lunes, 20 de octubre de 2014

TRAICIÓN (Felipe)


                                         EL FANTASMA DEL LAGO


Damián sabe dos cosas de su abuelo: que fue pescador y que desapareció en el mar.
         Eso le dijeron sus padres.
       En la repisa de la chimenea hay una foto de su abuelo de joven. En invierno, cuando vuelve del colegio, a Damián le gusta mirar esa fotografía al calor del fuego.
         –¿Qué le pasaba al abuelo en un ojo? –pregunta Damián a su padre.
         –Perdió el ojo izquierdo.
         –¿Cómo lo perdió?
         –Nunca me lo dijo.
         El padre de Damián se siente incómodo cuando habla de su propio padre; por eso Damián no entiende que esa foto presida el comedor desde lo alto de la chimenea. Mira la fotografía e imagina la vida de su abuelo llena de aventuras. Damián nunca ha visto el mar. Lo más parecido que ha visto es el lago que hay junto a su casa. En invierno casi siempre está cubierto de niebla.
         –¿Y cómo desapareció el abuelo?
       –Te lo he explicado mil veces. Salió a pescar y ya no volvió. No hay más que contar.

Esa noche Damián se va a dormir temprano. Sueña con un pescador tuerto que lucha contra piratas, contra monstruos marinos, contra terribles tormentas. En su sueño, el pescador, vuelve a casa sano y salvo.
         De repente, en medio de la noche, lo despierta el timbre del teléfono.
         En la habitación de al lado su madre lo descuelga y pregunta quién es. Después de un largo silencio, cuelga el teléfono. Sus padres susurran. Damián se duerme de nuevo.

Al día siguiente, la rutina de siempre: se despierta, se lava la cara y los dientes y desayuna con sus padres en la cocina. Poco después, su vecino Lucas pasa a buscarlo para ir al colegio.
         El colegio está cerca, sólo tienen que atravesar el parque del lago.


La niebla es muy espesa esta mañana. A Damián y a Lucas les gusta porque entre la niebla los árboles tienen formas extrañas.
       –Mira –dice Lucas señalando una vieja morera–, un gigante despeinado con los brazos llenos de cucharas.
        –Y allí –señala Damián un seto sin podar–, un tren lleno de lanzas.
        –Y un grupo de duendes cabezones –imagina Lucas de un grupo de pinos recién plantados–. Y junto el lago un fantasma pescando.
         Damián mira hacia el lago y distingue la silueta de un hombre y la forma de una caña, pero no recuerda que allí hubiera ningún árbol.
        –¡Llegamos tarde al cole! –se sorprende Lucas.
         Y los dos salen corriendo.
                          

Por la tarde, Damián vuelve a casa de mal humor. No han podido jugar en el patio porque la niebla seguía siendo muy espesa y no se veía nada. Atraviesa el parque solo; reconoce al gigante despeinado, al tren lleno de lanzas, a los enanos cabezones y al fantasma pescador… Decide acercase al agua para ver cuál es el árbol con forma de fantasma. Pero, a tan solo unos metros, aquello, definitivamente, no le parece ningún árbol.


Entra en casa corriendo, alterado y lleno de barro. En la huida se ha caído sobre un charco. Su madre, asustada, le pregunta qué ha pasado. Damián le dice que ha visto un fantasma en el lago. Su madre lo mira con sorpresa y después se echa a reír. Damián protesta: tenía una caña de pescar y botas altas de goma y un impermeable oscuro...
         –Escucha –le susurra su madre al oído acariciándole el pelo–, los fantasmas no existen y tú eres un niño con una enorme imaginación. Hoy no molestes a tu padre, cariño, no se encuentra bien.
         –¿Qué le pasa? –quiere saber Damián. La madre duda un momento.
         –Creo que se está resfriando.
         Damián se asoma al comedor. Su padre está sentado en su butaca junto a la chimenea encendida. Damián se acerca y le da un beso. El padre mira fijamente el fuego y no responde. Tampoco tose ni estornuda.


Esa noche Damián duerme poco y mal. Cuando, a la mañana siguiente, se reúne con sus padres en la cocina, también ellos parecen cansados. Los tres desayunan en silencio. Entonces suena el teléfono. Sus padres se miran, pero no se levantan. Damián va a levantarse, pero su madre le dice que no lo coja, que seguro que se equivocan, que hace dos días que alguien llama preguntando por otra persona.
         Damián no le hace caso y se levanta, descuelga el auricular y pregunta.
         –¿Diga?
         Nadie responde.
         –¿Diga?
         Sus padres lo miran atentos.
         –¿Diga?
         Alguien, al otro lado de la línea, cuelga el teléfono.
         –Han colgado –dice Damián.
         –Mejor –responde su padre, con una rabia impropia en él.
         La madre respira aliviada.
         En ese momento llaman a la puerta. Es la madre de Lucas.
        –Perdonad que os moleste tan temprano. Venía para deciros que hoy Lucas no irá al colegio. Tiene fiebre.
         Damián le pide a su madre que lo acompañe al colegio. No quiere ir solo.
        

No hay tanta niebla como el día anterior. Damián y su madre, cogidos de la mano, repasan los personajes inventados.
       –Mira, aquí está la cigüeña con tres picos, allí la nave espacial y allá está el gigante despeinado...
         Damián ha entrado al parque con un poco de miedo; pero en seguida comprende que, yendo con su madre, nada puede sucederle. Sin embargo, cuando llegan al rincón donde estaba el fantasma, quiere y no quiere mirar.
         Cuando finalmente mira, no ve nada. Nada.
         Por un lado quería encontrar al fantasma para enseñárselo a su madre. Por otro, recuerda el miedo que sintió cuando vio aquel impermeable oscuro, aquellas botas, y piensa que tal vez sea mejor que se haya marchado.
         Damián está hecho un lío.
         En la puerta del colegio su madre le da un beso.
         –Por cierto ¿y tu amigo el fantasma? –le dice–. ¿Ha salido a desayunar?
         –Venga, mamá –se queja Damián, y sube corriendo las escaleras del colegio.


