturas? -comentó Whilhelm Holt-.
- No, la pintura alemana del siglo XVIII no es uno de mis fuertes.
- Si tiene la oportunidad, debería buscar un libro de él. Es un pintor sorprendente. Fue el precursor del cómic y de los paisajes góticos con brumas e iglesias derruidas. Hay un cuadro muy famoso, es posible que lo haya visto, se titula “El vagabundo frente a un mar de niebla”, en él aparece un hombre de media edad de espaldas frente a un acantilado lleno de nubes. 
- ¡Esa pintura!, ¡esa pintura de Caspar David Friedrich simboliza el destino del hombre, y por supuesto también de la mujer! -gritó en alemán un anciano gigante que acababa de entrar en el vagón por detrás de ellos, y que sin duda había escuchado la conversación, al menos la descripción del cuadro-.
- ¿Entonces conoce la pintura? -preguntó sorprendido Whilhelm Holt.
- Mire joven, yo veía los cuadros de Caspar David Friedrich en un museo de Hamburgo y leía poemas de Hölderlin antes de que sus padres aprendieran a caminar.

El anciano vestía el traje típico de la zona: chaleco marrón con cenefas y flores, camisa blanca, pantalones cortos marrones, medias blancas largas y botas negras de montaña. Parecía venir de alguna fiesta popular. Se quitó el sombrero con pluma como si saludara y se sentó justo enfrente de los dos hombres, y al lado de una chica de la que todavía no hemos hablado. La chica, que desde que habían salido de Zermatt no había levantado la vista de un libro que tenía entre las manos, se sobresaltó ante la presencia del anciano. François Kellerman, que ya se había fijado en ella, sabía que leía “Las ilusiones perdidas” de Balzac en francés. Y no solo se había fijado en el libro, sino que había descubierto que calzaba unos zapatos finos y planos -poco apropiados para la montaña-, y se había dado cuenta que balanceaba un pie y jugaba con el zapato descalzándose intermitentemente, lo que le produjo una punzada de erotismo creciente, porque de una manera inconfesable, François Kellerman sentía predilección por los pies femeninos. Pero el interés principal, de donde arrancaba el resto del interés, no era ni el libro ni el movimiento del pie, sino, como sucede en casi todos los casos: el rostro y la mirada azul. Y es que la chica tenía uno de esos rostros angelicales tan característicos de algunas mujeres del norte que resultan irresistibles para determinados hombres del sur. 

(Olvidé decir que la madre de François Kellerman era griega, y que él había heredado su genética mediterránea: tenía una cabellera negra abundante y ondulada, una tez blanca y unos ojos negros. Este dato podría resultar paradójico en relación a su desdén hacia los países meridionales, pero la realidad es que su madre había perdido todo contacto con su familia griega y se había nacionalizado suiza. Debido a unas dramáticas circunstancias, que François Kellerman desconocía, Helena Satrapo, que así se llamaba la madre antes de casarse, tuvo que huir de Grecia y pedir asilo en Suiza porque su vida peligraba. Su padre -el abuelo griego de François Kellerman- y su hermano -el tío griego de François Kellerman- fueron condenados a veinticinco años de prisión por ser responsables de una estafa con una lotería que nunca daba premios. Durante un tiempo, la policía griega sospechó, debido al ritmo de vida que llevaba, que Helena Satrapo disfrutaba en Suiza de parte del botín, pero debido al hermetismo de los bancos suizos nunca pudo demostrarse.) 

