viernes, 9 de enero de 2015

Navidad (Txema)

PUFI, UN CUENTO DE NAVIDAD EN SEIS PARTES

El lanzamiento de una pelota de tenis, un salto..., el amor es casualidad y todos venimos del amor. 

1.- La parte de “Cometas, ballenas, bolígrafos y otros reptiles”

Me sentía pletórico, feliz, aunque también agotado. Eran las ocho de la tarde de un veinticuatro de diciembre, y, por fin, después de veinte días de trabajo intenso había acabado las ilustraciones del cuento infantil “Cometas, ballenas, bolígrafos y otros reptiles” de la editorial Peix.
Me apoyé en el respaldo de la silla con las manos en la nuca, contemplé la pantalla del ordenador, observé el fondo del escritorio: aparecía Anna, mi hija, sonriente en la playa de Sant Martí d’Empúries –era una foto tomada el verano anterior-. Pensé con tristeza que ojalá hubiera podido pasar las Navidades con ella, pero se había ido a Florencia con su madre.

Volví a leer en la pantalla la curiosa historia de “Cometas, ballenas, bolígrafos y otros reptiles” con mis ilustraciones. El cuento narra la historia de Nastia, una niña que cree que todos los objetos que encuentra están vivos: las cometas son una especie de pájaros, los bolígrafos gusanos y una ballena de peluche con la que duerme es real. Noté el hocico de Pufi en la pantorrilla y comprendí que necesitaba un paseo. No lo sacaba desde por la mañana. Pufi era un labrador de dos años que mi ex-pareja se había empeñado en comprar para contentar a Anna. Después de la separación, mi ex-pareja se desentendió. La verdad es que a mí los animales nunca me han gustado y además Pufi era un perro estúpido: ladraba sin motivo, se meaba en casa, se subía al sofá..., me lo quedé por Anna.

2.- La parte del paseo por el parque

El parque estaba vacío, se notaba que era Nochebuena. Yo tenía previsto cenar solo, me había comprado un par de doradas –una me pareció poco-, iba a hacerlas al horno con pimientos verdes y patatas y luego vería una película que había cogido en la biblioteca. Me di cuenta que me había olvidado los guantes, hacía frío; mi respiración se transformaba en humo, traté de entretenerme haciendo aros como si fumara. Pufi buscaba la pelota de tenis y me la traía. Me costaba sacar las manos de los bolsillos del abrigo para coger la pelota.

Mientras paseaba, empecé a pensar que quizá debería hacer algo para solucionar mi soledad; desde la separación, hacía tres años, apenas me había relacionado con nadie, y solo me había acostado una vez con una chica, pero, la verdad, había sido un desastre. Entonces me acordé de una chica pelirroja con pecas que había visto en la editorial Peix. Su cara se me hizo presente entre las sombras de los árboles. Sara, la directora de la sección infantil de la editorial, me contó que era escocesa y que estaba haciendo prácticas. Aquel día, de casualidad, en la cocina de la oficina, cruzamos unas palabras. No recordaba su nombre ni tampoco de qué hablamos, pero sí recordé que le conté que era ilustrador y que ella elogió mis ilustraciones. También recordé que me explicó que en Navidades no volvería a Escocia, por lo que era posible que esa Nochebuena estuviera tan colgada como yo. Saqué el móvil del bolsillo y llamé a Sara.

3.- La parte de la llamada telefónica

-      - ¡Feliz Navidad, Sam! –me respondió con su tono de voz entusiasmado característico-, ¿cómo llevas la Nochebuena?

-                 - Bien, paseando con Pufi por el parque.

-               - ¡A estas horas!, se te van a congelar las ideas. ¿No vas a casa de tus padres?

-              - No, se han ido a Logroño a casa de mi hermana.

-              - ¿Y Anna? –me preguntó endulzando la voz.

-              - Está en Florencia con su madre, este año, de momento, me quedo solo.

-             - Eres un solitario empedernido, tenemos que poner remedio a esa enfermedad -Sara intentaba siempre liarme con alguna de sus amigas solteras, pero hasta aquel momento sus intentos habían acabado en fracaso-.
 
-             - Sí, Sara, por eso te llamaba, ¿sabes la chica escocesa que trabaja contigo?

