He sido yo quien lo ha hecho. Ya ves. Estoy seguro que ahora, cuando leas estas líneas comprenderás al fin cuanto te amo y de lo que estoy dispuesto a hacer por ti.
No ha sido fácil. Pero ya sabes como soy, tenaz y obstinado, eficiente en todo lo que tiene que ver contigo, dispuesto siempre a servirte, a obedecerte. Tenía que hacerlo, llevaba tanto tiempo intentándolo. Necesitaba de una vez por todas que te fijaras en mi, demostrarte que mi amor es verdadero, puro, para siempre. En definitiva tenías que ser mía.
Al principio lo intenté de muchas maneras. Cuando me pedías algún encargo difícil o algo tan sencillo como que te subiera el café por las mañanas, para mi siempre era una tarea en la que poner todo mi esmero, no me importaba buscar, caminar lo que fuera, encontrar lo mejor para ti en cualquier momento; cuando me llamabas a última hora del día a tu despacho y me ordenabas que organizara y clasificara los dosieres o que preparara las fichas de los nuevos clientes yo me quedaba hasta tarde, luego lo dejaba todo perfectamente colocado sobre tu mesa para que te lo encontraras al dia siguiente terminado con la esperanza de algún premio por tu parte, una sonrisa, algún guiño de complicidad que me diera alimento para seguir viviendo, pero nada. De nada servía todo eso, tú no te fijabas en mi, pero ¿por qué?. No te dabas cuenta de que solo respiraba esperando el momento en el que el teléfono sonara y al otro lado tu voz me ordenara que viniera. Recuerdo un día, se habían ido todos, yo veía desde el cristal que tú aún estabas, así que decidí quedarme y esperarte. Cuando vi que recogías salí corriendo y provoqué un encuentro en el ascensor. ¿Te acuerdas?. Estábamos solos, me preguntáste si vivía lejos y yo quise decirte algo, no sé, algo divertido, sin duda ese era mi momento. Soñé por un instante que te proponía tomar una copa y tú aceptabas animada o simplemente que me permitías acompañarte a coger un taxi y que luego quizás me proponías compartirlo, eso sí sería maravilloso, pensé. Yo aún no sabía dónde vivías, aunque me hubiera inventado lo que fuera para coincidir en el trayecto que va a tu casa. Pero se abrió la puerta y entró él, empezásteis a hablar, tú te reías divertida, y os fuísteis juntos sin despediros. De pronto me invadió una tristeza infinita. Me sentía desolado, humillado. ¿Por qué él y no yo?, ¿qué había hecho él por ti todo este tiempo?. Comencé a caminar, la tarde era fría y lluviosa, y caminé, caminé ajeno a todo hasta que de pronto me di cuenta que estaba completamente empapado y temblando. Esa tarde en mi casa me juré que encontraría la manera de que finalmente fueras mía, no me importaba el tiempo ni la forma. Ahora en mi vida solo había una cosa. Te habías convertido amor, en mi único motivo para seguir viviendo.
A partir de ahí los días ya no cuentan, ya no son nada, solo una sucesión de momentos, de acciones, de noches en vela donde yo intento encontrar una manera, un plan, una vía que me lleve a ti, definitivamente.
Tenía que saberlo todo de ti, donde vivías, quienes eran tus amigos, si estabas sola o con alguien, que hacías los fines de semana, después del trabajo, al mediodía. Te seguí durante meses, me quedaba cada noche al otro lado de la calle mirando a tu ventana hasta que la luz se apagaba, luego volvía a mi casa. Y poco a poco fuí sabiendo más y más cosas de ti, dibujando un mapa detallado de tu vida. Saber que vivías sola me hizo feliz, pero pronto volvió a aparecer él. Os descubrí un día almorzando juntos en un restaurante del barrio. Supe perfectamente que aquello no era una comida de trabajo. Le seguí esa noche hasta su casa y ya te puedes imaginar lo que vi. Seguro que tú también lo sabías todo. Por un momento sentí asco. Ese tipo que parecía un vendedor de enciclopedias, peor aún, uno de esos que aparecen por tu casa un sábado por la mañana e intentan convencerte para que cambies de compañía eléctrica con una solicitud fotocopiada en la mano era el hombre en que te habías fijado, el que habías escogido para compartir tu cama cada noche.
