A traición se opone fidelidad.
Francisco vivía solo. Su mujer había muerto de cáncer hacia dos años y medio.
Vivía en el piso familiar donde había compartido con ella, Angeles, y sus tres hijos, toda una vida.
En la casa había cuatro habitaciones. La suya, de matrimonio, y tres mas con las camas de cada uno de los hijos. Habitaciones estas, sórdidas, sin olor, abandonadas.
Él apenas si entraba en esos espacios que habían quedado huérfanos.
Francisco ocupaba la habitación de matrimonio, donde dormía, circulaba por el pasillo, para ir de un lado a otro, usaba el cuarto de baño, para asearse, la cocina y el salón, donde pasaba la mayor parte del tiempo. Eso era todo.
Des de la muerte de su mujer, a la que quería mucho, Francisco cada miércoles visitaba a Lucia.
De echo ya visitaba a Lucia con su mujer antes de que esta enfermara y acabara muriendo en su cuarto de matrimonio un sábado por la noche llena de paz y una luz blanca alrededor de su cuerpo inerte.
Francisco recordaba aquella luz a menudo.
Lucia era una vidente. A través de ella uno podía hablar con los muertos. Con sus muertos. Ángela, antes de morir, la visitaba para hablar con su madre y sus hermanas y Francisco la acompañaba siempre.
Una vez quiso compartir esta práctica crucial para él y tanta otra gente, con unos amigos en una comida al mediodía.
Uno de ellos le tachó tiernamente de iluso, otro de creyente, como si eso fuera un insulto o algo así, y el tercero, indignado incluso, le advirtió del peligro que corría. Decía que estas actitudes y cuestiones no debería uno tomársela a broma. Que él, como amigo suyo, tenía la obligación de decirle todo aquello y conminarle a abandonar ese tipo de locuras. Que acabaría haciendo cosas raras y le tomarían cruelmente el pelo.
Francisco cada miércoles centraba todo su día en la visita a Lucía. No era una visita personalizada, no. Francisco acudía al local de la vidente, unos bajos con poca luz en el centro de la ciudad, y compartía la sesión con otra gente.
Eran un grupo mas o menos numeroso y estable que cada miércoles compartían el ritual de acercarse a través de Lucia a sus muertos.
Francisco era menudo, de cara angulosa y atractiva, pelo canoso y complexión fuerte para su edad. Tenía sesenta y siete años y llevaba gafas.
Era un veterano de las sesiones. No destacaba mucho pero todos le respetaban. Respetaban su discreción, su constancia y su amor por su mujer, Ángela.
De echo muchos de ellos habían conocido en vida a Ángela y eso dotaba a los diálogos de Francisco y su mujer a través de Lucia de un timbre muy particular.
Se hacia un silencio limpio, transparente, cuando Francisco y Ángela se encontraban.
Acudía Francisco a su cita semanal lleno de una extraña paz que nada tenía que ver con la paz idiotizada que uno podía consumir en la tv o con cualquier libro de autoayuda de medio pelo en aquellos días crises de pensamiento horizontal.
Su paz era vertical, elevada, pura.
Que le importaba a él todo lo que su mente racional le pudiera decir en sus torpes y constantes intentos de bajarle a la tierra. La vocecita, la llamaba.
Él había descubierto la posibilidad de volar. La posibilidad de alejarse. El tiempo mismo en toda su extensión.
Era miércoles doce de octubre.
Se levantó como casi siempre muy pronto, con las primeras luces del día. Y se quedó , como casi siempre también, un buen rato en la cama, como un cuerpo que descansa enteramente.
Cuando se quedaba así estirado en la cama, sin hacer nada, visualizaba la casa vacía. Algunos días, se divertía reconstruyendo en su cabeza, como un músico de jazz, las voces que habían resonado durante años en ese pasillo.
Sus hijos, que ahora rarísima vez entraban, en esa, “su” casa, habían jugado en ella a todo lo que uno pudiera imaginar.
Reconstruía por ejemplo el sonido de un grupo cuantioso de canicas deslizando-se por el parquet del pasillo mientras la voz de su hijo menor retransmitía la vuelta a España con la emoción que solo los locutores de deportes pueden trasmitir.
O las voces de sus dos hijos menores en plena guerra de tirachinas. Se construían unas balas a base de papel doblado bien reforzado con mucho celo y con una chincheta en la punta y se acribillaban el uno al otro sin piedad.
Escuchaba también el rumor de la ciudad que se ponía en marcha ahí fuera. Vivía en una zona elevada. En una pequeña montaña que definía el perfil de todo un barrio. Habían vivido allí des de que se casaron con Ángela. El rumor de la ciudad y sus marcadas notas matinales.
Era miércoles doce de octubre y el cielo estaba encapotado.
Levantó la persiana y miró. Nubes grises, manto extenso hasta donde alcanzaban los ojos. Contraluz inmenso que caía sobre la ciudad. Y sobre él.
La visita con Lucia era por la tarde. Así que tenía toda la mañana libre. Bajaría un rato a pasear por el parque de detrás de casa, compraría el periódico, lo leería de cabo a rabo, comería lo mismo que el día anterior, un arroz con verduras que se había cocinado y miraría de hacer un poco de siesta antes de coger el autobús que le llevaba cada miércoles a su cita con su mujer.
