miércoles, 14 de enero de 2015

Navidad (Larri)



….Por donde no pasa ningún barco está el silencio.



Helsinki-Kemi. 25 de Diciembre.


Eran casi las tres de la tarde cuando la máquina del fax hizo un tímido chasquido, como pidiendo permiso para no molestar. El silencio en el puente de mando era total. Johan estaba de bruces por encima del panel principal, con los ojos bien abiertos como intentando encontrar algo entre la niebla. Apenas se dio cuenta de aquella irrupción. Extendió el brazo derecho y alcanzó una botonera verde que había justo debajo del panel. La bocina sonó larga y perdida, como quien deja caer un objeto en un precipicio sin final. Una hoja de papel empezó a moverse desde la bandeja de entrada. A los pocos segundos asomaba por la parte superior y caía al suelo como una hoja que se desprende de un árbol. Sin que esto interrumpiera su vigilancia Johan se inclinó de lado y la recogió. Leyó, dobló el papel y lo guardó en el bolsillo.


Se trataba de Linda... se estremeció, un frío intenso penetró desde la planta de sus pies y recorrió su cuerpo apoderándose de él por completo. Tuvo una ligera sensación de mareo pero lo evitó. Intentó rehacerse lo más rápido posible. Se acercó a la máquina del café y se sirvió uno. Sobre la mesa de cartas revolvió el líquido negro lentamente, con la mirada perdida en el mar de Botnia. Cogió el compás y tomó dos enfilaciones, luego como si retrocediera veinte años en el tiempo trazó el rumbo sobre la carta, miró la aguja, calculó la correspondiente corrección y marcó su posición. Repasó minuciosamente sus cálculos. Aquella lengua del demonio separaba dos países. A estribor Finlandia a treinta millas, a babor Suecia a casi ochenta. ¿Cuántas veces había navegado por aquellas malditas aguas? Y cada vez que la niebla le venía a visitar tenía el mismo presagio...


Esta vez, se había cumplido…


Se dejó caer en uno de los sillones negros y cerró los ojos. Los recuerdos se sucedían deprisa; vio a Linda el día de su cuarenta cumpleaños, estaba preciosa, reluciente. He contado los días para verte, le dijo ella al oído, y Johan notó la tibieza de su brazo rozando el suyo, luego llegó Ralf, la cogió por la cintura y se besaron largamente. La música empezó a sonar y todos bailaron y brindaron, él se alejó sin avisar y se perdió en el jardín. Las imágenes ahora le pasaban fugaces sin que pudiera detenerlas; el día que conoció a Ralf en un viejo bar de Rotterdam, la noche del accidente en Singapur, su primera travesía del Pacífico como capitán, la imagen de una proa de acero gigante que se retuerce y hunde en el océano devorada por la fuerza de un temporal, los ojos de Linda buscándole entre la gente, aquella noche de verano en la cabaña del Cabo Norte…


- Puedo relevarle si está cansado, capitán... -Johan abrió los ojos y vio al primer oficial que le hablaba.
-Quizás es buena idea, bajaré a mi camarote a echarme un rato.
-El patrón no creo que tarde en subir, su guardia empieza en media hora.
-Claro. Dígale cuando le vea que por favor pase a verme.
-Descuide capitán... -El oficial recogió el último parte impreso sobre la mesa y se dirigió al ordenador de abordo.
-Ah!, Peter... la bocina, nunca confíes del todo en un radar, hay que utilizar la bocina... -El oficial sonrió cariñosamente.
-Descuide…


La puerta se entreabrió unos centímetros, -¿puedo pasar?, -Claro Ralf. -Respondió Johan desde dentro. Ralf abrió del todo y entró. Johan estaba sentado en su butaca, junto a la cama, sostenía un libro en sus manos.
-¿Quieres sentarte? -Le señaló la única silla que quedaba.
-No, pero si no te importa bajaré el cristal un poco, hace demasiada calor aquí dentro.
Ralf abrió la ventana y una nube de niebla entró a borbotones e inundó el camarote en segundos, el frío y la humedad impregnó los objetos.
-Esta niebla, que puñetera... -Dijo Ralf, de espaldas todavía, con la mirada perdida más allá del agujero de la ventana.
-Sí, después de tantos años y no logro acostumbrarme...
Ralf se giró y vio a Johan que extendía la mano y le entregaba el mensaje. Lo leyó y volvió a girarse hacia la ventana… Hubo un largo silencio...

