-Me cago en Ros!
Y se tapó la boca. Le salió así,
de algún oscuro lugar. Llevaba tiempo cagándose en Dios, como Dios manda. Desde
los 23 que ya no vivía con papá y mamá. Maldecía como cualquier hijo de vecino
. Pero aquella vez no. Aquella vez fue distinto. Su boca escupió de forma
orgánica un juramento postizo, desnaturalizado por las imposiciones familiares
y las buenas formas de su antiguo estatus social. Lo hizo sin pensarlo y al hacerlo
se sintió profundamente conectado con algo impreciso. Como si,
finalmente, todos aquellos juramentos que aliñaban ahora sus conversaciones y le conferían un lugar entre la gente
auténtica, fueran más falsos que un duro Sevillano.
Él no alcanzó a pensar en nada de
esto. Su cerebro no asimilaba bien las contradicciones. Pero lo registró de
forma ambigua, y dejándose ir , completó la serie:
- Ahí va la Osa! Miércoles! ... Me
cago en Ros!
Sus compañeros del DCT, ni se
inmutaron. Absorbidos como estaban por sus investigaciones.
Alberto, consiguió ese puesto de
trabajo por enchufe, aunque él esto no lo sabía. Sus padres le pagaban la ilusión
de ganarse la vida. Él creía molestarlos trabajando en la administración
pública, pero la verdad era bien distinta. Entró en correos dirigiendo una
jefatura. Su dejadez y su falta de ambición hicieron el resto y acabó en el Departamento de Cartas en Tránsito ( DCT).
Comunicó el descenso a su padre, no sin cierto placer. Aquello confería a su
plan de bajar a los infiernos de la mediocridad un cariz patético, sin
dramatismos. Era perfecto. Hacía tiempo que Alberto comprendió que ser artista,
músico o escritor, no tendría mucho efecto. Es sabido que la mayoría de ellos
vienen de buenas familias, y cualquier tipo de excentricidad tiene, entre la
gente bien, bastante buena prensa. No, él quería hacer daño. Lo mejor era la administración
pública. Y de todas las posibilidades, la de ser cartero, le parecía la más
patética de todas.
Su padre, cuando recibió la
llamada, decidió no hablar para que su voz no le delatara y respiró con
alivio, seguro de que allí, en las catacumbas de la oficina central, su hijo,
por fin, no molestaría a nadie.
Alberto, por su parte, interpretó
el silencio como un indicio claro de derrumbe dando nueva luz a su ánimo parricida ( en sentido Froidiano). Para
celebrar su triunfo, se sirvió un dry martini , que en un alarde conjunto de esnobismo
y rebeldía, sirvió con una aceituna (rellena y del Mercadona).
Pero volvamos al improperio.
- Me cago en ros!
Lo grito mientras se le caía de
las manos la carta de papel pautado que acababa de leer.
Si había una regla que jamás se
debía romper, una ley que nadie debía quebrantar en el DCT esa era la de no
abrir jamás los sobres. Allí llegaban
las cartas perdidas. Bien porque tenían una dirección ininteligible o
incorrecta, bien porque el destinatario ya no existía y no constaba el
remitente, o una combinación de las dos. En aquel departamento, que en otros
tiempos fue el orgullo del sistema postal de un país con un 80% de
analfabetismo, se respiraba ahora un tufo inequívoco a extinción e inutilidad.
Los compañeros de Alberto no lo
veían así. Uno de ellos, de hecho, apenas
veía. Pasaban todos de los 70 años y habían entregado toda su vida e
inteligencia a ese arte. Porque lo consideraban todo un arte. Veían en su
trabajo estrechos paralelismos con los personajes de Conan Doyle o Agatha
Christie ( uno de ellos se hacía llamar, no sin cierta pompa, Puerro, en un
claro ejemplo de dominio castizo de las fonéticas extranjeras) Cada carta era un nuevo caso, una misión casi
sagrada, un servicio para la humanidad. En aquellos sobres llenos de manchas,
tachones y garabatos, ellos encontraban indicios, pistas, detalles que les
ayudaban a reconstruir las identidades, ya fuera del destinatario o del
remitente. Con eso, a veces con menos, esbozaban hipótesis sobre posibles barrios, y calles, que conocían al dedillo
como los taxistas anteriores a la invasión Paki. Con la ayuda del cartero
local, acababan dando con la persona y esa persona con la que le había escrito.
