martes, 21 de octubre de 2014

Traición (Ivó)

TRAICIÓN

A los tres años, en la guardería, traicionó a su mejor amigo, aunque aún no sabía lo que era eso, ni lo de traicionar ni lo de mejor amigo. Lo hizo fingiendo que compartirían juego, subieron juntos al tobogán más grande del patio, reservado para los mayores. Lo empujó desde arriba del todo en sentido contrario, cuando su “amigo” estaba sentadito con cara de felicidad, cayó al vació sin tocar ni un peldaño de las escaleras, nada de rampas. La rampa que le entró a la madre cuando vio la fractura craneal que su retoño tuvo el primer día de guardería. Ese niño nunca volvió a pisar un centro educativo, lo educaron en casa, ahora es gran maestro internacional de ajedrez.

Pero ya antes, a la temprana edad de un año, había traicionado al primer ser humano con el que se topó. Su propia madre. Y de varias formas. Usando el taca-taca cuando ya sabía andar (lo usó hasta los dos años y medio), mordiendo deliberadamente el pezón que lo amamantaba (lo cual desembocó una mastitis en el pecho materno que nunca se curó del todo), arrojando objetos contra elementos valiosos de la casa (móvil contra tele, vaso contra cuadro, cuadradito de madera contra ojo de madre), o provocando noches en vela sin ningún motivo fehaciente, simplemente por el placer de ver a sus padres arrastrándose hasta su cuna. Cuando su santa madre lo besaba por las noches, sentía que era el beso de Judas. Él era así, y así fue.

A los cuatro años escondió la dentadura postiza de su abuela en el orinal que tenia debajo de la cama y la substituyó por unos dientes de Drácula de plástico con blutack como encías. Cuando su madre vio la cara de la abuela casi le da un infarto. Lo puso en el rincón de pensar durante una tarde entera. Pero él sólo pensaba en otras formas de vileza, mientras miraba la pared de estucado del cuarto de los trastos, una vía láctea de ideas pérfidas que no paraban de venirle a la cabeza.

Sus padres se desesperaban porque veían el mal en casa, pero el niño no era nada Chucky, era un ser encantador. Fueron a un especialista en psiquiatría infantil de la mutua, pero el psiquiatra no encontraba nada raro en aquel chaval pecoso. Por suerte, el pequeño descubrió que había un mundo más allá de su casa, y dejó a sus padres de lado (y ellos más tranquilos), para abrazar la grandeza y diversidad de la vida fuera del nido.

Siempre iba por la espalda, nunca de cara, y no es que no tuviera amigos, sabía fingir tan bien, tenía tanta perrería, que conseguía atraer a la gente a su terreno para después pegarles la puñalada, y  disfrutaba con ello.

A los diez años y como delegado de clase. Forzó una votación para echar a un profesor fingiendo que le había agredido, cuando lo que en realidad le molestaba era la halitosis galopante que el pobre hombre tenía, debido a sus problemas gástricos. La cosa trajo cola en el colegio, obligando al director a tomar cartas en el asunto. Finalmente, las cartas que valieron fueron unas anónimas publicadas en el periódico comarcal que corroboraban la versión del niño, y que forzaron al colegio a expulsar al profesor, que era un pobre interino. Él escribió las cartas pérfidamente desde su cuarto de operaciones, fingiendo caligrafías y direcciones postales.

Siempre fue un maestro de la zancadilla, tanto física cómo moral. La máxima expresión del disimulo. En los partidos de futbol iba a hacer daño, y lesionó a los niños más buenos del instituto. Pero siempre parecía un accidente, y lo más sorprendente, nunca le tocaron un pelo.

En la adolescencia sublimó sus capacidades macbethianas. Su especialidad era el abuso de confianza. Se ganaba a los padres y madres de sus amigos para descubrir las debilidades de sus compañeros y saber poner el dedo en la llaga cuando las condiciones lo requerían. Hundió a varios enredándolos en sus empanadas mentales propias de la edad y provocando fracasos escolares incomprensibles para las familias, muchas acababan en el psicólogo y desestructurándose. Incluso consiguió romper un matrimonio.

Un día, a los 18 años, dejó encerrado a su mejor amigo (ahora si sabía lo que era eso) en un aparthotel de Ibiza, para poder pasar la noche con la chica de la que estaba enamorado, y de paso tirarle los trastos. Ella le dio calabazas y cuando su amigo se enteró, le dio de hostias, sus primeras hostias, y las últimas. En ese momento se planteó por primera vez seriamente su actitud vital pérfida, pero decidió seguir por la senda de la traición y la infidelidad. Sólo sería para siempre fiel a si mismo, y no podía ser leal con los demás. Lo suyo era la deslealtad, el engaño, la alevosía, el perjurio. Al día siguiente se afilió a un partido político y entró en política municipal.