-Dime Johan, ¿Cuantas millas hemos navegado juntos?. Creo que millones. Si echo la vista atrás no recuerdo haberme subido a un barco en el que tu no estuvieras. Filipinas, Bering, Panamá, tengo la sensación de haber estado en todos los puertos del mundo. En Singapur me salvaste la vida, ¿te acuerdas? nunca te estaré lo suficientemente agradecido… dudo si yo hubiera tenido el valor de hacer lo mismo...
Los dos se miraron. Ralf prosiguió.
-A veces, me pregunto de qué me ha servido todo esto. De qué, si el resultado es este vacío. Siento que hay una parte de mi vida que ya no me pertenece, que se perdió un día en la niebla; y ahora tan solo me queda este acero que piso, y este mar por el que vagar hasta que me muera, como un pirata maldito. Ya no tengo nada en tierra por lo que volver…

Caminó hacia la puerta y cogió el pestillo. Antes de salir se volvió hacia Johan...
-¿Te acuerdas hace diez años en las Azores? Una noche estuvimos bebiendo y hablando hasta muy tarde, hubo un momento que intentaste decirme algo… - Ahora los dos se miraban a los ojos. Johan sintió la necesidad de hablar, de decirle lo que aquella noche debía haberle dicho y no pudo. Pero ni una palabra salió de su boca. Un nudo de dolor en la garganta no le dejaba hablar... Intentó reponerse.
-¿Sabías lo de su enfermedad?
-Sí.
-Y sin embargo nunca hemos hablado de ello…, me pregunto por qué he dejado que se fuera.
-Lo siento mucho Ralf…
Cuando cerró la puerta, Johan notó el frío calado en su cuerpo. No podía moverse, el camarote le pareció un lugar irremediablemente triste, la luz que desprendía la lámpara era triste, la litera metálica, los libros… Cerró los ojos e intentó escuchar el murmullo del agua, sonó una música a lo lejos… La tripulación en la sala de máquinas celebraba la navidad.



domingo, 11 de enero de 2015

Navidad (Tomás)

MERRY CHRISTMAS

Día de navidad en New York.  Gente atribulada para llegar a la comida. Tráfico insoportable. Gente bien vestida dentro de los coches. Nieve sucia en las aceras. Regalos en los maleteros.

Mat, un hombre de cuarentaiseis años conduce. Junta a él, su mujer, Susan, de cincuenta y dos. Detrás sus dos hijos adolescentes.
Llegan pronto como siempre. Cosas de Susan.
Circulan por la cuarta avenida hacia el norte. Se dirigen a la casa de los padres de Mat, ya octogenarios, que siguen organizando una comida despampanante el día 25 a pesar de que sus cuerpos, mentes y deseos querrían otra cosa.
Son ricos. Para ellos el dinero no es un problema. Los problemas son muchos, pero son otros.

Susan los soporta bastante bien. Con los años ha hecho cayo y las piezas de barro se han acoplado hasta confundirse en la nada de la educación cercana a la muerte.

Key viaja en el asiento del copiloto. A su lado Donald, su marido, conduce distraído. De amplia barriga, abogado, gran aficionado al beisbol y a cualquier deporte que pueda ver recostado en su butaca especial con una cerveza en la mano.
Organiza barbacoas a menudo y ya dio por acabada su vida hace mucho tiempo.
No tienen hijos. Solo su vacío.
También se dirigen a la casa de los padres de Donald que es el hermano mayor de Mat. Ni se llevan bien ni dejan de llevarse. No hacen prácticamente nada juntos excepto los encuentros y reuniones familiares obligadas.
Son dos hermanos que ya de jóvenes apuntaban a la nada que de mayores han confirmado.

Key soporta peor que Susan a sus suegros. Porque Key es mas mujer, mas persona, y mas vida que los otros tres juntos. Vive atrapada junto a Donald, del que se enamoró demasiado joven, demasiado inexperta y demasiado pobre, y se asfixia a menudo.

New York es el caos en un día como hoy. Llegar a la zona norte les costará a las dos familias, bueno, a la familia y media, mas de lo esperado.
Susan terminará por ponerse nerviosa. Ella odia llegar tarde, pues no soporta que ningún accidente o error cambien el curso de las cosas tal y como estas están previstas de ante mano.
Sus dos hijos la odian a ella precisamente por ello. Así es la cosa. Pero en esa familia nadie dice nunca nada. El odio se va labrando a sus anchas y en secreto bajo la alfombra o mejor bajo los corazones de cada uno de ellos hasta que sea un polvorín que nadie será capaz de contener. Susan habla y los demás otorgan. Por ahora.

