Nicolao llevaba el mar tatuado en su piel, lo había mamado desde niño, lo había querido y odiado, había pasado en él momentos de infinita felicidad y también largas horas de angustia e incertidumbre. Lo conocía muy bien. Nació sobre las tablas de un barco en una noche de tormenta sin más ayuda que las gruesas manos de su abuelo, mientras intentaban cruzar el canal en busca de un médico. Ser isleño es lo que tiene.
Con apenas dos años ya corría entre redes y sedales, y recordaba con total nitidez el día que su padre decidió que ya era lo suficiente mayor para coger el timón del barco que había alimentado ya a tres generaciones de su familia, y que pronto pasaría a ser su vida y su sustento. ¡Gobernar la nave y dominar el viento! Le gritó desde proa…
Había crecido escuchando historias sobre el mar, historias contadas por su padre que al mismo tiempo habían sido contadas por su abuelo. Historias de capitanes lejanos que llegaban en imponentes naves con blanco velamen desde las tierras de oriente, o de marinos solitarios curtidos de cicatrices y expertos en tempestades; llegados del norte, donde las aguas llevan el color del plomo y no hay día con calma, sino una lucha a vida o muerte en cada milla navegada. Entre todas aquellas historias había una, una que le había marcado de niño y que ahora a sus ochenta y seis años volvía a sus sueños cada noche…
La había oído por casualidad una noche, en la taberna del puerto. La lluvia golpeaba los tejados. Hacía más de una hora que todo el pueblo estaba sin electricidad. El azul de los rayos salpicaban los objetos, las caras, las paredes, proyectando en todas partes sombras tenebrosas que hasta al más valiente le cortaba la respiración. Bajo un farol de gas y al calor de un fuego, aquel marinero extranjero de voz ronca y mirada hostil, con un vaso de aguardiente en la mano desgranaba su historia, lentamente, mirando uno a uno a todos a los ojos. Abrazado a la pierna de su padre, con los oídos bien abiertos, Nicolao escuchaba sin pestañear…
- “Hay un lugar no a muchas millas de aquí donde dicen que en algunas noches de tempestad como esta, el cielo se abre, las aguas se vuelven mansas como un cordero y el viento deja de aullar... Entonces el mar se vuelve luz y una ciudad colosal emerge de las profundidades como si de un conjuro se tratara. El marino que la ve se libera de la muerte y consigue la juventud eterna. ¡Pero cuidado! has de huir de ella y adentrarte en la tormenta, porque si no te atrapa para siempre…
Dicen que algunos barcos maravillados por su belleza han intentado atracar en ella y no han regresado nunca más.
Es la Ciudad Perdida , un lugar donde no existe el tiempo ni el espacio. Cuentan que sus palacios son de mármol y sus murallas de alabastro, que en sus jardines florecen árboles de toda clase y que los que la habitan transitan felices por sus calles y se abastecen sin final de todo tipo de manjares.
He oído a muchos hablar de ella, y no hace mucho, me encontré en un puerto lejano a uno que decía haberla visto. Os juro por las tablas de mi barco que lo que aquel hombre me dijo era verdad. Su aspecto era el de un chiquillo de veinte años y hablaba como un marino que hubiese vivido trescientos años y navegado infinitas millas…”
Nicolao despertó al alba empapado en sudor, había vuelto a soñar otra vez con aquel hombre y con aquella historia, con una noche de fuerte tormenta en mitad del océano, con el quejido de la madera bajo sus pies, con la humedad en los huesos y el dolor de la sal en los ojos. Otra noche más había visto aquella mirada meterse en su sueño y repetirle la historia palabra por palabra…
Puso el agua al fuego para hacer café y miró el mar a través de la ventana. Era Otoño, época de rompiente, de aguas frías y resaca, de horizontes difuminados con piel de borrego. Habrá que abrigarse, pensó. Y mientras tomaba el café continuó contemplando aquella maravilla que había sido su vida. Se acordó de lo que le había dicho un día su abuelo " El océano es más viejo que las montañas, y guarda secretos que el hombre jamás podrá conocer".
Cuántas veces había salido al mar a explorar esos secretos, cuántas veces deseó encontrarse en medio de la tormenta con una ciudad perdida, como deseó poder toparse con aquel pirata con cara de niño para que le explicase de primera mano su aventura.
Se levantó una ventisca cuando ya había recogido los anzuelos y el cebo. Lo puso todo en un saco y subió a bordo. Luego sujetó los útiles sobre la roda, izó un pequeño foque y soltó amarras. Lentamente, su barca se alejó por la bocana haciéndose pequeña.
Hoy presiento que no habrá pesca, pensó. Sabía que a veces el mar era caprichoso y tozudo y que podía enviar al mejor marinero de vuelta a casa con las manos vacías. Navegó mar adentro, el viento de aleta le era propicio. Cuando aún no había perdido la costa de vista arrió velas y empezó a trabajar; repartió los sedales uno a uno entre babor y estribor, untó los anzuelos de cebo. Luego les dio la profundidad adecuada y esperó…
Miró su reloj, los sedales llevaban lanzados más de una hora y todavía no había picado ningún pez. El viento ya había aflojado, el mar empezaba a calmarse y un silencio repentino se apoderó de todo, un silencio tan intenso que se le hizo extraño. Sin pensarlo empezó a tararear una canción. Recordó que era una canción que cantaba de niño con su padre cuando salían a pescar. Levantó la vista, vio que una espesa niebla difuminaba la costa haciéndola casi imperceptible. Sintió felicidad, mucha felicidad, y un cansancio hondo y pesado que le hizo recostarse con un brazo sobre el timón. Mientras se deslizaba en un profundo sueño, iba escuchando aquella canción tan lejana que ahora ya no salía de su boca.
¿Quieres conocer el secreto que guarda el océano? Escuchó una voz que le decía. Claro, respondió. Entonces abrió los ojos y vio a su padre sobre la barca, tenía un remo en cada mano y remaba, remaba lentamente mientras le miraba con la mirada de un padre que está a punto de explicarle algo importante a su hijo. Nicolao se alegró mucho de verle y se sintió tranquilo. Miró sus propias manos y se sorprendió al ver que ya no eran las manos de un viejo con piel de elefante, ahora eran las manos de un joven, fuertes y estilizadas, sin cicatrices; se tocó la cara y su piel también era fina y suave, ya no había arrugas ni durezas. El océano esconde misterios que el hombre no alcanza, prosiguió su padre, ¿quieres verlos?. Nicolao respondió que sí con la cabeza, sentía que su cuerpo estaba lleno ahora de una energía nueva que le empujaba hacia adelante y sentía la curiosidad infinita que habita en un niño. Mira, y vio que señalaba el fondo del mar, si quieres conocer lo que oculta el océano has de mirar en su interior. Nicolao inclinó la cabeza y miró debajo de la barca. Las aguas del mar se habían vuelto claras y fosforescentes….
Tres semanas más tarde un carguero avistó a muchas millas de la costa su barco. Su cuerpo jamás fue encontrado.
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