….Por donde no pasa ningún barco está el silencio.
Helsinki-Kemi. 25 de Diciembre.
Eran casi las tres de la tarde cuando la máquina del fax hizo un tímido chasquido, como pidiendo permiso para no molestar. El silencio en el puente de mando era total. Johan estaba de bruces por encima del panel principal, con los ojos bien abiertos como intentando encontrar algo entre la niebla. Apenas se dio cuenta de aquella irrupción. Extendió el brazo derecho y alcanzó una botonera verde que había justo debajo del panel. La bocina sonó larga y perdida, como quien deja caer un objeto en un precipicio sin final. Una hoja de papel empezó a moverse desde la bandeja de entrada. A los pocos segundos asomaba por la parte superior y caía al suelo como una hoja que se desprende de un árbol. Sin que esto interrumpiera su vigilancia Johan se inclinó de lado y la recogió. Leyó, dobló el papel y lo guardó en el bolsillo.
Se trataba de Linda... se estremeció, un frío intenso penetró desde la planta de sus pies y recorrió su cuerpo apoderándose de él por completo. Tuvo una ligera sensación de mareo pero lo evitó. Intentó rehacerse lo más rápido posible. Se acercó a la máquina del café y se sirvió uno. Sobre la mesa de cartas revolvió el líquido negro lentamente, con la mirada perdida en el mar de Botnia. Cogió el compás y tomó dos enfilaciones, luego como si retrocediera veinte años en el tiempo trazó el rumbo sobre la carta, miró la aguja, calculó la correspondiente corrección y marcó su posición. Repasó minuciosamente sus cálculos. Aquella lengua del demonio separaba dos países. A estribor Finlandia a treinta millas, a babor Suecia a casi ochenta. ¿Cuántas veces había navegado por aquellas malditas aguas? Y cada vez que la niebla le venía a visitar tenía el mismo presagio...
Esta vez, se había cumplido…
Se dejó caer en uno de los sillones negros y cerró los ojos. Los recuerdos se sucedían deprisa; vio a Linda el día de su cuarenta cumpleaños, estaba preciosa, reluciente. He contado los días para verte, le dijo ella al oído, y Johan notó la tibieza de su brazo rozando el suyo, luego llegó Ralf, la cogió por la cintura y se besaron largamente. La música empezó a sonar y todos bailaron y brindaron, él se alejó sin avisar y se perdió en el jardín. Las imágenes ahora le pasaban fugaces sin que pudiera detenerlas; el día que conoció a Ralf en un viejo bar de Rotterdam, la noche del accidente en Singapur, su primera travesía del Pacífico como capitán, la imagen de una proa de acero gigante que se retuerce y hunde en el océano devorada por la fuerza de un temporal, los ojos de Linda buscándole entre la gente, aquella noche de verano en la cabaña del Cabo Norte…
- Puedo relevarle si está cansado, capitán... -Johan abrió los ojos y vio al primer oficial que le hablaba.
-Quizás es buena idea, bajaré a mi camarote a echarme un rato.
-El patrón no creo que tarde en subir, su guardia empieza en media hora.
-Claro. Dígale cuando le vea que por favor pase a verme.
-Descuide capitán... -El oficial recogió el último parte impreso sobre la mesa y se dirigió al ordenador de abordo.
-Ah!, Peter... la bocina, nunca confíes del todo en un radar, hay que utilizar la bocina... -El oficial sonrió cariñosamente.
-Descuide…
La puerta se entreabrió unos centímetros, -¿puedo pasar?, -Claro Ralf. -Respondió Johan desde dentro. Ralf abrió del todo y entró. Johan estaba sentado en su butaca, junto a la cama, sostenía un libro en sus manos.
-¿Quieres sentarte? -Le señaló la única silla que quedaba.
-No, pero si no te importa bajaré el cristal un poco, hace demasiada calor aquí dentro.
Ralf abrió la ventana y una nube de niebla entró a borbotones e inundó el camarote en segundos, el frío y la humedad impregnó los objetos.
-Esta niebla, que puñetera... -Dijo Ralf, de espaldas todavía, con la mirada perdida más allá del agujero de la ventana.
-Sí, después de tantos años y no logro acostumbrarme...
Ralf se giró y vio a Johan que extendía la mano y le entregaba el mensaje. Lo leyó y volvió a girarse hacia la ventana… Hubo un largo silencio...
-Dime Johan, ¿Cuantas millas hemos navegado juntos?. Creo que millones. Si echo la vista atrás no recuerdo haberme subido a un barco en el que tu no estuvieras. Filipinas, Bering, Panamá, tengo la sensación de haber estado en todos los puertos del mundo. En Singapur me salvaste la vida, ¿te acuerdas? nunca te estaré lo suficientemente agradecido… dudo si yo hubiera tenido el valor de hacer lo mismo...
Los dos se miraron. Ralf prosiguió.
-A veces, me pregunto de qué me ha servido todo esto. De qué, si el resultado es este vacío. Siento que hay una parte de mi vida que ya no me pertenece, que se perdió un día en la niebla; y ahora tan solo me queda este acero que piso, y este mar por el que vagar hasta que me muera, como un pirata maldito. Ya no tengo nada en tierra por lo que volver…
Caminó hacia la puerta y cogió el pestillo. Antes de salir se volvió hacia Johan...
-¿Te acuerdas hace diez años en las Azores? Una noche estuvimos bebiendo y hablando hasta muy tarde, hubo un momento que intentaste decirme algo… - Ahora los dos se miraban a los ojos. Johan sintió la necesidad de hablar, de decirle lo que aquella noche debía haberle dicho y no pudo. Pero ni una palabra salió de su boca. Un nudo de dolor en la garganta no le dejaba hablar... Intentó reponerse.
-¿Sabías lo de su enfermedad?
-Sí.
-Y sin embargo nunca hemos hablado de ello…, me pregunto por qué he dejado que se fuera.
-Lo siento mucho Ralf…
Cuando cerró la puerta, Johan notó el frío calado en su cuerpo. No podía moverse, el camarote le pareció un lugar irremediablemente triste, la luz que desprendía la lámpara era triste, la litera metálica, los libros… Cerró los ojos e intentó escuchar el murmullo del agua, sonó una música a lo lejos… La tripulación en la sala de máquinas celebraba la navidad.
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