Bregándose en plenos de un pueblo grande desarrolló el dicho “comer a dos carrillos” y lo llevó a su máxima expresión. Allí también descubrió su palabra mágica: tránsfuga.

Mientras reventaba plenos estudiaba derecho, hacia deporte con sus amigos, salía de fiesta y se reía mucho. A los 22 años y con la carrera recién acabada empezó a ejercer como esbirro de un abogado criminalista, que básicamente defendía a gitanos, traficantes de drogas y proxenetas. Era un buen trabajo, nunca faltaba la faena, lo cual le permitió emanciparse.

Era bueno como abogado, su capacidad de manipulación era sublime y consiguió cierta notoriedad en el mundillo del derecho penal. Su nombre sonaba en todos los saraos de gomina y toga. Eso le llevó a follar bastante. Pero las relaciones sentimentales con mujeres eran un reto para él. En muchas ocasiones, ellas también tenían altas capacidades en el arte de la felonía y el artificio, y si además le añadía sus diatribas emocionales, tenía la sensación de perder el control. Decidió follar menos y dedicarse a la política.

No tardó en ser alcalde, y al mismo tiempo diputado.
En esos tiempos aprendió tanto a alargar su sombra que un día se quedó sin espacio en su pueblo. Después de 10 años abandonó la alcaldía alardeando de integridad, al no poder dedicarse plenamente a su pueblo, el pobre tenía que compaginarlo con su ascendente carrera de diputado. Con la excusa de abrir camino a gente nueva y capaz quedó la mar de bien, y los ciudadanos muy agradecidos. Salió por la puerta grande y cortando muchas orejas.  A parte de cortar el rollo a dos centros cívicos, los trabajadores del servicio de recogida de basura y algún empresario de la zona.

La capital fue su trampolín definitivo. En poco tiempo se situó en el pequeño círculo que rodeaba al círculo del gobierno. A los pocos meses ya tenía preparado su plan para llamar la atención del vicepresidente. Estaba maduro, era un estratega, se puso un objetivo para los siguientes ocho años. Presidente.


Visca Catalunya.


Viva España.

lunes, 20 de octubre de 2014

Traición (Ernesto)

Traición

Las  llagas comenzaban a martirizarle. La que le había salido en la juntura de la greba con la rodillera le hacía cojear, pero la peor era la del hombro donde se unían el peto y el espaldar. Cada golpe de mandoble le hacía ver las estrellas. Llevar la armadura de su padre le llenaba de orgullo, pero era una tortura. Y es que con aquellas pesadas armaduras la lucha se eternizaba hasta el agotamiento. Sólo entonces te permitías buscar el cuerpo a cuerpo para colar tu daga por los resquicios del acero. Hundir la hoja por debajo del brazo, en la obertura del sobaco, daba una muerte segura que acababa con tu suplicio y convertía e a tu adversario en un saco de chatarra. Mientras tanto dabas mandobles a diestro y siniestro, rezando a Dios para que fuera el otro quien se cansara primero.

Debían llevar horas en ese hombre a hombre absurdo. Había una fijación ciega en los dos contrincantes, como si el resto no existiera. A pesar de no conocerse, sus escudos de armas daban fe de una enemistad que se perdía en los anales del tiempo. En sus feroces embestidas habían abandonado el centro de la batalla y ahora se buscaban a trompicones entre las rocas y matojos de un cerro inhóspito. Los dos habían perdido sus cabalgaduras y hacía rato que caminaban doloridos con sus pesados escarpes nada preparados para las andaduras.


El calor era insoportable. El aire estaba cargado con el hedor a descomposición que llegaba desde el campo de batalla. La contienda duraba demasiado. No había odio para tanto. Pero allí seguían; matando.

Llevar aire a los pulmones se había convertido en una hazaña, a penas superada con cada bocanada. Eso daba a los caballeros una pulsión clara del tiempo que los mantenía en el aquí y ahora.

Entre embestida y embestida cada vez pasaba más tiempo. Necesitaban recuperarse del enorme esfuerzo que les suponía levantar sus espadas, dirigirlas, detener los golpes.