Cuando los padres de Mat y Donald mueran, y no tardaran mucho, esta comida pasará a la historia y aquello que hoy llamaríamos una familia unida pasará a ser un grupo de personas distantes que miraran de evitarse lo máximo posible hasta que les llegue la hora. Triste.
Efectivamente les ha costado mucho a los dos coches llegar hasta  la zona norte cerca de la cuarta avenida con la sesenta y seis.
Aparcar por aquellas calles que rodean central park en un día como hoy es prácticamente imposible. Ambos han estado dando vueltas y mas vueltas hasta que Susan, ya atacada por completo, ha obligado a Mat y sus dos hijos a bajar del coche. Les ha dicho que ya aparcará ella y que vayan pasando pues llegar un cuarto de hora tarde aún sería aceptable pero ya llevan mas de media hora de retraso. Que pasen ellos delante y miren de amortiguar el golpe del mal humor que su suegra estará acumulando. Que ELLA, así en mayúsculas, ya conseguirá aparcar el coche pues otros no han sido capaces. Es una mujer insufrible.

En el otro coche la cosa ha sido distinta. Mas civilizada y aburrida. Key, dándose cuenta, por enésima vez, de que su marido carece por completo de la mínima sangre que podría hacer que perdiera los nervios alguna vez en su puñetera vida, le ha comentado seca y educada, que ella se apeaba e iba subiendo mientras él encontraba un aparcamiento por la zona.
Al salir del coche, antes de cerrar la puerta, le ha recordado que un par de calles mas allá hay un parking en donde seguramente habría plazas para el coche.
Se lo ha dicho sabiendo que el tacaño de su marido dará diez vueltas mas si es necesario antes de gastar ni un solo penique en un parking privado.

Key últimamente bebe. Bebe a escondidas de la gente y de ella misma. No se considera una alcohólica pero está camino de serlo. Entra en un bar que conoce de la esquina con la sesenta y siete, pide un burbon con agua, y se lo toma de un trago. Pide otro y lo apura. Paga y sale disimulando, con la cabeza bien alta, el paso firme, y los andares de una mujer de la alta burguesía neoyorkina.

Así que en la entrada de la casa de los Witman coinciden en el mismo instante, Mat y sus dos hijos, con Key, que viene andando desde el norte cuando ellos están a punto de entrar.

Mat advierte su presencia y la saluda con la mano frenándose.
Cuando Key llega hasta él se besan educados y Mat le abre la puerta y la deja pasar caballeroso al interior de la enorme y cuidada entrada del edifico. Moqueta roja que pegada al suelo indica el camino hasta el vetusto ascensor que, al fondo, preside la estancia. Bellos son los pliegues que el rojo marca en cada uno de los cuatro escalones intermedios de la entrada.
En frente, los dos hijos adolescentes de Mat y Susan, esperan delante del ascensor a que este llegue. Los señores Witman viven en la planta catorce. Tienen unas vistas magníficas de la zona este del parque y de todo el skyline de la sexta avenida y las casas que configuran el limite opuesto del parque en la zona oeste.
Es un piso enorme, victoriano, amueblado con un gusto conservador. Fiel reflejo de sus dueños.

Pat y Marcus, de catorce y diez y seis años, niños mimados y blandos los dos, andan a la greña por cualquier tontería propia de su edad. De repente, y sin mediar explicación ninguna para con los mayores, arrancan uno detrás del otro escaleras arriba como si el diablo les estuviera persiguiendo. Parece que el reto es ver quien llega antes a la carrera hasta el piso catorce a casa de los abuelos.

Desaparecen de su vista en un instante y Mat y Key se encuentran solos y en silencio frente a la puerta metálica del vetusto ascensor que llega.
Seguido al ruido seco y metálico que indica que el aparato ha llegado a un completo stop, Mat abre la puerta y nuevamente de forma caballerosa y algo exagerada abre la puerta y deja paso para que su cuñada entre primero.
Key no soporta ese tipo de gestos. Le parecen la viva imagen de la teatralidad llevada hasta sus últimas y mas mortíferas consecuencias. Quien es él? ¿qué tipo de hombre hace eso? ¿No es ese el signo inequívoco de que alguien ha renunciado por completo a explorar las posibilidades de ser uno mismo?. ¿Es que no tiene el mas mínimo sentido del humor?
Bueno, se dice a si misma, tampoco hace falta exagerar. Mat es un buen tipo. Al menos no molesta y en su momento era bastante atractivo.

Mat pulsa el botón del piso catorce y se gira para situarse frente a key. El ascensor arranca dando un pequeño saltito que ambos ya conocen de memoria.



Key anda perdida en sus propios pensamientos. Una año mas subiendo al piso catorce de casa de los señores de witman. Otra vez a hacer todo el paripé de la maldita comida de navidad. Otro brindis. Mas regalos. Otra charla insoportable con su suegra y su queridísima cuñada Susan. ¿Por qué “ella” no es capaz de atravesar todo aquello como la mayoría de los mortales? ¿sin apenas un roce?
¿Por qué ella es de las que se lo toman en serio y se ven afectadas por todo aquel sin sentido? ¿Por qué, si la mayoría de la gente es capaz de disfrutar de toda aquella sensiblería edulcorada y nauseabunda, ella tiene que ser de las pocas que sigue pensando en todo aquello y tratando, en el fondo, de entenderlo?. Necesita una o mas copas que se va a tomar en cuanto ponga el pie en el piso.