Estos prodigios, estas conexiones humanas, eran propiciadas a diario por los
secretos héroes del DCT en el anonimato de un subterráneo. Nadie llegaría jamás
a conocer los esfuerzos y desvelos que esa carta había suscitado. Nunca nadie
se lo agradecía, pero ellos se sentían orgullosos y satisfechos cada vez que
sus deducciones daban en el blanco.
Pero jamás, bajo ningún concepto,
se podía violar la intimidad de esas misivas. Abrir uno de los sobres para
buscar pistas esclarecedoras leyendo entrelíneas, les parecía algo aberrante,
innoble, indigno de un funcionario al servicio de las comunicaciones.
A Alberto, todo ese celo
profesional, esa vocación social, le sudaba la polla y a la mínima dificultad,
arrojaba la carta al cajón de la trituradora.
-Que aprendan a escribir coño, que
no estamos aquí para perder tiempo. Si quieres que tu carta llegue, hazlo bien
cojones. No es tan difícil.
Desde luego, tenía lo que hay que
tener para ser funcionario, incluyendo la convicción de que su trabajo estaba muy por debajo de sus
cualidades.
Por eso sus compañeros no le
dirigían la palabra. Lo ignoraban. Y eso, a Alberto le jodía. Él había nacido
para molestar.
Llevaba 4 meses en el departamento
y no había sido capaz de hacer llegar ninguna carta. A pesar de hacer ver que
no le importaba, un resquicio mal
digerido de competividad malsana le llevó a proponerse un reto.
-Voy a hacer algo grande. Algo que
les impresione, y se lo voy a pasar después por la cara a estos carcamales.
Ese día, Luís Antonio, el más
veterano del departamento, tras dos días de indagaciones con un sobre
franqueado en Guinea Ecuatorial, se dio por vencido.
Aquello provocó un gran revuelo,
puesto que lo que Luís Antonio no podía arreglar, no tenía arreglo posible. Con
dolor, acompañado por las miradas
compasivas de sus compañeros, llevo la carta hasta el cajón de la trituradora.
Se hizo un silencio. Aquello parecía un entierro. Aguantando la carta con dos
de sus dedos, alargó el brazo y lo mantuvo en suspenso. Sus labios parecían
murmurar algo, como un especie de rezo. Al rato la dejó caer y aunque no hizo
ningún ruido pareció como si alguien hubiera cerrado las puertas del cielo.
La insolencia no se hizo esperar.
Alberto, se acercó al cajón, recogió la carta, se la miró con indiferencia,
ante la atónita mirada de sus
compañeros, y dijo:
-Espera. Le echaré un vistazo a
esta
Y se perdió en su mesa de trabajo
tras las mamparas de plástico.
Aquello fue como tirar una bomba
de neutrones. No los podía ver. Pero lo podía sentir en el ambiente.
El sobre no tenía nada especial,
era el típico sobre estándar de correo aéreo. No pesaba nada. Posiblemente sólo
encerraba una hoja escrita de papel fino y barato. Eso sí, parecía haber
atravesado desiertos y montañas rocosas, a juzgar por las manchas de polvo, los
varios sellos estampados y las huellas
de botas militares. No tenía remitente, pero fuera quien fuera, vivía en Guinea
Ecuatorial, y muy posiblemente, fuera negro (esta deducción , a pesar de ser
bastante obvia, le hizo sentir intrépido).
Jesús Antonio Blasco Cañadell
Barcelona
España
Eso era todo.
Hubiera sido mucho más fácil si se
llamara Buba Kombutu. Eso indicaría que se trataba de un inmigrante. Por ahí
podías empezar. En el departamento tenían esa información. Sabían, en que
barriadas solían concentrarse los inmigrantes de tal o cual país. Si Alberto
hubiera sabído que Guinea Ecuatorial fue una colonia Española. Que los
abandonamos a su suerte como hicimos con Filipinas y tantas otras. Que hablaban
un castellano perfecto y algo dieciochesco
y que la mayoría tenían nombres perfectamente españoles, no hubiera
pensado así. Pero no tenía ni idea. El nombre lo despistaba. Él solo atinaba a
descifrar una combinación imposible de rancio abolengo castellano, noucentisme
burgués y charnego de extrarradio.
¿Donde buscar? ¿Sarrià? ¿Ciudad
Meridiana? ¿Aixample?
Comenzó por el registro, sin
muchas expectativas, puesto que lo más seguro fuera que Luis Antonio ya hubiera
pasado por eso. Pero no se lo pensaba consultar. Debía solucionarlo solito, y
sin perder mucho tiempo. Solo así, tendría el efecto deseado.
Así que , tras comprobar que nadie
le veía, abrió el sobre y leyó la carta:
Amor mío,
Ayer me comunicaron la sentencia.
