domingo, 5 de octubre de 2014

Tren (Felipe)

EL VIAJE EN TREN

Pablo todavía no sabe que va a ver el mundo a toda velocidad. 
De la mano de su abuelo camina hacia la estación de trenes 
y pregunta el por qué de todo lo que ve. 
–¿Este coche es azul?
–Sí.
–¿Por qué?
–Porque el dueño del coche tiene el pelo azul y cada uno debe comprarse el coche del color de su pelo.
Cuando Pablo sea mayor se comprará un coche de color castaño.
Pablo coge con fuerza la mano de su abuelo cuando entran en la estación de tren. Nunca ha visto un lugar tan grande, nunca ha visto a tanta gente junta. 
–Aquí hay mucha gente
–Sí.
–¿Por qué?
–Porque todos son amigos y les gusta estar juntos.
Pablo mira a la gente. Algún día también él tendrá muchos amigos y se reunirá con ellos en esta estación.

Pablo y su abuelo buscan sus asientos en el vagón. Él tiene el asiento cuatro y su abuelo el cinco. Pablo se sienta junto a la ventana. El tren arranca y al principio va muy despacio. 
–¿Dónde vamos?
–Vamos a ver a mamá y a papá.
–¿Por qué?
–Porque has tenido una hermanita y te esperan para que la conozcas.
Pablo piensa que su hermanita será su primer amigo.

El tren sale de la estación y va cada vez más rápido. Pablo mira por la ventana. Su abuelo se ha echado la gorra hacia adelante y ya está durmiendo. El tren corre, corre, corre... Todo va tan rápido que Pablo se olvida de que va en un tren, de que su abuelo lo acompaña, de que va conocer a su hermanita. 

Pablo se olvida de todo y mira, mira, mira...
... mira los campos de trigo con espantapájaros cubiertos de gorriones y grajos.
... mira el mar enorme y azul con barcos brillando a lo lejos.
... mira las montañas rocosas con arbustos solitarios.
... mira el río, tan veloz como el tren, corriendo a su lado.
... mira los bosques con miles de árboles distintos.
... mira la ciudad de gigantescos edificios llenos de ventanas.
Cuando el tren llega a la estación, Pablo despierta emocionado a su abuelo.
–¡He visto gigantes de hierro, una serpiente azul, el sol jugando a los dados y una canción que corría!
–¿Y por qué no me has despertado?
–No he tenido tiempo. ¡Todo pasaba tan rápido!

En el hospital le esperan mamá, papá y su hermana recién nacida. Pablo entra en la habitación, se acerca a la cuna, mira a su hermana y le susurra al oído: “Cuando te despiertes, nos iremos a casa en tren”.

TRENES

Si te hablo de mí, debo hablarte 
de los trenes de madrugada.

Durante años me bauticé entre sombras 
en el bar de la estación del Clot
con sabor a café rancio, olor a anís
y la COPE levantando piedras 
en busca de serpientes
en la hora en que el reloj fosilizaba el rencor
entre las vidas de extrarradio.

Yo pagaba mi café
entraba en los andenes oscuros 
y esperaba el Cataluña Express.

Hoy -como ayer, como mañana-
sigo esperando, pero el trayecto cambió 
hace años: ahora oigo el rumor de la olas
antes de subir al Cercanías
donde unos duermen y otros buscan 
su reflejo en el cristal, mientras yo tomo notas
porque entro en los trenes
como un estudiante tímido entra en la universidad: 
para aprender sin ser visto.

Hoy -como ayer, como mañana-
afuera el día y la noche remolonean
entre sábanas de mercurio, sal y sueño
y no hay más luz que la impúdica luz del vagón
ni más sombras que nosotros:
Negros africanos con viejas bicicletas y nuevas cicatrices.
Latinoamericanos dormidos más acá de sus sueños.
Mujeres árabes con miradas de arena.
Chinos invisibles.
Y nativos como yo, buscándonos en el cristal
sin encontrarnos
y con la horrible sospecha 
de que algo no hemos hecho bien.

LA UNIVERSIDAD DESCONOCIDA

En los trenes, a los viajeros en silencio
se les pueden leer los secretos. 
Muchas tardes de sábado las pasaste en el tren 
sin otro destino que espiar 
otros destinos.
La soledad era ya entonces 
lo que sigue siendo hoy: una amistad
de la que no puedes fiarte demasiado.

PRÓXIMA ESTACIÓN

Porque es inútil repetir
lo que termina en nada.

J.M. Caballero Bonald

Soledad de trenes en la madrugada. 
La luz blanca de los vagones, más que la miseria, hiere
aunque no haya a estas horas
ni vergüenza ni orgullo ni apenas curiosidad.
Amanece con sueños rotos 
más acá del cristal.
Y aunque fingimos dormir
todos sabemos
que cerrar los ojos no sirve de nada
cuando la próxima estación es la nuestra.

POR UNA VENTANA AJENA

¿Y qué es lo realmente estremecedor? ¿que los mataron? No: que no entendieron su muerte.
Imre Kertész

Todos miran por una ventana ajena.
Anna Ajmátova

Aprendimos a ser otros hombres. Los números 
tatuados en nuestros brazos fueron 
el rosario que ellos inventaron para nuestra muerte.
Largas noches en trenes hacinados, dejábamos atrás 
las humillaciones sobre feroces raíles 
hacia lo peor desconocido.
Pero el tren no dejó de avanzar cuando llegamos a los Campos. 
Suprimían tu rostro y tú el pasado.  
No había tiempo para el asombro. El presente 
era un latido y otro latido y otro… 
El futuro materia de contrabando –cada latido más gastado.
De punta a punta fuimos seres humanos. Un experimento 
que dios juzgaría apasionante.
Nada en la vida ha sido tan perfecto como aquel miedo ceñido 
a nuestra piel, a nuestros huesos.
No se ha borrado su olor ni el hombre que de mí hicieron.
Para los que aún vivimos el tiempo pasa distinto. 
Miramos la vida por una ventana ajena, y moriremos 
con la responsabilidad de nuestra voz.











DETECTOR DE METALES


Desde el tren lo veo 
cada amanecer
rastrear la playa. 
Busca algo
para dar el día por bueno. Y en eso
–pienso, y me despido–

todos nos parecemos.

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