martes, 16 de septiembre de 2014

Carta de amor (Tomás)

Bajo el mando de quien estaba viviendo? No era capaz ni de responder él mismo a una pregunta como esa. Ninguna de las múltiples voces que hablaban en su cerebro era capaz de dar respuesta concisa a dicha pregunta. Quizás precisamente por eso, porque de tantas voces que habían ido tomando espacio en él durante todos estos años ya no sabia a cual seguir. Podríamos decir que había renunciado, que se había dejado ir, que ya no quería seguir en la lucha de lo que llamaríamos la vida. Un continuo esfuerzo para que la voz de mando que aúna a todas las voces que hablan dentro de uno sea una, clara, distinta y reconocible hacia dentro y hacia fuera. Eso es vivir. Ser capaz de habitar la tensión entre lo que es, lo que esta sucediendo, lo que las voces sugieren que podría suceder, lo que las voces de los deseos desean que suceda y determinantemente lo que la voz última determina que ha sucedido, tenga o no ello relación alguna con lo que en realidad sucedió.

Él no, el se dejaba llevar por la corriente de los acontecimientos que formaban un mosaico común. Una forma de vida que los demás, aquellos extraños seres ya todos lejanos y sin sentido emocional profundo ninguno que le rodeaban por todas partes debían dar por real. Dos hijos, mujer, tres hermanas y todo un conjunto de familiares de distinto pelaje. Algún antiguo amigo borroso. Todos ellos lejanos y distantes para él.
Normalmente se levantaba sobre las siete y cuarto, antes que nadie en su casa. Procuraba hacer el mínimo ruido, no por respeto al sueño de los demás, sino por miedo a que su mujer o sus hijos se despertaran y entonces él tuviera que interaccionar con ellos fuera de las cosas habituales que ya sabían todos como tenían que manejar. Eso era. Tenia un pánico total a que cualquier cosa alterara el habito seguro, calmo y conocido que conformaba su día a día, No quería pues vivir, a toda costa.

No quería silencios incómodos con ningún otro ser humano en ninguna circunstancia que pudiera imaginar.

Imagina que estas sentado frente al televisor junto a tu mujer un sábado por la noche viendo cualquier tontería. Imagina un silencio algo largo entre comentario y comentario sobre los programas que van apareciendo en pantalla tras el clic que produce el zaping que tu mujer hace cada sábado que estáis sentados frente al televisor, imagina que ese silencio y la falta de clics se alargan a tu parecer mas de la cuenta, unos instantes que a ti te parecen extraordinariamente largos y significativos. Es decir, imaginemos que se ha establecido un silencio abisal, profundo y con unos precipicios a los lados por los que si se cae la caída es infinita, mortal.

Tu, percibes atento como estas siempre a cualquier peligro de ese tipo, del tipo cuidado que algo distinto, extraordinario y significativo puede llegar a decirse y mas allá de eso a suceder, tu, estirado de lado en el sofá que tienes asignado en tu salón haces lo que puedes.  Él, el hombre del que estamos hablando, estirado en el sofá que hace años ocupaba en el salón de su casa se hacía el dormido.
Cerraba los ojos y inmovilizaba su cuerpo. De hecho su cuerpo estaba mas tenso de lo que estaría si realmente estuviera dormido pero eso desde fuera su mujer que lo miraba no lo puedía percibir.

Se escondía bajo la apariencia del hombre que se ha dormido viendo la televisión. Ganaba tiempo. Miraba de superar en una desaparición invisible y oscura el abismo.
Estirado allí, con los ojos cerrados, escuchando cada detalle de las acciones, el salivar y casi el pensamiento de su mujer que se había quedado mirándole fijamente, pide que por favor nada suceda y el clic del zaping vuelva a reinar en su vida. Y si, el clic del zaping siempre vuelvía a sonar en el salón.

