ALCOHOL (Felipe)
1
Gabriel pedalea por el arcén de
la carretera. El conductor del camión habla por el móvil. El vehículo apenas se
desplaza medio metro hacia la izquierda, suficiente para que el retrovisor
impacte en la cabeza de Gabriel.
El
fundido en negro dura tres años.
Cuando
despierta del coma siente un cansancio antiguo y la boca seca. Nota las llagas
de sus piernas y su trasero; se palpa con cuidado. Mira hacia la ventana de la
habitación. El cielo es una mezcla de azul mediterráneo y gris de polígono.
Barcelona.
Gabriel
recuerda quién es y lo que ha ocurrido. O más bien lo que ocurrió. Pero este matiz en el tiempo verbal él todavía lo
desconoce.
Recuerda
lentamente.
Una
enfermera entra en la habitación para lavarlo. Se llama Maite y, desde hace dos
años, lava a diario a Gabriel. Él no es más que un cuerpo inane, dócil, ligero.
Pura rutina. Por eso no puede reprimir un grito cuando se lo encuentra sentado
en la cama, mirando hacia la ventana.
–Tengo
sed –le dice con una voz áspera y, para él, irreconocible. Le duele hablar.
Maite
le trae un vaso con agua.
–¿Recuerda
usted cómo se llama? –le pregunta ella–. Beba usted despacio.
Siente
el frío del agua bajando por su garganta hasta el estómago. Es una sensación
agradable. Cuando vuelve a hablar, la garganta no le duele tanto, aunque su voz
le suena igualmente áspera y extraña.
–Me
llamo Gabriel, sí. Lo recuerdo. Recuerdo el accidente.
–Ha
perdido usted peso. Pero no se preocupe, está usted hecho un mozo –la engaña
Maite.
Gabriel
ha perdido 15 kilos de peso y mucha masa muscular. Su aspecto tiene una
inquietante fragilidad.
–Iré
a hablar con el médico –le dice Maite.
Y
sale de la habitación con la premura de la niña que tiene urgencia por dar una
buena noticia. Cinco minutos después toda la planta del hospital sabe que
Gabriel ha despertado y que es capaz de hablar y recordar.
La
misma Maite localiza por teléfono a Claudia, la mujer de Gabriel.
Quince minutos después Claudia entra
por la puerta del hospital. Conoce de memoria los pasillos interminables, la
lentitud de los viejos ascensores, el reconocible olor. Esta vez, sin embargo,
no es la memoria la que dicta sus pasos, sino un instinto y una fuerza que casi
la hacen volar.
Se
para delante de la puerta de la habitación. Se seca las lágrimas y se arregla
el pelo. Abre la puerta.
Gabriel
sigue sentado en la cama, mirando hacia la ventana. Las golondrinas tajan el
cielo de Barcelona. Es verano, piensa él. Metódicamente, intenta recordar de
qué libro habló en su última clase en la universidad, cuál es su comida
preferida, qué canción prefiere, cómo le gusta vestir, cómo le gusta hacer el
amor con su mujer.
–Gabriel
–dice Claudia.
Y
Gabriel la mira.
Claudia
empieza a llorar de nuevo. No quería hacerlo, pero son lágrimas que han salido
por la puerta trasera de su voluntad, sabias y libres.
Ella
se acerca y le acaricia el pelo. Él se lleva la mano de ella a los labios y le
besa los dedos. Se miran en silencio.
–No
puedo llorar–dice él.
–No
te preocupes, amor. Ya lloro yo por los dos.
Las semanas siguientes
transcurren entre la maravilla de haber vuelto a la vida, la rutina de la
rehabilitación y, sobre todo, el vacío sin consuelo de haber sido robado. Tres
años de su vida. Dónde están.
Él
recordaba a su hijo, Marcos, como un niño de nueve años, de pelo largo,
movimientos eléctricos y curiosidad extenuante, pero quien entró en la
habitación del hospital fue un adolescente primerizo de doce años, con acné en
la frente, una voz cambiante en busca de la madurez y unos movimientos lentos
dictados por la desidia. En su mirada había amor, sí, pero no exactamente
felicidad. Gabriel detectó en su hijo cierta contrariedad por estar de nuevo
con un padre al que, tal vez, ya no esperaba.