Me condenan a muerte. No me han dado un motivo. No lo necesitan. Me pregunto
porque no lo han hecho antes.
La buena noticia es que me han
permitido escribir una carta. Sólo una. Ésta.
Te amo. Todavía ahora. Con fuerza
y sin ella, te amo. Tu recuerdo me mantiene viva. A veces en mis sueños, me visita
aquella noche en que yo me enrosqué a tu pierna
como una perra en celo y los dos acabamos con la espalda y las rodillas
ensangrentadas por las piedras de aquel camino. Hicimos el amor en medio de un
camino, a la luz de la luna. Recuerdo lo de la luna porque se reflejaba en tus
ojos, y tus dientes, reflejaban su blancura al morderte los labios.
Cuando marchaste, sabíamos lo que
hacíamos. Iban a por ti. Al día siguiente hicieron una redada. Los mataron a
todos. Hadbi, Gilberto, Kholo, Fernando. Los metieron, ya muertos, en un
autobús y lo estamparon contra un muro. Salió anunciado como un accidente. Ni
siquiera pude llorar sus muertes, me daba asco a mi misma por sentirme feliz de
saberte a salvo. Porque necesito creer que estas a salvo.
Jamás recibí una carta con tus
señas, una llamada, nada. Me pregunto si llegaste a Barcelona. Si te dieron el
asilo político. Seguramente no me escribías para no comprometerme. Pero yo me
he comprometido solita. Pasadas las interrogaciones me dejaron tranquila, pero
yo no lo estaba. Ya me conoces. Comencé a quedar con las mujeres de los
desaparecidos. Siendo mujeres era más fácil. No éramos una amenaza. No todavía.
Ahora esta todo perdido, están
todas aquí, conmigo. Esta carta ya no compromete a nadie. Sin embargo he pagado
con favores para que la carta realmente salga de aquí . Para que te llegue. No
me importa que lo sepas. Aquí he hecho cosas que me avergüenzan. Esto no.
Si esta carta te llega. Si todavía
estas ahí. Quiero que sepas que tienes un hijo. Si, nuestro hijo. Los meses
anteriores a tu huida estábamos tan asustados que ni siquiera reparé en ello.
Llevaba ya tres faltas.
Tiene tus ojos, tu mirada y una
forma de llorar, que me conmueve, como si ya luchara, como si la injusticia le
doliera en el alma. Me cuesta la idea de que se quede huérfano. Que crezca
sólo. Yo, poco puedo hacer al respecto, pero tu, si estas ahí, si recibes esta
carta, sí podrías.
Esta con mi hermana.
Te amo. Siempre
Sunmisha
-Me cago en Ros!!!!
Aquello era muy fuerte. Pero que
muy fuerte.
Se quedó unos minutos en silencio,
recuperando algo parecido a cierta serenidad que jamás tuvo. Lo que le pasó o
no le pasó por la cabeza ya lo hemos descrito. Tras un silencio le siguió:
-Ahí va la Osa! Miércoles!...Me
cago en Ros!!!!
No se trataba de un guión de una
película ( aunque la verdad lo parecía, y bastante mala, por cierto). Aquello
iba en serio. No hacía falta ser un lince para entender la responsabilidad que
le acababa de caer encima. Y él era alérgico a las responsabilidades.
Su primer pensamiento fue para la
trituradora. Aquello era demasiado grande para él. Me dejo de hostias, me trago
el orgullo, y vuelvo a dejar la carta en el cajón. Ya encontraré otra manera de
quedarme con los viejos.
El segundo, mas complejo,
ratificaba el primero. Era evidente que él solo era incapaz de resolver eso.
Pero si pedía ayuda a sus compañeros, se delataría su enorme traición, y
quedaría como lo que era, como un capullo inútil. Así que, a la trituradora.
Por suerte, no hay dos sin tres, y
aunque se hizo esperar, un resquicio de sensatez pareció asomar en él: Espera,
date tiempo. Vuélvela a leer. No se trata de ti, se trata de esta mujer, del
niño, del padre. ¿Dónde coño esta el padre?!!
Aquella carta de amor, le había
caído encima como el mensaje del espectro sobre
Hamlet. Se trataba de una invitación irrevocable a pasar a la acción, y
como a Hamlet, que también era un niño pijo, aquello le cogió por sorpresa, a
destiempo y con mal pié. Lo que pasa es que Hamlet era Danés, y Alberto
catalán. Y en el tiempo que Hamlet llegó al famoso ser o no ser, Alberto fue
incapaz, siquiera, de hacer una llamada.
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