En medio de todas estas preguntas retóricas y repetidas año tras año Mat le pregunta:

-Como estas, key?

Maldita pregunta. ¿cómo estas, key?. ¿Que coño querrá este decir con una pregunta como esta? . Nada. ¿no tienes ninguna pregunta mas idiota y previsible para hacerme? ¿no podrías preguntarme por ejemplo si tengo ganas de desaparecer de ahí? O ¿qué tal si pudiéramos ahora mismo transportarnos por vía telepática a una montaña nevada bajo un cielo azul inmenso en donde nada ni nadie nos pudiera molestar durante varios días? ¿Te gustaría key? ¿Te apetecería que fuéramos tu y yo juntos ahora en un viaje alucinante hasta este rincón inhóspito con el que siempre me decías que soñabas?. Pero no. ¿cómo estas key? Debería responderle que mal, muy mal, pero responde:

-Bastante bien Mat, dadas las actuales circunstancias.

-Que quieres decir Key?

Hay niveles de ironía y del cero al diez esta frase ha sido, pongamos, de un dos o un tres. Pues ni por esas. Es un hombre tan pobre de espíritu que se ha pensado que la sombra de ironía que ha captado en la segunda parte de mi frase iba dirigida o se refería a él y yo juntos en este vetusto ascensor de casa rica.

-Nada Mat, no quiero decir nada mas que lo que he dicho, comprendes?

Cualquier otra persona, ante este segundo comentario lleno de desprecio y desagradable superioridad, se hubiera enfadado un poco. Mat no. Mat simplemente baja la cabeza para luego mirarla y sonreír como un besugo. No ha llegado a ser un hombre de verdad, se quedó en proyecto.

Entonces el ascensor se detiene sin previo aviso entre dos pisos.
Se oye un crujido metálico agudo y muy desagradable y luego todo queda en silencio.

-Que coño pasa aquí?-pregunta en voz alta Key algo melodramática.

Mat está concentrado en el posible movimiento del aparato. Lo toca con sus manos como cerciorándose de que no va a caer, desprenderse o algo así.

-Que coño ha pasado Mat?-repite Key próxima a la histeria aunque en voz baja.

-No lo se-contesta rápido Mat para mirar de calmarla, y añade-El ascensor se ha estropeado.

Key toca el botón del piso catorce y nada sucede. Toca el botón de la planta baja y nada sucede. Toca varios botones sin sentido y todo sigue igual.

-Déjalo Key, por favor, déjalo.

-Me puedes explicar entonces que mierdas vamos a hacer?

Mat toca entonces el botón de alarma de color rojo con una preciosa campana dorada pintada en el centro. Suena un ring mortecino. Mat espera. Mira hacia arriba para ver a través del cristal de la puerta si alguien de fuera se asoma y les ve. El ascensor se ha detenido justo entre dos plantas lo que hace casi imposible tener contacto óptico ni con el rellano de abajo ni, por supuesto, con el rellano de arriba. Están atrapados, detenidos entre dos pisos y sin contacto óptico con nadie por ahora.
Key coge el móvil de su pequeño bolso de piel y marca, busca el número de Donald y espera.

-No contesta!. Seguirá dando vueltas el muy estúpido.

Mat coge su móvil del bolsillo interior de su gabardina marrón estilo clásico otoñal de no me mires que soy mas anodina que un día nublado y marca el número de su mujer.

-Susan….oye…que estoy encerrado… en el ascensor de la casa de mis padres con Key….si….que si….se ha detenido sin razón….si….ya lo… hemos hecho….no responde….nooo…..si…..eso….si….de acuerdo….perfecto…si….de acuerdo….vale..-cuelga.

-De acuerdo que?

-Van a llamar a un servicio de urgencias para estos casos. No pueden tardar mucho.

-Ya, en el día de navidad….vete tu a saber.

-No mujer, no te preocupes, no pueden tardar.

-Mat, por favor, procura no llamarme mujer, si?

-Perdona.

-Estás perdonado desde que naciste Mat.

Mat se calla. Esta vez si que le ha parecido que el comentario “made in Key” estaba un poco fuera de lugar. No le ha gustado. Key lo nota y no dice nada. Va para encenderse un cigarrillo pero Mat la mira y ella entiende que quizás no sea tan buena idea teniendo en cuenta que él es, y ha sido siempre, un firme detractor de los fumadores, de su olor, su humo, y todo su mundo. Tan lejos están el uno del otro.

