LAS AGUAS BAJO LA TIERRA (Felipe)
¿Quién sabe las razones
de un amor?
Son secretas como
las aguas bajo la tierra,
que luego salen en manantial
en donde menos
se espera”.
se espera”.
Jose Antonio Muñoz Rojas.
La estación de trenes de
Blanes está alejada del pueblo, entre huertos precarios y una enorme fábrica
que humea y emite un pitido autista. Margarita, antes de jubilarse, trabajó en
esa fábrica durante treinta años, limpiando, de cuatro de la mañana hasta medio
día. Hace ya mucho de eso. Hoy, mientras espera el tren, le sorprende oír de
nuevo ese pitido laminando la luz mate de diciembre. Recuerdos de servidumbre le
vienen a la memoria.
En los meses de invierno, los pueblos de costa se borran
a sí mismos. Esta mañana, además, se ha levantado una brisa que redobla el frío
en las mejillas. Hay pocas personas en el andén, apenas una docena de sombras ocultas
en ropa de abrigo, colocadas unas de otras a esa distancia precisa en la que
los extraños se colocan en los espacios públicos: ni muy juntos ni muy
separados, lo justo para disfrutar de nuestra intimidad sin sentirnos solos.
Anuncian por megafonía la llegada del tren destino
Barcelona. Margarita se bajará en Premià de Mar.
Conoció a Arturo en un hotel de Alicante, durante el
último viaje del Imserso. A la hora de la comida, en el enorme comedor del
hotel, hordas de ancianos se avalanzaban sobre el buffet libre como si no
hubieran comido desde la posguerra; volvían a sus mesas con bandejas
piramidales acumulando kilos de comida. Arturo y Margarita, cada uno en un lado
del comedor, miraban aquello con estupor y desagrado. Hasta que sus miradas se
cruzaron. Primero Arturo arqueó las cejas, y con una sonrisa buscó la
complicidad de Margarita. Y ella fue una cómplice veloz.
Árturo
se sentó a su lado. Se presentaron. Ambos viudos, hijos ocupados, nietos extenuantes
y una cierta rebeldía contra los ritos de la tercera edad; acabaron paseando
por el puerto, junto al mar lento, la brisa salada y el devoto atardecer.
Hablaron y se escucharon.
Cuando
Margarita, con toda naturalidad, cogió del brazo a Arturo, todo Alicante
tembló.
La
noche se impuso demasiado pronto. Volvieron al hotel en silencio. Había ya
pocos viejos en el comedor, merodeando como zombies después de la intensa
bacanal de la cena.
Ellos
picaron un poco de fruta, un par de yogures; siguieron hablando, pero con
lugares comunes. Y a las diez de la noche se quedaron solos en el comedor. Los
dos supieron entonces que se acercaban a esa pregunta en forma de silencio cuya
única respuesta es un beso.
Fue
Arturo quien se acercó. Y Margarita –de nuevo cómplice veloz–, le correspondió,
temblando como la solitaria hoja de un árbol desnudo.
El tren entra en la
estación con su estruendo menguante. Margarita se mira en los cristales de los
vagones. Casi no se reconoce. El día anterior se ha cortado el pelo muy corto,
por encima de la nuca. Ni cuando chiquilla lo había llevado tan corto. Sabe que
a Arturo le gustará. Piensa en el momento en que sentirá sus manos ásperas en
la nuca.
El tren se detiene y se abren las puertas. Margarita
escoge un rincón con dos asientos vacíos y esparce el abrigo y el bolso con la
explícita intención de que nadie se siente a su lado.
El
tren arranca. Margarita mira por la ventana.
Sus
manos ásperas. Recién llegado de Andalucía a Cataluña, Arturo empezó a trabajar
en la construcción, hasta que unos fuertes vértigos lo obligaron a abandonar la
obra; entonces empezó un peregrinaje por distintos trabajos hasta recalar en el
de jardinero, oficio que desempeñó durante veinte años. Sus manos eran el
resumen de su vida: grandes, agrietadas, duras como el cuero. Cuando él la desvistió por primera vez, la aspereza de esos
dedos recorriéndole el cuerpo la excitaron rápidamente. Nunca había vivido algo
así con su marido. Esa noche sus cuerpos se buscaron con ternura y lentitud, asumiendo
la edad sin vergüenza. Él le besaba los pechos, le apretaba el trasero, le
acariciaba los muslos y el sexo. Inesperadamente tuvo un orgasmo: llegó
silencioso, pero pronto se apoderó de ella con una intensidad que la obligó a
cerrar los ojos con fuerza. Arturo la miró. Supo que aquel momento era un
regalo: ella con los ojos cerrados, a la vez que suspiraba con timidez. Detrás
de sus párpados, el placer; detrás de los suspiros, el pudor; un orgasmo que
empezó subterráneo, como las aguas bajo la tierra, y acabó siendo oceánico,
inundando las vidas de ambos, borrándoles la edad.