Después de despertarse mas temprano que los demás en su casa, siempre sobre las siete y cuarto, se duchaba. Cuando sus manos tocaban su cuerpo eran unas manos flácidas, sin erotismo ninguno. Se diría que no se toca en realidad. Sentía aún cierto placer en dejar que el agua caliente impactase sobre su nuca y resbalese por su espalda mientras el día comenzaba. Eso si, de tanto apartarse de la vida, del centro del foco de lo que la mayoría de humanos llaman la vida, él, este hombre alejado, era capaz de reconocer ciertos, pequeños, minúsculos placeres que se producían en su interior. Como pequeños triunfos robados.

Graciosa forma de pensar la suya. Robados a quién?.

Esto lo pienso yo que escribo sobre él, hoy. Él jamás querría entrar por la puerta de su cerebro que le podría llevar primero a hacerse esta pregunta y luego a enfangarse en encontrar alguna respuesta valida. Robarle estos pequeños y casi secretos momentos de paz a quién? A quién se los robaba?.

Desayunaba de forma ritualizada en la forma pero no en el fondo. No tenía pues una disciplina bien establecida sobre  aquello que comía. Solo repetía con el baso de leche, un clásico. Leche sola. Blanca. Con azúcar. En ella mojaba cualquier cosa. Galletas con mermelada. Galletas a secas. Un tostada de pan las menos de las veces, pues hacerse una tostada es ya un trabajo extra, de mucho cuidado hacia uno mismo, casi un acto de afirmación personal y autoestima demasiado valeroso.

Podía simplemente desayunar un surtido de galletas de esas que son variadas.
Antes de que el resto de la familia se pusiera en marcha él ya había salido de casa, mirado en el buzón, cogido su coche  y enfilado el camino hacia su trabajo. Conducía con la mirada fija hacia el frente, el cuello rígido y la espalda recta. Con las dos manos agarrando el volante. O mejor dicho puestas sobre él con la misma flacidez con la que se desplazaban sobre su cuerpo en la ducha matinal. Conducía en silencio. Un silencio interior y exterior. Ni Radio ni música ni nada.

Era capaz de tener la mente completamente vacía, en blanco. No es fácil tener la mente vacía. De hecho la mente nunca esta completamente vacía.
Él sin embargo podía. Solo fijaba su atención en las señales de tráfico y en las coordenadas espaciales. Lo que podríamos llamar mente en modo GPS. Había desarrollado a lo largo de los años un estado mental al volante que le permitía no dejar que la vida que cada mañana se empeñaba en sacarle de sus casillas le sacara de ellas.
Y sentía que esta batalla diaria contra “ellos” la llevaba ganando durante tiempo. Ni los peatones que se cruzaban con el en cada semáforo en el que se detenía. Ni los ruidos, música, pitidos y demás sonidos que provenían de los otros automóviles y conductores con los que compartía la calle y la mañana. Ni las miradas de algunos motoristas o ciclistas que se detenían junto  él en un semáforo o atasco conseguían perturbar su modo mental GPS.

De hecho cuando alguna chica en bici se paraba junto a él y notaba como su mirada se fijaba en su rostro, él se mantenía rígido con la mirada al frente. En un rechazo frontal, contundente, de cualquier atisbo de comunicación o simpatía hacia otro ser humano. Sabia que esta rigidez le hundía, pero le hundía con placer. Se le espesaba la sangre, el cuerpo duro, bloqueado. Llevaba años espesándose, petrificándose por dentro. Incapaz.
Trabajaba cada día sin incidentes. Cumplía con su cometido de forma digna y ordenada. Evitaba cualquier sobresalto o decisión. Simplemente hacia su tarea de forma correcta y ortodoxa.

Luego vuelta a casa, tareas conocidas y repetidas sin cesar. Cena, buenas noches a sus hijos, sofá, cama y silencio. Tardaba en dormirse estirado boca arriba con los ojos abiertos mas o menos una media hora cada día. Su mujer al lado, algo desencajada, dormía. Lo que sentía ante la visión de su mujer con la boca entreabierta a su lado respirando de forma pausada le era difícil de definir a él mismo. Por momentos era como si la viera muerta. Muerta en el ataúd tendrá ese aspecto, se decía a si mismo. Pero no tomaba mucho tiempo en mirarla. Se quedaba inmóvil boca arriba con las manos plegadas una sobre la otra sobre su pecho. Miraba al techo en la semioscuridad del cuarto de matrimonio. El pequeño despertador cerca de su cabeza en su mesita de noche.

