Traición
Las llagas comenzaban a martirizarle. La que le
había salido en la juntura de la greba con la rodillera le hacía cojear, pero
la peor era la del hombro donde se unían el peto y el espaldar. Cada golpe de
mandoble le hacía ver las estrellas. Llevar la armadura de su padre le llenaba
de orgullo, pero era una tortura. Y es que con aquellas pesadas armaduras la
lucha se eternizaba hasta el agotamiento. Sólo entonces te permitías buscar el
cuerpo a cuerpo para colar tu daga por los resquicios del acero. Hundir la hoja
por debajo del brazo, en la obertura del sobaco, daba una muerte segura que acababa
con tu suplicio y convertía e a tu adversario en un saco de chatarra. Mientras
tanto dabas mandobles a diestro y siniestro, rezando a Dios para que fuera el
otro quien se cansara primero.
Debían llevar
horas en ese hombre a hombre absurdo. Había una fijación ciega en los dos
contrincantes, como si el resto no existiera. A pesar de no conocerse, sus
escudos de armas daban fe de una enemistad que se perdía en los anales del
tiempo. En sus feroces embestidas habían abandonado el centro de la batalla y
ahora se buscaban a trompicones entre las rocas y matojos de un cerro
inhóspito. Los dos habían perdido sus cabalgaduras y hacía rato que caminaban
doloridos con sus pesados escarpes nada preparados para las andaduras.
El calor era
insoportable. El aire estaba cargado con el hedor a descomposición que llegaba
desde el campo de batalla. La contienda duraba demasiado. No había odio para
tanto. Pero allí seguían; matando.
Llevar aire a
los pulmones se había convertido en una hazaña, a penas superada con cada
bocanada. Eso daba a los caballeros una pulsión clara del tiempo que los
mantenía en el aquí y ahora.
Entre
embestida y embestida cada vez pasaba más tiempo. Necesitaban recuperarse del
enorme esfuerzo que les suponía levantar sus espadas, dirigirlas, detener los
golpes.
Observados
desde fuera parecían no tomárselo en serio. Apartados del fragor de la batalla,
descontextualizados en aquel cerro solitario hacían pensar mas bien en dos
cómicos ensayando movimientos, como si no tuvieran intención de hacerse daño.
Después de
una pausa que se hizo eterna los dos caballeros protagonizaron una inesperada arremetida.
La acompañaron con un feroz alarido a dos voces, que resonó en el cargado
ambiente como si viniera del hades. Los aceros se encontraron y sus armaduras
chocaron con estruendo levantando una densa polvareda, que por unos momentos los
engulló a los dos.
Cuando la
nube de polvo se desvaneció, yacían en el suelo.
Uno de ellos
se agitaba intentando zafarse del yelmo. Se estaba ahogando y necesitaba tragar
aire.
El otro, con
la visera levantada, emitía un sonido roto al respirar.
Los dos se
quedaron allí estirados en silencio,
como si esperaran algo. ¿Vendría por fin
la muerte a rescatarlos? Poco importaba ya si era al otro a quien se llevaba o
a ellos mismos.
El sudor
escocía en las llagas abiertas de Don Pedro, pero él ya no lo percibía como
algo concreto. Su cuerpo entero parecía una enorme llaga que palpitaba dentro
de su prisión de acero. Arrancó como pudo las correas y se sacó la gola, el
peto y la espaldera. Un escalofrío le recorrió el cuerpo, devolviéndole una
porción de vida, que creía ya perdida.
Estirado
allí, como detenido en el tiempo, sus ojos registraron el paso veloz de las
nubes, y de los grajos anunciando a gritos la eminente tormenta. Le vinieron
ganas de orinar. Se relajó y notó como un calor húmedo le cubría la espalda,
llevándoselo muy lejos.
Don Ernique,
por su lado, seguía inmóvil respirando
costosamente por la obertura de la visera, con los ojos cerrados, como
si pretendiera retener en ese gesto la poca vida que le quedaba dentro.
Cuando
cayeron las primeras gotas del cielo sus parpados temblaron. Eran unos
goterones densos y pesados que parecían contener la densidad de los días de
batalla. Don Enrique continuó con los ojos cerrados y se imaginó a él mismo en
el rio de su casa paterna, donde la doncella lo desfloró con apenas 13 años.
Los dos
perdieron la noción del tiempo. De la batalla solo llegaba hasta ellos un leve
rumor amortiguado por el estallido sordo de las gotas sobre la tierra
polvorienta, sedienta después de un caluroso mes de agosto. El ambiente era
denso y extrañamente acogedor. Permanecieron largo rato en silencio.