A
partir de ese momento, la noche transcurrió entre besos y caricias. Y también
entre risas, cuando Arturo se dio cuenta de que Margarita llevaba los
calcetines puestos.
–Es
que se me enfrían los pies –le reconoció ella.
–Cosas
de vieja –le respondió él.
Y
atesoraron las carcajadas debajo de la manta.
A la altura de Sant Pol
el tren pasa por un tramo de vía única. Ralentizan la velocidad o, directamente,
se detienen si otro pide paso en sentido contrario. Es el tramo más hermoso de
la costa, pues la vía casi toca el mar; pero también es el tramo más lento. Y
esta lentitud hoy enerva a Margarita, que tiene prisa por enseñar a Arturo su
nuevo corte de pelo. En su última visita, él le dijo –con una resignación
coqueta– que las mujeres de pelo corto le gustaban mucho. Y en broma, Margarita
le contestó: “Te tomo la palabra”.
Se
despidieron con un largo beso, como siempre, en la puerta de la residencia para
la tercera edad donde él vivía.
Esa
noche tomó la decisión de cortarse su larga melena gris.
El
tren por fin arranca y poco a poco toma velocidad. Hay olas altas con crestas
de espuma blanca que rompen en la orilla. Recuerda que a su marido le gustaba
mucho lanzarse contra esas olas, también en invierno, con el agua del mar
helada. Celebraron sus bodas de oro en el hospital, donde murió de cáncer poco
después. Tardó dos años en superar el luto.
Las visitas a Premià empezaron a la vuelta de Alicante.
Margarita temía encontrarse con sus hijos por Blanes de la mano de Arturo, así
que convinieron que sería ella quien lo visitaría algunos fines de semana.
Pasan la noche en un hostal paupérrimo junto a la Nacional II. Pero no
necesitan más que una cama limpia y la habitación caldeada, por pequeña o
austera que sea. Por la noche, las aguas bajo la tierra salen de nuevo en
manantial. Y después: el largo sueño compartido de dos cuerpos desnudos, ya
viejos, pero sólidamente abrazados.
Al llegar a Premià, está
lloviendo. Margarita no ha cogido paragüas. Baja del tren y entra en la cantina
de la estación, donde compra una revista para cubrirse la cabeza de camino a la
residencia. Se ha levantado un fuerte viento, y pronto reconoce que de nada le
sirve la revista. Se resigna a llegar mojada y, se teme, también un poco
ridícula.
No
es aún mediodía, pero el cielo tiene una oscuridad granítica.
Llega
empapada a la puerta de la residencia. Llama al timbre. Le abre la cuidadora
del fin de semana, Carmen, una murciana que nunca pierde oportunidad para hacer
chanza del amor tardío entre Arturo y Margarita.
–Hija,
estás empapada –exclama Carmen.
–No
es nada. Si me das una toalla, me apaño –le quita importancia Margarita.– ¿Puedes
avisar a Arturo de que he llegado?
Carmen
vuelve con una toalla. Margarita se quita los zapatos y se seca los brazos, el
pelo, la cara. Carmen tiene un cuerpo voluminoso y la bata blanca acostumbra a darle
un porte autoritario, pero ahora, mientras sigue de pie frente a Margarita, de
repente parece empequeñecida. Margarita se quita la chaqueta y mira a Carmen.
–¿Por
qué lloras?
–No
sé cómo decirlo. Arturo murió anoche. Un ataque al corazón. Nadie se dio
cuenta. Esta mañana lo hemos encontrado en la cama. No hemos podido hacer nada.
Lo siento, Margarita. Lo siento tanto.
Carmen
llora sin pudor, abiertamente. Margarita la abraza. Lloran juntas. En el
abrazo, la mano de Carmen acaricia el cuello de Margarita. No es esta mano, no es esta
mano, piensa ella.
Sin
dejar de abrazar, sin dejar de llorar, Margarita recuerda la pregunta de uno de
sus hijos cuando era pequeño. Caminaban junto a un rio, y le preguntó:
–Mama
¿un rio se puede quedar sin agua?
FIN
No hay comentarios:
Publicar un comentario