-             - Sí, Alasdair.

-           - Me contó que en Navidades se quedaría aquí y he pensado que quizá está tan sola como yo.

-        - ¡Genial!, veo que necesitas su teléfono, te lo mando ahora mismo en un whatsapp. Eso sí, tienes que ponerme al corriente de lo que pase, no quiero enterarme por otros –y rió su ocurrencia.

-       - Gracias Sara, le diré que el teléfono me lo has dado tú, eso le dará más confianza.

-        - Por cierto, Sam, ¿cómo están las ilustraciones de “Cometas, ballenas, bolígrafos y otros reptiles”?

-       - Te las acabo de enviar, espero que te gusten, esta vez no tendrás que preocuparte por el timing.

4.- La parte de los whatsapp

Colgué, y a los pocos segundos:

1.- Recibí un whatsapp de Sara con el móvil de Alasdair.
2.- Le mandé un whatsapp a Alasdair felicitándole la Navidad y diciéndole que era el ilustrador de la editorial Peix.
3.- Alasdair me contestó a los pocos minutos felicitándome la Navidad y preguntándome qué estaba haciendo.

La pregunta me pilló desprevenido.

4.- Le contesté que estaba paseando a mi perro.
5.- Me preguntó si mi perro se parecía a Flopy –un perro de un cuento que había ilustrado-.
6.- Le contesté que no, que mi perro era un labrador.
7.- Entonces Alasdair me preguntó si no pasaba la noche con mi familia.
8.- Le expliqué que mis padres se habían ido a Logroño y que había decidido estar solo.
9.- Me mandó unos emoticonos que daban a entender que era un tipo aburrido y otros en los que se reía de mí -aquello me resultó gracioso-.
10.- Le pregunte qué hacía ella y me contestó que estaba sola en su piso.

Al poco me envió una foto en una pose ridícula en la que se la veía riendo en el sofá de su piso con un gorro de Papa Noel. Me di cuenta que hacía rato que había perdido de vista a Pufi. Lo llamé, pero no apareció. Tuve que dar varias vueltas, hasta que finalmente apareció moviendo la cola. Decidí jugármela.

11.- Le sugerí que si quería podíamos pasar la Nochebuena juntos.

Tardó en contestar. Tuve tiempo de lanzar la pelota a Pufi varias veces, lo que me llenó de intranquilidad.

12.- Finalmente me mandó dos emoticonos con una sonrisa.
13.- Le mandé la dirección de mi casa y le pregunté a qué hora podría venir.
14.- Me contestó que alrededor de las diez.
15.- Me despedí con varios emoticonos sonrientes.

5.- La parte del salto

Me sentí eufórico, guardé el móvil en el bolsillo y lancé la pelota de tenis con todas mis fuerzas como si fuera un jugador de beisbol. La pelota llegó hasta la pista de baloncesto, votó, se elevó y acabó cayendo por el desnivel que daba a la calle. Pufi, que había salido disparado tras ella, pasó por debajo de la valla y sin pensárselo saltó al vacío. Pasó un segundo eterno y escuché el sonido seco de su cuerpo estampándose contra la acera. Me acerqué corriendo. Desde arriba vi a Pufi tumbado rodeado de una mancha de sangre. Había una altura de más de quince metros. Bajé por las escaleras, cogí a Pufi en brazos y corrí hasta el veterinario del barrio. Al llegar descubrí que estaba cerrado, en un cartel aparecía la dirección del veterinario de guardia. Paré un taxi, pero al ver que llevaba en brazos un perro sangrando, el taxista arrancó sin dejarme subir. Finalmente conseguí parar a uno que me contó que tenía un perro, le dije la dirección y salió disparado. Por el camino me iba contando historias de su perro, pero yo no estaba atento; me sentía exhausto, temblaba; Pufi respiraba con dificultad y sangraba por la boca.

6.- La parte de la veterinaria

Me recibió una chica con una bata azul, el consultorio estaba vacío. Al ver el estado de Pufi, me hizo entrar rápido en una sala y me pidió que lo tumbara en una camilla –la sábana blanca se manchó con la sangre de Pufi-. Le conté lo que había sucedido y mientras le hablaba le inyectó un tranquilizante que lo dejó sedado. Me explicó que necesitaba operar a Pufi urgentemente, coserle las heridas y comprobar cuantos huesos tenía rotos, seguramente muchos. Me dijo que no podía asegurarme que pudiera salvarle la vida.

