CUENTO DE NAVIDAD (Felipe)
El puente rojo de hierro tiene suelo
de madera y en cada paso convoca el eco de otros pasos. Está en el centro de la
ciudad. En las escaleras del puente se sientan pobres a pedir limosna. Desde la
ventana de su habitación, Valentina los ve allí días enteros para juntar unas
monedas. Tienen los pobres sus ojos detenidos en un momento de tristeza.
Valentina
atraviesa a diario el puente para ir colegio, para volver del colegio, para ir
al parque o para salir de paseo. Siempre de la mano de sus padres. Fueron
largas las negociaciones, pero ambas partes convinieron en que Valentina sólo
podía dar una moneda al día a uno de los pobres.
Es
invierno y la humedad feroz sube del río y se hace escarcha en los edificios y
en la tarima del puente. En invierno los pasos son más lentos y, entre los
gorros y las bufandas, apenas las caras asoman como animalillos que husmearan
el peligro. Solo los pobres del puente se enfrentan a él a cara descubierta, y
se pregunta Valentina si es que la tristeza tiene un calor secreto.
Falta
un día para la mañana de Reyes. Desde la cama y desde el sueño, como el eco de
una música llegada de otro tiempo, Valentina oye las notas de un instrumento
que no conoce. Son las notas de un armónica. Un nuevo pobre ha ocupado las
escaleras, pero no para pedir limosna, sino para hacer un trueque. En la Feria
del intercambio, Valentina ha aprendido lo que es un trueque, y cada seis meses
escoge cuidadosamente los juguetes o la ropa que ha decidido cambiar.
Música
a cambio de monedas.
Valentina,
desde la cama, escucha esa música. Por la ventana ve las luces de navidad que
han colocado en su calle y en todo el centro de la ciudad. Escucha con atención.
Son notas que se alargan y, en el camino, tiemblan, notas de una canción lenta
y triste como un naufragio.
Tal vez sea porque hace mucho frío o porque es
un día nublado; tal vez porque es navidad, pero a Valentina esa canción le recuerda
a un árbol en invierno, a una hoja cayendo de ese árbol, al vuelo de esa hoja
hasta tocar el suelo.
Se
levanta de la cama y mira por la ventana. El pobre tiene las dos manos pegadas
a la boca, y de ellas –de sus manos envueltas en vaho– sale la música. Lleva un
gorro oscuro con orejeras y tiene una barba blanca y larga y despeinada.
Delante suyo tiene una taza y, apoyado en la taza, un cartel con unas letras
que Valentina no alcanza a leer.
Cuando
entra en el comedor, les pregunta a sus padres cuál es ese instrumento. Lo tres
se asoman a la ventana. Una armónica, responde su madre. Toca muy bien, dice su
padre.
Después
de desayunar, los tres se visten y salen a comprar y a pasear por la ciudad. Pasarán
el día fuera.
No
es necesario que Valentina se lo pida a su padre: en cuanto pisan la calle, él
le da una moneda, ella cruza a la otra acera y se acerca al hombre de la armónica.
Ahora sí puede leer el cartel –en realidad un cartón mal cortado, pero con letras
de hermosa caligrafía–: Músico
aficionado. Para servirle.
Sus
padres la esperan desde el otro lado de la calle. Ella, cuidadosamente, deja la
moneda en la taza. Sin dejar de tocar, el hombre asiente, pero no levanta la
vista. Tiene los ojos cerrados, concentrados en la música; Valentina ve las
notas que son vaho, aliento del frío, salir de dentro de esas manos de uñas
gruesas e irregulares y del calor de unos pulmones ya viejos pero aún capaces. Una
pequeña armónica plateada se esconde dentro de esas manos, como una luciérnaga
en medio de la tundra.
Valentina
no sabría decir la edad del hombre. Si éste abriera los ojos tal vez sería más
fácil. A falta de su mirada, se fija en los infinitos caminos que las arrugas
le dibujan en la cara, y se fija en su barba –que tal vez siempre fue blanca– y
piensa que en estos días de invierno le debe de ser de gran ayuda.
A
lo largo del día, Valentina está más callada de lo habitual. Siempre ha sido
una niña prudente, también payasa, pero sin estridencias, y muy preguntona,
aunque nunca pesada. Hoy, Noche de Reyes, a pesar de que sus padres saben que
tiene más preguntas que nunca, no dice nada. Seria y obediente, no atiende a la
rutina del supermercado ni opone resistencia en la zapatería, apura ensimismada
las patatas en el restaurante y no nota el cansancio del día cuando vuelven
caminando junto al rio.
Ya
ha oscurecido y las luces de la ciudad se reflejan y tiemblan en las aguas del
rio perezoso. La navidad en la ciudad parece dormir durante el día, y es por la
noche cuando despierta: sus luces asaltan las calles, y sus colores y formas
ablandan los corazones hasta de los hombres más taciturnos.
Abrigados
y cargados de bolsas, vuelven lo tres a casa. Al entrar por la rambla, y antes
incluso de subir las escaleras del puente rojo, Valentina ya oye las notas –resumen
del invierno– y se suelta de la mano de su madre y sube las escaleras y corre
por la tarima de un puente rojo que se llena de ecos. Al otro lado sigue el
hombre de la armónica, sentado, tocando con los ojos cerrados, como si el
tiempo no hubiera pasado –pero sí ha pasado y sigue siendo una taza vacía–.
Valentina
se sienta en uno de los escalones y escucha la música. Cuando llegan sus
padres, no hay negociación: su padre le da otra moneda y Valentina la deja en
la taza. Y el hombre asiente, una vez más, sin levantar la mirada y sin dejar
de tocar.
