TRAICIÓN (Felipe)
EL FANTASMA DEL LAGO
EL FANTASMA DEL LAGO
Damián sabe dos cosas de su abuelo: que fue pescador y que
desapareció en el mar.
Eso le
dijeron sus padres.
En la repisa
de la chimenea hay una foto de su abuelo de joven. En invierno, cuando vuelve
del colegio, a Damián le gusta mirar esa fotografía al calor del fuego.
–¿Qué le
pasaba al abuelo en un ojo? –pregunta Damián a su padre.
–Perdió el
ojo izquierdo.
–¿Cómo lo
perdió?
–Nunca me lo
dijo.
El padre de
Damián se siente incómodo cuando habla de su propio padre; por eso Damián no
entiende que esa foto presida el comedor desde lo alto de la chimenea. Mira la
fotografía e imagina la vida de su abuelo llena de aventuras. Damián nunca ha
visto el mar. Lo más parecido que ha visto es el lago que hay junto a su casa.
En invierno casi siempre está cubierto de niebla.
–¿Y cómo
desapareció el abuelo?
–Te lo he
explicado mil veces. Salió a pescar y ya no volvió. No hay más que contar.
Esa noche Damián se va a dormir temprano. Sueña con un
pescador tuerto que lucha contra piratas, contra monstruos marinos, contra
terribles tormentas. En su sueño, el pescador, vuelve a casa sano y salvo.
De repente, en
medio de la noche, lo despierta el timbre del teléfono.
En la
habitación de al lado su madre lo descuelga y pregunta quién es. Después de un
largo silencio, cuelga el teléfono. Sus padres susurran. Damián se duerme de
nuevo.
Al día siguiente, la rutina de siempre: se despierta, se
lava la cara y los dientes y desayuna con sus padres en la cocina. Poco
después, su vecino Lucas pasa a buscarlo para ir al colegio.
El colegio
está cerca, sólo tienen que atravesar el parque del lago.
La niebla es muy espesa esta mañana. A Damián y a Lucas les
gusta porque entre la niebla los árboles tienen formas extrañas.
–Mira –dice Lucas
señalando una vieja morera–, un gigante despeinado con los brazos llenos de
cucharas.
–Y allí –señala
Damián un seto sin podar–, un tren lleno de lanzas.
–Y un grupo
de duendes cabezones –imagina Lucas de un grupo de pinos recién plantados–. Y
junto el lago un fantasma pescando.
Damián mira
hacia el lago y distingue la silueta de un hombre y la forma de una caña, pero
no recuerda que allí hubiera ningún árbol.
–¡Llegamos
tarde al cole! –se sorprende Lucas.
Y los dos
salen corriendo.
Por la tarde, Damián vuelve a casa de mal humor. No han
podido jugar en el patio porque la niebla seguía siendo muy espesa y no se veía
nada. Atraviesa el parque solo; reconoce al gigante despeinado, al tren lleno
de lanzas, a los enanos cabezones y al fantasma pescador… Decide acercase al
agua para ver cuál es el árbol con forma de fantasma. Pero, a tan solo unos
metros, aquello, definitivamente, no le parece ningún árbol.
Entra en casa corriendo, alterado y lleno de barro. En la
huida se ha caído sobre un charco. Su madre, asustada, le pregunta qué ha
pasado. Damián le dice que ha visto un fantasma en el lago. Su madre lo mira
con sorpresa y después se echa a reír. Damián protesta: tenía una caña de
pescar y botas altas de goma y un impermeable oscuro...
–Escucha –le
susurra su madre al oído acariciándole el pelo–, los fantasmas no existen y tú
eres un niño con una enorme imaginación. Hoy no molestes a tu padre, cariño, no
se encuentra bien.
–¿Qué le
pasa? –quiere saber Damián. La madre duda un momento.
–Creo que se
está resfriando.
Damián se
asoma al comedor. Su padre está sentado en su butaca junto a la chimenea
encendida. Damián se acerca y le da un beso. El padre mira fijamente el fuego y
no responde. Tampoco tose ni estornuda.
Esa noche Damián
duerme poco y mal. Cuando, a la mañana siguiente, se reúne con sus padres en la
cocina, también ellos parecen cansados. Los tres desayunan en silencio.
Entonces suena el teléfono. Sus padres se miran, pero no se levantan. Damián va
a levantarse, pero su madre le dice que no lo coja, que seguro que se
equivocan, que hace dos días que alguien llama preguntando por otra persona.
Damián no le hace caso y se levanta,
descuelga el auricular y pregunta.
–¿Diga?
Nadie
responde.
–¿Diga?
Sus padres
lo miran atentos.
–¿Diga?
Alguien, al
otro lado de la línea, cuelga el teléfono.
–Han colgado
–dice Damián.
–Mejor –responde
su padre, con una rabia impropia en él.
La madre
respira aliviada.
En ese
momento llaman a la puerta. Es la madre de Lucas.
–Perdonad
que os moleste tan temprano. Venía para deciros que hoy Lucas no irá al
colegio. Tiene fiebre.
Damián le
pide a su madre que lo acompañe al colegio. No quiere ir solo.
No hay tanta niebla como el día anterior. Damián y su
madre, cogidos de la mano, repasan los personajes inventados.
–Mira, aquí
está la cigüeña con tres picos, allí la nave espacial y allá está el gigante
despeinado...
Damián ha
entrado al parque con un poco de miedo; pero en seguida comprende que, yendo
con su madre, nada puede sucederle. Sin embargo, cuando llegan al rincón donde
estaba el fantasma, quiere y no quiere mirar.
Cuando
finalmente mira, no ve nada. Nada.