Durante todo el día, en las clases, no presta nada de atención. Es incapaz de leer, de calcular, de dibujar. Cuando salen al patio, la niebla ha desaparecido y, aunque hace frío, el sol brilla con fuerza. Desde el patio puede verse el parque y el lago. Donde antes había personajes imaginarios ahora hay una hermosa arboleda, verde, húmeda, llena de vida.
         ¿Y si se lo imaginó todo? Es decir ¿y si imaginó lo del fantasma, lo del impermeable oscuro y las botas? ¿Y si su madre tiene razón? Seguramente papá también diría lo mismo, de no llevar un par de días tan raro...
         Damián se va a jugar a la pelota con sus compañeros de clase y, mientras juega, se va olvidando de todo.


Ya ha oscurecido cuando sale del colegio. Hace muchísimo frío. La humedad le traspasa el abrigo y lo hace temblar. Sale corriendo para casa. Piensa en lo bien que estará delante de la chimenea. Se beberá un vaso de leche delante del fuego y mirará la foto de su abuelo...
         Delante de la puerta del parque la niebla es tan espesa que las farolas apenas iluminan. Parecen luciérnagas gigantes entre la oscuridad. Si rodea el parque por la avenida tardará el doble de tiempo en llegar a casa. Damián duda, pero finalmente da uno, dos, tres pasos. Ya está dentro del parque.
         No ve más allá de su nariz, pero camina ligero como caminaría una cigüeña con tres picos o un tren lleno de lanzas o un gigante despeinado o un...
         –¿Siempre tienes prisa, chaval?
         Damián se para en seco. ¿De dónde sale esa voz? Es una voz grave y desconocida. Damián quiere echar a correr, pero no puede. Quiere estar en su casa, con sus padres; pero está allí y está solo.
         No exactamente solo.
         –¿Siempre tienes prisa, chaval? –repite la voz grave y desconocida.
         El fantasma viste una gabardina oscura, tiene una pipa en la boca y una mirada extraña, como si guiñara siempre un ojo. Tiene una espesa barba blanca. Detrás de él hay una caña clavada en la orilla del lago.
         Damián está aterrorizado, pero siente algo más fuerte que el miedo. Curiosidad.
         –¿Es usted un fantasma? –pregunta con un hilo de voz. Le tiemblan los labios. ves cerca de aquí? –de–.oz.tan fino como un cabellos.regunta. chimeneto de la muerte y en segundo lugar el descubriment del A
        –Pues podría ser –responde–. Reúno todos los requisitos: doy miedo, no existo para la gente que quiero y, además, no consigo pescar nada.
         El fantasma se acerca a él, se quita la gabardina y se la coloca encima de los hombros a Damián.
         –¿Mejor así?
         Damián asiente.
         –¿Vives cerca de aquí? –pregunta el fantasma.
         –Sí. Al otro lado del parque. ¿Y usted?
         –Lejos, muy lejos.
         –Y ¿qué hace aquí?
        –Pescar. Me dijeron que en este lago hay buenas carpas. Tal vez sea la niebla, pero no pican.
         –¿Debajo del agua también hay niebla?
         –Pues no lo sé. Buena pregunta.
         –¿Y si no pesca nada se irá a su casa?
        –Depende. He venido desde muy lejos y, antes de irme, me gustaría ver a una persona.
         Damián va entrando en calor. La gabardina del fantasma huele a tabaco de pipa y a humedad.
         –¿Los fantasmas beben leche?
         –Claro. Es nuestra bebida preferida.
         –¿Quiere un vaso de leche? Podemos ir a mi casa.
        –Hombre, no sé. A tus padres no les gustará que aparezcas con un fantasma por casa.
         –Mi mamá me dijo que usted no existía. Se rió de mí.
     –Haremos una cosa. Te acompañaré hasta la puerta de tu casa y allí me devuelves la gabardina.
        

En la puerta de casa los padres miran hacia la verja del parque. Damián tarda demasiado. ¿Y si le ha ocurrido algo?
         Entre la niebla aparecen dos siluetas. Pero ninguna de las dos es Damián. Una es alta y corpulenta, y la otra es baja y con una forma extraña. Parece un gnomo con ropa de gigante.
         Damián ve a sus padres en la puerta de casa. Sin pensarlo coge la mano del fantasma y lo anima a que vaya más rápido. Se los va a presentar. El fantasma titubea; no está seguro de que sea una buena idea, pero sigue al niño y aligera el paso.
         Por fin distinguen la voz de Damián.
         –¡Te lo dije, mamá! ¡Te lo dije!
         ¿Qué lleva puesto? ¿quién es ese hombre que lo acompaña?.
         –¡Vengo con mi amigo el fantasma del lago! Dice que le gusta pescar.
         El fantasma y sus padres se miran con cara de sorpresa.
         Damián todavía no lo sabe, pero lo que pasa a continuación es algo que nunca olvidará.
         Después de un largo silencio, su padre le da un bofetón en la cara al fantasma, y éste, en vez de enfadarse, baja la cara lleno de vergüenza y tristeza. Acto seguido, los dos se abrazan con tanta fuerza que ni siquiera un gigante con manos de cuchara los podría separar.
         Es la primera vez que Damián ve a su padre llorar.

                                    FIN


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