Ahí estirado podía hacer desaparecer el mundo entero y concentrarse en su cuerpo flotando en la nada.

El martes 14 de mayo de 2014 se levantó como siempre a las siete y media. Llovía, noto.

Pensó que debería cambiarse de cazadora. Pero de inmediato decidió que no. Que prefería seguir poniéndose la cazadora de ante marrón con la que cada día del otoño y el invierno salia a la calle. No quería cambiar de cazadora. Se levanto en silencio. Sabia que había gente, porque se lo contaban, que antes de levantarse de la cama se sentaba al borde de esta y hacia como una parada antes de ponerse de pié. Él alguna vez lo había probado pues le contaban que iba muy bien para entrar al día de forma mas suave. Dulce. Sin embargo no lo hacia. Se levantaba de una vez y se iba directo a la ducha anexa a su dormitorio.

Efectivamente llovía. Una lluvia compacta y no muy fuerte. Un cielo gris encapotado. Impenetrable. Lluvia para rato, pensó. Desayuno unas magdalenas de supermercado dulces. Puso las cosas en el lavaplatos, cogió las llaves del coche, se pudo la cazadora y salió por la puerta al rellano de su casa.

Tomó el ascensor y bajo hasta la planta baja. Salió del ascensor  y al soltar la puerta tras de sí espero a oír el ruido agudo que la puerta hacia justo antes de cerrarse del todo. Abrió el buzón casi sin mirarlo y cuando estaba a punto de cerrarlo como cada día percibió que había algo distinto en el. Se frenó y volvió a abrir la puertecita del buzón de su piso. Había una carta clásica de sobre blanco escrita a mano. La cogió algo extrañado y leyó el nombre del destinatario.

No era ni el suyo ni el de su mujer ni el de ninguno de sus dos hijos. Era un error. Se quedó unos instantes mirando aquel nombre de hombre y se percato de inmediato que tampoco la dirección era la correcta, no era su calle, si sin embargo su ciudad. La carta no iba destinada a ninguno de sus desconocidos vecinos. El error era mayúsculo.

Llegaba tarde y el accidente de la carta le estaba retrasando de forma evidente. Debía tomar una decisión. Notó como se le endurecía la parte alta del cuello, la nuca. Tomar decisiones era algo que le resultaba desagradable y mas en un caso así, ante una carta dirigida a un desconocido que nada tenia que ver con él ni con su vida, ni con su mundo, ni con nada de nada.

Dudó, mas tiempo del que él mismo seria capaz de recordar. Cierto es que a veces hay segmentos de nuestras vidas en los que el tiempo transcurrido es una completa nebulosa para nosotros mismo que estábamos ahí. A veces incluso pueden ser semanas y meses enteros los que se borran con suma facilidad pues nada a sucedido en ellos. Dudó, diríamos que unos instantes y finalmente dejó la carta enzima del mueble buzón con veinticuatro pequeñas ranuras como bocas con nombres. Pensó que mejor así. Que alguien ya tomaría cartas en el asunto y resolvería el problema. Que él no tenia tiempo de ir a correos a devolver la carta. Saliendo por el portal hacia el parking pensó que no solo no tenia tiempo sino que no quería involucrarse en nada que tuviera que ver con la carta de otro hacia otro.

Subió al coche e inició su recorrido hacia el trabajo como cada día bajo la lluvia.

Sentado en la mesa de su escritorio ante el ordenador y con un montón de facturas a su derecha se sorprendió cuando atravesó su cerebro una idea totalmente fuera del orden establecido en la rutina diaria de su quehacer en la oficina. La carta, pensó.

Que estupidez pensar en ella. Se le atravesó sin previo aviso por la cabeza en medio del tedio en cierto  modo placentero de la rutina, del silencio estable y pacifico. La carta era como un accidente en su mente que acababa de suceder y le sorprendió. Hacia bastante tiempo que no se sorprendía de esa forma a si mismo. Y lo mas notable fue que se sorprendió y algo parecido a una pequeña sonrisa que no se exteriorizo en su rostro recorrió el espacio que hay entre el cráneo y la boca del estomago. Una sonrisa interna se abrió camino en él. Eso si le pareció algo verdaderamente extraordinario.

