viernes, 10 de octubre de 2014

Traición (Txema)

Paseo con Pelut por la playa de Sant Martí d’Empúries. Es un día cualquiera, hace sol, sopla un viento ligero, podría ser un garbí. Pelut corre por la arena, yo lo persigo con la mirada. 

¡Qué veloz es la mirada! De repente me alejo de Pelut, vuelo por encima del mar, alcanzo Roses y llego hasta las montañas que hay detrás. Ni el mejor atleta podría hacerlo. Estamos tan acostumbrados que no nos damos cuenta que aquello que vemos lo estamos tocando. (Perdón, ¡ya estoy divagando! No puedo evitarlo, y además he empezado este texto escribiendo en primera persona y hablando de mí. Como dice Ernesto, estas divagaciones ya aparecen en otros libros y están mejor explicadas. Es verdad. Ernesto también dice que escribir de esta manera, haciendo referencias a los miembros del grupo de escritura, solo tiene interés para nosotros, que a alguien ajeno no le resultaría interesante. Es verdad. La escritura debe ser universal, no algo con un código restringido.)

Pelut corre como loco, salta, se revuelca en la arena. Se nota que disfruta con una superficie a la que no está acostumbrado. ¿Qué superficie, a parte de las hojas de los libros, me hace disfrutar? En ese momento, por el otro extremo de la playa, donde está el llamado Moll grec, veo venir a una chica que sigue a un perro negro de raza pequeña. El perro llega hasta donde estamos con la lengua fuera. Se saluda con Pelut, se huelen, los dos mueven las colas y empiezan a perseguirse. La chica se acerca, y me pregunta en catalán si Pelut es macho o hembra. Le digo que es un macho, pero que todavía es un cachorro y que además nunca se pelea. Es una chica alta y estilizada, una de esas que parece que se las pueda llevar el viento. Intenta controlar su pelo que le tapa parte de la cara. Me explica que el suyo tiene cuatro años, y que a veces tiene mala llet. Cuando le digo que el mío se llama Pelut; me dice riendo que el suyo se llama Nit. 

Veo que se alejan, y que de vez en cuando Pelut con las patas hace dar volteretas a Nit. La chica llama a Nit, pero el perro no le hace ningún caso. Me sorprende comprobar que es muy joven, seguramente no tiene dieciocho años. De lejos parecía bastante más mayor. Lleva unos tejanos muy cortos y ajustados que le sientan bien y una camiseta de tirantes anaranjada. No hace falta decir que mi mirada, discretamente, la observa -siguiendo mi razonamiento anterior se podría decir que la toco-. Caminamos por la arena detrás de los perros.

Me explica, sin que se lo pregunte, que en junio aprobó la selectividad, pero que ha decidido tomarse un año sabático. Le digo que ha hecho muy bien, que así podrá dedicarse a lo que le apetezca y que luego ya tendrá tiempo de estudiar. Entonces suelto una de esas frases que si no fuera porque se la digo tal cual no se me ocurriría nunca ponerla en este relato -Felipe, perdóname-: “ja tindràs temps d’estudiar, tens tota la vida per endavant”. Me mira algo sorprendida, y, por primera vez, me golpea el brazo en un gesto amistoso que interpreto como, ¡bah!, no digas tonterías. 

Los perros van y vienen chocándose con nuestras piernas. Ella camina descalza con unas sandalias en la mano. Me fijo, y hasta entonces no me había dado cuenta, que tiene unos pies bonitos, largos y delgados, algo que me resulta atractivo (en mi historia “Viaje suizo”, correspondiente al ejercicio del tren, uno de los personajes se fija en los pies de la chica que tiene delante; ya comenté en la última reunión que siento atracción por algunos pies femeninos). Yo intento seguirla con mis bambas Nike que se hunden a cada paso. 

(En ese momento empiezo a pensar que lo que me está sucediendo, porque la verdad es que es una historia real, debería escribirlo. Me acordé de las palabras de Ernesto y de Larri que me pedían que tenía que haber desarrollado más la historia de la chica del Raval. Sin duda era un momento mágico: un jueves de octubre, calor, la playa vacía y yo paseando con un chica que acaba de conocer y que podría ser perfectamente mi hija. 
Hay una cosa que me sucede, no sé si a vosotros, es posible que yo sea un caso extraño, quizás también sea debido a la falta de costumbre, que al hablar con chicas jóvenes mi vida se aligera. Noto que floto sin importar de qué va la conversación. Me quito esa carga inevitable que el pensar estéril o las desgracias produce. No estoy exagerando. Las hespérides eran jóvenes, las musas eran jóvenes… No pretendo convencer a nadie, intento ser sincero.) 