-Lo siento. Estoy algo nerviosa.

-Yo también.

-No tardarán verdad?-pregunta ella.

-No lo se, la verdad. Nunca me había sucedido algo así.

A key este cometario le ha parecido gracioso. Mat se ha sentido ridículo al hacerlo. Siempre le sucede lo mismo. Cuando está en una situación de cierta intimidad con una mujer empieza a decir obviedades. No puede evitarlo.

-A mi tampoco. Es muy de película no te parece?-dice ella para aliviarle.

-Si. Quizás.

-No. Quizás no. Es una situación de película. Lo importante es que este trasto parece seguro. No creo que nos caigamos hacia abajo a toda velocidad y nos empotremos contra el suelo, no?

Key lo ha dicho con la peor de las intenciones. Sabe que Mat no es un hombre valiente y que el mero hecho de imaginar por un segundo la posibilidad de que el ascensor se soltara y se empotraran a toda velocidad contra el suelo no le va a ayudar a sobrellevar la situación. Ella es así. Amable con los demás.

Susan ha llegado hasta el piso de abajo y desde allí grita hacia el ascensor:

-Estáis bien? Mat, Key, me oís?!!

Se la oye con sordina, como lejos. Mat pega su cara al cristal de la ventanita de la puerta del ascensor procurando ver a su mujer. No llega a distinguir mas que parte de su pelo. También grita:

-Si!. Estamos bien!. Has llamado?! Que te han dicho?!

-Que??!

-Que si has llamado?!! Que cuanto van a tardar en venir??!!

-No lo sabían!!. Media hora o un poco mas!!. Yo voy a subir con tu madre y tu padre que estarán ya muy preocupados. Les digo y vengo. En cuanto sepa algo me vuelvo enseguida!!.

-No hace falta Susan!!. Estamos bien!!. Haz compañía a mis padres y en cuanto lleguen nos dices!!!

-Bueno!!. Ahora vuelvo!!.

-Deja de gritar, haz el favor-Pide Key.

-Ya, perdona.

-Y deja de pedir perdón, de acuerdo?

Key se pone a reír entre dientes y mira franca a Mat.

-Es divertido no? Quizás sean estas las mejores navidades de nuestra vida, eh Mat?

Mat piensa que Key está muy guapa cuando ríe. Siempre le ha parecido una mujer extremadamente atractiva. De echo ha soñado mas de una vez con ella y la ha deseado en silencio desde que la conoció. Le parece un ser adorable. Una mujer Viva. Fuerte. Noble y descarada. Y sobretodo una mujer divertida que se ríe de la vida y de si misma. Si pudiera él se reiría con ella.

Oímos entonces la vos de Donald que grita des de el piso de abajo:

-Ya han llegado!! Key!! Mo oís?!!

Key pone cara de circunstancias como si la noticia y la voz de Donald no le hiciera ni puñetera gracia, y responde:

-Si!!, te oigo!!. Perfecto cariño!!

-Estáis bien??!!

-Si!!. Todo marcha bien!!. Tranquilo!!.

-Os esperamos arriba de acuerdo??!!

-Si!!!


Mat ha estado observando a su cuñada mientras hablaba con Donald y sin saber muy bien de donde saca la fuerza y el atrevimiento para hacer lo que está a punto de hacer, pues para el significará, no ha así para Key, destrozar todo aquello por lo que ha vivido y se ha sacrificado dice en voz baja:

-He soñado que hacía el amor contigo muchas veces Key-Y nada mas decirlo baja la mirada al suelo esperando una respuesta.

Key estalla en una sonora carcajada mezcla de incredulidad, sorpresa y nerviosismo.

-No debería haberlo dicho, verdad?. Perdona.

Key le mira compasiva por unos segundos.

-No te preocupes Mat. Es que no me lo esperaba, la verdad..

-Déjalo estar. Ha sido una tontería.

Se produce un ligero silencio que podría aventurar un final abrupto.

-Y que pasa en tus sueños? Si se puede saber-pregunta Key rompiéndolo.

-Hacemos el amor.

-Ya.

-Sonreímos y somos felices, a veces.

-Ya.

-Retozamos tranquilos uno junto al otro desnudos en un jardin.

-Ya.

-Puedes decir algo mas que no sea, ya?-dice Mat mientras sonríe intranquilo.