Miró a su alrededor de inmediato, nadie le miraba, nadie había podido notar ese escalofrío que acababa de suceder en su interior. Mejor así, pensó. Mejor así.
Había llovido todo el dia y ahora, a las seis de la tarde, el cielo se empezaba a abrir y hasta un tímido rayo de sol de tarde otoñal estaba tomando el terreno para iluminarlo sobre los reflejos del agua caída durante toda la jornada. Salió de su oficina e inicio el regreso a casa.

Aparcó en la plaza 167. Cerró y salió a la calle. Compró la barra de pan y los dos bambis blancos y entro en su edificio. La carta seguía ahí. Encima del mueble buzón. Nadie la había visto. Nadie la había tocado. La cogió y la escondió en el bolsillo lateral interno de su cazadora de ante marrón.

Fue un gesto ni muy rápido ni muy lento,  un gesto decidido pero no afirmado, sucedió y ya está, duró exactamente lo que tenia que durar y quedó fijado en su mente para toda la vida. Había cogido la carta del buzón que no iba dirigida a él ni a nadie que él conociera y se la había guardado en el bolsillo lateral de su cazadora de ante marrón.
Miro a su alrededor y no vio a nadie. Mejor, pensó, mejor así.

Se acercó a la puerta del ascensor. La luz de llamada estaba encendida y el aparato estaba de camino hacia él. Carraspeo y se peino el pelo en un gesto que nuevamente no sabia de donde había salido. Fue casi un espasmo. El ascensor se detuvo frente a él.
Se abrió la puerta y su mujer estaba ahí. Ambos se sorprendieron por una milésima de segundo, en un flujo secreto de incomodidad acumulada que nadie seria capaz de distinguir mas que ellos dos, ella le besó en la mejilla y le dijo que iba a comprar un par de cosas que faltaban. El asintió y se intercambiaron posiciones. Ella fuera, en la entrada del edificio y él dentro en el ascensor. Se emplazaron a no cenar muy tarde. Apetecía cenar mas bien pronto e irse a dormir a una hora temprana que el otoño así lo pedía. Se sonrieron mientras la puerta se cerraba. El ascensor partió hacia el cuarto piso como era su obligación.

Niños, baño, cena y a dormir, sin zaping.

Había dejado la cazadora colgada en el perchero del recibidor como cada día. Allí estaba la carta quieta en la noche. Él, estirado junto a su mujer llevaba ya casi una hora inmóvil mirando al techo sin dormir. Se había concentrado en su respiración y había entrado en un estado casi vegetativo de largas inspiraciones y exhalaciones lo mas silenciosas y discretas de lo que era capaz. El aire entraba y salia de su boca en cantidades pequeñas y a una velocidad muy lenta. Otro se hubiera puesto nervioso con ese ejercicio pero él no, él se sentía cómodo en ese ritmo, con esas cantidades de aire ínfimas, con esa cadencia.

Antes, cuando su mujer se durmió y desencajó había sufrido unos intensos momentos de algo que él asociaba con el pánico. Había deseado ir a ver la carta. Levantarse de la cama y ir a comprobar que seguía ahí en el bolsillo y sobretodo ver si tenia o no un remitente. Por la mañana no se había fijado en ese detalle y la curiosidad había hecho el resto. Pero no se movió de la cama. Demasiado riesgo pensó. Mejor me quedo aquí como siempre y mañana veo. A base de inspirar y expirar tan lentamente consiguió por fin conciliar el sueño y se durmió de lado como siempre con las manos entre las piernas.

Dormía toda la ciudad a esa hora. La ciudad de noche es un espectáculo de muerte. Demasiadas casas y calles y luces puesta allí para casi nadie. Miles de cuerpos y cosas quietas durante tantas horas.