Observados desde fuera parecían no tomárselo en serio. Apartados del fragor de la batalla, descontextualizados en aquel cerro solitario hacían pensar mas bien en dos cómicos ensayando movimientos, como si no tuvieran intención de hacerse daño.

Después de una pausa que se hizo eterna los dos caballeros protagonizaron una inesperada arremetida. La acompañaron con un feroz alarido a dos voces, que resonó en el cargado ambiente como si viniera del hades. Los aceros se encontraron y sus armaduras chocaron con estruendo levantando una densa polvareda, que por unos momentos los engulló a los dos.

Cuando la nube de polvo se desvaneció, yacían en el suelo.

Uno de ellos se agitaba intentando zafarse del yelmo. Se estaba ahogando y necesitaba tragar aire.

El otro, con la visera levantada, emitía un sonido roto al respirar.

Los dos se quedaron allí  estirados en silencio, como si esperaran algo.  ¿Vendría por fin la muerte a rescatarlos? Poco importaba ya si era al otro a quien se llevaba o a ellos mismos.

El sudor escocía en las llagas abiertas de Don Pedro, pero él ya no lo percibía como algo concreto. Su cuerpo entero parecía una enorme llaga que palpitaba dentro de su prisión de acero. Arrancó como pudo las correas y se sacó la gola, el peto y la espaldera. Un escalofrío le recorrió el cuerpo, devolviéndole una porción de vida, que creía ya perdida.

Estirado allí, como detenido en el tiempo, sus ojos registraron el paso veloz de las nubes, y de los grajos anunciando a gritos la eminente tormenta. Le vinieron ganas de orinar. Se relajó y notó como un calor húmedo le cubría la espalda, llevándoselo muy lejos.

Don Ernique, por su lado, seguía inmóvil respirando  costosamente por la obertura de la visera, con los ojos cerrados, como si pretendiera retener en ese gesto la poca vida que le quedaba dentro.

Cuando cayeron las primeras gotas del cielo sus parpados temblaron. Eran unos goterones densos y pesados que parecían contener la densidad de los días de batalla. Don Enrique continuó con los ojos cerrados y se imaginó a él mismo en el rio de su casa paterna, donde la doncella lo desfloró con apenas 13 años.

Los dos perdieron la noción del tiempo. De la batalla solo llegaba hasta ellos un leve rumor amortiguado por el estallido sordo de las gotas sobre la tierra polvorienta, sedienta después de un caluroso mes de agosto. El ambiente era denso y extrañamente acogedor. Permanecieron largo rato en silencio.

- Se nos pasó el verano

Aquella frase, arrancó a Don Enrique de su amodorramiento. Un impulso involuntario lo predispuso a  coger su espada y saltar sobre su adversario, pero ningún músculo respondió a la orden.

Don Pedro intuyó el inútil esfuerzo y prosiguió:

- Como os llamáis?

- Enrique de Ayala y Lopez Quesada

Siguió un silencio

- ¿Y vos?

- Yo soy Pedro Ruiz de Alda Godoy, marqués de Areilza

Otro silencio sólo quebrantado por el graznido fúnebre de un cuervo. La lluvia caía ahora de forma liviana y constante, limpiando de polvo y sangre las corazas de nuestros guerreros.

- Tenéis vos razón. Se nos pasó el verano

- Y nuestra juventud en él

-Hablad por vos. Yo ya paso de los 28

-¿combatiendo, cuantos?

- 12

- Lo dicho

Don Enrique abrió la boca, dejando entrar el agua de la lluvia, que le pareció endulzada. Un placer ínfimo le invadió y dibujó una sonrisa estúpida en su rostro. Súbitamente el destello de un recuerdo le atravesó el pecho y transformó la sonrisa en carcajada. Reír dolía, pero curaba. Se sacó el casco. Su risa lo ensordecía. Encontró la mirada de Don Pedro, que lo observaba con la cabeza apoyada en una piedra

-No me lo imaginaba así

-Yo no imaginaba nada

-¿Y porque querías vos matarme?

-Para que no me dierais vos muerte

Ahora el que reía, era Don Pedro, pero la risa fue interrumpida por un dolor intenso y penetrante que le hizo vomitar. Entre escupitajos balbuceó:

- Ya lo estamos. Muertos, me refiero. Os lo suplico, rebanadme el pescuezo. Acabad con todo esto.

-Lo haría, si tuviera la fuerza. No me siento los brazos. Necesito reposo.

-Eso le estoy pidiendo

Don Enrique iva a decir : lo siento, pero no creyó que fuera necesario. Hizo un intento por incorporarse pero no tuvo éxito.

