domingo, 14 de diciembre de 2014


LAS AGUAS BAJO LA TIERRA (Felipe)


         ¿Quién sabe las razones de un amor? 
        Son secretas como las aguas bajo la tierra, 
        que luego salen en manantial en donde menos 
        se espera”.
                                                                                    Jose Antonio Muñoz Rojas.

La estación de trenes de Blanes está alejada del pueblo, entre huertos precarios y una enorme fábrica que humea y emite un pitido autista. Margarita, antes de jubilarse, trabajó en esa fábrica durante treinta años, limpiando, de cuatro de la mañana hasta medio día. Hace ya mucho de eso. Hoy, mientras espera el tren, le sorprende oír de nuevo ese pitido laminando la luz mate de diciembre. Recuerdos de servidumbre le vienen a la memoria.
         En los meses de invierno, los pueblos de costa se borran a sí mismos. Esta mañana, además, se ha levantado una brisa que redobla el frío en las mejillas. Hay pocas personas en el andén, apenas una docena de sombras ocultas en ropa de abrigo, colocadas unas de otras a esa distancia precisa en la que los extraños se colocan en los espacios públicos: ni muy juntos ni muy separados, lo justo para disfrutar de nuestra intimidad sin sentirnos solos.
        Anuncian por megafonía la llegada del tren destino Barcelona. Margarita se bajará en Premià de Mar.
            Conoció a Arturo en un hotel de Alicante, durante el último viaje del Imserso. A la hora de la comida, en el enorme comedor del hotel, hordas de ancianos se avalanzaban sobre el buffet libre como si no hubieran comido desde la posguerra; volvían a sus mesas con bandejas piramidales acumulando kilos de comida. Arturo y Margarita, cada uno en un lado del comedor, miraban aquello con estupor y desagrado. Hasta que sus miradas se cruzaron. Primero Arturo arqueó las cejas, y con una sonrisa buscó la complicidad de Margarita. Y ella fue una cómplice veloz.
Árturo se sentó a su lado. Se presentaron. Ambos viudos, hijos ocupados, nietos extenuantes y una cierta rebeldía contra los ritos de la tercera edad; acabaron paseando por el puerto, junto al mar lento, la brisa salada y el devoto atardecer. Hablaron y se escucharon.
Cuando Margarita, con toda naturalidad, cogió del brazo a Arturo, todo Alicante tembló.
La noche se impuso demasiado pronto. Volvieron al hotel en silencio. Había ya pocos viejos en el comedor, merodeando como zombies después de la intensa bacanal de la cena.
Ellos picaron un poco de fruta, un par de yogures; siguieron hablando, pero con lugares comunes. Y a las diez de la noche se quedaron solos en el comedor. Los dos supieron entonces que se acercaban a esa pregunta en forma de silencio cuya única respuesta es un beso.
Fue Arturo quien se acercó. Y Margarita –de nuevo cómplice veloz–, le correspondió, temblando como la solitaria hoja de un árbol desnudo.

El tren entra en la estación con su estruendo menguante. Margarita se mira en los cristales de los vagones. Casi no se reconoce. El día anterior se ha cortado el pelo muy corto, por encima de la nuca. Ni cuando chiquilla lo había llevado tan corto. Sabe que a Arturo le gustará. Piensa en el momento en que sentirá sus manos ásperas en la nuca.
        El tren se detiene y se abren las puertas. Margarita escoge un rincón con dos asientos vacíos y esparce el abrigo y el bolso con la explícita intención de que nadie se siente a su lado.
El tren arranca. Margarita mira por la ventana.
Sus manos ásperas. Recién llegado de Andalucía a Cataluña, Arturo empezó a trabajar en la construcción, hasta que unos fuertes vértigos lo obligaron a abandonar la obra; entonces empezó un peregrinaje por distintos trabajos hasta recalar en el de jardinero, oficio que desempeñó durante veinte años. Sus manos eran el resumen de su vida: grandes, agrietadas, duras como el cuero. Cuando él  la desvistió por primera vez, la aspereza de esos dedos recorriéndole el cuerpo la excitaron rápidamente. Nunca había vivido algo así con su marido. Esa noche sus cuerpos se buscaron con ternura y lentitud, asumiendo la edad sin vergüenza. Él le besaba los pechos, le apretaba el trasero, le acariciaba los muslos y el sexo. Inesperadamente tuvo un orgasmo: llegó silencioso, pero pronto se apoderó de ella con una intensidad que la obligó a cerrar los ojos con fuerza. Arturo la miró. Supo que aquel momento era un regalo: ella con los ojos cerrados, a la vez que suspiraba con timidez. Detrás de sus párpados, el placer; detrás de los suspiros, el pudor; un orgasmo que empezó subterráneo, como las aguas bajo la tierra, y acabó siendo oceánico, inundando las vidas de ambos, borrándoles la edad.
A partir de ese momento, la noche transcurrió entre besos y caricias. Y también entre risas, cuando Arturo se dio cuenta de que Margarita llevaba los calcetines puestos.
–Es que se me enfrían los pies –le reconoció ella.
–Cosas de vieja –le respondió él.
Y atesoraron las carcajadas debajo de la manta.

