tren
Las montañas son una invitación. Cuando las contemplo me veo cruzándolas, con las mulas cargadas, caminando sobre la nieve helada o buscando cerillas en la oscuridad de un refugio. Yo necesito las montañas. Me di cuenta en el altiplano de Michigan. Llevaba varios meses con una sensación extraña. Buscaba constantemente en la distancia algo que acotase, algo que rompiera con la linealidad del horizonte. En España, no importa donde estés, siempre hay una cadena montañosa que delimita el paisaje, que lo enmarca. No supe lo mucho que me condicionaba hasta entonces.
Yo, en la montaña aguanto cuatro días. No podría vivir en ellas. Su rotundez me escama. Para mí son una potencia que al concretarse pierde la magia. Lo dicho, una invitación.
Lo mismo me pasa con los trenes. Lo pienso mientras en un perfecto traveling , la silueta amable del Montseny atraviesa mi ventanilla. Soy un peliculero. Siempre que veo un tren pasar imagino que voy en él. Pienso en el destino, en el motivo de la posible huida, en la incontinencia sexual de mi acompañante que se escabulle equívoca y lasciva en el lavabo.
Como las montañas, los trenes que pasan son una invitación a la aventura. Pero ir en ellos es una cosa bien distinta.
Yo, por ejemplo, aprovecho los viajes en tren para leer. Curiosamente, en estos momentos, un libro de aventuras: Los autonautas de la cosmopista, de Julio Cortazar y Carol Dunlop. Me pregunto si esa coincidencia ( o contradicción) tendrá algún significado que se me escapa o que, mejor dicho, quiero dejar escapar.
Unas palabras masticadas con desgana me sacan del aprieto psicoanalítico. No necesito mirar para saber que es americana, y sin dejar de leer, intuyo que esta buena. Se sienta en frente. Su acompañante es español y aunque lo intenta su inglés no llega tan bajo.
Les lanzo una mirada de reojo. Son modelos. Quiero decir que se dedican a la publicidad. Como están acostumbrados paso a mirarlos de frente y sin complejos. Ella es rubia, alta, delgada e insípida, con uno de esos rostros de belleza estándar, que inquieta por neutra, como si estuviera en pause, a la espera de un maquillaje que le dé identidad. Él tiene más gracia. Napia, ojos grandes, piel morena y estudiado tupé. Observo que se siente incómodo, porque el bello de su cuerpo parece brotar con renovada fuerza tras una depilación integral. A pesar de la antipatía que me producen estos seres, reconozco que me enternece el cariño con el que se tratan. Se les ve enamorados y sus gestos son sinceros y necesarios. Me sorprendo sorprendiéndome ¿Quizás porque pensaba que los modelos, en su mundo de apariencias, no son capaces de amar?
Avergonzado vuelvo a mi lectura:
“ … En efecto, la máquina produce un sonido idéntico al que emite el mosquito macho (en celo, si ello es concebible en los mosquitos), de resultas del cual todas las hembras emprenden la fuga (parece que son ellas las que pican). Pero entonces, ¿cómo se reproducen?...”
No puedo evitar caer en la simpleza de imaginármelos follando.¿ Los modelos follan? ¿ lo hacen de forma modélica? Es decir ¿ se ven a ellos mismos follando? ¿ Piensan en la luz, en el ambiente, el encuadre, en sus expresiones, sus posiciones de anuncio? Mientras busco alguna forma de justificar mis estúpidas preguntas oigo como ella le dice acariciándole el pelo:
-I think your girlfriend is kute. She is beautiful
-You think?
-Yeah. I like her
-You are right, she is nice. But she feels a little nervous now.
Él le coge la mano. Una mano blanca y fría , a pesar de que hace calor en el vagón. Miro a la chica y cada vez me cae mejor. Aunque me cueste imaginármela follando.
Los trenes están llenos de historias. Aunque yo no sepa vivirlas, están ahí en potencia. Cierro mi libro y me animo a seguir . Por los altavoces anuncian:
-Pròxima parada Caldes de Malavella.
El nombre del pueblo resuena en mi cabeza. Aparecen hombres flácidos en albornoz, transpiración abundante , correrías por los pasillos de las habitaciones, cenas insustanciales servidas en enormes comedores donde nadie levanta la voz y donde el pescado hervido junto al perfume del aceite de masajes confunde al gusto y al sentido común, que es el menos común de los sentidos.
A veces con un nombre basta. Esas paradas en las que nunca bajas, tienen también su poder evocador. Me lo apunto, puede servir para el taller de escritura. Enseguida lo juzgo. Resulta barato, como de manual de poesía o de autoayuda. Hacerlo quizás, pero pensarlo es cutre.