A las siete y cuarto sonó el diminuto despertador que se alojaba en su mesita de noche. Era una tonadilla eléctrica impersonal que el había regulado a un volumen muy bajo. Lo justo para que le despertara a él en la cercanía.

Esta vez se incorporo y se sentó por unos instantes en el borde de la cama. Con los ojos cerrados miraba de recordar los restos de un sueño poderoso que le habia invadido en los últimos instantes antes de despertar. Una ciudad aterradoramente vacía por la que él circulaba o algo así. Borroso.

Se giró de inmediato a mirar a su mujer a sus espaldas. Dormía. Esbozaba una pequeña sonrisa con la comisura de los labios ligeramente en curva ascendente. ¿en que estaría soñando? Se preguntó. Se levantó y se dirigió hacia el recibidor de su casa deslizándose con los pies desnudos en un absoluto silencio. No se oía ni el ligero friegue del pijama contra su piel.

Toco por fuera la cazadora de ante marrón. La carta seguía allí.
Se duchó y desayuno galletas de las que le gustaban a sus hijos. Se puso la cazadora y salió de casa.

Una vez dentro del coche inmerso en la semioscuridad del parking de su edificio se apresuro a poner las llaves en el contacto de arrancada de su vehículo. Las llaves se le resbalaron y cayeron entre los dos asientos delanteros. Busco con la mano desde el asiento pero no alcanzaba a encontrar las llaves. Tuvo que abrir la puerta bajar del coche y mirar bajo el asiento del piloto des de fuera. Entonces si, entonces dió con ellas. Se habían instalado en el raíl por el que se desplaza el asiento cuando lo queremos mover hacia adelante o hacia detrás.

Pudo entonces dar corriente al coche sin llegar a arrancarlo. Des de fuera se veía a un hombre dentro de su coche iluminado en medio de un conjunto de coches oscuros aparcados en batería contra la pared.

Entonces saco la carta del bolsillo y la giró sobre si misma para comprobar si había escrito en el dorso algún remitente. Lo había. Era el nombre de una mujer y la dirección de una calle en la parte alta de la ciudad. Una mujer le escribía algo a un hombre. Una mujer le escribía algo importante a un hombre pensó. Uno no escribe una carta a mano si no es para transmitir algo importante, delicado o en todo caso por lo menos personal. Intimo pensó incluso. Vacilo con la carta en sus manos. Todo aquello no tenia sentido.

La letra era de persona joven. Era redonda e ingenua, demasiado balbuceante. Este pensamiento reprodujo en su interior el escalofrió vertical del día anterior en la oficina des de la nuca hasta la boca del estómago y la misma exacta sonrisa interna que la tarde anterior frente a su ordenador. Y otra vez miro a su alrededor por si alguien lo hubiera podido notar. Vió al fondo del parking a una pareja de mediana edad que se acercaba hasta su posición. Pero era imposible que le pudieran haber visto. Mejor, mejor así. Guardó entonces la carta de forma precipitada en la guantera del copiloto y puso en marcha su vehículo.

Se abrocho el cinturón e inició la marcha atrás.

En un semáforo una chica en un bici tenia la mirada puesta en él. Sin que él pudiera remediarlo y a pesar de que su intención, o en todo caso una de ellas, fuese la de no devolverle la mirada observó con asombro como sus ojos se giraban de soslayo para cruzar una breve mirada con esa desconocida. En un segundo volvió a su posición rígida y frontal. Asombroso.

Al medio día solía bajar a picotear algo en uno de esos bares anodinos y populares que hay en las esquinas de las grandes ciudades. Siempre el mismo. Sentado en la barra, con un papel a modo de mantel en frente, cubiertos, pan, cuchillo y tenedor. Comía lo que se ofreciera en el menú sin esperar grandes novedades, leía el periódico en diagonal y procuraba cruzar el menor numero de palabras con el menos numero de personas posible. Entre trozo y trozo de tortilla de patatas cruzaba por su mente una y otra vez una pregunta. ¿Que debía hacer con esa carta?