Nos sentamos en la playa cerca del mar. Me dice que se llama Ona y que vive en l’Escala en la casa de verano de la familia, que sus padres vienen algunos fines de semana y que su hermano mayor vive en Figueres. Le hablo del curso de escritura que hago en Pontós con vosotros. Le hace gracia y se interesa, le explico el experimento de mi último texto. Le comento que estoy escribiendo una novela, pero que no creo que la acabe, no me atrevo a decirle que no trabajo. Aunque le digo que he estudiado publicidad y que me faltan unas asignaturas para acabar filosofía, pero que no sé cuando la acabaré porque he perdido el interés por las clases. Ella ríe por eso de la pérdida de interés, y comenta que a ella aún le quedan muchas horas hasta licenciarse. Dice que está interesada en la carrera de biología marina, que practica el submarinismo y que le encanta el mar. Las letras le dan miedo, confiesa. Esa frase me resulta curiosa. Y le pregunto a qué se refiere. Dice que nunca ha sido muy lectora, más bien nada, que lo suyo son los números, que de pequeña tuvo una dislexia que consiguió corregir, pero que siempre le costó mucho leer. El viento sopla más fuerte y agita los cabellos de Ona que a ratos tocan mi cara, estoy tentado de cogerle de la mano para que no vuele.

Con los perros atados caminamos por el paseo en dirección a l’Escala. Noto que ella está feliz hablando conmigo. A ratos se adelanta porque su perro le tira, entonces se gira y me anima a que corra más. Después de un rato, y viendo la confianza, se me ocurre sacar el tema del ejercicio y le pregunto si alguna vez la han traicionado. Pasan bastantes segundos sin que diga nada, pienso que no me va a contestar. Finalmente me comenta que este verano su novio se fue con su mejor amiga. Ona había salido a comprar unas pizzas para cenar, y ellos se habían quedado solos. Cuando volvió estaban haciendo el amor en la cama de su habitación. Les gritó que se fueran, se vistieron, salieron avergonzados y ya no ha vuelto a saber de ellos. No eran de L’Escala, me dice. 

Me quedo sin saber qué decir, no esperaba algo tan contundente. Estaba convencido que me diría que nunca la habían traicionado o algo así. A su edad y ya ha tenido que vivir eso, pienso. Me dice que seguramente hacía tiempo que lo estaban haciendo a sus espaldas y que lo único que buscaban era que los pillara. Dice que le sabe mal por su amiga, que era una chica del colegio que conocía desde hacía diez años. Él era un tonto de Barcelona, uno de esos que gustan a las chicas, me dice. Y me mira como si yo supiera a qué se refiere. Y cómo siento curiosidad, le pregunto a qué se refiere con “un tonto de Barcelona”. Bueno, era un tipo primitivo, no sé, es difícil explicar por qué me gustaba, o quizás me avergüenza reconocer que me gustaba solo porque estaba cañón, concluye. 

Estoy perplejo del grado de confianza que hemos alcanzado en apenas media hora. Ella, una adolescente desconocida; yo, un adulto desconocido. Y ahora estamos hablando de una traición sentimental. Le comento que dejarse llevar por la belleza es algo que nos pasa a todos, que no hay que avergonzarse. Y entonces hago un comentario de esos generalistas, algo ridículo, que no tiene una relación exacta con lo que me acaba de contar, y que de hecho enlaza con otras circunstancias de mi vida y que me sale casi sin querer, a veces las mujeres camufláis el deseo hacia los hombre bellos y necesitáis vestirlos con virtudes que sin duda no tienen. ¿Qué quieres decir?, me pregunta. Que ese tipo te gustaba, pero era un idiota, especialmente por no saber apreciarte.

Al llegar al final del paseo, justo donde empieza la subida que lleva a L’Escala, Ona me pregunta si quiero comer con ella. No le gusta comer sola, y tiene comida en casa. Llegamos a una de esas casas que están en la colina que dan al golfo de Roses. Es una casa con dos plantas y unas vistas magníficas. El mar está encrespado, el cap de Creus se está cubriendo de nubes, los árboles del jardín se agitan furiosos. Es posible que por la tarde llueva, me dice. 

