UNA CARTA DE AMOR (o palabras para
Pablo)
Hace años escribí este poema para
ti:
Te pusieron en mis brazos
envuelto en una manta.
Nos hicieron entrar
en una habitación oscura.
Dele calor, háblele,
dijo la enfermera.
Parecía un resumen
de mis futuras obligaciones.
Así lo hice: te hablé, te di calor.
No recuerdo qué te conté.
Sí recuerdo que sentí pena
por ti y por mí
y que de repente
el miedo
empezó a morderme los tobillos
y prometía devorarme entero.
Has crecido. Tanto
que haces de mediador
entre monstruos y bichos;
has inventado el verbo "Cosquillear"
y proclamado la verdad
más universal desde Giordano Bruno:
la luna es una gandula
y el sol un currante nato.
Escribo este poema
para llenar tu corazón
grande como el Kilimanjaro.
Sé que es pronto, Pablo,
pero creces demasiado rápido
y estos viajes en tren son tan lentos.
Antes de acabar
deja que te diga un par de cosas:
Equivócate tantas veces
como sea necesario
con excusa o sin ella
pero nunca seas mezquino.
La generosidad tiene el sabor
del agua fresca
y la mala leche muchas ventajas.
Huye de los que se dicen sinceros
porque son tan egoístas como las orquídeas.
Confía en la verdad
aunque te falle en el peor momento.
Y en el amor sé un radical.
De momento, hijo mío, nada más.
Durante años me he hecho muchas
preguntas sobre la relación entre padres e hijos. Los hombres no sabemos que
estamos cambiando la piel hasta que, ya seca en el camino, la antigua piel se
nos aparece como un recuerdo. Comprendemos entonces que hemos madurado, que
somos otro ligeramente distintos, significativamente distintos. Desde que
comprendí esto estoy mucho más atento –como diría Bohumil Hrabal– a quién soy
yo. Y en el escrutinio salgo siempre perdiendo…
Este
poema, y muchos otros –en realidad un libro entero– los guardo con la ilusión
de que los descubras en un futuro. Me pregunto quién seré yo para ti en ese
recuerdo futuro. Me lo pregunto y siento una tristeza similar a aquella que
sentí en el cuarto del hospital en el que nos dejaron a los dos a solas. El
miedo mordiéndome los tobillos.
Estoy cansado, impaciente,
inquieto. Estás despierto, impaciente, inquieto.
¿Qué
es ser padre? ¿Qué es ser hijo? En una de mis libretas encontré una frase que
no recuerdo haber escrito pero que reconozco como propia, porque más allá de
que es mi letra, esa frase soy yo.
Dice así: Ser hijo es un signo de admiración. Ser padre uno de interrogación.
No
sabe uno si esto es una obviedad bien resumida, una sonrojante estupidez o una
sentencia a la altura de Joubert. En todo caso, cuando por azar la volví a leer
y me reconocí en ella, me imaginé a mí mismo como un Curro Romero del
pensamiento, dejando el toro a mis espaldas con el corazón atravesado y frente
a mí las multitudes aclamando esa irrepetible estocada. La verdad bien dicha.
Cuando
se acabaron los aplausos, volvió el miedo.
Escucha, amor, estas frases, hablan
de quien hoy soy yo tanto como del que serás tú mañana.
Yo
no sé ser padre. Y tú no sabes que eres hijo. Porque no nos reconocemos como
hijos hasta que la paternidad deja de ser una novedad. Es entonces cuando
echamos la vista atrás.
Pienso
en mi padre a menudo. Fue un hombre ausente. Era su manera de defenderse. Fue
un hombre solitario. No comprendía nada de lo que se suponía que eran sus
obligaciones. A veces, sin embargo, descubríamos ternura en su mirada. La
ausencia fue su forma habitual de estar en familia, y esto es algo que yo no
puedo ni sé hacer, pero que a veces envidio de él. Su capacidad para la
ausencia.
Yo
comprendí de niño que mi voraz curiosidad sería colmada fuera de casa. Por eso
recuerdo mi infancia en la calle. Apenas hay casa familiar en ella. Apenas hace
frío. Calles grises de barrio obrero sin vocabulario, ambiciones ásperas y
ninguna vocación. Bastó con eso. La luz la poníamos nosotros, los niños del
barrio, corriendo como las golondrinas el primer día de verano. Eso sí, entre
yonkis y batas de boatiné.
Yo no estoy a la altura de tu
voraz curiosidad, Pablo, de tu urgencia por saberlo todo. A veces parece que
tuvieras una apuesta agónica contra el
tiempo. Y eso me hunde, amor. Porque te veo y me veo y te sé perdido. A veces, sí,
disfruto y me acomodo, y juntos vemos cómo sube la marea. Y no nos importa.
Estamos juntos, solos tú y yo. Tú lo quieres saber todo y yo te lo quiero
explicar todo… Y entonces, no sé por qué, recuerdo unos versos oscuros de Lorca: …el mar recordó ¡de pronto!/los nombres de
todos sus ahogados. E imagino ese mar lleno de padres, con sus
interrogantes y sus miradas atónitas y sus miedos a flor de piel. Ahogándose.
Yo no tengo paciencia. Y me odio
por eso. Y no paso un día sin que, en algún momento, a solas conmigo, me
prometa hacerlo mejor. Quiero detenerme aquí, necesito detenerme aquí. Seguiré,
claro. Porque los padres, después de todo, cumplimos siempre con nuestras
obligaciones. Y la mía es explicarte quién soy yo y quién serás tú.
Pero
ahora mejor parar. Te hablaba antes de Curro Romero, sin darme cuenta que el
toro era yo, el corazón atravesado, la verdad bien dicha.
Continuará…
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