Empezó a aparecer cada vez más por tu casa, primero algún día suelto entre semana, luego fué casi cada día. Las esperas en la calle cada vez se hacían más largas. Un día vi un cartel en el edificio de enfrente anunciando el alquiler de un apartamento. Era perfecto, casi a la misma altura que tu casa. No dudé en mudarme inmediatamente. Ahora ya te tenía en mi punto de mira todo el tiempo, solo debía tener un poco de cuidado y esperar.
Pasaron los días, y me acostumbré a mirarte tras el cristal durante horas, no había mucha distancia y tú dejabas las cortinas abiertas. Aprendí a verte con él, en tu habitación, en cualquier lugar de la casa sin que ello me supusiera un problema. Me fuí haciendo insensible, inmune a todo lo que veía, noté como el dolor desaparecía con el tiempo y eso me liberaba, me hacía ligero, más fuerte, llegaba incluso a disfrutar viendoos, conocer todas vuestras rutinas, vuestros juegos, eso reconozco que me estaba empezando a dar placer. Todo era perfecto, tenía la certeza de que te conocía completamente, lo sabía todo de ti. Ahora solo tenía que esperar, esperar a que llegara mi momento, y no me importaba cuando. Pero las cosas pronto se torcieron. Os vi discutir una noche, él se marchó precipitadamente y te quedaste dormida en el sofá. Esa mañana no apareciste por el trabajo. Subí a la cuarta planta para asegurarme que él sí había venido y allí estaba como siempre, como si nada hubiera pasado. Lo odié con todas mis fuerzas y entendí que toda nuestra historia podía estropearse por su culpa. Aquel hombre ejercía demasiado poder sobre ti y eso no era bueno para nosotros, para lo que nos deparaba el futuro. En cualquier momento podría separarnos ¿comprendes? y eso era la única cosa que no podía permitir. Tú tenías que ser mía al fin, mía, solo mía.
Que difícil es a veces conseguir la felicidad y en cambio que fácil es hacer daño, lo vi rápidamente, solo tuve que tomar la decisión y ya casi todo estaba dispuesto, en orden, todo minuciosamente pensado. Sabía de hace tiempo que a veces se quedaba después de la reunión del martes a trabajar un rato y que salía el último. Para mi era demasiado sencillo, ya estaba dentro del edificio. Una cosa importante, tuve antes que recoger mis cosas y salir a las seis como cada día con todo el personal para que las cámaras me registraran. Luego me escondí en un lavabo de la cuarta planta. Allí no había cámaras. Me cambié de ropa, una peluca. Ahora solo tenía que dejar que pasara el tiempo. Esperar… eso lo sabía hacer muy bien desde hacía mucho.
Le dije, te voy a matar y no quiero que sufras. No respondió, se quedó quieto, mirándome con el pánico pegado a su cara. Esperé dos segundo, lo justo para que aquello no se me fuera de las manos. Entonces apuñalé su corazón, tres veces. Antes de la tercera se había caído de rodillas, con la boca muy abierta que gritaba en silencio y la mirada perdida. La sangre corría como un río y yo corrí aún más rápido, me puse el pasamontañas que llevaba en el bolsillo. Busque la salida de incendios, la del callejón que da al mercado. Pronto estaría diluido entre la gente. Lo de la chica de la limpieza no me lo esperaba, si no hubiera gritado quizás no la hubiera visto. Estaba casi saliendo, a punto de tocar la puerta pero tuve que volver a por ella, un buen asesino no deja nunca testigos.
Y ya ves amor, ahora ya estamos solos. Cuando pase algún tiempo comprenderás que lo que hice era necesario, lo mejor. Él no te quería, solo te utilizaba como una más, como una mercancía que puedes dejar olvidada en cualquier momento, como un objeto sin valor. Para mi en cambio, eres lo único que importa en la vida, lo más bello, lo más valioso.
Te amo, y te seguiré amando siempre, aunque tú por ahora, y lo entiendo, no quieras dar el paso, yo te seguiré en silencio, te serviré el café por las mañanas, seré discreto e impecable en la oficina, y vigilaré tus sueños por las noches. Porque solo nuestro amor será verdadero e indestructible, solo tú y yo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario