lunes, 20 de octubre de 2014

Traición (Ernesto)

Traición

Las  llagas comenzaban a martirizarle. La que le había salido en la juntura de la greba con la rodillera le hacía cojear, pero la peor era la del hombro donde se unían el peto y el espaldar. Cada golpe de mandoble le hacía ver las estrellas. Llevar la armadura de su padre le llenaba de orgullo, pero era una tortura. Y es que con aquellas pesadas armaduras la lucha se eternizaba hasta el agotamiento. Sólo entonces te permitías buscar el cuerpo a cuerpo para colar tu daga por los resquicios del acero. Hundir la hoja por debajo del brazo, en la obertura del sobaco, daba una muerte segura que acababa con tu suplicio y convertía e a tu adversario en un saco de chatarra. Mientras tanto dabas mandobles a diestro y siniestro, rezando a Dios para que fuera el otro quien se cansara primero.

Debían llevar horas en ese hombre a hombre absurdo. Había una fijación ciega en los dos contrincantes, como si el resto no existiera. A pesar de no conocerse, sus escudos de armas daban fe de una enemistad que se perdía en los anales del tiempo. En sus feroces embestidas habían abandonado el centro de la batalla y ahora se buscaban a trompicones entre las rocas y matojos de un cerro inhóspito. Los dos habían perdido sus cabalgaduras y hacía rato que caminaban doloridos con sus pesados escarpes nada preparados para las andaduras.


El calor era insoportable. El aire estaba cargado con el hedor a descomposición que llegaba desde el campo de batalla. La contienda duraba demasiado. No había odio para tanto. Pero allí seguían; matando.

Llevar aire a los pulmones se había convertido en una hazaña, a penas superada con cada bocanada. Eso daba a los caballeros una pulsión clara del tiempo que los mantenía en el aquí y ahora.

Entre embestida y embestida cada vez pasaba más tiempo. Necesitaban recuperarse del enorme esfuerzo que les suponía levantar sus espadas, dirigirlas, detener los golpes.

Observados desde fuera parecían no tomárselo en serio. Apartados del fragor de la batalla, descontextualizados en aquel cerro solitario hacían pensar mas bien en dos cómicos ensayando movimientos, como si no tuvieran intención de hacerse daño.

Después de una pausa que se hizo eterna los dos caballeros protagonizaron una inesperada arremetida. La acompañaron con un feroz alarido a dos voces, que resonó en el cargado ambiente como si viniera del hades. Los aceros se encontraron y sus armaduras chocaron con estruendo levantando una densa polvareda, que por unos momentos los engulló a los dos.

Cuando la nube de polvo se desvaneció, yacían en el suelo.

Uno de ellos se agitaba intentando zafarse del yelmo. Se estaba ahogando y necesitaba tragar aire.

El otro, con la visera levantada, emitía un sonido roto al respirar.

Los dos se quedaron allí  estirados en silencio, como si esperaran algo.  ¿Vendría por fin la muerte a rescatarlos? Poco importaba ya si era al otro a quien se llevaba o a ellos mismos.

El sudor escocía en las llagas abiertas de Don Pedro, pero él ya no lo percibía como algo concreto. Su cuerpo entero parecía una enorme llaga que palpitaba dentro de su prisión de acero. Arrancó como pudo las correas y se sacó la gola, el peto y la espaldera. Un escalofrío le recorrió el cuerpo, devolviéndole una porción de vida, que creía ya perdida.

Estirado allí, como detenido en el tiempo, sus ojos registraron el paso veloz de las nubes, y de los grajos anunciando a gritos la eminente tormenta. Le vinieron ganas de orinar. Se relajó y notó como un calor húmedo le cubría la espalda, llevándoselo muy lejos.

Don Ernique, por su lado, seguía inmóvil respirando  costosamente por la obertura de la visera, con los ojos cerrados, como si pretendiera retener en ese gesto la poca vida que le quedaba dentro.

Cuando cayeron las primeras gotas del cielo sus parpados temblaron. Eran unos goterones densos y pesados que parecían contener la densidad de los días de batalla. Don Enrique continuó con los ojos cerrados y se imaginó a él mismo en el rio de su casa paterna, donde la doncella lo desfloró con apenas 13 años.

Los dos perdieron la noción del tiempo. De la batalla solo llegaba hasta ellos un leve rumor amortiguado por el estallido sordo de las gotas sobre la tierra polvorienta, sedienta después de un caluroso mes de agosto. El ambiente era denso y extrañamente acogedor. Permanecieron largo rato en silencio.