Sentado en el banco del parque, mirando como un perro infecto defecaba sobre la escasa tierra entre los columpios le habló así la vocecita:
Los miércoles hablas con Angela, hablas con Angela y ella te cuenta cosas bellas. Te aferras a una visión, a un hilo finísimo que se podría romper en cualquier momento. Completamente aislado de lo que en realidad esta pasando a tu alrededor, de tus nietos, de tus hijos, de las cosas que podrías estar haciendo, lleno de una especie de respeto existencial que te tiene petrificado, congelado como en una balsa de hielo. Te mueres en vida. Pan para hoy y hambre para mañana. Estás seco, totalmente seco , desértico, desolado.
El perro dejó caer su último pedazo de mierda sobre la tierra. Su dueño no se digno a recoger el desastre y “aquello” quedó ahí frente a él amontonado.
Francisco enfiló el camino a casa, periódico bajo el brazo, cuesta arriba, despacio.
Era miércoles doce de octubre, el cielo estaba encapotado y había que comer.
Comió solo frente al televisor. Al principio, después de la muerte de Ángela, se había propuesto cocinar cada día en casa algo distinto, sano y en cierto modo especial. Con el paso del tiempo la realidad era ya muy distinta. Mantenía el habito de cocinar pero muchas veces repetía menú, o aprovechaba sobras de otros días, o compraba platos preparados o simplemente casi no comía, apenas un yoghurt, un trozo de pan y algo de queso.
Le resultaba difícil ser presentable ante si mismo todo el tiempo. Cada día. A cada momento.
Durmió la siesta acurrucado en el sofá del salón bajo su manta de cuadros. La tele de fondo y los primeros rayos de una incipiente tormenta decorando el cielo lejano al norte de la ciudad, tras las montañas.
De resultas de la siesta la ropa que llevaba puesta había quedado como cada tarde completamente arrugada. Impresentable.
Se dirigió entonces al armario de su cuarto, abrió las puertas y se plantó ante la ropa de su ropero. No había gran cosa donde elegir. Todo ordenado, bien plegado y apilado por géneros. Aquí los jerséis, allí las camisetas. Colgadas unas junto a las otras cinco camisas discretas y aburridas. Tres pantalones con los que cubría la mayor parte del año. Ropa que no había cambiado des de que vivía solo salvo por algún regalo de su hija, la mayor. Un par de trajes y sus correspondientes corbatas.
Los miércoles sacaba uno de esos dos trajes a pasear. Se vestía como se viste un torero en el hotel antes de ir hacia la plaza. Serio, en silencio, con respeto.
Se miraba al espejo y se daba el visto bueno. Salía de casa vestido pues con traje, chaqueta y corbata. Salió de casa este miércoles con traje, chaqueta, corbata y un paraguas negro muy clásico que cogió al percibir que la tormenta de luz y truenos que se anunciaba en la lejanía estaba ya llegando a la ciudad. Llovería de forma inminente.
Y efectivamente, nada mas poner el pié en la calle cayeron las primeras gotas. Abrió su paraguas negro y se dirigió bien protegido de la lluvia hasta la parada del autobús.
Allá vas, una vez mas, en busca de tu refugio.
Déjala marchar. Que descanse ya.
Deja que las cosas y las personas sigan su curso. No te creas tan importante. Tan decisivo.
Mira, el mundo estuvo aquí antes que tu y seguirá aquí cuando tu ya no estés.
Las gruesas gotas que caían con furia golpeaban duramente sobre la marquesina de la parada del autobús. Una metralleta de golpes parecía caerle sobre la cabeza. Se estaba mojando los zapatos y el dobladillo del pantalón del traje pues la fuerza con la que el agua caía hacia que esta rebotara en el suelo y se levantara contra él por todas partes. A penas si se veía nada. No podía distinguir ni los coches ni la gente que pasaban a toda prisa por la calle y por la acera de enfrente. Cerró los ojos y escuchó.
Gustaba de ese sonido continuo, compacto y difícil de definir. Gustaba de esa sensación de soledad radical y húmeda en esa parada de autobús.
No quiero que los pedazos se vayan esparciendo por ahí, pensó en ese justo momento.
Llegó el autobús. Su autobús. Abrió los ojos justo a tiempo para saltar como un resorte del asiento de la marquesina y subir al transporte. Como cuando sus hijos se despertaban justo en el momento en que estaban entrando en el pueblo de veraneo después de ir durmiendo todo el viaje y preguntaban: ¿Ya hemos llegado?
Si pensaba en Ángela y en aquellos largos veraneos en el pueblo de montaña todo lo que le invadía olía a verde, a luz, a agua, a cuerpos y juegos. A felicidad.
Dejó ir esos pensamientos y apoyó sus cara contra el cristal. Caían gotas de agua que resbalaban por el vidrio hacia abajo. Desde bien pequeño había gustado de observar las peculiares y caprichosas lineas que esas lágrimas de agua dibujaban en los cristales. Con sus quiebros y requiebros, sus insospechadas paradas y suspensiones, su delicado final.