Ella alarga su mano derecha y acaricia el pelo rizado de Mat como quien acaricia a un hijo. Mat se queda quieto. Paralizado.
Key piensa que la vida es un auténtico disparate. Un despropósito de dimensiones cósmicas en el que casi todas las piezas están fuera de lugar. Desde luego Mat está completamente perdido en medio de la galaxia sin dirección ni futuro y ella navega entre meteoritos procurando no estrellarse y acabar perdida en un planeta innombrable.
Aquel ascensor se podría decir que es un pequeño agujero negro en medio del caos. Porqué no? Si dice a si misma. ¿Porque no hacer el amor con él en ese ascensor detenido?
Sabe que la pregunta misma suena ya inmensamente triste. Suena a derrota compartida. A azufre. Sabe que al hacerlo abrirá una grieta dolorosa que quizás Mat no sepa negociar. Sabe que del placer que aquello les pueda reportar no quedará nada minutos después cuando se sienten a la mesa de los señores Witman y brinden con los demás por unas buenas navidades. Todo eso lo sabe perfectamente y aún así siente que podría ser.
Acerca entonces su dos manos y coge con ellas la cara de Mat. Acerca sus labios a los suyos y empieza a besarle. Se besan apasionados, desbocados. Con intensidad. Sus manos inician la búsqueda de los contornos prometidos bajo las ropas. Soñados mil veces por Mat, posible refugio de una inmensa soledad en el caso de Key.

Se oye un crujido seco. Como si una palanca se desencajara y la electricidad vuelve a invadir el vetusto ascensor. Se enciende la luz de la cabina y el aparato se pone en marcha reiniciando su ascensión hacia el piso catorce.
Mat y Key se separan bruscamente y recomponen sus ropas, pelos y labios a la velocidad del rayo. Key, justo antes de llegar al último rellano donde les esperan expectantes Donald, Susan, Pat, Mat y el señor y la señora witman, dice:

-Esto no ha sucedido.

Mat asiente y mira al suelo. El ascensor se detiene.


















viernes, 9 de enero de 2015

Navidad (Txema)

PUFI, UN CUENTO DE NAVIDAD EN SEIS PARTES

El lanzamiento de una pelota de tenis, un salto..., el amor es casualidad y todos venimos del amor. 

1.- La parte de “Cometas, ballenas, bolígrafos y otros reptiles”

Me sentía pletórico, feliz, aunque también agotado. Eran las ocho de la tarde de un veinticuatro de diciembre, y, por fin, después de veinte días de trabajo intenso había acabado las ilustraciones del cuento infantil “Cometas, ballenas, bolígrafos y otros reptiles” de la editorial Peix.
Me apoyé en el respaldo de la silla con las manos en la nuca, contemplé la pantalla del ordenador, observé el fondo del escritorio: aparecía Anna, mi hija, sonriente en la playa de Sant Martí d’Empúries –era una foto tomada el verano anterior-. Pensé con tristeza que ojalá hubiera podido pasar las Navidades con ella, pero se había ido a Florencia con su madre.

Volví a leer en la pantalla la curiosa historia de “Cometas, ballenas, bolígrafos y otros reptiles” con mis ilustraciones. El cuento narra la historia de Nastia, una niña que cree que todos los objetos que encuentra están vivos: las cometas son una especie de pájaros, los bolígrafos gusanos y una ballena de peluche con la que duerme es real. Noté el hocico de Pufi en la pantorrilla y comprendí que necesitaba un paseo. No lo sacaba desde por la mañana. Pufi era un labrador de dos años que mi ex-pareja se había empeñado en comprar para contentar a Anna. Después de la separación, mi ex-pareja se desentendió. La verdad es que a mí los animales nunca me han gustado y además Pufi era un perro estúpido: ladraba sin motivo, se meaba en casa, se subía al sofá..., me lo quedé por Anna.

2.- La parte del paseo por el parque

El parque estaba vacío, se notaba que era Nochebuena. Yo tenía previsto cenar solo, me había comprado un par de doradas –una me pareció poco-, iba a hacerlas al horno con pimientos verdes y patatas y luego vería una película que había cogido en la biblioteca. Me di cuenta que me había olvidado los guantes, hacía frío; mi respiración se transformaba en humo, traté de entretenerme haciendo aros como si fumara. Pufi buscaba la pelota de tenis y me la traía. Me costaba sacar las manos de los bolsillos del abrigo para coger la pelota.

Mientras paseaba, empecé a pensar que quizá debería hacer algo para solucionar mi soledad; desde la separación, hacía tres años, apenas me había relacionado con nadie, y solo me había acostado una vez con una chica, pero, la verdad, había sido un desastre. Entonces me acordé de una chica pelirroja con pecas que había visto en la editorial Peix. Su cara se me hizo presente entre las sombras de los árboles. Sara, la directora de la sección infantil de la editorial, me contó que era escocesa y que estaba haciendo prácticas. Aquel día, de casualidad, en la cocina de la oficina, cruzamos unas palabras. No recordaba su nombre ni tampoco de qué hablamos, pero sí recordé que le conté que era ilustrador y que ella elogió mis ilustraciones. También recordé que me explicó que en Navidades no volvería a Escocia, por lo que era posible que esa Nochebuena estuviera tan colgada como yo. Saqué el móvil del bolsillo y llamé a Sara.

