lunes, 6 de octubre de 2014

El tren (Larri)



¿De cuantas pieles estamos hechos? ¿Somos capaces de conocerlas todas? ¿Hasta dónde podríamos llegar si la situación nos invita?
“Al final, pase lo que pase siempre acabaremos defraudando a alguien”..., -pensaba Rita mientras las puertas se abrieron automáticamente delante de ella.


Rita era una mujer menuda, de mediana estatura más bien tirando hacia abajo. Morena de pelo y piel, con unos ojos oscuros muy bonitos. Llevaba el pelo largo a la altura de los hombros, lo tenía ondulado. No era demasiado guapa pero sí tenía atractivo o al menos lo había tenido hace tiempo.


Subió los tres escalones del tercer convoy con cuidado de no torcerse un tacón. Miró a su derecha y vio que el vagón no llevaba mucha gente, hecho que le sorprendió ya que a esa hora de la mañana suele haber más movimiento en el transporte público de una gran ciudad. Caminó a través del pasillo buscando algún grupo de asientos que estuviesen completamente vacíos. No tuvo problema para encontrarlo. Se sentó junto a la ventana, abrió el bolso y miró adentro. Sacó una cajita de maquillaje que abrió y se acercó a la cara para poder verse en el espejo. Se tocó la ceja izquierda con el dedo índice, apretó los labios. Todo parecía en orden. Cerró la cajita y la devolvió al bolso. Notó un pequeño movimiento del vagón y luego otro, una ligera presión en la espalda la empujó. El tren empezaba a moverse muy lentamente. Cogió el móvil y miró la hora. Las nueve en punto. Luego comprobó que no había recibido llamadas ni mensajes, esto le hizo suspirar aliviada. Pulsó el botón que dejaba el móvil en silencio, lo devolvió al bolso y lo dejó en el asiento que estaba a su izquierda. Levantó la cabeza y miró a través del cristal; estaban atravesando un túnel...
Con la vista perdida en la oscuridad que se escurría veloz al otro lado del cristal pensó en el principio. En como aquella tarde empujada por la curiosidad encendió el portátil que había sobre la mesa del comedor, abrió una sesión oculta en chrome y tecleó aquella palabra en el buscador. “Una palabra, tan solo una palabra” pensó, y se vio allí sentada en aquel vagón empezando un viaje que no sabía adónde le llevaría. Por un momento tuvo un sentimiento extraño, algo cercano a la vergüenza. Pero se lo sacudió de encima rápidamente. Había premeditado mucho lo que estaba haciendo. En el fondo sólo tenía una vida y en ella tenía que caber todo, ya no podía permitirse más el miedo a equivocarse.


Rita había nacido en una familia de clase media. Su padre había tenido un buen cargo en el ministerio de hacienda. El sueldo que percibía daba para que la familia viviera cómodamente en aquellos años sesenta en un Madrid inerte que intentaba quitarse de encima el frío y el negro de la posguerra. Los veranos solían irse a la costa los tres y alquilaban un apartamento en primera línea durante un mes. Ese era uno de los mejores y más luminosos recuerdos de su vida. Comenzaba justo cuando unos días antes su madre empezaba a organizar el viaje, sacar maletas, hacer listas inmensas de cosas que buscar y comprar, luego lo ponían todo en el suelo de la sala de estar perfectamente clasificado y pasaban revista. Ella le ayudaba entusiasmada. La vida de pronto era maravillosa, todos estaban contentos. Recuerda los primeros momentos del viaje, dejar Madrid atrás, lejos, muy lejos, eso para Rita era el momento más feliz del año.


Y eso era lo que estaba haciendo, dejar Madrid atrás. Notó como el tren alcanzaba su máxima velocidad, pronto la oscuridad desapareció y sus pupilas recibieron un latigazo de luz que por un momento le hirió los ojos. Los cerró durante unos segundos y respiró hondo. La ciudad quedaba atrás, sí, y con ella diecisiete años de su vida. Podía sentir la distancia como crecía deprisa a su espalda, alejándose de todo aquello, de aquel estrecho mundo que por pura inercia había tejido año tras año y del que ahora se separaba. Pensó en sus tres hijos. Al pequeño de tan solo nueve años lo acababa de dejar en la escuela. “Vas muy guapa mamá” le dijo al despedirse. Ella sonrió y le movió el pelo con la mano. Era verdad, esa mañana Rita estaba especialmente guapa. El niño corrió hacia la puerta del cole como un diablo y pronto lo perdió de vista entre los demás niños. Le entró ganas de abrazarlo fuerte, le quisieron saltar las lágrimas, pero no lo permitió, apretó fuerte y siguió caminando...