Los dos seguían tirados en el suelo, el uno a pocos metros del otro. Repartidas por el terruño las piezas brillantes de sus armaduras semejaban las escamas de un pez agonizante sobre la cubierta de una chalupa. La lluvia seguía cayendo sin estrépito amortiguando cualquier señal de vida. Por el cerro se iban formando pequeños torrentes de agua turbia.

De repente Don Enrique gritó al cielo

-¿Que  hacemos aquí? ¿ Por que luchamos?

-Reservad vuestra energía para mí

-Yo a vos no os conozco. Mi odio no tiene faz. ¿ por que luchamos? ¿Por quien?!!

Rompió a llorar. Sus lágrimas se perdían en la película de agua dulce que sin parar lavaba su rostro. No podía disfrutar la salinidad con sabor a cúrcuma que recordaba de besar las mejillas húmedas de su anciana madre. No hizo ningún esfuerzo por taparse. No dedicó ni el mas mínimo esfuerzo a ruborizarse. Lloraba abierta y quedamente mientras repasaba las muertes de tantos amigos y compañeros de armas; familiares; amantes.

- Vos sois todavía joven. Marchaos. Abandonad esta ceguera. Lo que las pestes no han podido lo acabaremos nosotros con nuestra soberbia. 

El llanto pareció vaciar a Don Enrique, dejando lugar a un nuevo impulso. No sin esfuerzo, se incorporó y ayudándose de su espada consiguió levantarse. Un leve mareo hizo que se tambaleara. Junto a él, yacía Don pedro, que no dejó de observarlo, con una pregunta en la mirada. Don Pedro no se movió. No hizo ningún amago de buscar la empuñadura de su espada. Mostró su pecho descubierto y sin dejar de mirarlo dijo:

- Acabad con esto Don Enrique

-Que Dios me perdone!

Cuatro mese mas tarde, los cuerpos de Don Pedro y Don enrique colgaban expuestos al vulgo en la plaza de armas del castillo de Armendariz. Fueron condenados por traición tras ser capturados dándose a la fuga. Ya poco importaba de que bando luchaban. Eran traidores a la causa de matarse y de matar sin preguntarse.




TRAICIÓN (Felipe)


                                         EL FANTASMA DEL LAGO


Damián sabe dos cosas de su abuelo: que fue pescador y que desapareció en el mar.
         Eso le dijeron sus padres.
       En la repisa de la chimenea hay una foto de su abuelo de joven. En invierno, cuando vuelve del colegio, a Damián le gusta mirar esa fotografía al calor del fuego.
         –¿Qué le pasaba al abuelo en un ojo? –pregunta Damián a su padre.
         –Perdió el ojo izquierdo.
         –¿Cómo lo perdió?
         –Nunca me lo dijo.
         El padre de Damián se siente incómodo cuando habla de su propio padre; por eso Damián no entiende que esa foto presida el comedor desde lo alto de la chimenea. Mira la fotografía e imagina la vida de su abuelo llena de aventuras. Damián nunca ha visto el mar. Lo más parecido que ha visto es el lago que hay junto a su casa. En invierno casi siempre está cubierto de niebla.
         –¿Y cómo desapareció el abuelo?
       –Te lo he explicado mil veces. Salió a pescar y ya no volvió. No hay más que contar.

Esa noche Damián se va a dormir temprano. Sueña con un pescador tuerto que lucha contra piratas, contra monstruos marinos, contra terribles tormentas. En su sueño, el pescador, vuelve a casa sano y salvo.
         De repente, en medio de la noche, lo despierta el timbre del teléfono.
         En la habitación de al lado su madre lo descuelga y pregunta quién es. Después de un largo silencio, cuelga el teléfono. Sus padres susurran. Damián se duerme de nuevo.

Al día siguiente, la rutina de siempre: se despierta, se lava la cara y los dientes y desayuna con sus padres en la cocina. Poco después, su vecino Lucas pasa a buscarlo para ir al colegio.
         El colegio está cerca, sólo tienen que atravesar el parque del lago.


La niebla es muy espesa esta mañana. A Damián y a Lucas les gusta porque entre la niebla los árboles tienen formas extrañas.
       –Mira –dice Lucas señalando una vieja morera–, un gigante despeinado con los brazos llenos de cucharas.
        –Y allí –señala Damián un seto sin podar–, un tren lleno de lanzas.
        –Y un grupo de duendes cabezones –imagina Lucas de un grupo de pinos recién plantados–. Y junto el lago un fantasma pescando.
         Damián mira hacia el lago y distingue la silueta de un hombre y la forma de una caña, pero no recuerda que allí hubiera ningún árbol.
        –¡Llegamos tarde al cole! –se sorprende Lucas.
         Y los dos salen corriendo.
                          

