martes, 30 de septiembre de 2014

Tren (Tomás)

VIAJE EN TREN

Se despidió en la puerta de entrada bajo el porche. Atravesó el jardín y antes de abandonar la casa del todo se giró y saludó a su viejo padre que le devolvió el saludo girando su mano derecha sobre si misma. Un gesto infantil que había empezado a hacer en los últimos años. Un gesto que acompañaba con un sonrisa inmensa que dibujaba una enorme “u” en su rostro. Un gesto que hacia que sus diminutos ojos azules brillaran con especial intensidad. Giraba la mano una y otra vez sobre si misma como si el viento estuviese soplando a ráfagas en direcciones opuestas a gran velocidad.

Su padre estaba muy enfermo. Vivía acompañado por una cuidadora. Había perdido mucha memoria y movilidad.
Debía apresurarse. Su tren salía en 15’, justo el tiempo que tardaría en atravesar caminando el barrio residencial donde había crecido.
Llegó a la estación justo a tiempo de atravesar corriendo el puente que salvaba la vía, bajar a toda prisa las empinadas escaleras y saltar dentro del último vagón.
Aquello le recordó la infinidad de veces que en su juventud había corrido hacia la estación a coger ese mismo tren en busca de aventuras en las noches de verano hacia la gran ciudad entonces lejana y prometedora.
Una vez sentado y acomodado se dispuso a mirar por la ventana. El viaje duraba unos 45’ hasta el centro del down town, así que tenia tiempo de relajarse. Quizás incluso podría dormir un poco.
No tenia ganas de hacer nada especial, no quería leer ni fijarse en los otros pasajeros. Quería guardarse los 45’ para sí. Cerró los ojos y cruzó los brazos sobre su pecho.
Siempre había pensado que su madre moriría antes que su viejo. Pero no fue así. Su madre murió antes que su padre. Murió de un cáncer galopante en seis meses. Pasó de ser una mujer activa, sonriente y habladora, a ser un pajarito débil, cansado y silencioso.
Murió bien, supo morir. Habló con cada hijo, habló con sus hermanos, sus amigos, dejó a los que se quedaban tranquilos, sin culpa y sin peso.

El domingo había sido placentero. Su padre había estado especialmente cariñoso y dulce con él. Habían dado un largo paseo por los alrededores de la casa. Él tomado de su brazo, caminando juntos, acompasados y muy despacio. Su padre le contó cosas sobre los arboles y las plantas que poblaban el barrio.

Parecía increíble que un hombre como él hubiese acabado aprendiendo tanto de jardinería y dedicando sus últimos años al cuidado de las flores y las plantas del jardín como algo extremadamente valioso.

El tren llegó a la primera parada. Se sabia todas las paradas de memoria como aquel que se sabe todos los ríos de un país. Subieron un par de adolescentes ataviados con sus gorras y sus skates. Van a la ciudad a divertirse, pensó para si. Se sentaron frente a él mascando chicle, con las piernas desmadejadas frente a sus cuerpos de goma.

Su padre, año tras año, después de la muerte de su madre, se había ido perfeccionando en el arte del cuidado del jardín. Cuidar aquellas flores y plantas había sido su salvación. Su refugio. A él le gustaba pensar que al cuidar cada planta su padre estaba de alguna forma acariciando a su querida madre. Fuese a no verdad, que mas daba, le parecía un pensamiento bello. 
En estos últimos cuatro años él había aprendido muchas cosas de su padre. No porque el hombre se hubiese vuelto de repente un libro abierto, sensible y amoroso que se dedicara a contarle todo aquello que le pasaba por dentro y todo aquello que uno debería saber sobre la vida para poder disfrutarla sin ansiedad ni obstáculos, no. Era simplemente que al haber ido perdiendo fuerzas y dureza su padre se había ido abriendo a la observación externa como si de un crisantemo en flor estuviéramos hablando.
Entre otras cosas había entendido que en la vida uno puede tener pensamientos en positivo, en gris, en plano, en negro o en muy negro.
Pensar que su padre acariciaba a su madre cada vez que regaba con esmero unas margaritas en el jardín le producía  un bienestar inmediato, y seguramente alejaba la enfermedad y la tristeza lejos de su alma. Eso era pues lo que había que hacer, pensar de esa forma.