A la altura de Sant Pol el tren pasa por un tramo de vía única. Ralentizan la velocidad o, directamente, se detienen si otro pide paso en sentido contrario. Es el tramo más hermoso de la costa, pues la vía casi toca el mar; pero también es el tramo más lento. Y esta lentitud hoy enerva a Margarita, que tiene prisa por enseñar a Arturo su nuevo corte de pelo. En su última visita, él le dijo –con una resignación coqueta– que las mujeres de pelo corto le gustaban mucho. Y en broma, Margarita le contestó: “Te tomo la palabra”.
Se despidieron con un largo beso, como siempre, en la puerta de la residencia para la tercera edad donde él vivía.
Esa noche tomó la decisión de cortarse su larga melena gris.
El tren por fin arranca y poco a poco toma velocidad. Hay olas altas con crestas de espuma blanca que rompen en la orilla. Recuerda que a su marido le gustaba mucho lanzarse contra esas olas, también en invierno, con el agua del mar helada. Celebraron sus bodas de oro en el hospital, donde murió de cáncer poco después. Tardó dos años en superar el luto.
          Las visitas a Premià empezaron a la vuelta de Alicante. Margarita temía encontrarse con sus hijos por Blanes de la mano de Arturo, así que convinieron que sería ella quien lo visitaría algunos fines de semana. Pasan la noche en un hostal paupérrimo junto a la Nacional II. Pero no necesitan más que una cama limpia y la habitación caldeada, por pequeña o austera que sea. Por la noche, las aguas bajo la tierra salen de nuevo en manantial. Y después: el largo sueño compartido de dos cuerpos desnudos, ya viejos, pero sólidamente abrazados.

Al llegar a Premià, está lloviendo. Margarita no ha cogido paragüas. Baja del tren y entra en la cantina de la estación, donde compra una revista para cubrirse la cabeza de camino a la residencia. Se ha levantado un fuerte viento, y pronto reconoce que de nada le sirve la revista. Se resigna a llegar mojada y, se teme, también un poco ridícula.
No es aún mediodía, pero el cielo tiene una oscuridad granítica.
Llega empapada a la puerta de la residencia. Llama al timbre. Le abre la cuidadora del fin de semana, Carmen, una murciana que nunca pierde oportunidad para hacer chanza del amor tardío entre Arturo y Margarita.
–Hija, estás empapada –exclama Carmen.
–No es nada. Si me das una toalla, me apaño –le quita importancia Margarita.– ¿Puedes avisar a Arturo de que he llegado?
Carmen vuelve con una toalla. Margarita se quita los zapatos y se seca los brazos, el pelo, la cara. Carmen tiene un cuerpo voluminoso y la bata blanca acostumbra a darle un porte autoritario, pero ahora, mientras sigue de pie frente a Margarita, de repente parece empequeñecida. Margarita se quita la chaqueta y mira a Carmen. 
–¿Por qué lloras?
–No sé cómo decirlo. Arturo murió anoche. Un ataque al corazón. Nadie se dio cuenta. Esta mañana lo hemos encontrado en la cama. No hemos podido hacer nada. Lo siento, Margarita. Lo siento tanto.
Carmen llora sin pudor, abiertamente. Margarita la abraza. Lloran juntas. En el abrazo, la mano de Carmen acaricia el cuello de Margarita. No es esta mano, no es esta mano, piensa ella.
Sin dejar de abrazar, sin dejar de llorar, Margarita recuerda la pregunta de uno de sus hijos cuando era pequeño. Caminaban junto a un rio, y le preguntó:
–Mama ¿un rio se puede quedar sin agua?





                                                FIN

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