La pregunta se entremezclaba con el gesto de cogerla y ponerla en el bolsillo interior de su cazadora de ante marrón en un vaivén. Intentó serenar su mente. Todo aquello era una soberana estupidez. Debería ser capaz de depositar la carta en ese mismo instante sobre la barra del bar y dejarla allí olvidada. Debería ser capaz de entender que eso es lo que haría cualquier persona sensata y ejecutarlo sin mas.

Mientras se repetía una y otra vez estas palabras a si mismo, deja la carta ahí y olvídalo, déjala la carta ahí y olvídalo, sentía como una enorme rigidez repentina se iba apoderando de todo su cuerpo, de hecho sentía que en cualquier momento podía caer de la banqueta del bar con todo su peso de golpe en el suelo como si de una figura de cera se tratase. Incapaz de comer o hacer ningún gesto el dolor en sus hombros y en su nuca llegaron a ser del todo insoportables. Estuvo quieto ante su plato quizás durante un par de minutos o mas. Sus pensamientos no podían avanzar y el colapso en su mente era casi total.

Estaba intentando frenar algo que desconocía que se movía dentro de él hacia arriba y parecía querer salir de su boca en cualquier momento.

Tomo entonces un trago de agua fresca y todo se detuvo. Lo detuvo, aquello se desvaneció. La pregunta, el dolor, la imagen, todo. Llevaría la carta él personalmente al destinatario. Eso había decidido.  Haba tomado una decisión. Y miró a su alrededor. Y nadie parecía estar reparando en él.  Si, una mujer, al otro lado de la barra se fijó un instante en él. Él detuvo también su mirada sobre ella. Se sintió profundamente juzgado pero siguió mirándola y al mismo tiempo agradeció profundamente aquel encontronazo cuando comprendió, por el gesto de los ojos de aquella desconocida, que lo que estaba a punto de hacer no era nada malo. Le estaba dando permiso. Como en una especie de absolución inverosímil él había sentido que la mujer le estaba diciendo que podía ir en busca de aquel hombre. Que debía ir en búsqueda de aquel hombre. Que no se preocupara, que siguiera su instinto en esa ocasión y fuera a entregar la carta al desconocido. Luz pensó. Luz. Una voz interior, una de las varias, que quizás confundía la realidad de lo que acababa de suceder en esa fugaz mirada, determinó en aquel instante que aquello había sido una expiación. Una abertura.

Pago. Se levanto del banco. Salió del bar. Se dirigió hacia su coche sin tan siquiera pasar por el trabajo. Entró en el coche y cerro la puerta. Llamó entonces a su oficina y fue capaz de informarles que se había encontrado indispuesto en la comida y le parecía que era mejor volver a casa y meterse en cama, dijo que le sabia muy mal y que intentaría regresar mañana si la cosa no iba a peor. Su compañero de despacho le dijo que no se preocupara y que él ya informaría, que se cuidara.

Arrancó y puso rumbo a la dirección que ya conocía de memoria.

Era una casa unifamiliar en una urbanización con un jardín frontal. Aparcó en frente de la casa y decidió esperar acontecimientos. Se recostó todo lo que pudo en su asiento del conductor de manera que podía ver perfectamente la entrada de la casa y no ser visto des de fuera del vehículo. Paso un buen rato. Era una calle mas bien desierta, con poco movimiento. Algún coche cada tanto y algún transeúnte solitario. Caía la tarde y su mirada permanecía fija sobre aquella puerta de jardín. Silencio.

Él terminaba de trabajar a las seis. Eran las cinco y media cuando un hombre de unos cincuenta años se aproximó hacia la puerta de la casa del numero 17. Debía ser él.

La verdad es que era un hombre anodino, sin ningún rasgo especial, estatura media, pelo moreno y traje estándar. Justo cuando iba a abrir la portezuela del jardín esta se abrió des de dentro. Una mujer de similar estatura que el hombre, rubia y de buena figura se aprestaba a salir. Se dieron un beso en los labios bonito, mas largo de lo que dura un beso de saludo. Ella sonreía, él parecía contento. Intercambiaron algunas palabras y ella salió caminando calle abajo. Él hombre entró en su casa.
Permaneció entonces quieto ante el volante durante un breve instante. Como mirando hacia dentro. Como comprendiendo mas.