Hacía sol. Era una de esas mañanas de abril donde el invierno languidece y la primavera empieza a dar sus primeros pasos. Notaba el calor a través del cristal.  Según el tren avanzaba poco a poco los barrios residenciales dejaron de ser compactos y se fragmentaron en pequeños núcleos desaliñados, decadentes, con residencias descuidadas, bloques baratos, alguna vieja casa. Lo urbano se desvaneció dando paso a grandes extensiones de campos, algunos ya sembrados otros todavía con la tierra fresca. Pensó en su marido con una mezcla de ternura y tristeza. Ahora estaría en el despacho como se lo había imaginado siempre, completamente absorto en sus números, en sus llamadas y sus objetivos que alcanzar a fin de mes. Hacía diecisiete años que estaban juntos y nunca había ido a verle al trabajo,  “diecisiete años” pensó, “tampoco son demasiados”, pero el tiempo a veces es una ola despiadada que te traga si no has encontrado un buen tronco al que aferrarte, y ella llevaba demasiado tiempo con la sensación de que solo nadaba, de que la vida le había dejado en medio de un vasto océano y que necesitaba encontrar un pedazo de tierra firme donde recuperarse de todo aquel esfuerzo.


Ahora el tren empezó a desacelerar. Lo hizo con mucha suavidad como queriendo no molestar. Por megafonía anunciaron el nombre de la siguiente estación. Cuando se paró finalmente Rita vio un edificio pequeño. Se trataba de una de esas construcciones de principios de siglo, estilo industrial, con una preciosa cubierta metálica a modo de visera que volaba sobre parte del andén. No había casi nadie. Notó el aire puro que entraba como una bocanada al abrirse las puertas. Apenas un minuto y volvió a ponerse en marcha. Entonces le vino algo a la memoria y buscó en el bolso. Sacó un papel escrito a mano y lo leyó...


“Tren de las 9:00 dir Valencia -   3er vagón - Tarancón -  republica nº32”


Cuando Rita tenía diecisiete años empezó en la universidad a estudiar periodismo. Eran los años setenta, las cosas parecían moverse muy deprisa en la capital. Eligió periodismo empujada un poco por su idealismo y un poco por culpa de una de sus mejores amigas. Parecía que en aquel país estaba todo por hacer y juntas iban a formar un buen tándem, soñaban con estar siempre en primera línea. Tenían que contarlo todo.
Aquel verano, sus padres decidieron pasarlo en la costa brava. Concretamente en Roses. Ella les acompañó. Pasara lo que pasara esa era una cita a la que nunca faltaba. Ese verano conoció a un chico de allí y se enamoraron perdidamente. Después del verano mantuvieron una correspondencia intensa. Alguna vez, a escondidas de sus padres viajaba a Catalunya para verlo. Reservaban un hotelito modesto en Barcelona y pasaban juntos un par de días. Luego regresaba a Madrid. Sus padres nunca lo sospecharon. Un día, dejaron de llegar cartas. Pasaron varios meses y ante el silencio se armó de valor y llamó por teléfono al único número que tenía de él. Era la casa de su hermana. Cuando preguntó por su nombre una voz de mujer con marcado acento catalán se rompió y le comunicó entre sollozos que había sufrido un terrible accidente del que no había salido con vida. No pudo decir nada, colgó el teléfono y salió corriendo a la calle, caminó durante horas. Esa noche no volvió a casa, regresó al día siguiente con la cara desencajada de haber llorado y dormido al raso. Sus padres nunca supieron la verdad.


Alguna gente caminaba por el pasillo buscando asiento. Un hombre de mediana edad se sentó justo enfrente. Era sin duda un hombre de negocios a decir por su vestimenta. Llevaba un traje gris y bajo la chaqueta una camisa blanca muy bien planchada. Abrió su maletín y sacó unos papeles que empezó a revisarlos. No hizo ningún gesto por mirarla, y esto la hizo sentirse transparente, aunque no le importó demasiado. También él tendría una mujer que le esperaba en casa, que atendería a sus hijos, que le planchaba las camisas. Pensó en todas las mujeres del mundo que esperan a que vuelvan sus maridos cada día, o quizá de estas ya no había muchas. El mundo había cambiado rápido y ella ya no podía volver atrás.