Por la tarde, Damián vuelve a casa de mal humor. No han podido jugar en el patio porque la niebla seguía siendo muy espesa y no se veía nada. Atraviesa el parque solo; reconoce al gigante despeinado, al tren lleno de lanzas, a los enanos cabezones y al fantasma pescador… Decide acercase al agua para ver cuál es el árbol con forma de fantasma. Pero, a tan solo unos metros, aquello, definitivamente, no le parece ningún árbol.


Entra en casa corriendo, alterado y lleno de barro. En la huida se ha caído sobre un charco. Su madre, asustada, le pregunta qué ha pasado. Damián le dice que ha visto un fantasma en el lago. Su madre lo mira con sorpresa y después se echa a reír. Damián protesta: tenía una caña de pescar y botas altas de goma y un impermeable oscuro...
         –Escucha –le susurra su madre al oído acariciándole el pelo–, los fantasmas no existen y tú eres un niño con una enorme imaginación. Hoy no molestes a tu padre, cariño, no se encuentra bien.
         –¿Qué le pasa? –quiere saber Damián. La madre duda un momento.
         –Creo que se está resfriando.
         Damián se asoma al comedor. Su padre está sentado en su butaca junto a la chimenea encendida. Damián se acerca y le da un beso. El padre mira fijamente el fuego y no responde. Tampoco tose ni estornuda.


Esa noche Damián duerme poco y mal. Cuando, a la mañana siguiente, se reúne con sus padres en la cocina, también ellos parecen cansados. Los tres desayunan en silencio. Entonces suena el teléfono. Sus padres se miran, pero no se levantan. Damián va a levantarse, pero su madre le dice que no lo coja, que seguro que se equivocan, que hace dos días que alguien llama preguntando por otra persona.
         Damián no le hace caso y se levanta, descuelga el auricular y pregunta.
         –¿Diga?
         Nadie responde.
         –¿Diga?
         Sus padres lo miran atentos.
         –¿Diga?
         Alguien, al otro lado de la línea, cuelga el teléfono.
         –Han colgado –dice Damián.
         –Mejor –responde su padre, con una rabia impropia en él.
         La madre respira aliviada.
         En ese momento llaman a la puerta. Es la madre de Lucas.
        –Perdonad que os moleste tan temprano. Venía para deciros que hoy Lucas no irá al colegio. Tiene fiebre.
         Damián le pide a su madre que lo acompañe al colegio. No quiere ir solo.
        

No hay tanta niebla como el día anterior. Damián y su madre, cogidos de la mano, repasan los personajes inventados.
       –Mira, aquí está la cigüeña con tres picos, allí la nave espacial y allá está el gigante despeinado...
         Damián ha entrado al parque con un poco de miedo; pero en seguida comprende que, yendo con su madre, nada puede sucederle. Sin embargo, cuando llegan al rincón donde estaba el fantasma, quiere y no quiere mirar.
         Cuando finalmente mira, no ve nada. Nada.
         Por un lado quería encontrar al fantasma para enseñárselo a su madre. Por otro, recuerda el miedo que sintió cuando vio aquel impermeable oscuro, aquellas botas, y piensa que tal vez sea mejor que se haya marchado.
         Damián está hecho un lío.
         En la puerta del colegio su madre le da un beso.
         –Por cierto ¿y tu amigo el fantasma? –le dice–. ¿Ha salido a desayunar?
         –Venga, mamá –se queja Damián, y sube corriendo las escaleras del colegio.


Durante todo el día, en las clases, no presta nada de atención. Es incapaz de leer, de calcular, de dibujar. Cuando salen al patio, la niebla ha desaparecido y, aunque hace frío, el sol brilla con fuerza. Desde el patio puede verse el parque y el lago. Donde antes había personajes imaginarios ahora hay una hermosa arboleda, verde, húmeda, llena de vida.
         ¿Y si se lo imaginó todo? Es decir ¿y si imaginó lo del fantasma, lo del impermeable oscuro y las botas? ¿Y si su madre tiene razón? Seguramente papá también diría lo mismo, de no llevar un par de días tan raro...
         Damián se va a jugar a la pelota con sus compañeros de clase y, mientras juega, se va olvidando de todo.


