lunes, 24 de noviembre de 2014

Cuento I (Txema)

El poeta

Amanecía, Ricardo fumaba un cigarrillo apoyado en la barandilla del balcón del hotel que daba a la plaza. En el otro lado, junto a los porches, unos operarios desmontaban el escenario. Era un domingo de agosto, se habían acabado las fiestas. Los obreros del turno de las seis, ya iban camino de la serrería, su andar silencioso contrastaba con el bullicio y las canciones de los últimos juerguistas que volvían de matar la noche en alguno de los garitos del pueblo.

Ricardo dio una calada, expulsó el humo, se sentía asqueado. Otra vez había hecho el truco del poeta, pero ésta vez, se dijo, sería la última. En la cama, estirada de espaldas, dormía una chica delgada desnuda; las sábanas dejaban al descubierto parte de su anatomía: un pie, una pierna, una nalga, un trozo de la espalda, la melena ondulada morena... Ricardo lanzó la colilla a la plaza, entró, contempló el cuerpo con cierta admiración, pese a los cientos de experiencias, dejó un libro encima de la mesilla, cogió su maleta con ruedas y salió de la habitación.

A esa hora de la mañana no había nadie en recepción, había pagado las dos noches de hotel la tarde antes. Atravesó la plaza, giró a la derecha por una bocacalle y siguió recto hasta cruzar el puente sobre el río. Una vez en el Mercedez biplaza, puso música de Bach y condujo hasta la salida del pueblo. 

Violeta tenía veintiún años, estudiaba segundo de filología románica en la Universidad Complutense de Madrid, era una buena estudiante, y ese año, por primera vez, se había presentado al concurso de poesía de Albarado, el pueblo de su padre. Para ella haber quedado segunda era un triunfo, porque el ganador era el maestro de la escuela, considerado el poeta del pueblo, que había ganado el concurso varias veces.

Aquella noche, mientras estaba con sus amigos en un bar celebrando el segundo premio –el pueblo estaba de fiesta, era la semana cultural-, se le acercó un hombre alto con acento extranjero que dijo ser poeta y llamarse Amadeo Sasonado. La felicitó por sus poemas –decía haberlos leído en la web del concurso- y le enseñó un libro de poemas en italiano traducidos al castellano con los que había ganado un concurso en Turín de donde era originario. Violeta leyó en un rincón del bar algunos poemas y le parecieron sublimes, llenos de fuerza, muy diferentes de los suyos que siempre le resultaban dulzones. El hombre se mostraba amable, por sus comentarios se notaba que era culto, le contó que era un profesor de literatura de la universidad de Turín y que en sus ratos libres se dedicaba a escribir poemas.

Los amigos de Violeta le explicaron que iban a cambiar de bar, pero ella les dijo que se fueran que se quedaba con el poeta que acababa de conocer. Estuvieron bebiendo y hablando de poesía y sobre la dificultad de publicar. Amadeo le contó que había publicado cinco libros de poesía, pero que había tenido la suerte de contar con un editor que sentía admiración por sus poemas. Violeta estaba entusiasmada. Cambiaron varias veces de bar, las calles estaban rebosantes de veraneantes que habían acudido a la semana cultural de Albarado.

Ya era tarde cuando Amadeo le propuso a Violeta que fueran a su habitación para continuar hablando de libros. Violeta no era tonta, sabía dónde se metía, pero no podía negar que sentía atracción por ese profesor universitario de maneras delicadas que tenía treinta años más que ella. En la habitación Amadeo le enseñó más poemas que Violeta leyó con fruición. Entonces le pidió, si quería, que se desnudara porque nada le inspiraba más que el cuerpo femenino. Violeta hacía rato que quería darle lo que suponía que él quería, y eso hizo. Y no solo eso, sino que también le hizo una felación tal como Amadeo Sasonado le pidió. Finalmente hicieron el amor, y Violeta se quedó dormida.

Ricardo conducía rápido por la A62 camino de Valladolid. Al día siguiente tenía una reunión en la sede de la empresa cárnica de la que era Director Comercial, y el martes volaba a Turín para ver a unos clientes habituales -iba a la ciudad italiana varias veces al mes-. Se sentía cansado de hacer el papel de poeta y de acostarse con jóvenes. Desde que había encontrado los libros de un poeta turinés desconocido, algo más joven que él, en una librería de Turín, un tal Amadeo Sasonado, en unas ediciones con la traducción en castellano, se hacía pasar por él en las fiestas de los pueblos donde se celebraban certámenes poéticos. Y siempre, inevitablemente, ligaba con alguna de las jóvenes participantes. A Ricardo le gustaba la poesía y la literatura, tenía buen discurso y se tomó aquello como un juego para ligar. El método era infalible. A lo largo de diez años, desde que se separó de su mujer, habían pasado por sus manos más de doscientas chicas, la mayoría estudiantes entregadas. Pero se sentía harto, lo que empezó como una broma se había convertido en una obsesión sexual debido a lo fácil que le resultaba. Nunca hubiera imaginado que el engaño funcionara tanto, empezaba a tener una mala opinión de las mujeres por su extraña facilidad para idolatrar. Ricardo sabía que si se presentaba como Ricardo carecía de interés para cualquiera de ellas, pero también le dolía que en todo este tiempo ni una sola lo hubiera amado a él.

Paró en un área de servicio, se dirigió a los lavabos y al atravesar la cafetería escuchó: “¡Amadeo…!, ¡Amadeo Sasonado!”, se giró y vio a una chica que no recordaba haber visto que corría hacia él gritando.


No hay comentarios:

Publicar un comentario