El chico de la gorra negra dijo entonces mientras echaba la cabeza hacia atrás y se señalaba el cuello con el dedo índice:

-Te has fijado que yo tengo una nuez muy grande?.

-Si, y que?-contestó el chico de la gorra roja. 

-Pues que los que tenemos la nuez grande es porque disfrutamos del sexo-dijo volviendo a su posición de cuello normal y mirando serio a su compañero.

-tu estas chalado-soltó el otro.

-De verdad, lo tengo comprobado. Tu fíjate. La gente que tiene el cuello sin nuez es que no tiene mucho sexo o cuando lo tiene no disfruta, ni grita ni nada.

-Y en que se basa tu teoría?

-Y las mujeres también eh?. Hay mujeres que tienen una nuez también. Son mas pequeñas que las nuestras y mas puntiagudas, pero también están ahí.

-Aha-soltó el compañero a modo de mofa.

-Tu ríete, pero es así. Estoy seguro- Zanjó su amigo. Y se pasó la mano por la nuez lentamente.

El tren justo entraba entonces en la siguiente estación, anunciada como siempre por la voz mortecina del conductor. A él le gustaba que los anuncios de las estaciones se siguieran haciendo en vivo y en directo. Le parecía una buena decisión. Era mas cercano, mas humano. En realidad era también una cuestión práctica. Si había cualquier problema, retraso o incidencia el conductor podía tomar las riendas de la situación y anunciar lo que tuviese que anunciar sin depender de ninguna maquina o ordenador.
Bendito anacronismo, pensó para sí.

-Pero como va a tener nada que ver la nuez con el sexo??. Pero vamos a ver, tu por ejemplo, tienes una nuez de la hostia y cuanto sexo has tenido eh???- Dijo el chico de la gorra roja.

-No te enteras de nada. No se trata de la cantidad, te estoy hablando de que se trata de la calidad, atontado.

Al oír esa frase se le escapó una risa que no pudo evitar. Los chicos se dieron cuenta y se creó una situación incómoda por ambas partes. 

-Perdonad. No lo he podido evitar. Disculpad. Me parece bien vuestra discusión. No me hagáis caso-dijo a modo de excusa algo avergonzado.

Los chicos se quedaron muy cortados y dejaron de hablar entre ellos. Él cerró de nuevo los ojos y procuró dormirse.

Al cerrar los ojos retuvo en su interior la imagen de los dos chicos sentados frente a él. Sobretodo retuvo las dos gorras sobre su cabeza, una negra y la otra roja. Y, antes de que la imagen de los chicos y sus gorras se desvaneciera del todo, recordó la canción de lucha que había aprendido de joven y que su padre solía cantar conduciendo cuando estaba de buen humor. Y la cantó en silencio para sí.

Dice así:

