SLEEP (Felipe)
Apenas dos páginas para
resumir por qué decidí asesinarte. Me bastaría con reconocer que fueron los
celos, pero entonces este hermoso final quedaría incompleto. Querido Ángel,
mientras en la habitación de al lado te siguen velando y tu teatral familia levanta
los puños al cielo preguntándose por qué y quién y cuándo, y mientras tu cuerpo
se enfría por fin tanto como frío fue tu corazón en vida, yo escribo esta
confesión con la premura del actor que debe salir a escena.
Pero
antes de interpretar mi papel quiero dejar esta nota de muerte.
De entre todos los que al otro lado de la pared te
lloran, hay una mujer que mira al suelo, sin decir nada, derrotada y confusa.
Es Elvira. Hoy se ha vestido de negro, en un gesto de un clasicismo que no me
esperaba, pero que aún me la hace más atractiva. Si supieras lo guapa está hoy.
Ayuda el sol brillante que entra por los ventanales del tanatorio y la iluminan
como una diosa pagana. Nada de lluvia ni de cielos dramáticos. A pesar de tu
nombre, querido Ángel, nadie en el cielo ha decidido llorarte. Y no te dejes
engañar por algunos de los que braman como animales heridos. En nuestro trabajo
el cinismo es un bien de primera necesidad.
Sé que te debo una respuesta. La última vez que nos
miramos, tus ojos expresaron un fugaz asombro que, debo admitirlo, me dejó mal
sabor de boca. Te maté por celos profesionales y celos personales. Si fuera un
chistoso, te diría que maté así dos pájaros de un tiro.
Pero
deja que te cuente cuándo tomé la decisión. Tal vez recuerdes el día en que
compraste, por una miseria, a aquella anciana viuda e ignorante de Iowa, el
cuadro Sleep de Frederick Carl Frieseke.
Era tu estilo: embaucador y sin escrúpulos. Volvimos de aquel viaje por EE.UU
con el lienzo en el avión y hube de soportar tus mezquinos comentarios sobre
los réditos que calculabas por su venta. El braguetazo del año, me decías, con
un orgullo entre pueril y viscoso.
Puede que te sorprendan mis remilgos. No niego que yo mismo
le robaría el bastón a un ciego, si éste tuviera un mínimo de valor. Pero el
caso del cuadro fue diferente: no te diste cuenta de que la mujer de la pintura
–desnuda y dormida en la cama conquistada–, era igual a Elvira. Frieseke pintó
ese cuadro en 1903 y, sin embargo, estaba anticipando aquella noche que muchos
años después yo habría de vivir con tu mujer. Cuando miré el cuadro por primera
vez, recordé aquella madrugada en que dejé a Elvira dormida después de hacer el
amor con ella durante horas. La misma entrega en el sueño –entre la rendición y
el alivio– después de una batalla imprevista que finalmente ganamos los dos en
un mismo y glorioso instante.
Así descubrí el amor. Sencillo y hondo ¿verdad? Como un pozo.
No se volvió a repetir una noche igual, a pesar de mi
insistencia.
Debo decir, sin embargo, que no me sorprendió esa ceguera
tuya. La indiferencia con la que tratabas a Elvira, el desprecio por sus
aficiones, tus sistemáticas y pregonadas infidelidades, la negativa cerril a
darle un hijo y, sobre todo, la impresión creciente de que cuando la mirabas ya
no la veías, dejaban claro que Elvira era para ti una obra de arte devaluada.
Los celos devoraban mi carne.
Pero el detalle más perturbador de la semejanza entre Elvira
y la mujer de la pintura, era el doble collar de cuentas rojo. Siempre he
venerado ese collar. Es el signo distintivo de Elvira. Recuerdo que quiso
quitárselo aquella noche. La detuve. Le pedí que se lo dejara puesto. Mientras
hacíamos el amor –ella con los ojos cerrados, tímida y concentrada en el
placer–, yo la miraba con avidez. Nunca olvidaré su cuerpo desnudo con el
collar puesto.
La mujer dormida de Frieseke, pues, fue el detonante. Aún más
cuando le vendiste el cuadro a aquel magnate ruso del Maresme. Un rinoceronte
eslavo que lo único que quería era rellenar las paredes de su casa. Te lo
reproché ¿recuerdas?, y me miraste como a un insecto.
Dos días después aparecí por la galería justo en el momento
en que ibas a cerrar. Recuerdo la desconfianza de tu mirada. Recuerdo tu cara
de asombro cuando empecé a narrarte la noche de amor entre Elvira y yo. No
terminé la narración. Perdí la paciencia. Fue fácil apuñalarte: una vez
superada la molestia de la primera cuchillada, el resto fue fluido: como un eco
animal.
Moriste en silencio, arrodillado, estupefacto. Se me hizo tan
largo.
Para fingir la motivación del ladrón mudado en asesino, me
bastó con llevarme de la galería el cuadro más valioso que en ese momento
tenías en venta, un pestiño freak de Lena Hades.
Cuando los mossos vengan a preguntarme –es cuestión de
tiempo–, les haré un rápido e ilustrativo resumen de nuestro negocio. Envidias,
amoralidad, obsesión por el dinero, adicciones varias. De todo, menos amor al
arte. Me resultará sencillo y verosímil porque estaré contando la verdad.
Me ha gustado comprobar que también hoy Elvira lleva puesto
el collar. Mi amor por ella es más sólido que nunca. Soy un hombre paciente y
tengo mi hoja de ruta.
Lo primero es acabar esta breve confesión: estamparé mi
firma, meteré las dos páginas en un sobre, saldré de la habitación y volveré a
la sala del tanatorio con cara de amigo devastado por el dolor; me acercaré a
tu cuerpo rígido y bien vestido, y con la excusa de un irrefrenable abrazo,
dejaré en el bolsillo interior de tu americana esta confesión. Con ella te
enterrarán y con ella te irás pudriendo.
En segundo lugar, haré una calculada visita al rinoceronte
eslavo en posesión de mi cuadro.
En tercer y último lugar: todo el tiempo del mundo para
construir un amor.
Descansa en paz.

No hay comentarios:
Publicar un comentario