3.- La parte de la llamada telefónica

-      - ¡Feliz Navidad, Sam! –me respondió con su tono de voz entusiasmado característico-, ¿cómo llevas la Nochebuena?

-                 - Bien, paseando con Pufi por el parque.

-               - ¡A estas horas!, se te van a congelar las ideas. ¿No vas a casa de tus padres?

-              - No, se han ido a Logroño a casa de mi hermana.

-              - ¿Y Anna? –me preguntó endulzando la voz.

-              - Está en Florencia con su madre, este año, de momento, me quedo solo.

-             - Eres un solitario empedernido, tenemos que poner remedio a esa enfermedad -Sara intentaba siempre liarme con alguna de sus amigas solteras, pero hasta aquel momento sus intentos habían acabado en fracaso-.
 
-             - Sí, Sara, por eso te llamaba, ¿sabes la chica escocesa que trabaja contigo?

-             - Sí, Alasdair.

-           - Me contó que en Navidades se quedaría aquí y he pensado que quizá está tan sola como yo.

-        - ¡Genial!, veo que necesitas su teléfono, te lo mando ahora mismo en un whatsapp. Eso sí, tienes que ponerme al corriente de lo que pase, no quiero enterarme por otros –y rió su ocurrencia.

-       - Gracias Sara, le diré que el teléfono me lo has dado tú, eso le dará más confianza.

-        - Por cierto, Sam, ¿cómo están las ilustraciones de “Cometas, ballenas, bolígrafos y otros reptiles”?

-       - Te las acabo de enviar, espero que te gusten, esta vez no tendrás que preocuparte por el timing.

4.- La parte de los whatsapp

Colgué, y a los pocos segundos:

1.- Recibí un whatsapp de Sara con el móvil de Alasdair.
2.- Le mandé un whatsapp a Alasdair felicitándole la Navidad y diciéndole que era el ilustrador de la editorial Peix.
3.- Alasdair me contestó a los pocos minutos felicitándome la Navidad y preguntándome qué estaba haciendo.

La pregunta me pilló desprevenido.

4.- Le contesté que estaba paseando a mi perro.
5.- Me preguntó si mi perro se parecía a Flopy –un perro de un cuento que había ilustrado-.
6.- Le contesté que no, que mi perro era un labrador.
7.- Entonces Alasdair me preguntó si no pasaba la noche con mi familia.
8.- Le expliqué que mis padres se habían ido a Logroño y que había decidido estar solo.
9.- Me mandó unos emoticonos que daban a entender que era un tipo aburrido y otros en los que se reía de mí -aquello me resultó gracioso-.
10.- Le pregunte qué hacía ella y me contestó que estaba sola en su piso.

Al poco me envió una foto en una pose ridícula en la que se la veía riendo en el sofá de su piso con un gorro de Papa Noel. Me di cuenta que hacía rato que había perdido de vista a Pufi. Lo llamé, pero no apareció. Tuve que dar varias vueltas, hasta que finalmente apareció moviendo la cola. Decidí jugármela.

11.- Le sugerí que si quería podíamos pasar la Nochebuena juntos.

Tardó en contestar. Tuve tiempo de lanzar la pelota a Pufi varias veces, lo que me llenó de intranquilidad.

12.- Finalmente me mandó dos emoticonos con una sonrisa.
13.- Le mandé la dirección de mi casa y le pregunté a qué hora podría venir.
14.- Me contestó que alrededor de las diez.
15.- Me despedí con varios emoticonos sonrientes.

5.- La parte del salto

Me sentí eufórico, guardé el móvil en el bolsillo y lancé la pelota de tenis con todas mis fuerzas como si fuera un jugador de beisbol. La pelota llegó hasta la pista de baloncesto, votó, se elevó y acabó cayendo por el desnivel que daba a la calle. Pufi, que había salido disparado tras ella, pasó por debajo de la valla y sin pensárselo saltó al vacío. Pasó un segundo eterno y escuché el sonido seco de su cuerpo estampándose contra la acera. Me acerqué corriendo. Desde arriba vi a Pufi tumbado rodeado de una mancha de sangre. Había una altura de más de quince metros. Bajé por las escaleras, cogí a Pufi en brazos y corrí hasta el veterinario del barrio. Al llegar descubrí que estaba cerrado, en un cartel aparecía la dirección del veterinario de guardia. Paré un taxi, pero al ver que llevaba en brazos un perro sangrando, el taxista arrancó sin dejarme subir. Finalmente conseguí parar a uno que me contó que tenía un perro, le dije la dirección y salió disparado. Por el camino me iba contando historias de su perro, pero yo no estaba atento; me sentía exhausto, temblaba; Pufi respiraba con dificultad y sangraba por la boca.