- Se nos pasó
el verano
Aquella
frase, arrancó a Don Enrique de su amodorramiento. Un impulso involuntario lo
predispuso a coger su espada y saltar
sobre su adversario, pero ningún músculo respondió a la orden.
Don Pedro
intuyó el inútil esfuerzo y prosiguió:
- Como os
llamáis?
- Enrique de
Ayala y Lopez Quesada
Siguió un
silencio
- ¿Y vos?
- Yo soy
Pedro Ruiz de Alda Godoy, marqués de Areilza
Otro silencio
sólo quebrantado por el graznido fúnebre de un cuervo. La lluvia caía ahora de
forma liviana y constante, limpiando de polvo y sangre las corazas de nuestros
guerreros.
- Tenéis vos
razón. Se nos pasó el verano
- Y nuestra
juventud en él
-Hablad por
vos. Yo ya paso de los 28
-¿combatiendo,
cuantos?
- 12
- Lo dicho
Don Enrique
abrió la boca, dejando entrar el agua de la lluvia, que le pareció endulzada.
Un placer ínfimo le invadió y dibujó una sonrisa estúpida en su rostro.
Súbitamente el destello de un recuerdo le atravesó el pecho y transformó la
sonrisa en carcajada. Reír dolía, pero curaba. Se sacó el casco. Su risa lo
ensordecía. Encontró la mirada de Don Pedro, que lo observaba con la cabeza
apoyada en una piedra
-No me lo
imaginaba así
-Yo no
imaginaba nada
-¿Y porque
querías vos matarme?
-Para que no
me dierais vos muerte
Ahora el que
reía, era Don Pedro, pero la risa fue interrumpida por un dolor intenso y
penetrante que le hizo vomitar. Entre escupitajos balbuceó:
- Ya lo
estamos. Muertos, me refiero. Os lo suplico, rebanadme el pescuezo. Acabad con
todo esto.
-Lo haría, si
tuviera la fuerza. No me siento los brazos. Necesito reposo.
-Eso le estoy
pidiendo
Don Enrique
iva a decir : lo siento, pero no creyó que fuera necesario. Hizo un intento por
incorporarse pero no tuvo éxito.
Los dos
seguían tirados en el suelo, el uno a pocos metros del otro. Repartidas por el
terruño las piezas brillantes de sus armaduras semejaban las escamas de un pez
agonizante sobre la cubierta de una chalupa. La lluvia seguía cayendo sin
estrépito amortiguando cualquier señal de vida. Por el cerro se iban formando
pequeños torrentes de agua turbia.
De repente
Don Enrique gritó al cielo
-¿Que hacemos aquí? ¿ Por que luchamos?
-Reservad
vuestra energía para mí
-Yo a vos no
os conozco. Mi odio no tiene faz. ¿ por que luchamos? ¿Por quien?!!
Rompió a
llorar. Sus lágrimas se perdían en la película de agua dulce que sin parar
lavaba su rostro. No podía disfrutar la salinidad con sabor a cúrcuma que
recordaba de besar las mejillas húmedas de su anciana madre. No hizo ningún
esfuerzo por taparse. No dedicó ni el mas mínimo esfuerzo a ruborizarse.
Lloraba abierta y quedamente mientras repasaba las muertes de tantos amigos y
compañeros de armas; familiares; amantes.
- Vos sois
todavía joven. Marchaos. Abandonad esta ceguera. Lo que las pestes no han
podido lo acabaremos nosotros con nuestra soberbia.
El llanto
pareció vaciar a Don Enrique, dejando lugar a un nuevo impulso. No sin
esfuerzo, se incorporó y ayudándose de su espada consiguió levantarse. Un leve
mareo hizo que se tambaleara. Junto a él, yacía Don pedro, que no dejó de
observarlo, con una pregunta en la mirada. Don Pedro no se movió. No hizo
ningún amago de buscar la empuñadura de su espada. Mostró su pecho descubierto
y sin dejar de mirarlo dijo:
- Acabad con
esto Don Enrique
-Que Dios me
perdone!
Cuatro mese
mas tarde, los cuerpos de Don Pedro y Don enrique colgaban expuestos al vulgo
en la plaza de armas del castillo de Armendariz. Fueron condenados por traición
tras ser capturados dándose a la fuga. Ya poco importaba de que bando luchaban.
Eran traidores a la causa de matarse y de matar sin preguntarse.
No hay comentarios:
Publicar un comentario