Me senté en una butaca a esperar. Imaginé la cara de Anna al explicarle que Pufi había muerto. Sentí dolor, tristeza e impotencia. Me di cuenta que si no hubiera lanzado la pelota tan fuerte aquello no hubiera sucedido. Era la primera vez que le lanzaba a Pufi la pelota fuera del parque, él siempre iba a buscarla, era un perro de caza: ésa era su misión: la pelota como si fuera un ave o un conejo. Me acordé del cuento “Cometas, ballenas, bolígrafos y otros reptiles”. Me puse a llorar con las manos en los ojos. Me di cuenta que Pufi formaba parte de mi vida. En ese momento hubiera hecho cualquier cosa por evitar aquel estúpido lanzamiento de pelota. No podía parar de llorar. Hacía cuarenta minutos que la veterinaria estaba operando a Pufi.

16.- Le mandé un whatsapp a Alasdair explicándole lo que había sucedido y cancelando la cita.
17.- Me dijo que le daba mucha pena y que podíamos quedar cualquier otro día.
18.- Le dije que Ok.

Cuando salió la veterinaria, media hora más tarde, supe por su cara que la operación no había ido bien.

-       - Está vivo, pero... –me dijo.
-       - ¿Cómo ha ido? –la interrumpí.
-   - Tiene las dos patas de delante rotas y varias costillas, no puede respirar sin ayuda de la máquina, es difícil que sobreviva.

Me derrumbé. Me senté en la butaca y volví a llorar. Ya no solo lloraba por Pufi sino por mi vida, por como me habían ido las cosas en los últimos años, por mi soledad.

-       - ¿Qué podemos hacer? –le pregunté desesperado.
-      - Lo mejor, es ayudarle a morir. Los perros no soportan las caídas, no son gatos. He visto decenas de casos.

La veterinaria se acercó y me abrazó. Noté su cabello en mi cara, la piel de su cuello, su colonia, el cuerpo frágil... Fueron unos segundos, quizá unos minutos, pero lo supe: supe que me gustaba la veterinaria, aunque todavía no sabía su nombre. Es posible que la tristeza hubiera abierto mis sentimientos y que de la misma forma que notaba como me hundía, descubrí el flotador que podía salvarme. No lo sé, la verdad, también es posible que si la caída de Pufi no hubiera sido tan grave, hubiera acabado cenando en mi piso con Alasdair y quizá hubiéramos sido felices. No lo sé, no entiendo como funcionan las casualidades, y el amor es una casualidad.

Metimos a Pufi en una bolsa de basura negra. Creta, que así se llamaba la veterinaria, me dijo que al día siguiente lo podíamos llevar a incinerar. Me habló del precio y también me comentó que si quería podía enterrarlo en algún campo. Le dije que prefería incinerarlo y que pasaría al día siguiente. Me dio la factura de la operación, pagué con una tarjeta y me la quedé mirando. Ella estaba al otro lado del mostrador.

-       - ¿Te importa que vuelva a abrazarte? –le pregunté sin venir a cuento.
-      -  Sí, puedes abrazarme –salió del mostrador y se acercó.

La abracé con timidez, ella también me abrazó. Al principio parecíamos dos extraños actuando, pero pronto el abrazo se volvió cálido. Pasé mi mano por su cabello, ella me miró y la besé en la frente. Luego nos besamos en la boca varias veces, nos volvimos a abrazar, nos sentimos bien, reímos. Poco después, mientras cenábamos unos canapés que Creta había traído, me contó que se sentía terriblemente sola. Su familia –su madre y un hermano- eran de Mallorca, pero no se llevaban demasiado bien. Bebimos una botella de cava y varias cervezas. Nos volvimos a besar, nos acariciamos, hicimos el amor en un sofá -no hubo ninguna otra urgencia en el consultorio- y nos quedamos dormidos junto a un Papá Noel y debajo de unas luces navideñas verdes y rojas parpadeantes.



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