La luz blanca y el cuerpo de su mujer en la habitación de matrimonio un sábado por la noche al morir. Delicado final.
El traqueteo del bus sobre el asfalto que percutía en su cabeza apoyada en la ventana, que temblaba, le expulsó de esa imagen.
Era miércoles, llovía a cántaros y él iba en autobús a visitar a Lucia para hablar con Ángela. Una vez mas.
Las gentes en el autobús se ignoraban unas a otras. Cada uno encerrado en su micro mundo. Avanzaban con dificultad en medio del caótico tráfico de la ciudad bajo la intensa lluvia. Era miércoles y llovía pero pronto llegarían.
Francisco se levantó justo al pasar por la parada anterior a la que le tocaba bajar. Era una costumbre. Se preparaba con mucha antelación ante la puerta como si así evitara que cualquier cosa pudiera salir mal.
El autobús frenó justo enfrente de la marquesina de la parada donde cada miércoles Francisco abandonaba el autobús para ir a ver a Lucia. Lo agradeció pues seguía lloviendo con rabia y en pocos segundos bajo esa manta de agua uno podía quedar completamente empapado.
Se dirigió entonces hasta el callejón sin salida bajo el paraguas donde Lucía tenia su local. Bajó las escalerillas angostas y abrió la puerta marrón que daba acceso a la sala.
No había mucha gente. La lluvia, pensó.
Se sentó discreto en la fila trasera y se dispuso a escuchar al hombre que sentado frente a Lucia hablaba. Mas bien lloraba en silencio frente a ella.
Pasaron tres parroquianos mas antes de que fuera su turno.
Al fin Llegó.
Se levantó de su silla y se acercó, tímido y cabizbajo como siempre hasta la silla frente a Lucia. Se sentó, ajustó el micrófono a su altura y miro a Lucia. Intercambiaron una sonrisa dulce, llena de cariño y complicidad. Eran ya dos años y medio viéndose prácticamente todos los miércoles para visitar a Ángela.
Lucia cerró los ojos, torció el cuello a izquierda y derecha un par de veces y empezó a hablar por boca de Ángela.
Por boca de Lucia salían las palabras de Ángela en un tono de voz agudo pero sin estridencias, un susurro fino, lejano. Cada replica suya tomaba unos segundos mas de los que identificaríamos como el normal ritmo de una conversación entre vivos.
Hola Paco.
Hola Ángela.
Como estás?
Bien. Bastante bien.
Y como esta Andrea? la he sentido preocupada estos días.
No, ya sabes, tiene mucho trabajo y se ofusca un poco, sufre con eso, pero Andrea es fuerte. Va bien.
Y los niños? como anda Javier?
Pienso que va mejor. Sigue algo enfadado con el mundo. Es la adolescencia, ya sabes….
Pero Andrea lo lleva mas tranquila?
Hombre, pues no. Andrea es Andrea, ya la conoces. Chocan por todo, sin mas.
Y Marcos, sigue con lo de cambiar de casa?
Si. Eso parece. Dice que va a estar mucho mejor en la nueva, que paga menos y que le gusta mucho mas ese barrio. Marcos, pues como siempre, inestable.
Este chico siempre nos hace sufrir un poco eh?
Si, pero yo creo que ahora está ya mas centrado, con el nuevo trabajo y eso pues le veo mas entero.
Tienes que ayudarle con el traslado y eso vale? tu le puedes ayudar con todo el tema del bricolaje.
Bueno, ya veremos..
Francisco no seas así. Debes hacerlo. Tienes que superar esta barrera con Marcos, él es así, vive su vida a su manera. Pero tu le tienes que apoyar, siempre, vale?
Si. Vale. Tienes razón.
Se produjo entonces un silencio largo. Francisco sentado frente a Lucia esperó algo inquieto. La voz de Lucia finalmente volvió a sonar.
Y Jaime, ha decidido ya que hacer con lo del despido de gente?
No ha tenido mas remedio. Aunque ya sabes que Jaime casi no me cuenta nada…en fin, creo que lo van a poder solucionar sin que nadie salga muy perjudicado.
Y tu, como estas?
Paco tardó unos segundos en responder. Y acabó hablando de la lluvia.
Hoy ha llovido mucho, mucho. Pero una tormenta como hacia tiempo que no se veía.
Ah si? me gusta mucho la lluvia.
- Lo se.
Hubo entonces una ligera pausa por parte de Lucia. Pareció como si algo la inquietara. Movió su cuello nuevamente de lado a lado un par de veces, muy despacio. Casi se podía oír como crujían sus huesos al hacerlo.
Entonces Francisco dijo:
Te quiero mucho Ángela.
Aquello resonó en la sala. Aquella declaración penetró como un puñal, decidida y profunda.
Lucia tardó mucho en responder.
La he perdido Francisco, ya no está…….espera…….no…….ahora…………
Que te quiero mucho.
Yo también Francisco, yo también te quiero mucho.
Entonces Lucia añadió-La he perdido, se ha ido-Y abrió los ojos.
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