El anciano, que daba muestras claras de embriaguez, empezó a cantar una canción en un idioma incomprensible. Movía las manos enormes como si dirigiera una orquesta, y la chica -que como ya he descrito tiene el aspecto de la chica de la “Nota aclaratoria”- que estaba a su lado apretada contra la ventana empezó a sentirse realmente molesta. Estaba a punto de levantarse para cambiar de asiento, cuando Whilhelm Holt se dirigió en alemán al anciano.
- Perdone, ¿esa canción que canta es una canción tradicional catalana, no?   
- Clar, jove, el català, la llengua que només els catalans estimen -contestó el anciano en un catalán correcto, pero con marcado acento alemán.
- I a on ha après a parlar català, vostè? -le preguntó Whilhelm Holt también en catalán.
El anciano soltó una carcajada, y varios salivazos salieron disparados de su boca. Afuera la lluvia golpeaba los cristales, pero los cuatro no parecían prestarle atención.
- El català només es por aprendre a Catalunya, també el parlen a les Illes Balears i a València, però allá no he estat mai -contestó el anciano-. Mi mujer -está vez habló en alemán, y utilizó un tono de voz más grave- era de Banyoles, en la provincia de Girona. No sé si lo conoce, es un lugar bonito. Hay un lago famoso rodeado de bosques. Estuvimos casados veintiocho años, murió hace dos años de cáncer -la cara del anciano se entristeció de repente-. Ella era cocinera, sabía cocinar…

La chica había dejado de leer y escuchaba atenta las palabras del gigante pintoresco. François Kellerman sintió la necesidad de intervenir.
- Supongo que en el cielo debe haber encontrado la calma que a veces falta aquí -dijo en francés.
- Ya veo que es usted creyente. Tan joven y tan confundido -le respondió en alemán el anciano.
- ¿Qué quiere decir? -preguntó algo indignada de repente la chica, también en francés.
- Perdonen que no hable francés, lo entiendo, se parece al catalán, pero nunca he conseguido hablarlo bien. Las personas religiosas no tienen fe, solo buscan seguridad. Las personas que tenemos fe no necesitamos a las religiones, pero a veces nos sentimos inseguros. La religión es una narración, pero Dios es otra cosa…

Whilhelm Holt que había estado mirando por la ventana, aunque había escuchado atentamente la conversión y había sentido una profunda tristeza al acordarse de su madre muerta, preguntó:
- ¿Qué entiende usted por Dios?
El anciano se lo quedó mirando fijamente. Tenía la barba blanca frondosa como la de Papá Noel y unos ojos verdosos de mirada inquietante. Sacó del chaleco una pequeña botella con un líquido oscuro. Les ofreció un trago, que ninguno aceptó, y dio un sorbo largo. Se limpió la boca con el dorso del brazo, puso una de sus manazas en la pantorrilla de Whilhelm Holt y contestó:
- Dios, Dios, maldita palabra. ¿Qué podemos saber de Dios? -les miró como si esperara una respuesta, pero ninguno de los tres contestó-. Dios es aquello que nunca podrá ser definido porque es lo desconocido.
- ¡Bravo, muy filosófico! -contestó en francés con tono irónico la chica, que estaba claro que entendía el alemán, aunque no lo hablaba-, ¿pero si no lo podemos conocer como sabemos que existe?
- Es que Dios no existe -concluyó el anciano.
- Si ésa es su conclusión nietzscheana, de verdad, me ha desilusionado -concluyó Whilhelm Holt.

El tren hizo un movimiento inesperado, el vagón se agitó, y por unos segundos se fue la luz. Pero pronto la tecnología recobró la normalidad a la que nos tiene acostumbrados, y el tren siguió circulando ajeno a la discusión y a la lluvia.
- Las cosas que existen son las que conocemos -trató de sentenciar el viejo que a ratos hablaba con desgana. 
- Pero conocemos a los dragones que vuelan y lanzan fuego por la boca, y a los unicornios, y sin embargo no existen -afirmó con entusiasmo François Kellerman, como si hubiera pillado al anciano en falta.
- Es que los dragones y los unicornios existen, sino no podríamos hablar de ellos y entender de lo que estamos hablando. Yo no puedo decir que un unicornio no tiene un cuerno en la frente, porque entonces no sería un unicornio. O debería decir que es de una especie de unicornios que no tienen cuerno, con lo cual ya estoy afirmando que en general sí que lo tienen -dijo el anciano.
- Pero oiga, déjese de cuentos, ¿eso que tiene que ver con Dios? -Whilhelm Holt empezaba a impacientarse con el exceso de sofística que manejaba el anciano.
- Dios es el ser sin atributos conocidos, por eso las religiones mienten cuando hablan de él y dicen cómo es y lo que piensa. Jóvenes, reflexionad sobre esto: Dios es, y solo puede ser, lo desconocido para el ser humano. Pero esa forma suya de ser, desconocida, oscura, oculta, es la más enorme, absoluta y eterna porque el ser humano apenas conoce nada. Y lo más valioso que conocemos, no lo olvidéis, es que Dios es lo desconocido.

