PUFI, UN CUENTO DE NAVIDAD EN SEIS PARTES
El lanzamiento de una pelota de tenis, un salto..., el amor es casualidad y todos venimos del amor.
1.- La parte
de “Cometas, ballenas, bolígrafos y otros reptiles”
Me sentía
pletórico, feliz, aunque también agotado. Eran las ocho de la tarde de un
veinticuatro de diciembre, y, por fin, después de veinte días de trabajo
intenso había acabado las ilustraciones del cuento infantil “Cometas, ballenas,
bolígrafos y otros reptiles” de la editorial Peix.
Me apoyé en
el respaldo de la silla con las manos en la nuca, contemplé la pantalla del
ordenador, observé el fondo del escritorio: aparecía Anna, mi hija, sonriente en la playa de
Sant Martí d’Empúries –era una foto tomada el verano anterior-. Pensé con
tristeza que ojalá hubiera podido pasar las Navidades con ella, pero se había
ido a Florencia con su madre.
Volví a leer
en la pantalla la curiosa historia de “Cometas, ballenas, bolígrafos y otros
reptiles” con mis ilustraciones. El cuento narra la historia de Nastia, una
niña que cree que todos los objetos que encuentra están vivos: las cometas son
una especie de pájaros, los bolígrafos gusanos y una ballena de peluche con la
que duerme es real. Noté el hocico de Pufi en la pantorrilla y comprendí que
necesitaba un paseo. No lo sacaba desde por la mañana. Pufi era un labrador de
dos años que mi ex-pareja se había empeñado en comprar para contentar a Anna.
Después de la separación, mi ex-pareja se desentendió. La verdad es que a mí los
animales nunca me han gustado y además Pufi era un perro estúpido: ladraba sin
motivo, se meaba en casa, se subía al sofá..., me lo quedé por Anna.
2.- La parte
del paseo por el parque
El parque
estaba vacío, se notaba que era Nochebuena. Yo tenía previsto cenar solo, me
había comprado un par de doradas –una me pareció poco-, iba a hacerlas al horno
con pimientos verdes y patatas y luego vería una película que había cogido en
la biblioteca. Me di cuenta que me había olvidado los guantes, hacía frío; mi
respiración se transformaba en humo, traté de entretenerme haciendo aros como
si fumara. Pufi buscaba la pelota de tenis y me la traía. Me costaba sacar las
manos de los bolsillos del abrigo para coger la pelota.
Mientras
paseaba, empecé a pensar que quizá debería hacer algo para solucionar mi soledad;
desde la separación, hacía tres años, apenas me había relacionado con nadie, y solo
me había acostado una vez con una chica, pero, la verdad, había sido un
desastre. Entonces me acordé de una chica pelirroja con pecas que había visto en la editorial Peix. Su cara se me hizo presente entre las sombras de los árboles.
Sara, la directora de la sección infantil de la editorial, me contó que era escocesa
y que estaba haciendo prácticas. Aquel día, de casualidad, en la cocina de la oficina,
cruzamos unas palabras. No recordaba su nombre ni tampoco de qué hablamos, pero
sí recordé que le conté que era ilustrador y que ella elogió mis ilustraciones.
También recordé que me explicó que en Navidades no volvería a Escocia, por lo
que era posible que esa Nochebuena estuviera tan colgada como yo. Saqué el
móvil del bolsillo y llamé a Sara.
3.- La parte
de la llamada telefónica
- - ¡Feliz Navidad, Sam! –me respondió con su tono de
voz entusiasmado característico-, ¿cómo llevas la Nochebuena?
- - Bien, paseando con Pufi por el parque.
- - ¡A estas horas!, se te van a congelar las ideas. ¿No
vas a casa de tus padres?
- - No, se han ido a Logroño a casa de mi hermana.
- - ¿Y Anna? –me preguntó endulzando la voz.
- - Está en Florencia con su madre, este año, de
momento, me quedo solo.
- - Eres un solitario empedernido, tenemos que poner
remedio a esa enfermedad -Sara intentaba siempre liarme con alguna de sus
amigas solteras, pero hasta aquel momento sus intentos habían acabado en
fracaso-.
- - Sí, Sara, por eso te llamaba, ¿sabes la chica
escocesa que trabaja contigo?
- - Sí, Alasdair.