Hay
que volver a casa, dejar las bolsas y prepararse para ir a ver la llegada de
los Reyes Magos a la ciudad. Como siempre, llegarán por el rio, en barcazas
llenas de regalos. Ya empieza a haber cierta excitación por las calles;
aparecen las primeras carreras para coger posiciones, y algunos niños llevan
sus farolillos agarrados con firmeza.
Cuando
bajan de nuevo a la calle, el hombre de la armónica ya no está. Perdido entre
la multitud, Valentina se pregunta si también él ira a ver la llegada de los
Reyes Magos. ¿Qué les habrá pedido de regalo? Hace tres días que Valentina le
entregó a uno de los pajes la carta con sus regalos. Lamenta que en esa lista
no esté escrito lo que ahora desea más que nada en el mundo: una armónica. Pero
no le dice nada a sus padres.
La
llegada de los Reyes Magos, como cada año, es multitudinaria y exitosa. Todo el
centro de la ciudad queda sembrado de caramelos y farolillos rotos. Las
familias, con la misma premura que han venido, vuelven a sus casas.
Esta
noche será larga y corta a la vez.
Valentina
se va a dormir, repasando los regalos que apuntó con su mejor letra en la carta
que le entregó al paje: unos patines de línea, una colección de libros del
ratón Gerónimo, acuarelas y un cuaderno grande para pintar…
Y
se duerme.
A
la mañana siguiente, ya ha salido el sol cuando se despierta. Sus padres siguen
en la cama. Ella sale cautelosa, va hasta el comedor. Encima del sofá y sobre
la mesa y debajo del abeto iluminado con luces parpadeantes, están los regalos
que silenciosamente los Reyes han dejado en algún momento de la noche.
Valentina sale corriendo hacia la habitación de sus padres.
Somnolientos
y perezosos, sus padres remonolean en la cama. Daros prisa, exige ella. Y ellos
se dan prisa.
Los
tres empiezan a leer los nombres de los paquetes y a abrirlos sin piedad. La
alegría y la sorpresa de los deseos cumplidos. Libros, ropa, perfumes y, uno
por uno, los regalos que Valentina había incluido en su lista.
Al
poco rato, el padre ya prepara el desayuno, la madre recoge el mar de papeles
de colores que alfombran el suelo del comedor y Valentina, arrebujada en el
sofá, empieza a leer una de las aventuras del ratón reportero.
La
ilusión, de nuevo, se mece en el silencio y en la intimidad de cada uno.
De
repente, la madre, con ojos pícaros pregunta: “¿Estás segura de que has abierto
todos los regalos?”. Y mira hacia el abeto.
En
el tiesto, Valentina encuentra un paquete minúsculo. Lo abre. Es un estuche
azul. Lo abre. Es una armónica. Valentina salta de alegría. ¿Cómo lo han sabido
los Reyes Magos? ¡No estaba escrito en la carta! Valentina mira con avidez cada
detalle del pequeño instrumento, lee la palabra escrita sobre el metal plateado
–Sunderland–. Su padre le explica que
es una armónica en RE mayor, una armónica de blues.
Pasan
el día viendo tutoriales en Youtube sobre cómo aprender a tocarla. Es más difícil
de lo que parecía. A los padres, sin embargo, les sorprende la tozudez de su
hija, la seriedad que pone en hacerlo tal cual lo explican en los vídeos. Cómo
cogerla, mojando primero la lengüeta para poder deslizar mejor los labios, cómo
abrir y cerrar bien la boca sobre el instrumento, y las diferencias entre la
nota soplada y la nota aspirada.
Al
acabar el día, ya es capaz de tocar una sencilla canción llegada del lejano y
salvaje oeste.
De
noche, en la cama, recuerda al hombre de la armónica. No lo ha oído en todo el
día.
Y
se duerme.
A
la mañana siguiente, su padre la despierta para ir a la escuela. De nuevo
empieza la rutina.
Abrigada
hasta los dientes, y con la armónica en el bolsillo, Valentina sale a la calle.
Y allí está él. Justo acaba de llegar y está tocando. El padre de Valentina se
echa la mano al bolsillo, pero ella le dice que no, que hoy no le va a dar una
moneda; cruza la calle y llega hasta uno de los plátanos que hay junto el
puente. Recoge una hoja del suelo, se acerca hasta el hombre de la armónica y,
cuidadosamente, deja la hoja dentro de la taza vacía de tiempo y llena de frío.
El
hombre de la armónica para de tocar. Por primera vez levanta la vista y mira a
Valentina. Ojos azules como un mar sin edad.
–Muchas
gracias –le dice él. Tiene una voz densa, muy profunda–. Te gusta la música que
toco ¿verdad?
–Sí,
mucho –responde ella, sin atisbo de vergüenza, con la naturalidad que le
hablamos a un rostro conocido.
–Me
había dado cuenta –le dice él, sonriendo.
–¿Estará
en el puente mucho tiempo? –quiere saber ella.
–No
lo sé, no me dan muchas monedas. ¿Quién sabe? –se resigna él.
Valentina
se saca su armónica del bolsillo.
–Me
la trajeron ayer los Reyes Magos –dice, enseñándosela al hombre.
–Es
una maravilla –reconoce sinceramente él, mientras observa el instrumento–. Sin
duda, estos Reyes saben de música. Y tú ¿sabes tocar?
–Un
poco –dice Valentina, y se lleva la armónica a los labios y toca la sencilla
canción aprendida.
El
hombre la acompaña, y por unos momentos son el eco redoblado del salvaje oeste.
Nunca
el puente rojo hubiera imaginado que ecos tan lejanos llegarían hasta él.
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