viernes, 12 de diciembre de 2014

SLEEP (Felipe)

Apenas dos páginas para resumir por qué decidí asesinarte. Me bastaría con reconocer que fueron los celos, pero entonces este hermoso final quedaría incompleto. Querido Ángel, mientras en la habitación de al lado te siguen velando y tu teatral familia levanta los puños al cielo preguntándose por qué y quién y cuándo, y mientras tu cuerpo se enfría por fin tanto como frío fue tu corazón en vida, yo escribo esta confesión con la premura del actor que debe salir a escena.
Pero antes de interpretar mi papel quiero dejar esta nota de muerte.
          De entre todos los que al otro lado de la pared te lloran, hay una mujer que mira al suelo, sin decir nada, derrotada y confusa. Es Elvira. Hoy se ha vestido de negro, en un gesto de un clasicismo que no me esperaba, pero que aún me la hace más atractiva. Si supieras lo guapa está hoy. Ayuda el sol brillante que entra por los ventanales del tanatorio y la iluminan como una diosa pagana. Nada de lluvia ni de cielos dramáticos. A pesar de tu nombre, querido Ángel, nadie en el cielo ha decidido llorarte. Y no te dejes engañar por algunos de los que braman como animales heridos. En nuestro trabajo el cinismo es un bien de primera necesidad.
         Sé que te debo una respuesta. La última vez que nos miramos, tus ojos expresaron un fugaz asombro que, debo admitirlo, me dejó mal sabor de boca. Te maté por celos profesionales y celos personales. Si fuera un chistoso, te diría que maté así dos pájaros de un tiro.
Pero deja que te cuente cuándo tomé la decisión. Tal vez recuerdes el día en que compraste, por una miseria, a aquella anciana viuda e ignorante de Iowa, el cuadro Sleep de Frederick Carl Frieseke. Era tu estilo: embaucador y sin escrúpulos. Volvimos de aquel viaje por EE.UU con el lienzo en el avión y hube de soportar tus mezquinos comentarios sobre los réditos que calculabas por su venta. El braguetazo del año, me decías, con un orgullo entre pueril y viscoso.
Puede que te sorprendan mis remilgos. No niego que yo mismo le robaría el bastón a un ciego, si éste tuviera un mínimo de valor. Pero el caso del cuadro fue diferente: no te diste cuenta de que la mujer de la pintura –desnuda y dormida en la cama conquistada–, era igual a Elvira. Frieseke pintó ese cuadro en 1903 y, sin embargo, estaba anticipando aquella noche que muchos años después yo habría de vivir con tu mujer. Cuando miré el cuadro por primera vez, recordé aquella madrugada en que dejé a Elvira dormida después de hacer el amor con ella durante horas. La misma entrega en el sueño –entre la rendición y el alivio– después de una batalla imprevista que finalmente ganamos los dos en un mismo y glorioso instante.
Así descubrí el amor. Sencillo y hondo ¿verdad? Como un pozo.
No se volvió a repetir una noche igual, a pesar de mi insistencia.
Debo decir, sin embargo, que no me sorprendió esa ceguera tuya. La indiferencia con la que tratabas a Elvira, el desprecio por sus aficiones, tus sistemáticas y pregonadas infidelidades, la negativa cerril a darle un hijo y, sobre todo, la impresión creciente de que cuando la mirabas ya no la veías, dejaban claro que Elvira era para ti una obra de arte devaluada.
Los celos devoraban mi carne.  
Pero el detalle más perturbador de la semejanza entre Elvira y la mujer de la pintura, era el doble collar de cuentas rojo. Siempre he venerado ese collar. Es el signo distintivo de Elvira. Recuerdo que quiso quitárselo aquella noche. La detuve. Le pedí que se lo dejara puesto. Mientras hacíamos el amor –ella con los ojos cerrados, tímida y concentrada en el placer–, yo la miraba con avidez. Nunca olvidaré su cuerpo desnudo con el collar puesto.
La mujer dormida de Frieseke, pues, fue el detonante. Aún más cuando le vendiste el cuadro a aquel magnate ruso del Maresme. Un rinoceronte eslavo que lo único que quería era rellenar las paredes de su casa. Te lo reproché ¿recuerdas?, y me miraste como a un insecto.
Dos días después aparecí por la galería justo en el momento en que ibas a cerrar. Recuerdo la desconfianza de tu mirada. Recuerdo tu cara de asombro cuando empecé a narrarte la noche de amor entre Elvira y yo. No terminé la narración. Perdí la paciencia. Fue fácil apuñalarte: una vez superada la molestia de la primera cuchillada, el resto fue fluido: como un eco animal.
Moriste en silencio, arrodillado, estupefacto. Se me hizo tan largo.
Para fingir la motivación del ladrón mudado en asesino, me bastó con llevarme de la galería el cuadro más valioso que en ese momento tenías en venta, un pestiño freak de Lena Hades.  
Cuando los mossos vengan a preguntarme –es cuestión de tiempo–, les haré un rápido e ilustrativo resumen de nuestro negocio. Envidias, amoralidad, obsesión por el dinero, adicciones varias. De todo, menos amor al arte. Me resultará sencillo y verosímil porque estaré contando la verdad.
Me ha gustado comprobar que también hoy Elvira lleva puesto el collar. Mi amor por ella es más sólido que nunca. Soy un hombre paciente y tengo mi hoja de ruta.
Lo primero es acabar esta breve confesión: estamparé mi firma, meteré las dos páginas en un sobre, saldré de la habitación y volveré a la sala del tanatorio con cara de amigo devastado por el dolor; me acercaré a tu cuerpo rígido y bien vestido, y con la excusa de un irrefrenable abrazo, dejaré en el bolsillo interior de tu americana esta confesión. Con ella te enterrarán y con ella te irás pudriendo.
En segundo lugar, haré una calculada visita al rinoceronte eslavo en posesión de mi cuadro.
En tercer y último lugar: todo el tiempo del mundo para construir un amor.
Descansa en paz.



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