El poeta
Amanecía, Ricardo
fumaba un cigarrillo apoyado en la barandilla del balcón del hotel que daba a
la plaza. En el otro lado, junto a los porches, unos operarios desmontaban el escenario. Era un domingo de agosto, se habían acabado las fiestas. Los obreros
del turno de las seis, ya iban camino de la serrería, su andar silencioso
contrastaba con el bullicio y las canciones de los últimos juerguistas que volvían
de matar la noche en alguno de los garitos del pueblo.
Ricardo dio
una calada, expulsó el humo, se sentía asqueado. Otra vez había hecho el truco
del poeta, pero ésta vez, se dijo, sería la última. En la cama, estirada de
espaldas, dormía una chica delgada desnuda; las sábanas dejaban al descubierto
parte de su anatomía: un pie, una pierna, una nalga, un trozo de la espalda, la
melena ondulada morena... Ricardo lanzó la colilla a la plaza, entró, contempló
el cuerpo con cierta admiración, pese a los cientos de experiencias, dejó un
libro encima de la mesilla, cogió su maleta con ruedas y salió de la
habitación.
A esa hora
de la mañana no había nadie en recepción, había pagado las dos noches de hotel
la tarde antes. Atravesó la plaza, giró a la derecha por una bocacalle y siguió
recto hasta cruzar el puente sobre el río. Una vez en el Mercedez biplaza, puso
música de Bach y condujo hasta la salida del pueblo.
Violeta tenía veintiún
años, estudiaba segundo de filología románica en la Universidad Complutense de
Madrid, era una buena estudiante, y ese año, por primera vez, se había
presentado al concurso de poesía de Albarado, el pueblo de su padre. Para ella
haber quedado segunda era un triunfo, porque el ganador era el maestro de la
escuela, considerado el poeta del pueblo, que había ganado el concurso varias
veces.
Aquella noche,
mientras estaba con sus amigos en un bar celebrando el segundo premio –el
pueblo estaba de fiesta, era la semana cultural-, se le acercó un hombre alto con
acento extranjero que dijo ser poeta y llamarse Amadeo Sasonado. La felicitó
por sus poemas –decía haberlos leído en la web del concurso- y le enseñó un
libro de poemas en italiano traducidos al castellano con los que había ganado
un concurso en Turín de donde era originario. Violeta leyó en un rincón del bar
algunos poemas y le parecieron sublimes, llenos de fuerza, muy diferentes de
los suyos que siempre le resultaban dulzones. El hombre se mostraba amable, por
sus comentarios se notaba que era culto, le contó que era un profesor de
literatura de la universidad de Turín y que en sus ratos libres se dedicaba a
escribir poemas.
Los amigos
de Violeta le explicaron que iban a cambiar de bar, pero ella les dijo que se
fueran que se quedaba con el poeta que acababa de conocer. Estuvieron bebiendo
y hablando de poesía y sobre la dificultad de publicar. Amadeo le contó que
había publicado cinco libros de poesía, pero que había tenido la suerte de
contar con un editor que sentía admiración por sus poemas. Violeta estaba
entusiasmada. Cambiaron varias veces de bar, las calles estaban rebosantes de
veraneantes que habían acudido a la semana cultural de Albarado.
Ya era tarde
cuando Amadeo le propuso a Violeta que fueran a su habitación para continuar
hablando de libros. Violeta no era tonta, sabía dónde se metía, pero no podía
negar que sentía atracción por ese profesor universitario de maneras delicadas
que tenía treinta años más que ella. En la habitación Amadeo le enseñó más
poemas que Violeta leyó con fruición. Entonces le pidió, si quería, que se
desnudara porque nada le inspiraba más que el cuerpo femenino. Violeta hacía
rato que quería darle lo que suponía que él quería, y eso hizo. Y no solo eso,
sino que también le hizo una felación tal como Amadeo Sasonado le pidió.
Finalmente hicieron el amor, y Violeta se quedó dormida.
Ricardo
conducía rápido por la A62 camino de Valladolid. Al día siguiente tenía una reunión
en la sede de la empresa cárnica de la que era Director Comercial, y el martes
volaba a Turín para ver a unos clientes habituales -iba a la ciudad italiana
varias veces al mes-. Se sentía cansado de hacer el papel de poeta y de
acostarse con jóvenes. Desde que había encontrado los libros de un poeta turinés
desconocido, algo más joven que él, en una librería de Turín, un tal Amadeo
Sasonado, en unas ediciones con la traducción en castellano, se hacía pasar por
él en las fiestas de los pueblos donde se celebraban certámenes poéticos. Y
siempre, inevitablemente, ligaba con alguna de las jóvenes participantes. A
Ricardo le gustaba la poesía y la literatura, tenía buen discurso y se tomó
aquello como un juego para ligar. El método era infalible. A lo largo de diez
años, desde que se separó de su mujer, habían pasado por sus manos más de
doscientas chicas, la mayoría estudiantes entregadas. Pero se sentía harto, lo
que empezó como una broma se había convertido en una obsesión sexual debido a
lo fácil que le resultaba. Nunca hubiera imaginado que el engaño funcionara
tanto, empezaba a tener una mala opinión de las mujeres por su extraña facilidad
para idolatrar. Ricardo sabía que si se presentaba como Ricardo carecía de interés
para cualquiera de ellas, pero también le dolía que en todo este tiempo ni una
sola lo hubiera amado a él.
Paró en un
área de servicio, se dirigió a los lavabos y al atravesar la cafetería escuchó:
“¡Amadeo…!, ¡Amadeo Sasonado!”, se giró y vio a una chica que no recordaba
haber visto que corría hacia él gritando.
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