Dicho esto cerró los ojos y pareció que se ponía a dormir. Los otros tres se quedaron perplejos ante la actitud del anciano, pero decidieron ignorarlo. Sin embargo, François Kellerman que era un católico convencido, se sentía obligado a seguir preguntando.
- Perdone -le dijo tocándole un brazo para despertarlo de la fingida modorra-, ¿nunca ha pensado que las religiones, no digo todas, pero quizá algunas, contengan partes del mensaje divino destinado a la humanidad?
- Me dan ganas de volverme a dormir. Joven, ¿qué ha estudiado? -esta vez el anciano, como si quisiera hacerse entender, habló en francés.
- Arquitectura en la universidad de Ginebra -respondió François Kellerman con cierto temor.
- ¡Parece mentira que se dedique a diseñar edificios y tenga la cabeza tan poco amueblada! -exclamó indignado, esta vez en alemán.
Este comentario hizo reír a Whilhelm Holt y a la chica que claramente no eran religiosos.
- ¿Qué quiere decir cuando dice que Dios nos envía mensajes o que selecciona a determinadas personas para recibirlos?
- Me refiero por ejemplo a la Biblia -con esta respuesta contundente François Kellerman creyó ganar algo del terreno perdido.
- Hasta donde yo sé, la Biblia es un libro escrito por personas de carne y hueso. Si fueron inspirados, es algo habitual; todos los escritores reciben inspiraciones. Ahora bien, que esas inspiraciones sean divinas, ¿qué significa eso? ¿Que unas son divinas, y otras no?, ¿por qué?, ¿quién puede saberlo?, ¿quién conoce tanto a Dios -quién conoce tanto lo desconocido- como para decir esto me lo dice Él?

François Kellerman se sintió indignado. Una ola caliente de irritación ascendió por su cuello e inundó sus mejillas. Notó que estaba tan indispuesto que iba a perder la compostura. Se disculpó, se levantó y se dirigió al lavabo. Por el camino fue meditando las palabras del viejo loco, y por más que intentaba ponerse en su lugar, no alcanzaba a comprender el significado de “Dios es lo desconocido”. 

(La historia por supuesto no acaba aquí, y es bastante probable que el autor -yo mismo-, la continúe. Me queda por decir que la chica se llama Esther Gobseck, y que después de ese viaje se hará amiga íntima del anciano. Qué tipo de intimidad será esa, ya se verá. Esther Gobseck perdió a sus padres en un accidente de coche el año anterior en la autopista que va de Ginebra a Lausana, no tiene hermanos, estudia filosofía en Ginebra donde vive con su abuela con la que no se lleva demasiado bien… El anciano, que vive solo, es un catedrático de metafísica retirado que está trastornado por la muerte de su mujer, vive en una cabaña cerca de Interlaken y necesita a alguien que pueda pasar al ordenador sus miles de papeles escritos a mano… Los dos hombres que eran los protagonistas aparentes de esta narración continuarán sus vidas, y hasta es posible que se vuelvan a ver, dado el interés de Whilhelm Holt por François Kellerman.)


(El autor -yo mismo-, como la mayoría de autores, es también una ficción resultado de la narración. ¿Quiere esto decir que la historia de la chica del Raval es mentira? A esta pregunta, no sé qué contestar.)

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