Que había cambiado? Porque sentía que ya no quería entregar la carta a ese hombre?. Miró el reloj del coche. Eran las seis. Tenia que apresurarse y volver a casa en aquel mismo instante. Arranco y de forma algo brusca salió de aquella calle cuesta arriba.

Niños, baño, cena, buenas noches, algo de zaping y a la cama con su mujer. Cada cierto tiempo, mucho, aunque tampoco sabría decir cuanto su mujer le pedía si le apetecía hacer el amor. Él aceptaba y copulaba con ella de forma mecánica, algo indolente. Era como al despertar a las siete y cuarto, no lo hacia por darle placer o sentirlo él, lo hacia para evitar el incomodo precipicio que se abriría si algún día dijera que no.

Después de hacerlo su mujer se dormía de inmediato, desencajada y con el cuerpo desparramado encima de las sabanas. Dejaba poco espacio en la cama pero él se apañaba para inquirirse en el resto de la cama que quedaba libre. Manos sobre el pecho, una bajo la otra esperaba que el sueño llegara.

No quería entregar la carta a ese hombre porque pensaba que era mejor no inmiscuirse en esa historia entre ellos. La carta no había querido llegar al hombre y el no era nadie para cambiar ese curso de las cosas.

A la mañana siguiente salió de casa sin haberse duchado ni tomado su desayuno y su preceptivo baso de leche.

Reparó en un bar cerca de su casa en el que jamás había entrado y se pidió un café con leche y una tostada en la barra. Antes de que le trajeran nada se fue al baño y se encerró en una lavabo. Sentado sobre la tapa cogió el teléfono y procurando hacer voz de enfermo llamó al trabajo para comunicar que seguía enfermo, parecía gripe, tenia fiebre y no podría ir. Aceptaron sus excusas sin ningún reparo. Ya desayunado, salió a la calle y se dirigió al parking.

Condujo despacio entre el trafico matinal hacia la zona alta de la ciudad. Era esa una zona que desconocía por completo. La calle de la joven de la carta no seria fácil de encontrar. El día era inmensamente soleado, de cielo azul sin una nube. Un día frio de otoño pero calentado por un sol generoso. Un día que recortaba las formas de los edificios y las gentes con precisión pictórica.

Preguntó a una señora burguesa muy bien vestida que bajaba por la avenida bastón en mano. Amable y con voz cansada le explicó como llegar hasta el pasaje. Condujo avenida hacia arriba hasta que giró a la derecha para entrar en la calle. Se detuvo.

Al fondo de la calle, recortada por el sol a contraluz, vio a una mujer de unos cincuenta años andando como perdida en medio de la calle. Se balanceaba de forma extraña a punto de caer en algún momento. Estaba lejos pero se aproximaba poco a poco hacia él. Iba vestida con lo que parecía un pijama y una bata azul de estar por casa. El pelo recogido y unas zapatillas gruesas. Se paró delante del coche con la mirada perdida. Intentaba decir algo, inaudible desde el interior del vehículo. Se sentó en la calzada frente a su coche y se puso a llorar desconsoladamente, temblando.

Él pensó en huir de allí. En dar marcha atrás y salir corriendo. Miró por el cristal trasero de su coche y vio como una ambulancia giraba y embocaba la calle con las sirenas en marcha y casi colisionaba con su vehículo. Se asustó, sus manos se apoyaron en el volante poniendo en marcha por unos instantes el claxon de su coche. Las retiró y salió de un salto a la calle.
Dos de los hombres de la ambulancia sin reparar mucho en él estaban sacando de detrás de la misma una camilla con ruedas y pasaron junto a él calle arriba corriendo. Un tercero se acercó a la mujer que seguía sentada como absorta en el suelo junto a él.
El hombre de la ambulancia le puso una manta por encima de los hombros y miró de contenerla en sus brazos, arroparla. La acción transcurría a su alrededor y parecía como si él fuese totalmente invisible a los demás. Vio como una vecina miraba por la ventana hacia la calle y un hombre salia de otro portal a ver lo que estaba sucediendo. La mujer balbuceó algo inaudible. El hombre que la estaba conteniendo no sabia muy bien ni que decir ni que hacer. Tranquila decía, estese tranquila. Todo irá bien.

