El entrenador
La primera vez
que hiciste el amor con Gemma Ruscalolpi, te sentiste alegre, feliz, satisfecho,
exultante... Al día siguiente os despedisteis en el rellano con un beso tímido,
como si os diera vergüenza que os viera un vecino. En el ascensor, mientras te
mirabas en el espejo, jugabas a poner esas caras idiotas que a veces también mostrabas
en la pista de baloncesto después de las victorias. Reías como si de repente el
mundo se hubiera confabulado para darte un premio.
Durante los
primeros meses de vuestra relación, estabas convencido que Gemma Ruscalolpi, en
cualquier momento, te diría que lo mejor era dejarlo. Te habías hecho a la idea
de que aquello era un lío efímero, y, además, eras consciente que si llegaba a
oídos del director te expulsarían del colegio, y también perderías el trabajo en la
librería que había delante porque la presión de los padres sería insoportable.
Por otro
lado, y eran preguntas que no dejabas de hacerte, ¿por qué tengo que renunciar
a un momento así?, ¿qué razones poderosas me obligan a dejar a Gemma Ruscalolpi
si me siento enamorado y ella parece sentir lo mismo? Y si alguien te hubiera intentado
argumentar que aquello que hacías era ilegal –a Gemma Ruscalolpi le faltaban
unos meses para cumplir dieciocho años- hubieras pensado que a veces, y en
concreto en esa situación vuestra, vale la pena ser ilegal.
Gemma
Ruscalolpi te gustaba por su belleza, claro, que en parte estaba relacionada
con su edad, su cuerpo estilizado y fibrado, pero también por cómo explicaba
las cosas -una manera teatral que te divertía-, por su seguridad, su
inteligencia certera: impulsiva, sin reflexión; pero sobretodo, y es posible
que esa fuera la razón principal por la que te sentías tan enamorado, porque al
hacer el amor te miraba, y su mirada sin edad te atravesaba y te despejaba las dudas.
En los partidos
de baloncesto del final de aquella temporada, una vez que Gemma Ruscalolpi se
recuperó de la lesión, te costó aparentar normalidad. Te esforzabas por
mostrarte serio, por evitar que se te escapara la sonrisa boba con la que ibas
a todas partes. Intentabas mirar a Gemma Ruscalolpi como una más, y eso era
imposible. Gritabas, “¡defensa en zona!”, “¡tapar los rebotes!”, “¡después del
bloqueo que Gemma Ruscalolpi se juegue el triple” como si después de cada orden
tu mirada no buscara su complicidad. Tenías miedo que el resto de jugadoras
descubriera vuestra relación. Al acabar
los partidos, o los entrenamientos, cada uno os ibais por vuestro lado y luego
os veías en su piso o en el tuyo y pasabais la tarde y la noche juntos.
Aquella temporada
era la primera vez que dirigías al equipo de chicas, antes siempre habías
entrenado a los equipos de chicos. En julio, Eduard Desgrans, el profesor de
matemáticas, te había preguntado, medio en broma, medio en serio, qué pasaría
si te enamorabas de una jugadora, “allí en el vestuario..., piensa que tendréis
mucha intimidad”. En aquel momento aquellos comentarios te parecieron las típicas
bromas entre amigos. Tenías claro, o eso creías, que a tus treinta y nueve años
las chicas de diecisiete eran unas niñas.
Pero cuando
llegó septiembre, todo cambió. En el primer partido de liga oficial, apareció Gemma
Ruscalolpi. Además de una estudiante brillante, era una de las figuras del
equipo. Ese año todavía no se había podido entrenar con vosotros y no la habías
visto, había pasado el agosto y parte del septiembre en Lituania donde vivían
sus padres. La conocías porque la entrenadora del año anterior te había hablado
de ella: alta, rápida, elástica, con buena técnica; le faltaba peso para ser un
cuatro, pero podía jugar de tres y entrar a canasta sin temer a las rivales.
Aquel primer partido solo la pusiste en los minutos finales.
Al acabar,
entraste en el vestuario. Todavía no conocías los hábitos de las jugadoras,
estabas acostumbrado a los chicos. Las felicitaste por la victoria, hiciste
algunos comentarios técnicos. Algunas se estaban acabando de vestir, y Gemma
Ruscalolpi, la más lenta, salió de las duchas tapándose con una toalla. Se puso
en una esquina, se quitó la toalla, se quedó desnuda y se vistió sin preocuparse
por tu presencia. No recuerdas si ya antes te había gustado, pero en aquel
momento te pareció un hada salida de un cuento.
En el cuarto
partido de liga, Gemma Ruscalolpi se tropezó mientras realizaba una entrada a
canasta. Fue a partir de ese instante, cuando tu vida cambió. Cayó al suelo dolorida y te
acercaste corriendo a ayudarla. Te sentías culpable porque la habías forzado a
hacer aquella jugada. Camino del hospital, la primera vez que estabas a
solas con ella, te contó que no hacía falta avisar a sus padres porque vivían
en Lituania y que ya contactaría con ellos por Skype aquella noche. Estuvisteis
esperando más de una hora hasta que os atendieron. Con un bolsa de hielo
intentabas bajarle la inflamación. Finalmente le vendaron el tobillo y le
dieron unas muletas.
Camino de su
casa, te hacía ese tipo de bromas que se hacen los amigos. Fue entonces,
aprovechando el tráfico denso, cuando empezaste a prestar atención a su sonrisa,
a sus ojos, a los movimientos rápidos de los brazos largos que parecían salidos
de una película de Tim Burton. Sin duda, notabas que empezaba a gustarte demasiado;
demasiado en el sentido que lo que sentías podía traerte problemas.
Aquella
mañana, la subiste a su piso en brazos -vivía en un tercero-. En cada rellano
tuviste que parar para descansar. Pensabas que Gemma Ruscalolpi, aunque era más
alta que tú, sería ligera, aunque la verdad es que tampoco estabas muy en forma
como ella te iba recordando. Te contó que su compañera de piso pasaba los fines
de semana con sus padres en un pueblo cerca de Osona y que en el piso no había
nadie. Te supo mal dejarla sola y decidiste preparar unos espaguetis con una
salsa al pesto que encontraste en un armario. Después de comer, os tumbasteis en
el sofá y visteis una película. Una de aquellas de naves, planetas lejanos y
mundos del futuro. De repente, ella puso su mano en tu cuello, eso te
sorprendió.
Se hizo tarde,
había oscurecido y caía una lluvia fina. Ibas a irte, pero ella te pidió que te
quedaras. Con un esguince de tobillo no le apetecía quedarse sola. Sí, era una
excusa. Aquella noche hicisteis el amor por primera vez. Ella con el tobillo
vendado, tú intentando no hacerle daño.
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