6.- La parte de la veterinaria

Me recibió una chica con una bata azul, el consultorio estaba vacío. Al ver el estado de Pufi, me hizo entrar rápido en una sala y me pidió que lo tumbara en una camilla –la sábana blanca se manchó con la sangre de Pufi-. Le conté lo que había sucedido y mientras le hablaba le inyectó un tranquilizante que lo dejó sedado. Me explicó que necesitaba operar a Pufi urgentemente, coserle las heridas y comprobar cuantos huesos tenía rotos, seguramente muchos. Me dijo que no podía asegurarme que pudiera salvarle la vida.

Me senté en una butaca a esperar. Imaginé la cara de Anna al explicarle que Pufi había muerto. Sentí dolor, tristeza e impotencia. Me di cuenta que si no hubiera lanzado la pelota tan fuerte aquello no hubiera sucedido. Era la primera vez que le lanzaba a Pufi la pelota fuera del parque, él siempre iba a buscarla, era un perro de caza: ésa era su misión: la pelota como si fuera un ave o un conejo. Me acordé del cuento “Cometas, ballenas, bolígrafos y otros reptiles”. Me puse a llorar con las manos en los ojos. Me di cuenta que Pufi formaba parte de mi vida. En ese momento hubiera hecho cualquier cosa por evitar aquel estúpido lanzamiento de pelota. No podía parar de llorar. Hacía cuarenta minutos que la veterinaria estaba operando a Pufi.

16.- Le mandé un whatsapp a Alasdair explicándole lo que había sucedido y cancelando la cita.
17.- Me dijo que le daba mucha pena y que podíamos quedar cualquier otro día.
18.- Le dije que Ok.

Cuando salió la veterinaria, media hora más tarde, supe por su cara que la operación no había ido bien.

-       - Está vivo, pero... –me dijo.
-       - ¿Cómo ha ido? –la interrumpí.
-   - Tiene las dos patas de delante rotas y varias costillas, no puede respirar sin ayuda de la máquina, es difícil que sobreviva.

Me derrumbé. Me senté en la butaca y volví a llorar. Ya no solo lloraba por Pufi sino por mi vida, por como me habían ido las cosas en los últimos años, por mi soledad.

-       - ¿Qué podemos hacer? –le pregunté desesperado.
-      - Lo mejor, es ayudarle a morir. Los perros no soportan las caídas, no son gatos. He visto decenas de casos.

La veterinaria se acercó y me abrazó. Noté su cabello en mi cara, la piel de su cuello, su colonia, el cuerpo frágil... Fueron unos segundos, quizá unos minutos, pero lo supe: supe que me gustaba la veterinaria, aunque todavía no sabía su nombre. Es posible que la tristeza hubiera abierto mis sentimientos y que de la misma forma que notaba como me hundía, descubrí el flotador que podía salvarme. No lo sé, la verdad, también es posible que si la caída de Pufi no hubiera sido tan grave, hubiera acabado cenando en mi piso con Alasdair y quizá hubiéramos sido felices. No lo sé, no entiendo como funcionan las casualidades, y el amor es una casualidad.

Metimos a Pufi en una bolsa de basura negra. Creta, que así se llamaba la veterinaria, me dijo que al día siguiente lo podíamos llevar a incinerar. Me habló del precio y también me comentó que si quería podía enterrarlo en algún campo. Le dije que prefería incinerarlo y que pasaría al día siguiente. Me dio la factura de la operación, pagué con una tarjeta y me la quedé mirando. Ella estaba al otro lado del mostrador.

-       - ¿Te importa que vuelva a abrazarte? –le pregunté sin venir a cuento.
-      -  Sí, puedes abrazarme –salió del mostrador y se acercó.

La abracé con timidez, ella también me abrazó. Al principio parecíamos dos extraños actuando, pero pronto el abrazo se volvió cálido. Pasé mi mano por su cabello, ella me miró y la besé en la frente. Luego nos besamos en la boca varias veces, nos volvimos a abrazar, nos sentimos bien, reímos. Poco después, mientras cenábamos unos canapés que Creta había traído, me contó que se sentía terriblemente sola. Su familia –su madre y un hermano- eran de Mallorca, pero no se llevaban demasiado bien. Bebimos una botella de cava y varias cervezas. Nos volvimos a besar, nos acariciamos, hicimos el amor en un sofá -no hubo ninguna otra urgencia en el consultorio- y nos quedamos dormidos junto a un Papá Noel y debajo de unas luces navideñas verdes y rojas parpadeantes.