Pasaron varias estaciones, cuando el tren llegó a las estación de Tarancón Rita notó que respiraba ligeramente excitada. Intentó calmarse respirando hondo y pausadamente. En el andén había bastante gente. Estaba convencida que identificaría a Raúl con facilidad. Sabía que tenía más o menos su edad. Que era moreno y que medía 1,80. Que cogía cada mañana ese tren para ir al trabajo y exactamente ese vagón, que subía en Tarancón y bajaba en la estación de Guadalajara, o al menos eso era lo que él le había dicho en alguna ocasión. No sabía más cosas de su físico porque nunca se habían intercambiado una foto. Por él no hubiera habido problema, pero a ella desde el principio le asustó esa idea. Así que nunca se intercambiaron fotos. Tampoco nunca se habían visto. Ni para tomar un café.
Hace algún tiempo él le propuso un encuentro. Vendría a Madrid cualquier día de la semana. La cosa no era complicada, podía cerrar la librería a media mañana, Madrid no estaba muy lejos. Podían quedar a comer en un lugar discreto, nadie se tenía que enterar. Pero Rita le daba largas y a Raúl no le importaba esperar. Tampoco nunca habían hablado por teléfono, ni  se habían intercambiado sus números, era demasiado peligroso decía Rita. Así que su único canal de comunicación había sido desde el primer día y siempre el portal de contactos en internet donde se habían conocido.


Los nuevos pasajeros desfilaban por el pasillo buscando asiento. Rita escrutaba uno a uno con toda la discreción que sabía para no levantar ninguna sospecha. El pasajero del asiento de enfrente se había quedado completamente dormido con un fajo de papeles en la mano a punto de caérsele al suelo. Pasaron tres o cuatro hombres pero ninguno cumplía las características de Raúl. Todos fueron tomando asiento y el tren volvió a ponerse en marcha. Rita sintió una sensación extraña, una mezcla de abandono y soledad. Toda aquella idea quizás era un disparate y lo mejor que podía hacer era volver a casa lo antes posible en el primer tren de vuelta. Pero la situación cambió cuando escuchó la voz de un hombre que decía...
- Disculpe señora, ¿el bolso es suyo?.
Rita giró la cabeza y vio a Raúl que se dirigía a ella. Notó un calor intenso que le salía del estómago y que se expandía por todo el cuerpo. Hizo un gesto con la cabeza y esbozó una sonrisa tímida, casi de colegiala. Recogió el bolso del asiento de al lado y lo dejó en el regazo. “Que situación más ridícula” pensó, se sentía completamente paralizada. Para intentar recomponerse decidió mantener la vista fija al otro lado del cristal. El paisaje volvía a correr deprisa. Las líneas de los campos, de las carreteras, de los viñedos, se dibujaban y esfumaban a toda velocidad. No conseguía pensar con claridad.
-¿Va usted muy lejos?.
El pasajero de enfrente seguía dormido con la cara desencajada empezando a emitir ya algún que otro sonido gutural. Rita giró la cabeza y miró a Raúl a los ojos durante un segundo antes de responder…
-Me bajo en Guadalajara.
-¿En Guadalajara? que coincidencia… yo también voy allí.
Rita volvió a mirar el paisaje veloz. Y sin pensarlo se volvió a él y le dijo.
-¿Sabe que nunca he estado en Guadalajara?
-Cómo.
-Sí, resulta que llevo toda la vida viviendo en Madrid y nunca he estado en Guadalajara.
-No se preocupe, alguna vez ha de ser la primera. Yo llevo yendo cada día de los últimos quince años, y le aseguro que es un lugar que vale la pena.
-Seguro, de hecho siempre he querido visitarlo y si me despisto lo tendré que hacer en un viaje del Inserso.
-Veo que tiene sentido del humor, pero aún le falta muchísimo para eso y a decir verdad tal como van las cosas cuando lleguemos allá el Inserso será pasado.
Rita sonrió y volvió a mirarle a los ojos, esta vez le mantuvo la mirada casi tres segundos buscando una señal, alguna confirmación por su parte. ¿Se habría dado cuenta él también?. No le había preguntado el nombre, eso sin duda era la señal definitiva que de que él ya lo sabía. Haberselo preguntado significaría que el juego se acaba, que todas las cartas ya están descubiertas sobre la mesa...
-¿Va por mucho tiempo?
-En realidad vuelvo ya esta tarde…
-Ah!, entonces es una visita por trabajo.
-No, que va. Voy a ver a un amigo.
-Lástima, no tendría inconveniente en enseñarle un poco la ciudad.
De pronto hubo un silencio. Rita volvió al paisaje. Antes pudo ver que los papeles del vecino de enfrente seguían en su sitio. Por megafonía anunciaron la estación de Guadalajara y algunos pasajeros empezaron a levantarse y a recoger sus cosas. Raúl también se puso en pie y con su brazo derecho se cogió a la barra del portamaletas.
Rita continuó con la vista afuera aunque podía verlo reflejado en el cristal. Pensó que era guapo y además había algo en él que le recordaba a alguien del pasado, a alguien muy cercano. Se sintió relajada, cómoda.
El tren se detuvo y la gente comenzó a desfilar hacia la puerta…
-Le deseo una buena estancia en Guadalajara. -Le dijo Raúl antes de comenzar a caminar.
-Gracias. - Contestó con una sonrisa.
Estaba claro que él ya la había reconocido. Seguro que más de una vez ya había pensado que ella le iría a ver un día por sorpresa. Que se presentaría en su tienda, a él no le importaba eso. Hacía tiempo que le había dado la dirección de la librería donde acudía cada día. Seguro que toda aquella paciencia que había tenido con ella era porque sabía que tarde o temprano ella acabaría dando el paso.