Saca de la nevera una crema de calabacín comenta hizo su madre y unas pechugas, y me pregunta si me apetecen. Le contestó que sí. Me siento en una butaca que da al jardín donde hemos dejado a los perros, y cojo un libro que encuentro por allí. Ona me pregunta desde la cocina si me apetece beber algo. Una cerveza, le digo. Me trae una muy fría servida en un vaso largo. Doy un sorbo, me sienta excelente. Empiezo a hojear el libro. Es de fotos de L’Escala, explica la evolución de la vila, de pueblo de pescadores a centro turístico internacional. Preparamos la mesa en el comedor con un mantel, Ona insiste, aunque yo le digo que no hace falta. 

Mientras comemos me cuenta que sus padres están separados, pero que la casa la utilizan los dos por turnos. De repente, se pone a hablar del amor y me pregunta si tengo pareja. Dudo, pero le contesto que no. Y cuánto hace que no tienes, me vuelve a preguntar. Unos cinco años. He estado con chicas, pero no he conseguido tener una relación, le aclaro. ¿Y por qué?, Ona parece realmente interesada en mi vida sentimental. Es difícil de decir. ¿Te fijas mucho en la belleza de las chicas? Esta pregunta me coge desprevenido. Sí, la belleza siempre va acompañada del amor, ya sabes, según algunos mitos griegos era su madre. ¡Ah, Grecia!, cuánto os gusta a los de letras, exclama riendo.

Va hasta la cocina, y desde allí me grita si me apetece algún yogur o un helado. Le digo que estoy bien, que si me prepara un café me hará feliz. Ahora los perros están tranquilos durmiendo afuera. Vuelve con un Cornetto y un café. Me pide que nos sentemos en un gran sofá chaise longue que ocupa una de las esquinas de la sala debajo de una estantería y una lámpara de suelo estilo caña. ¿Te molesta si pongo música?, me pregunta. No, le respondo. Va hasta un mueble con unos bufles, conecta el iphone y empieza a sonar una canción folck que no conozco, pero que me suena antigua. ¿Quién es?, le digo. Richmond Fontaine, le gusta a mi hermano y ahora a mí también. Nos sentamos en el sofá uno al lado del otro. 

Le pregunto, hace rato que ronda por mi cabeza, por qué me ha invitado a su casa. Ona me confiesa que se siente sola y aburrida, y que le he parecido interesante. Por edad podría ser tu padre, le digo, y además podría ser un psicópata asesino que quiere violarte. Suelta una carcajada, y me doy cuenta que tiene pecas en la nariz. Es verdad, mi padre tiene cuarenta y cinco años, y parece de tu edad, pero tú jamás podrías ser un psicópata. Por qué, le pregunto sorprendido de su seguridad. No sabría decirte el porqué, pero pareces demasiado buen tipo, no das ese papel, eres más bien uno de esos que no traicionaría jamás a una chica que ama. Es posible, le contesto, sorprendido de que me haya retratado con tanta certeza.

Sabes, en mi tiempo libre soy modelo, me suelta mientras muerde el Cornetto. No pareces, le digo. Txema, ¿qué quieres decir? No soy suficiente guapa para ti, exclama con un tono burlón. Bueno, sí, pero no te imagino haciendo de modelo. Además un amigo de Pontós me explicó que las modelos, a veces, os quedáis como congeladas, y eso a ti no te pasa, aunque es verdad que yo no tengo experiencia en tratar con ninguna. Ona tiene un ataque de risa; una parte del Cornetto cae sobre el sofá. Ona trata de limpiar la mancha de chocolate con una servilleta de papel. ¿Qué tipo de modelo eres?, le pregunto. Soy la modelo de un pintor francés que vive aquí en L’Escala. Es un pintor prestigioso que vende cuadros por toda Europa. Voy a su estudio una vez a la semana, me desnudo y durante dos horas él me pinta. No soy la protagonista del cuadro, hay otros desnudos, pero buscaba una adolescente y como me conoce me lo propuso. ¿Es amigo de tus padres?, le pregunto. No, de mi tío. Me conoce desde que era una niña. 