Veo marchar mi tren, con los modelos dentro. El próximo sale en una hora y media. Me siento intrépido, como si en realidad, me hubiera subido a un tren justamente ahora. La estación no tiene nada. Me gusta. En el andén de enfrente hay un chico que marca unos pasos de baile escuchando música con auriculares. Estoy convencido de que su coreografía es mucho más interesante vista así. De repente su sordo baile se enfatiza y pierde gracia. Sabe que le miro. La física cuántica tiene, en la vida diaria, una presencia insospechada.
Amontonadas sobre una vía muerta hay unos travesaños antiguos de madera. Alguien me dijo que el tratamiento que les daban para la humedad era cancerígeno. Yo dudo que haya algo que no lo sea. El trabajo lo es. El estrés produce cáncer. Pero nadie se ha atrevido a declarar que el trabajo es cancerígeno. Me divierto imaginando esa posibilidad y me entra sed. No por imaginar sino por la posibilidad. Las posibilidades me dan sed, como los trenes y las montañas. Pero no volvamos ahí.
El bar de la estación está en el bar de la estación. Tiene sus parroquianos. Por lo menos dos, que son los que han coincidido conmigo. Ellos conmigo. Escrito así tiene gracia y de nuevo abre dos puertas a la narración. Paso a observar el expositor de patatas chips. No soy capaz de reconocer ninguna bolsa, son marcas blancas de supermercados que desconozco. En uno de los estantes hay un cartón de tabaco abierto. Pienso en Ivó y en Larry. En realidad pienso en mi y en Tomás, y en como eso afecta a Ivó y a Larry.
-Me da un paquete?
-No vendemos.
Sé que miente porque los parroquianos se miran con una mueca cómplice. El bar cada vez me gusta más. La clara helada que me han servido está hecha con autentico zumo de limón. Lo he leído en la etiqueta. De repente suena un móvil. Nadie lo coge. Vuelve a sonar y la vibración lo hace caer de la mesa vacía. Uno de los parroquianos lo recoge del suelo.
-Javi, es de tu niña?
- No que va, si lo fuera ya se lo hubiera tirado a la basura!
-Pues alguien se lo ha dejado
-Si vuelven a llamar cógelo
Dice el otro parroquiano. Todos esperamos, en silencio. Si alguien nos hubiera visto entonces creería que nos estaban haciendo una foto. La foto pareció durar mucho tiempo.
-No. Cógelo tu
-¿Porque?
- Porque tu hablas mejor
A mí se me escapa la risa. No porque me haga gracia, sino porque me parece muy tierno, y no tenemos muy bien codificadas las reacciones que nos produce la ternura. Ellos, sin embargo, parecen entenderlo.
Cuando salía del bar volvió a sonar el teléfono. No sé quien lo cogió.
A fuera hace un calor bochornoso. Recuerdo lo del nombre ¿Podía alguien meterse en un balneario con este tiempo? ¿ Y si paso del tren y me voy al balneario?. La idea no me parece cutre, así que la dejo ahí como una idea que invita y seducido por el nombre de una calle imprecisa de extrarradio me pongo a caminar en dirección contraria contabilizando los enanos de jardín, los caracoles de hormigón y las piscinas inflables. La calle se llama Carrer de la Font Pobre. Sin muchas esperanzas pregunto a una mujer mayor que barre la acera
-Bon día ¿ la font?
- UI! La fuente dice! Anda que no hace tiempo que dejó de correr el agua.
-¿Ya no sale?
- ¿Sabe usted porque se llamaba la Font pobre? Pues porque salía un hilillo de agua, pero nunca dejaba de salir. Cuando todas las fuentes se secaban, esta seguía dando agua. Poquilla, pero salía. ¿Entiende? Ahora, los del ayuntamiento, han metido sus máquinas, han levantado terrenos, tubos, que se yo. Ahora tienen dinero. ¿Que le parece a usted?
Pues me parece que habla con una elocuencia que espanta y con sensación de haber encontrado la lección del día, esa con la que uno puede ya irse a dormir tranquilo, me despido de ella, súbitamente preocupado por perder el tren. Como si aquel lugar tuviera en realidad el poder de cambiar mi vida. Aquello me jodía. ¿ A ver si ahora tendrán razón los del manual de autoayuda? De vuelta al andén, me sereno pensando que mis ganas de vivir algo intenso desvirtúan la intensidad de lo vivido y que si al subirme al tren volvía a encontrarme con la pareja de modelos, entonces ya hablaríamos.