Dejó que Raúl caminase un par de metros y le siguió detrás. Las puertas ya estaban abiertas y la gente salía de manera fluida. El reloj de la estación marcaba las nueve y cincuenta minutos. Vió como Raúl se dirigía a la cafetería que había en la propia estación y decidió seguirle a cierta distancia. No sabía muy bien cómo resolver aquella situación pero estaba segura que no quería perderlo de vista. El bar estaba repleto. La gente se amontonaba en la barra y se disputaba a dos camareros flacuchos completamente superados por la hora punta. Echó un vistazo al local y no encontró a Raúl por ningún lado. Pensó que quizás habría ido al baño. Así que decidió sumarse al tumulto que amenazaba con derribar la barra para intentar rascar un café. Hizo un esfuerzo por hacerse paso pero no consiguió mucho resultado. Aquella gente no concedía ni un centímetro al adversario. Levantó la mano un par de veces, luego probó a combinar mano levantada con “¡un café cortado!” en voz alta. Al tercer intento oyó la voz de Raúl detrás de su oreja casi como un susurro…
-Veo que como toma de contacto se le está resistiendo esta ciudad… ¿Cortado o con leche?
-Cortado. Rita se le giró rápidamente, entre ellos apenas había diez centímetros.
Consiguió un cortado en menos de dos minutos. Rita le esperó afuera en la pequeña terraza que daba a los andenes.
-¿Tu amigo no te ha venido a buscar?
-No, hemos quedado un poco más tarde.
-A qué zona vas.
-Al centro…
-Entonces podríamos compartir un taxi, yo trabajo exactamente allí.


Rita pensó que el día era precioso, la temperatura suave, el aire se respiraba limpio, puro, y todo aquello sucedía, si más. Como si hubiese un guión ya trazado, acordado por las dos partes en silencio. Estaban ahí, ahora, frente a frente, sentados tranquilamente con un café en la mano como si se conocieran de toda la vida, como si acabaran de conocerse ahora mismo.
Al final decidieron caminar. El centro no estaba muy lejos. -Tengo una reunión a las doce. Le dijo Raúl. Rita asintió despreocupada, formaba parte del juego. Hoy la librería haría un horario diferente, no pasaba nada. Pasearon durante toda la mañana y hablaron de muchas cosas, algunas posiblemente ya se las habían contado en otra ocasión. Rita estaba exultante, nunca había pensado que le gustaría tanto aquel hombre.
Cuando Raúl se tuvo que ir a Rita no le extrañó. - Si quieres te invito a comer en ese restaurante a la una y media. - Le dijo antes de dejarla. Ella aceptó sin dudarlo.
A la hora en punto regresó a buscarla. Comieron y bebieron, e hicieron una larga y divertida sobremesa.
-No trabajas en una librería ¿verdad?, le dijo en un momento dado.
-No, ¿por qué me haces esa pregunta?.
-Por nada, se me acaba de ocurrir.
-¿Estás casado?
-Estuve casado ocho años, me he divorciado hace tres.
-¿Tienes hijos?
-Una niña, Andrea. ¿Y tú?
Rita sonrió e hizo girar su copa mientras su mirada se perdía en el fondo.
-Todavía no nos hemos dicho el nombre. -Le dijo al fin.
-Para qué…
-¿Tienes algún sitio donde llevarme?
-Conozco un hotel a dos calles de aquí, es muy cómodo.
-Pues venga llévame….








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