Entonces, en ese instante, escucho unas palabras pronunciadas por una adolescente que nunca había imaginado que llegaría a escuchar. ¿Te molesta si me desnudo?, me pregunta Ona. Pongo cara de no entender la pregunta. Mi mente empieza a procesar contactos neuronales a la velocidad de la luz. Pienso que aparecerán sus padres y me acusarán de no sé qué, que todo esto es un montaje, que me está engañando porque soy el típico buen tío que se lo cree todo, que detrás hay una banda de rumanos… Sin darme tiempo a contestar, veo que Ona se quita la camiseta y me enseña los pechos. Grandes en relación a su delgadez. Se pone de pie, y se quita los pantalones cortos y las braguitas. Está desnuda delante mío. Se estira en una parte del sofá más alejada y se me queda mirando sonriendo. Pensaba que era más delgada, pero está proporcionada y su cuerpo tiene unas ondulaciones que no podían apreciarse con la ropa. Lleva la vulva completamente rasurada. Es mucho más bella que vestida. No sé qué decir ni qué hacer. Solo la contemplo. 

Se me ocurre hablar con claridad. Si me acerco, ¿podré besarte?, le pregunto. No, no, contesta. ¿Por qué?, le pregunto. Solo quiero que me mires como si fueras un pintor o un escritor. Esto es absurdo, Ona. ¿Tampoco puedo tocarte? No, de verdad que no, responde. Este juego no me interesa, le digo, prefiero irme. ¿Cómo me describirías?, me pregunta haciendo una pose en el sofá. No sé, tienes la piel blanca, el cuerpo estilizado, los muslos aparentemente fuertes, mides 1´72 cm -1´74, me corrige-, tienes el cabello largo. Me sugiere que diga el color, pero yo prefiero no decirlo. Eres un mal escritor, me suelte de repente. Entonces le digo que escribiré una historia explicando nuestro encuentro y que se la enviaré. Le parece una idea interesante y empieza a vestirse. Le pido que todavía no se vista, que me deje unos minutos más observándola para poder describirla bien en la historia. Ella acepta y sigue posando, se nota que está acostumbrada. Le pregunto si puede estirarse de espaldas en el sofá y moverse como si se estuviera masturbando. Ella reproduce exactamente lo que le pido, incluso parece que realmente se esté masturbando. Noto la típica erección y las palpitaciones del corazón. No sé qué hacer. El instinto me lleva a desnudarme.

El aire sigue agitando el pelo de Ona en un balanceo que me resulta hipnótico. Veo sus piernas flexionadas a mi lado. Descubro que alrededor de la nariz tiene unas pecas sutiles y unas pestañas pequeñas, casi trasparentes. Los perros continúan corriendo. Ella habla de la carrera de biología, de sus sueños, de sus deseos, de sus ilusiones… Hace rato que he perdido el hilo de la narración, y he imaginado una narración paralela. Más real, más de verdad, más como debería ser la vida si realmente la vida no nos traicionara. ¡Qué poco importan las palabras!, las hemos escuchados parecidas tantas veces. ¡Que se las lleve el viento!, solo me interesan los libros, las pieles, las miradas..., ¡nada más!, ¡qué poca verdad conocemos! Y sin embargo nos creemos… Los perros, los animales, las plantas cada uno en su mundo, ¡cuánta claridad poseen! Se nota, es fácil darse cuenta, que vivimos con el miedo en el cuerpo; necesitamos protegernos: roles, ropas, casas, normas, estructuras, sociedades..., nos sentimos abandonados..., sin rumbo. 

Nosotros, los pensantes, vivimos y morimos en un sueño oscuro y absurdo, traicionados eternamente por la naturaleza. Pensamos, ¿para qué?, quizás para escribir y leer libros.

Me levanto primero de la arena, ayudo a Ona a levantarse cogiéndola de la mano. Atamos los perros y caminamos hasta el paseo de la playa. Allí nos damos dos besos, y nos separamos; parece, o al menos esa sensación tengo al ver la cara de Ona, que no le importaría volver a verme, pero no nos intercambiamos ningún teléfono. Ella se va en dirección a L'Escala; yo hacia el lugar donde he aparcado el coche. 

Antes de abandonar la zona, me giro buscando su silueta. Veo que a lo lejos me mira sonriendo, levanto la mano y me despido; ella hace lo mismo. Se acercan nubes, esta tarde quizás llueva. 

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