TRAICIÓN
A los tres años, en la guardería, traicionó a su mejor amigo, aunque
aún no sabía lo que era eso, ni lo de traicionar ni lo de mejor amigo. Lo hizo fingiendo
que compartirían juego, subieron juntos al tobogán más grande del patio,
reservado para los mayores. Lo empujó desde arriba del todo en sentido
contrario, cuando su “amigo” estaba sentadito con cara de felicidad, cayó al
vació sin tocar ni un peldaño de las escaleras, nada de rampas. La rampa que le
entró a la madre cuando vio la fractura craneal que su retoño tuvo el primer día
de guardería. Ese niño nunca volvió a pisar un centro educativo, lo educaron en
casa, ahora es gran maestro internacional de ajedrez.
Pero ya antes, a la temprana edad de un año, había traicionado al
primer ser humano con el que se topó. Su propia madre. Y de varias formas. Usando
el taca-taca cuando ya sabía andar (lo usó hasta los dos años y medio), mordiendo
deliberadamente el pezón que lo amamantaba (lo cual desembocó una mastitis en
el pecho materno que nunca se curó del todo), arrojando objetos contra
elementos valiosos de la casa (móvil contra tele, vaso contra cuadro, cuadradito
de madera contra ojo de madre), o provocando noches en vela sin ningún motivo
fehaciente, simplemente por el placer de ver a sus padres arrastrándose hasta
su cuna. Cuando su santa madre lo besaba por las noches, sentía que era el beso
de Judas. Él era así, y así fue.
A los cuatro años escondió la dentadura postiza de su abuela en el
orinal que tenia debajo de la cama y la substituyó por unos dientes de Drácula
de plástico con blutack como encías. Cuando
su madre vio la cara de la abuela casi le da un infarto. Lo puso en el rincón
de pensar durante una tarde entera. Pero él sólo pensaba en otras formas de
vileza, mientras miraba la pared de estucado del cuarto de los trastos, una vía
láctea de ideas pérfidas que no paraban de venirle a la cabeza.
Sus padres se desesperaban porque veían el mal en casa, pero el niño
no era nada Chucky, era un ser
encantador. Fueron a un especialista en psiquiatría infantil de la mutua, pero
el psiquiatra no encontraba nada raro en aquel chaval pecoso. Por suerte, el
pequeño descubrió que había un mundo más allá de su casa, y dejó a sus padres
de lado (y ellos más tranquilos), para abrazar la grandeza y diversidad de la
vida fuera del nido.
Siempre iba por la espalda, nunca de cara, y no es que no tuviera
amigos, sabía fingir tan bien, tenía tanta perrería, que conseguía atraer a la
gente a su terreno para después pegarles la puñalada, y disfrutaba con ello.
A los diez años y como delegado de clase. Forzó una votación para
echar a un profesor fingiendo que le había agredido, cuando lo que en realidad
le molestaba era la halitosis galopante que el pobre hombre tenía, debido a sus
problemas gástricos. La cosa trajo cola en el colegio, obligando al director a
tomar cartas en el asunto. Finalmente, las cartas que valieron fueron unas anónimas
publicadas en el periódico comarcal que corroboraban la versión del niño, y que
forzaron al colegio a expulsar al profesor, que era un pobre interino. Él
escribió las cartas pérfidamente desde su cuarto de operaciones, fingiendo
caligrafías y direcciones postales.
Siempre fue un maestro de la zancadilla, tanto física cómo moral. La máxima
expresión del disimulo. En los partidos de futbol iba a hacer daño, y lesionó a
los niños más buenos del instituto. Pero siempre parecía un accidente, y lo más
sorprendente, nunca le tocaron un pelo.
En la adolescencia sublimó sus capacidades macbethianas. Su especialidad era el abuso de confianza. Se ganaba
a los padres y madres de sus amigos para descubrir las debilidades de sus
compañeros y saber poner el dedo en la llaga cuando las condiciones lo
requerían. Hundió a varios enredándolos en sus empanadas mentales propias de la
edad y provocando fracasos escolares incomprensibles para las familias, muchas
acababan en el psicólogo y desestructurándose. Incluso consiguió romper un
matrimonio.
Un día, a los 18 años, dejó encerrado a su mejor amigo (ahora si sabía
lo que era eso) en un aparthotel de Ibiza,
para poder pasar la noche con la chica de la que estaba enamorado, y de paso
tirarle los trastos. Ella le dio calabazas y cuando su amigo se enteró, le dio
de hostias, sus primeras hostias, y las últimas. En ese momento se planteó por
primera vez seriamente su actitud vital pérfida, pero decidió seguir por la
senda de la traición y la infidelidad. Sólo sería para siempre fiel a si mismo,
y no podía ser leal con los demás. Lo suyo era la deslealtad, el engaño, la
alevosía, el perjurio. Al día siguiente se afilió a un partido político y entró
en política municipal.
Bregándose en plenos de un pueblo grande desarrolló el dicho “comer a dos
carrillos” y lo llevó a su máxima expresión. Allí también descubrió su palabra
mágica: tránsfuga.
Mientras reventaba plenos estudiaba derecho, hacia deporte con sus
amigos, salía de fiesta y se reía mucho. A los 22 años y con la carrera recién
acabada empezó a ejercer como esbirro de un abogado criminalista, que
básicamente defendía a gitanos, traficantes de drogas y proxenetas. Era un buen
trabajo, nunca faltaba la faena, lo cual le permitió emanciparse.
Era bueno como abogado, su capacidad de manipulación era sublime y
consiguió cierta notoriedad en el mundillo del derecho penal. Su nombre sonaba
en todos los saraos de gomina y toga. Eso le llevó a follar bastante. Pero las
relaciones sentimentales con mujeres eran un reto para él. En muchas ocasiones,
ellas también tenían altas capacidades en el arte de la felonía y el artificio,
y si además le añadía sus diatribas emocionales, tenía la sensación de perder
el control. Decidió follar menos y dedicarse a la política.
No tardó en ser alcalde, y al mismo tiempo diputado.
En esos tiempos aprendió tanto a alargar su sombra que un día se quedó
sin espacio en su pueblo. Después de 10 años abandonó la alcaldía alardeando de
integridad, al no poder dedicarse plenamente a su pueblo, el pobre tenía que
compaginarlo con su ascendente carrera de diputado. Con la excusa de abrir
camino a gente nueva y capaz quedó la mar de bien, y los ciudadanos muy agradecidos.
Salió por la puerta grande y cortando muchas orejas. A parte de cortar el rollo a dos centros
cívicos, los trabajadores del servicio de recogida de basura y algún empresario
de la zona.
La capital fue su trampolín definitivo. En poco tiempo se situó en el
pequeño círculo que rodeaba al círculo del gobierno. A los pocos meses ya tenía
preparado su plan para llamar la atención del vicepresidente. Estaba maduro, era
un estratega, se puso un objetivo para los siguientes ocho años. Presidente.
Visca Catalunya.
Viva España.