Por un lado
quería encontrar al fantasma para enseñárselo a su madre. Por otro, recuerda el
miedo que sintió cuando vio aquel impermeable oscuro, aquellas botas, y piensa
que tal vez sea mejor que se haya marchado.
Damián está
hecho un lío.
En la puerta
del colegio su madre le da un beso.
–Por cierto
¿y tu amigo el fantasma? –le dice–. ¿Ha salido a desayunar?
–Venga, mamá
–se queja Damián, y sube corriendo las escaleras del colegio.
Durante todo el día, en las clases, no presta nada de
atención. Es incapaz de leer, de calcular, de dibujar. Cuando salen al patio,
la niebla ha desaparecido y, aunque hace frío, el sol brilla con fuerza. Desde
el patio puede verse el parque y el lago. Donde antes había personajes
imaginarios ahora hay una hermosa arboleda, verde, húmeda, llena de vida.
¿Y si se lo
imaginó todo? Es decir ¿y si imaginó lo del fantasma, lo del impermeable oscuro
y las botas? ¿Y si su madre tiene razón? Seguramente papá también diría lo
mismo, de no llevar un par de días tan raro...
Damián se va
a jugar a la pelota con sus compañeros de clase y, mientras juega, se va
olvidando de todo.
Ya ha oscurecido cuando sale del colegio. Hace muchísimo
frío. La humedad le traspasa el abrigo y lo hace temblar. Sale corriendo para
casa. Piensa en lo bien que estará delante de la chimenea. Se beberá un vaso de
leche delante del fuego y mirará la foto de su abuelo...
Delante de
la puerta del parque la niebla es tan espesa que las farolas apenas iluminan.
Parecen luciérnagas gigantes entre la oscuridad. Si rodea el parque por la
avenida tardará el doble de tiempo en llegar a casa. Damián duda, pero
finalmente da uno, dos, tres pasos. Ya está dentro del parque.
No ve más
allá de su nariz, pero camina ligero como caminaría una cigüeña con tres picos
o un tren lleno de lanzas o un gigante despeinado o un...
–¿Siempre
tienes prisa, chaval?
Damián se para
en seco. ¿De dónde sale esa voz? Es una voz grave y desconocida. Damián quiere
echar a correr, pero no puede. Quiere estar en su casa, con sus padres; pero está
allí y está solo.
No
exactamente solo.
–¿Siempre
tienes prisa, chaval? –repite la voz grave y desconocida.
El fantasma
viste una gabardina oscura, tiene una pipa en la boca y una mirada extraña,
como si guiñara siempre un ojo. Tiene una espesa barba blanca. Detrás de él hay
una caña clavada en la orilla del lago.
Damián está
aterrorizado, pero siente algo más fuerte que el miedo. Curiosidad.
–¿Es usted
un fantasma? –pregunta con un hilo de voz. Le tiemblan los labios.
–Pues podría
ser –responde–. Reúno todos los requisitos: doy miedo, no existo para la gente
que quiero y, además, no consigo pescar nada.
El fantasma
se acerca a él, se quita la gabardina y se la coloca encima de los hombros a
Damián.
–¿Mejor así?
Damián
asiente.
–¿Vives
cerca de aquí? –pregunta el fantasma.
–Sí. Al otro
lado del parque. ¿Y usted?
–Lejos, muy
lejos.
–Y ¿qué hace
aquí?
–Pescar. Me
dijeron que en este lago hay buenas carpas. Tal vez sea la niebla, pero no
pican.
–¿Debajo del
agua también hay niebla?
–Pues no lo
sé. Buena pregunta.
–¿Y si no
pesca nada se irá a su casa?
–Depende. He
venido desde muy lejos y, antes de irme, me gustaría ver a una persona.
Damián va
entrando en calor. La gabardina del fantasma huele a tabaco de pipa y a
humedad.
–¿Los
fantasmas beben leche?
–Claro. Es
nuestra bebida preferida.
–¿Quiere un
vaso de leche? Podemos ir a mi casa.
–Hombre, no
sé. A tus padres no les gustará que aparezcas con un fantasma por casa.
–Mi mamá me
dijo que usted no existía. Se rió de mí.
–Haremos una
cosa. Te acompañaré hasta la puerta de tu casa y allí me devuelves la
gabardina.
En la puerta de casa los padres miran hacia la verja del
parque. Damián tarda demasiado. ¿Y si le ha ocurrido algo?
Entre la
niebla aparecen dos siluetas. Pero ninguna de las dos es Damián. Una es alta y
corpulenta, y la otra es baja y con una forma extraña. Parece un gnomo con ropa
de gigante.
Damián ve a
sus padres en la puerta de casa. Sin pensarlo coge la mano del fantasma y lo
anima a que vaya más rápido. Se los va a presentar. El fantasma titubea; no
está seguro de que sea una buena idea, pero sigue al niño y aligera el paso.
Por fin
distinguen la voz de Damián.
–¡Te lo
dije, mamá! ¡Te lo dije!
¿Qué lleva puesto? ¿quién es ese hombre
que lo acompaña?.
–¡Vengo con
mi amigo el fantasma del lago! Dice que le gusta pescar.
El fantasma
y sus padres se miran con cara de sorpresa.
Damián
todavía no lo sabe, pero lo que pasa a continuación es algo que nunca olvidará.
Después de
un largo silencio, su padre le da un bofetón en la cara al fantasma, y éste, en
vez de enfadarse, baja la cara lleno de vergüenza y tristeza. Acto seguido, los
dos se abrazan con tanta fuerza que ni siquiera un gigante con manos de cuchara
los podría separar.
Es la
primera vez que Damián ve a su padre llorar.
FIN
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