- - Me contó que en Navidades se quedaría aquí y he
pensado que quizá está tan sola como yo.
- - ¡Genial!, veo que necesitas su teléfono, te lo mando ahora mismo en un whatsapp. Eso
sí, tienes que ponerme al corriente de lo que pase, no quiero enterarme por
otros –y rió su ocurrencia.
- - Gracias Sara, le diré que el teléfono me lo has dado
tú, eso le dará más confianza.
- - Por cierto, Sam, ¿cómo están las ilustraciones de
“Cometas, ballenas, bolígrafos y otros reptiles”?
- - Te las acabo de enviar, espero que te gusten, esta
vez no tendrás que preocuparte por el timing.
4.- La parte
de los whatsapp
Colgué, y a
los pocos segundos:
1.- Recibí
un whatsapp de Sara con el móvil de Alasdair.
2.- Le mandé
un whatsapp a Alasdair felicitándole la Navidad y diciéndole que era el ilustrador
de la editorial Peix.
3.- Alasdair
me contestó a los pocos minutos felicitándome la Navidad y preguntándome qué
estaba haciendo.
La pregunta
me pilló desprevenido.
4.- Le
contesté que estaba paseando a mi perro.
5.- Me
preguntó si mi perro se parecía a Flopy –un perro de un cuento que había
ilustrado-.
6.- Le
contesté que no, que mi perro era un labrador.
7.- Entonces
Alasdair me preguntó si no pasaba la noche con mi familia.
8.- Le
expliqué que mis padres se habían ido a Logroño y que había decidido estar
solo.
9.- Me mandó
unos emoticonos que daban a entender que era un tipo aburrido y otros en los
que se reía de mí -aquello me resultó gracioso-.
10.- Le
pregunte qué hacía ella y me contestó que estaba sola en su piso.
Al poco me
envió una foto en una pose ridícula en la que se la veía riendo en el sofá de
su piso con un gorro de Papa Noel. Me di cuenta que hacía rato que había
perdido de vista a Pufi. Lo llamé, pero no apareció. Tuve que dar varias
vueltas, hasta que finalmente apareció moviendo la cola. Decidí jugármela.
11.- Le sugerí
que si quería podíamos pasar la Nochebuena juntos.
Tardó en
contestar. Tuve tiempo de lanzar la pelota a Pufi varias veces, lo que me llenó
de intranquilidad.
12.- Finalmente
me mandó dos emoticonos con una sonrisa.
13.- Le
mandé la dirección de mi casa y le pregunté a qué hora podría venir.
14.- Me contestó
que alrededor de las diez.
15.- Me
despedí con varios emoticonos sonrientes.
5.- La parte
del salto
Me sentí
eufórico, guardé el móvil en el bolsillo y lancé la pelota de tenis con todas
mis fuerzas como si fuera un jugador de beisbol. La pelota llegó hasta la pista
de baloncesto, votó, se elevó y acabó cayendo por el desnivel que daba a la
calle. Pufi, que había salido disparado tras ella, pasó por debajo de la valla
y sin pensárselo saltó al vacío. Pasó un segundo eterno y escuché el sonido
seco de su cuerpo estampándose contra la acera. Me acerqué corriendo. Desde
arriba vi a Pufi tumbado rodeado de una mancha de sangre. Había una altura de más
de quince metros. Bajé por las escaleras, cogí a Pufi en brazos y corrí hasta
el veterinario del barrio. Al llegar descubrí que estaba cerrado, en
un cartel aparecía la dirección del veterinario de guardia. Paré un taxi, pero
al ver que llevaba en brazos un perro sangrando, el taxista arrancó sin dejarme
subir. Finalmente conseguí parar a uno que me contó que tenía un perro, le dije
la dirección y salió disparado. Por el camino me iba contando historias de su
perro, pero yo no estaba atento; me sentía exhausto, temblaba; Pufi respiraba
con dificultad y sangraba por la boca.
6.- La parte
de la veterinaria
Me recibió
una chica con una bata azul, el consultorio estaba vacío. Al ver el estado de
Pufi, me hizo entrar rápido en una sala y me pidió que lo tumbara en una
camilla –la sábana blanca se manchó con la sangre de Pufi-. Le conté lo que
había sucedido y mientras le hablaba le inyectó un tranquilizante que lo dejó
sedado. Me explicó que necesitaba operar a Pufi urgentemente, coserle las
heridas y comprobar cuantos huesos tenía rotos, seguramente muchos. Me dijo que
no podía asegurarme que pudiera salvarle la vida.