Pero eso solo pasa en las novelas de Murakami. Modelos, desde luego no eran. O lo eran, pero de otra realidad. Ella tenía un ligero retraso, y él parecía un yonqui recién desintoxicado. Tenían una hija, o quizás era una hermana pequeña, no quedaba claro. Y eso asustaba. Lo de pequeña es un decir porque la niña debía pesar 80 kilos. Parecían nerviosos. Viajarían sin billete, supongo. Ella, la chica, lo disimula muy mal. Creo que era eso lo que a él le ponía nervioso. Sus ojos son muy bonitos. Los del chico. Mucho más bonitos que los del modelo. La comparación me hace caer en la trampa. Imaginármelos follando me provoca un escalofrío.
Al otro lado hay un hombre trabajando en su portátil y una adolescente enviando mensajes desde el móvil. Recuerdo como era antes. Sentadas solas en el trayecto de un tren, un metro o un autobús, las personas nos abandonábamos a nuestros pensamientos. Los trayectos eran, las mas de las veces, un paréntesis en nuestra agitada vida. Por cortos que fueran, nos ofrecían un receso, una pausa, una rara oportunidad para perdernos en ideas y ensoñaciones de todo tipo. No estabas ni en la oficina ni en casa. No estabas en ningún sitio. Los rostros se relajaban y mostraban muchas veces la verdad de cada uno. Se entablaban curiosas conversaciones con desconocidos en las que mentir sobre unos mismo estaba permitido. Ahora, nada se detiene. Seguimos conectados, en activo. En el tren puedes trabajar, enviar mails, mirar películas. A penas se habla. Yo , ya lo he dicho, aprovecho para leer.
“ …Se van sumando los parkings como escenas a la vez nítidas y vagas de un largo sueño, uno tras otro, las etapas y no los relojes fabricando el tiempo, anulándolo porque en el fondo estamos fuera del tiempo de la misma manera que estamos fuera de la autopista…”
Así sucede en los trenes. Por muy distintas que sean nuestras historias, todos viajamos, por un periodo de tiempo, en la misma dirección. Nos desplazamos. Nos descolocamos colectivamente. Eso nos saca del tiempo y del espacio. Y eso, se percibe en el ambiente.
Un niño marroquí llora por vicio junto a su madre. Ella me mira, sin ningún tipo de barrera. Sin justificarse o excusarse. Me mira curiosa de mi curiosidad. Sus ojos, entrenados a expresar lo que su cuerpo no puede mostrar, son de una locuacidad aplastante. Yo la sonrío, porque me cuesta mantener la neutralidad y ella me devuelve la sonrisa sin mover un solo músculo de su cara. El niño ha parado de llorar de golpe, pues mientras nos sonreíamos la madre le ha pegado un tortazo . Una señora bien de Girona que tiene toda la pinta de llamarse Pilar o Mercè, le da al niño un caramelo, compadeciéndolo. Ni se le ha pasado por la cabeza preguntar a la madre. Yo me levanto y le pego un tortazo a la señora. Entonces se inicia una reacción en cadena de tortazos que contagia al tren entero. El revisor, que esta siendo abofeteado por un africano que le tenía ganas, hace sonar con fuerza su silbato acompasado por los manotazos que le propina el negro, pero los seguratas, que le están encontrando el gusto a pegarse entre ellos, hacen oídos sordos a su llamada. La gente , de tanto pegarse, comienzan a mecanizar los gestos y las reacciones. No hay pasión, ni rabia, ni dolor. Se pegan formalmente y sin encontrar gusto. Pero no paran, como si tuvieran miedo al silencio, al momento después, en el que se tendrían que hacer preguntas.
En medio de esta marea de violencia, que a pesar de ser excepcional, se vive con una cotidianidad doméstica, la mujer marroquí abraza protectora a su hijo que ahora si, llora con razón frente a la sinrazón humana.
Como si la imaginación tuviera la capacidad de avanzar acontecimientos, otro tortazo me saca de mi ensoñación. La niña de 80 kilos se lo ha propinado a su madre-hermana. El ex-yonqui se ríe enseñando unos dientes pequeños y mezquinos. A la retrasada le sale sangre de la nariz. No creo que sea por el tortazo. Ella sorbe mocos y sangre en un intento esforzado por no perder nada. No parece enfadada.
-Anda, deja que te limpie eso, no te vaya a coger una enfermedad rara
Yo flipo con la gente. Como decía Felipe, David Linch es costumbrista.
Miro por la ventanilla y el Canigó llega justo a tiempo para salvarme con su irrevocable invitación a la escapa.
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