Ya ha oscurecido cuando sale del colegio. Hace muchísimo frío. La humedad le traspasa el abrigo y lo hace temblar. Sale corriendo para casa. Piensa en lo bien que estará delante de la chimenea. Se beberá un vaso de leche delante del fuego y mirará la foto de su abuelo...
         Delante de la puerta del parque la niebla es tan espesa que las farolas apenas iluminan. Parecen luciérnagas gigantes entre la oscuridad. Si rodea el parque por la avenida tardará el doble de tiempo en llegar a casa. Damián duda, pero finalmente da uno, dos, tres pasos. Ya está dentro del parque.
         No ve más allá de su nariz, pero camina ligero como caminaría una cigüeña con tres picos o un tren lleno de lanzas o un gigante despeinado o un...
         –¿Siempre tienes prisa, chaval?
         Damián se para en seco. ¿De dónde sale esa voz? Es una voz grave y desconocida. Damián quiere echar a correr, pero no puede. Quiere estar en su casa, con sus padres; pero está allí y está solo.
         No exactamente solo.
         –¿Siempre tienes prisa, chaval? –repite la voz grave y desconocida.
         El fantasma viste una gabardina oscura, tiene una pipa en la boca y una mirada extraña, como si guiñara siempre un ojo. Tiene una espesa barba blanca. Detrás de él hay una caña clavada en la orilla del lago.
         Damián está aterrorizado, pero siente algo más fuerte que el miedo. Curiosidad.
         –¿Es usted un fantasma? –pregunta con un hilo de voz. Le tiemblan los labios. ves cerca de aquí? –de–.oz.tan fino como un cabellos.regunta. chimeneto de la muerte y en segundo lugar el descubriment del A
        –Pues podría ser –responde–. Reúno todos los requisitos: doy miedo, no existo para la gente que quiero y, además, no consigo pescar nada.
         El fantasma se acerca a él, se quita la gabardina y se la coloca encima de los hombros a Damián.
         –¿Mejor así?
         Damián asiente.
         –¿Vives cerca de aquí? –pregunta el fantasma.
         –Sí. Al otro lado del parque. ¿Y usted?
         –Lejos, muy lejos.
         –Y ¿qué hace aquí?
        –Pescar. Me dijeron que en este lago hay buenas carpas. Tal vez sea la niebla, pero no pican.
         –¿Debajo del agua también hay niebla?
         –Pues no lo sé. Buena pregunta.
         –¿Y si no pesca nada se irá a su casa?
        –Depende. He venido desde muy lejos y, antes de irme, me gustaría ver a una persona.
         Damián va entrando en calor. La gabardina del fantasma huele a tabaco de pipa y a humedad.
         –¿Los fantasmas beben leche?
         –Claro. Es nuestra bebida preferida.
         –¿Quiere un vaso de leche? Podemos ir a mi casa.
        –Hombre, no sé. A tus padres no les gustará que aparezcas con un fantasma por casa.
         –Mi mamá me dijo que usted no existía. Se rió de mí.
     –Haremos una cosa. Te acompañaré hasta la puerta de tu casa y allí me devuelves la gabardina.
        

En la puerta de casa los padres miran hacia la verja del parque. Damián tarda demasiado. ¿Y si le ha ocurrido algo?
         Entre la niebla aparecen dos siluetas. Pero ninguna de las dos es Damián. Una es alta y corpulenta, y la otra es baja y con una forma extraña. Parece un gnomo con ropa de gigante.
         Damián ve a sus padres en la puerta de casa. Sin pensarlo coge la mano del fantasma y lo anima a que vaya más rápido. Se los va a presentar. El fantasma titubea; no está seguro de que sea una buena idea, pero sigue al niño y aligera el paso.
         Por fin distinguen la voz de Damián.
         –¡Te lo dije, mamá! ¡Te lo dije!
         ¿Qué lleva puesto? ¿quién es ese hombre que lo acompaña?.
         –¡Vengo con mi amigo el fantasma del lago! Dice que le gusta pescar.
         El fantasma y sus padres se miran con cara de sorpresa.
         Damián todavía no lo sabe, pero lo que pasa a continuación es algo que nunca olvidará.
         Después de un largo silencio, su padre le da un bofetón en la cara al fantasma, y éste, en vez de enfadarse, baja la cara lleno de vergüenza y tristeza. Acto seguido, los dos se abrazan con tanta fuerza que ni siquiera un gigante con manos de cuchara los podría separar.
         Es la primera vez que Damián ve a su padre llorar.

                                    FIN