Me senté en
una butaca a esperar. Imaginé la cara de Anna al explicarle que Pufi había
muerto. Sentí dolor, tristeza e impotencia. Me di cuenta que si no hubiera
lanzado la pelota tan fuerte aquello no hubiera sucedido. Era la primera vez
que le lanzaba a Pufi la pelota fuera del parque, él siempre iba a buscarla,
era un perro de caza: ésa era su misión: la pelota como si fuera un ave o un
conejo. Me acordé del cuento “Cometas, ballenas, bolígrafos y otros reptiles”.
Me puse a llorar con las manos en los ojos. Me di cuenta que Pufi formaba parte
de mi vida. En ese momento hubiera hecho cualquier cosa por evitar aquel
estúpido lanzamiento de pelota. No podía parar de llorar. Hacía cuarenta
minutos que la veterinaria estaba operando a Pufi.
16.- Le
mandé un whatsapp a Alasdair explicándole lo que había sucedido y cancelando la
cita.
17.- Me dijo
que le daba mucha pena y que podíamos quedar cualquier otro día.
18.- Le dije
que Ok.
Cuando salió
la veterinaria, media hora más tarde, supe por su cara que la operación no
había ido bien.
- - Está vivo, pero... –me dijo.
- - ¿Cómo ha ido? –la interrumpí.
- - Tiene las dos patas de delante rotas y varias
costillas, no puede respirar sin ayuda de la máquina, es difícil que sobreviva.
Me derrumbé.
Me senté en la butaca y volví a llorar. Ya no solo lloraba por Pufi sino por mi
vida, por como me habían ido las cosas en los últimos años, por mi soledad.
- - ¿Qué podemos hacer? –le pregunté desesperado.
- - Lo mejor, es ayudarle a morir. Los perros no
soportan las caídas, no son gatos. He visto decenas de casos.
La
veterinaria se acercó y me abrazó. Noté su cabello en mi cara, la piel de su
cuello, su colonia, el cuerpo frágil... Fueron unos segundos, quizá unos
minutos, pero lo supe: supe que me gustaba la veterinaria, aunque todavía no
sabía su nombre. Es posible que la tristeza hubiera abierto mis sentimientos y que
de la misma forma que notaba como me hundía, descubrí el flotador que podía
salvarme. No lo sé, la verdad, también es posible que si la caída de Pufi no hubiera
sido tan grave, hubiera acabado cenando en mi piso con Alasdair y quizá
hubiéramos sido felices. No lo sé, no entiendo como funcionan las casualidades,
y el amor es una casualidad.
Metimos a
Pufi en una bolsa de basura negra. Creta, que así se llamaba la veterinaria, me
dijo que al día siguiente lo podíamos llevar a incinerar. Me habló del precio y
también me comentó que si quería podía enterrarlo en algún campo. Le dije que
prefería incinerarlo y que pasaría al día siguiente. Me dio la factura de la
operación, pagué con una tarjeta y me la quedé mirando. Ella estaba al otro
lado del mostrador.
- - ¿Te importa que vuelva a abrazarte? –le pregunté sin
venir a cuento.
- - Sí, puedes abrazarme –salió del mostrador y se
acercó.
La abracé
con timidez, ella también me abrazó. Al principio parecíamos dos extraños
actuando, pero pronto el abrazo se volvió cálido. Pasé mi mano por su cabello,
ella me miró y la besé en la frente. Luego nos besamos en la boca varias veces,
nos volvimos a abrazar, nos sentimos bien, reímos. Poco después, mientras
cenábamos unos canapés que Creta había traído, me contó que se sentía
terriblemente sola. Su familia –su madre y un hermano- eran de Mallorca, pero
no se llevaban demasiado bien. Bebimos una botella de cava y varias cervezas. Nos volvimos a
besar, nos acariciamos, hicimos el amor en un sofá -no hubo ninguna otra urgencia en el consultorio- y nos
quedamos dormidos junto a un Papá Noel y debajo de unas luces
navideñas verdes y rojas parpadeantes.
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