domingo, 21 de septiembre de 2014

Carta (Felipe)

UNA CARTA DE AMOR (o palabras para Pablo)

Hace años escribí este poema para ti:

Te pusieron en mis brazos
envuelto en una manta.
Nos hicieron entrar
en una habitación oscura.
Dele calor, háblele,
dijo la enfermera.
Parecía un resumen
de mis futuras obligaciones.
Así lo hice: te hablé, te di calor.
No recuerdo qué te conté.
Sí recuerdo que sentí pena
por ti y por mí
y que de repente
el miedo
empezó a morderme los tobillos
y prometía devorarme entero.
                                  
Has crecido. Tanto
que haces de mediador
entre monstruos y bichos;
has inventado el verbo "Cosquillear"
y proclamado la verdad
más universal desde Giordano Bruno:
la luna es una gandula
y el sol un currante nato.

Escribo este poema
para llenar tu corazón
grande como el Kilimanjaro.
Sé que es pronto, Pablo,
pero creces demasiado rápido
y estos viajes en tren son tan lentos.

Antes de acabar
deja que te diga un par de cosas:

Equivócate tantas veces
como sea necesario
con excusa o sin ella
pero nunca seas mezquino.

La generosidad tiene el sabor
del agua fresca
y la mala leche muchas ventajas.

Huye de los que se dicen sinceros
porque son tan egoístas como las orquídeas.

Confía en la verdad
aunque te falle en el peor momento.

Y en el amor sé un radical.

De momento, hijo mío, nada más.

Durante años me he hecho muchas preguntas sobre la relación entre padres e hijos. Los hombres no sabemos que estamos cambiando la piel hasta que, ya seca en el camino, la antigua piel se nos aparece como un recuerdo. Comprendemos entonces que hemos madurado, que somos otro ligeramente distintos, significativamente distintos. Desde que comprendí esto estoy mucho más atento –como diría Bohumil Hrabal– a quién soy yo. Y en el escrutinio salgo siempre perdiendo…
         Este poema, y muchos otros –en realidad un libro entero– los guardo con la ilusión de que los descubras en un futuro. Me pregunto quién seré yo para ti en ese recuerdo futuro. Me lo pregunto y siento una tristeza similar a aquella que sentí en el cuarto del hospital en el que nos dejaron a los dos a solas. El miedo mordiéndome los tobillos.

Estoy cansado, impaciente, inquieto. Estás despierto, impaciente, inquieto.
         ¿Qué es ser padre? ¿Qué es ser hijo? En una de mis libretas encontré una frase que no recuerdo haber escrito pero que reconozco como propia, porque más allá de que es mi letra, esa frase soy yo. Dice así:  Ser hijo es un signo de admiración. Ser padre uno de interrogación.
         No sabe uno si esto es una obviedad bien resumida, una sonrojante estupidez o una sentencia a la altura de Joubert. En todo caso, cuando por azar la volví a leer y me reconocí en ella, me imaginé a mí mismo como un Curro Romero del pensamiento, dejando el toro a mis espaldas con el corazón atravesado y frente a mí las multitudes aclamando esa irrepetible estocada. La verdad bien dicha.
         Cuando se acabaron los aplausos, volvió el miedo.

Escucha, amor, estas frases, hablan de quien hoy soy yo tanto como del que serás tú mañana.
         Yo no sé ser padre. Y tú no sabes que eres hijo. Porque no nos reconocemos como hijos hasta que la paternidad deja de ser una novedad. Es entonces cuando echamos la vista atrás.
         Pienso en mi padre a menudo. Fue un hombre ausente. Era su manera de defenderse. Fue un hombre solitario. No comprendía nada de lo que se suponía que eran sus obligaciones. A veces, sin embargo, descubríamos ternura en su mirada. La ausencia fue su forma habitual de estar en familia, y esto es algo que yo no puedo ni sé hacer, pero que a veces envidio de él. Su capacidad para la ausencia.
         Yo comprendí de niño que mi voraz curiosidad sería colmada fuera de casa. Por eso recuerdo mi infancia en la calle. Apenas hay casa familiar en ella. Apenas hace frío. Calles grises de barrio obrero sin vocabulario, ambiciones ásperas y ninguna vocación. Bastó con eso. La luz la poníamos nosotros, los niños del barrio, corriendo como las golondrinas el primer día de verano. Eso sí, entre yonkis y batas de boatiné.

Yo no estoy a la altura de tu voraz curiosidad, Pablo, de tu urgencia por saberlo todo. A veces parece que tuvieras una apuesta agónica  contra el tiempo. Y eso me hunde, amor. Porque te veo y me veo y te sé perdido. A veces, sí, disfruto y me acomodo, y juntos vemos cómo sube la marea. Y no nos importa. Estamos juntos, solos tú y yo. Tú lo quieres saber todo y yo te lo quiero explicar todo… Y entonces, no sé por qué, recuerdo unos versos oscuros de Lorca: …el mar recordó ¡de pronto!/los nombres de todos sus ahogados. E imagino ese mar lleno de padres, con sus interrogantes y sus miradas atónitas y sus miedos a flor de piel. Ahogándose.

Yo no tengo paciencia. Y me odio por eso. Y no paso un día sin que, en algún momento, a solas conmigo, me prometa hacerlo mejor. Quiero detenerme aquí, necesito detenerme aquí. Seguiré, claro. Porque los padres, después de todo, cumplimos siempre con nuestras obligaciones. Y la mía es explicarte quién soy yo y quién serás tú.
         Pero ahora mejor parar. Te hablaba antes de Curro Romero, sin darme cuenta que el toro era yo, el corazón atravesado, la verdad bien dicha.         

Continuará…

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