Cuando canta el gallo negro
Es que ya se acaba el día

Cuando canta el gallo negro
Es que ya se acaba el día

Si cantara el gallo rojo
Otro gallo cantaría

Si cantara el gallo rojo
Otro gallo cantaría

Ay… si es que yo miento
Que el cantar que yo canto lo borre el viento

Ay…que desencanto
Si me borrara el viento lo que yo canto

Se encontraron en la arena
Los dos gallos frente a frente

Se encontraron en la arena
Los dos gallos frente a frente

El gallo negro era grande 
Pero el rojo era valiente

El gallo negro era grande 
Pero el rojo era valiente

Ay… si es que yo miento
Que el cantar que yo canto lo borre el viento

Ay…que desencanto
Si me borrara el viento lo que yo canto

Se miraron cara a cara
Y atacó el negro primero

Se miraron cara a cara
Y atacó el negro primero

El gallo rojo es valiente
Pero el negro es traicionero 

El gallo rojo es valiente
Pero el negro es traicionero

Ay… si es que yo miento
Que el cantar que yo canto lo borre el viento

Ay…que desencanto
Si me borrara el viento lo que yo canto

Gallo negro, gallo negro
Gallo negro Te lo advierto

Gallo negro, gallo negro
Gallo negro Te lo advierto

No se rinde un gallo rojo
Mas que cuando esta ya muerto

No se rinde un gallo rojo
Mas que cuando esta ya muerto


Ay… si es que yo miento
Que el cantar que yo canto lo borre el viento

Ay…que desencanto
Si me borrara el viento lo que yo canto

Le vino entonces a la cabeza otra imagen con su padre. Era cuando él tenia que acompañarle a hacer gestiones por la ciudad en coche. Su padre, en esos paseos de trabajo, tenia dos costumbres. La una era la de apretar con fuerza con su mano la rodilla del copiloto. Para él era como un juego. Visto desde hoy, en el tren de regreso a casa después de pasar un tranquilo domingo con él, esa era, seguramente, su forma de decir te quiero, estoy aquí contigo, vamos justos en el coche. Pero su padre tenia mucha fuerza en las manos cuando era joven y aquello dolía, dolía mucho. Él, con diez años recién cumplidos, delgado y tímido como era, no se atrevía a decirle aún a su padre que no hiciera aquello, que dolía y que no era para nada agradable. Que le daba miedo sentarse junto a él en el coche y esperar que en cualquier momento su mano se posara sobre su rodilla para apretar fuerte.
La otra costumbre incómoda era la de aparcar en doble fila en cualquier lugar de la ciudad, generalmente en sitios prohibidos o de dudosa legalidad y dejar-le allí solo en el coche con el encargo de que si se acercaba alguien o un policía le dijera que serian solo unos minutos, que su padre estaba haciendo unos papeles y que ya volvía enseguida.
Se sentía indefenso entonces, como abandonado.
Probablemente su padre no pensaba en ello en absoluto y si alguien le hubiese cuestionado aquel proceder le hubiera contestado aquello de que así se hará fuerte y sabrá manejarse solo por la vida.

Abrió los ojos. Los jóvenes de las gorras habían cambiado de sitio, pobres. El tren circulaba a buen ritmo y tenia la sensación de que se había dormido un par de paradas por lo menos. Efectivamente, el conductor anunció entonces Mamarronek. Estaban ya a mitad de camino.

Hoy su padre le había mostrado con detenimiento su última gran adquisición para el jardín. La “pimpinella anisum”, una planta delicada, larguirucha y de color liliáceo que había plantado meses atrás y ya estaba consolidada y bien enraizada.
Las raíces, decía siempre su padre, lo mas bello de la jardinería hijo mío es imaginar las raíces de cada planta ahondando hacia el centro de la tierra. Cada planta tiene su raíz en forma idéntica a la que la planta muestra a nuestros ojos, ese mundo invisible es el que debemos cuidar primero para luego poder dedicar nuestro esfuerzo a vestir bonitas a las plantas por fuera.
Cuando le oía hablar de esa manera no podía dejar de sorprenderse. Delicado, preciso y tranquilo. Parecía otro hombre. Nada que ver con el adulto que él había atisbado durante su infancia, duro, nervioso y ausente la mayor parte del tiempo

Recordó entonces, cuando el tren ya había dejado Mamarronek y se dirigía hacia White plains, una imagen poderosa que se le había quedado grabada del domingo anterior.
Cada quince días, cuando tenia la custodia de su hijo, acudía a ver a su padre con él. Tod tenia 10 años y era el nieto mas joven. Su divorcio había sido muy civilizado y el niño vivía con su madre a 10 minutos de su apartamento. Así que cada quince días, domingo si domingo no, cogían el tren hasta Scarsdale para comer con el abuelo y pasar la tarde con él.

El domingo pasado, después del preceptivo paseo vespertino, los tres habían entrado en la casa y se habían acomodado en el salón. Era una tarde de septiembre en las que el sol ya empieza a retirarse algo mas temprano y la luz que entraba por el ventanal de la estancia era tamizada y con tintes anaranjados.
Tod estaba sentado en el sofá principal junto a su abuelo. Este, como sucedía muy a menudo en los últimos meses, estaba ausente, mirando al frente con las manos apoyadas en las rodillas. Tod leía, mejor dicho, ojeaba un cómic de superhéroes junto a él cuando de repente, a cámara lenta y sin previo aviso su padre recostó su cabeza suavemente encima de las piernas de su hijo y se quedó allí quieto con una sonrisa inmensa y feliz en su rostro.
Tod, sin inmutarse lo mas mínimo, empezó entonces a acariciar el pelo blanco de su abuelo con suma delicadeza. Permanecieron así durante mucho tiempo, quizás veinte minutos o mas, en silencio. Como si de un cuadro al óleo se tratase, dejaron que la luz del sol que les bañaba completamente al inicio de la acción se retirase del todo y entonces su padre decidió levantarse e irse al baño sin mediar palabra ninguna. Mientras Tod, como si nada, volvió a su cómic de superhéroes en color.
Fueron veinte minutos de suspensión absoluta del tiempo. Él, sentado frente a su padre y su hijo, permaneció en silencio como uno permanece en silencio cuando entra en una iglesia solo para refrescarse del calor del verano.
Abuelo y nieto juntos, en ese sofá, eran la viva imagen de la ternura desnuda. 

La mochila de besos, abrazos, confianza y amor que su hijo Tod iba llenando en esos años de infancia acababa de recibir un regalo de proporciones insondables.
Uno, cuando es niño, recoge en una pequeña mochila toda clase de señales. Señales que van llenando con mas o menos acierto una especie de deposito emocional. De mayores, pensó, tiramos de ese deposito para transitar por todo aquello que nos va sucediendo. Encontramos en la mochila el oxigeno, el auxilio y las fuerzas para enfrentarnos a lo desconocido, a los otros y a nosotros mismos.

Ese domingo Tod lleno su mochila de una señal muy profunda, aquello fue un seísmo emocional de alto voltaje. Él, al observarles, había sentido un ligero pinchazo en el corazón. 

Fue emocionante y recordarlo ahora en el tren hizo que los avisos de lágrima acudieran raudos a sus ojos.
Se retuvo. Se retuvo y se recompuso en su asiento. Se enderezó y desperezó. Miró por la ventana y vio ya las primeras casas de los suburbios justo antes de cruzar el rio y entrar en la isla.
Los cristales del tren se habían empañado señal de que la temperatura ahí fuera estaba bajando. Refrescaba.
Dentro del vagón, donde apenas si había seis o siete personas contándole a él y a los dos chicos con sus gorras y sus skates, hacia mas bien calor. En estos trenes la calefacción siempre estaba muy alta. Era un calor denso, como si una manta te rodeara completamente y te generaba siempre un cierto estado de sudor desértico.
Tenia ganas de llegar ya a Grand Central y enfilar rumbo a su apartamento.

Iba a visitar a su padre cada domingo. Era un buen hijo, pensó. De hecho irle a visitar cada domingo también le ahorraba la incómoda sensación que uno puede tener al pasar todo un domingo solo en la gran ciudad. Después del divorcio, a su edad, y con todos sus amigos y conocidos casados, con hijos y con vidas complicadas, la ciudad un domingo cualquiera era una promesa de vacío, angustia y necesidad de pasar las horas como buenamente se pudiera.
Acudir a ver a su padre, ver naturaleza, salir de la urbe, y acomodarse después de comer en el sofá de la infancia de uno no era pues ningún mal plan en aquel entonces para él.

Pensaba en eso cuando el tren hacia su entrada en los oscuros túneles que darían paso al andén de la estación, final del trayecto. Así lo anunció la voz del conductor. Se abrieron las puertas y la gente salió del vagón. Él salió el último y caminó también el último desde el andén hacia la rampa que daba acceso al hall central. Delante de él, cansinos unos, divertidos otros, en silencio los mas, caminaban una cuarentena de personas que estaban dando por cerrado el domingo después de un día fuera de la ciudad.
Pensó que le apetecía caminar. Caminar y sentir el aire fresco en la cara. Respirarlo y ensanchar sus pulmones. Era una media hora andando, pero andar por la ciudad el domingo por la noche era agradable, había pocos coches, poca gente y las luces siempre generaban perspectivas dignas de ser tenidas en cuenta.
Así que salió de la estación y se encaminó hacia el norte mientras se abrochaba la cremallera de su chaquetita azul oscuro hasta el cuello. Ando a buen ritmo y se fue fijando en las líneas de luz que las farolas de la avenida generaban hacia un infinito lejano.
Llegó a su edificio sobre las 22h. Subió con el ascensor, entró en su casa y se dirigió a su balcón. Allí, con la vista puesta en los edificios que conformaban un pequeño skyline frente a él, encendió el primer cigarro del día y se sentó a contemplar.
Justo en ese momento su padre moría tranquilo y sin sufrir sentado en el sofá de su casa frente al televisor donde echaban una película de terror de serie B.




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