- Se nos pasó el verano

Aquella frase, arrancó a Don Enrique de su amodorramiento. Un impulso involuntario lo predispuso a  coger su espada y saltar sobre su adversario, pero ningún músculo respondió a la orden.

Don Pedro intuyó el inútil esfuerzo y prosiguió:

- Como os llamáis?

- Enrique de Ayala y Lopez Quesada

Siguió un silencio

- ¿Y vos?

- Yo soy Pedro Ruiz de Alda Godoy, marqués de Areilza

Otro silencio sólo quebrantado por el graznido fúnebre de un cuervo. La lluvia caía ahora de forma liviana y constante, limpiando de polvo y sangre las corazas de nuestros guerreros.

- Tenéis vos razón. Se nos pasó el verano

- Y nuestra juventud en él

-Hablad por vos. Yo ya paso de los 28

-¿combatiendo, cuantos?

- 12

- Lo dicho

Don Enrique abrió la boca, dejando entrar el agua de la lluvia, que le pareció endulzada. Un placer ínfimo le invadió y dibujó una sonrisa estúpida en su rostro. Súbitamente el destello de un recuerdo le atravesó el pecho y transformó la sonrisa en carcajada. Reír dolía, pero curaba. Se sacó el casco. Su risa lo ensordecía. Encontró la mirada de Don Pedro, que lo observaba con la cabeza apoyada en una piedra

-No me lo imaginaba así

-Yo no imaginaba nada

-¿Y porque querías vos matarme?

-Para que no me dierais vos muerte

Ahora el que reía, era Don Pedro, pero la risa fue interrumpida por un dolor intenso y penetrante que le hizo vomitar. Entre escupitajos balbuceó:

- Ya lo estamos. Muertos, me refiero. Os lo suplico, rebanadme el pescuezo. Acabad con todo esto.

-Lo haría, si tuviera la fuerza. No me siento los brazos. Necesito reposo.

-Eso le estoy pidiendo

Don Enrique iva a decir : lo siento, pero no creyó que fuera necesario. Hizo un intento por incorporarse pero no tuvo éxito.

Los dos seguían tirados en el suelo, el uno a pocos metros del otro. Repartidas por el terruño las piezas brillantes de sus armaduras semejaban las escamas de un pez agonizante sobre la cubierta de una chalupa. La lluvia seguía cayendo sin estrépito amortiguando cualquier señal de vida. Por el cerro se iban formando pequeños torrentes de agua turbia.

De repente Don Enrique gritó al cielo

-¿Que  hacemos aquí? ¿ Por que luchamos?

-Reservad vuestra energía para mí

-Yo a vos no os conozco. Mi odio no tiene faz. ¿ por que luchamos? ¿Por quien?!!

Rompió a llorar. Sus lágrimas se perdían en la película de agua dulce que sin parar lavaba su rostro. No podía disfrutar la salinidad con sabor a cúrcuma que recordaba de besar las mejillas húmedas de su anciana madre. No hizo ningún esfuerzo por taparse. No dedicó ni el mas mínimo esfuerzo a ruborizarse. Lloraba abierta y quedamente mientras repasaba las muertes de tantos amigos y compañeros de armas; familiares; amantes.

- Vos sois todavía joven. Marchaos. Abandonad esta ceguera. Lo que las pestes no han podido lo acabaremos nosotros con nuestra soberbia. 

El llanto pareció vaciar a Don Enrique, dejando lugar a un nuevo impulso. No sin esfuerzo, se incorporó y ayudándose de su espada consiguió levantarse. Un leve mareo hizo que se tambaleara. Junto a él, yacía Don pedro, que no dejó de observarlo, con una pregunta en la mirada. Don Pedro no se movió. No hizo ningún amago de buscar la empuñadura de su espada. Mostró su pecho descubierto y sin dejar de mirarlo dijo:

- Acabad con esto Don Enrique

-Que Dios me perdone!

Cuatro mese mas tarde, los cuerpos de Don Pedro y Don enrique colgaban expuestos al vulgo en la plaza de armas del castillo de Armendariz. Fueron condenados por traición tras ser capturados dándose a la fuga. Ya poco importaba de que bando luchaban. Eran traidores a la causa de matarse y de matar sin preguntarse.




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