Las cosas suceden. A cada momento. Inevitables. Suceden porque tenían que suceder. Simplemente la vida entera avanza como una enorme masa de gestos pensó.

La camilla de vuelta pasó cerca de él con una chica joven estirada. Corrían y daban instrucciones. La mujer bajo la manta y su acompañante salieron tras ella.

Entonces él se aproximó en silencio hacia la puerta de entrada de la casa al fondo del pasaje de donde había salido la mujer balbuceante primero, la camilla después. Entró en la casa y como si alguien estuviera guiando sus pasos se dirigió escaleras arriba hacia la habitación de aquella joven. Entró y deposito en la mesa de estudio la carta que sacó del bolsillo interior de su cazadora de ante marrón. Se giró, salio de la habitación cerrando la puerta tras de si y salio de la casa tal y como había entrado.

Él y todo aquel que lo hubiese visto hacer aquello diría que nunca había estado allí, que, como en ciertas ocasiones aquello no parecía haber sucedido y pronto seria una sombra oscura en el recuerdo, en su memoria.

Subió a su coche y hizo marcha atrás ante la mirada sospechosa de la vecina que seguía espiando la calle desde su ventana medio oculta tras las cortinas blancas.
Salió a la avenida principal enfilando calle abajo y se cruzó con un coche de policía que discreto subía por la avenida.

Se dirigió entonces hacia la salida de la ciudad mas cercana, por el norte. Se incorporó a la vía y aceleró. Conducía abstraído, conteniendo la respiración. Dio una vuelta completa a la ciudad por las vías rápidas que la rodeaban. El día era calmo. La imagen blanquecina de la casa de la chica le rodeaba. Algodón.

Tomó la salida 7 en dirección sur y se incorporo suavemente a la autopista. Condujo alejandose de la ciudad unos kilometros.

Entonces puso la radio del coche. Apretó el botón que llevaba años sin tocar. Sintió vértigo. La obertura de Loengrin de Wagner invadió el vehículo. La abertura de Loengrin de Wagner aterrizo sobre él y su cuello y su garganta se empezaron a comprimir. La delicada linea melódica de violines había iniciado su ascensión.

Aceleró un poco mas y recostó su espalda en el respaldo de su asiento. Y por sus ojos empezaron a caer sosegadamente lagrimas. Una tras otra. Notas de violín y lágrimas en sus ojos. Era un lloro suave, largo, esperado.

Conduciendo por los paisajes de fabricas y periferias de la ciudad sus ojos empezaron a soltar. A dejar ir años, meses, días. Un torrente acompañado de inspiraciones de aire caliente que llenaban sus pulmones hasta los topes. Un rio tranquilo de lagrimas que se empujaban unas a otras con la suavidad de una cascada no muy pronunciada. Delicado. Vaciado. Disuelto. Condujo durante largas horas hacia el sur oeste. Paró en una ocasión a repostar y comió algo. Condujo por autopistas semivacias en el otoño, adelantando algún camion y algun que otro vehiculo. Hacia el atardecer estaba cerca de la costa y decidió dirigirse a la playa mas cercana. El sol estaba ya cerca de la linea del mar. El paisaje era bello. Una carretera pequeña que serpenteaba rodeada de campos de vegetación baja y verde. Alguna casa aquí y allá. Nula presencia humana. Llegó por fin a un acantilado muy pronunciado. En aquel rincón de mundo habia cuatro casas y un par de restaurantes con terraza cerrados a cal y canto. El sitio parecía desierto. Abajo, ante sus ojos cristalinos y descansados vio una playa grande. Atlántica.

Bajó por las rampas de piedra que zigzagueaban hasta llegar a la arena.

Se sentó cerca del agua y fijo sus ojos en el sol que se estaba poniendo en la linea del horizonte.

El rumor de las olas del mar le acompañaba.



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