Ocurrió
lo mismo cuando entraron en casa. Todo había cambiado. Los muebles, el color de
las paredes, incluso la cocina.
–Hicimos
reformas –se justificó Claudia–. Fue una manera de distraerme de la desgracia,
Gabriel .
–Me
gusta así –mintió él.
Al
entrar en su estudio y encontrarse de nuevo con sus libros y su mesa de
trabajo, se reconoció a sí mismo con mucha más claridad que cuando se vio por
primera vez en el espejo del lavabo del hospital, más delgado y pálido, y con
la mirada inexpresiva, se diría que congelada en un momento de apatía.
Sus
libros, sin embargo, le decían algo totalmente reconocible.
Eres
tú.
Estás
aquí.
Bienvenido.
Sobre
la mesa encuentra libro de aforismos de Nietzsche. Supo por un amigo la
anécdota del momento en que Nietzsche enloqueció y, llorando sin consuelo, se
abrazó a un caballo maltratado por su dueño en una calle de Turín. Le gustó
tanto esa anécdota que, el día antes del accidente, se había comprado un libro
del autor alemán. Pero no tuvo tiempo de empezar a leerlo. Al abrirlo se
encontró con esta frase: “Quien tiene algo por qué vivir, es capaz de soportar
cualquier cómo”.
Cinco días después de haber
llegado a casa, Gabriel y Claudia intentan hacer el amor. Pero nada funciona.
Dos cuerpo abriendo puertas equivocadas.
A
la mañana siguiente, su hijo ya se ha ido al colegio y Claudia está en la
cocina tomando un café.
–¿Has
dormido bien? –quiere saber ella.
–A
ratos –dice él–. Amor, no le demos demasiadas vueltas a lo de ayer.
–¿Te
has dado cuenta de que ya no fumas? –pregunta precipitadamente Claudia,
cambiando de tema.
–Lo
he recordado esta noche, sí. La verdad es que no tengo ganas de fumar. Resulta
un poco siniestro que empezara a hacer ciclismo para que me ayudara a dejar de
fumar, pero que lo realmente efectivo haya sido un accidente de carretera.
–Bueno,
sea como sea, es un motivo de alegría.
–Supongo.
Y
se quedan en silencio. Él empieza a leer el diario en la tablet, y se pone al día
de la actualidad que dejó tres años atrás. Las novedades le saltan al cuello.
Hace tres años, España, más que un país, parecía una pesadilla extravagante:
crisis económica, corrupción política, anhelos independentistas. Hoy todo ha
cambiado. Cataluña prospera como paraíso fiscal fuera de UE, y España, más
empobrecida, pero con un gobierno de izquierda radical, invierte en I+D más que
ningún otro país europeo y ha nacionalizado prácticamente todas las grandes
empresas.
Gabriel
mira a Claudia, que bebe café y ojea una revista de decoración. Ella misma es
interiorista; con la crisis menguaron los encargos, pero logró mantener el
caché con unos pocos trabajos muy bien escogidos y ejecutados con una
excelencia que no pasó desapercibida. Veinte años después de haber creado su
estudio, seguía siendo referencia en el mundillo barcelonés. Tenía cuarenta y
cinco años, los mismo que Gabriel, y seguía siendo una mujer guapa: el pelo
largo, rizado y rubio; los ojos azules y pequeños; un buen trasero y unos pechos
de pezones anchos y lisos y de un color ligeramente más oscuro que la rosada
piel. Una belleza escandinava, pensaba Gabriel. Se conocían desde los dieciséis
años. Se querían con una profundidad natural y doméstica.
–Cariño,
tengo algo que decirte y no sé cómo hacerlo –le dice ella.
–Suéltalo
tal cual, amor.
Claudia
aún tarda unos segundos en decirlo. No levanta la mirada de la revista.
–Tengo
una relación con otro hombre. Hace más de un año. Y no lo quiero dejar.
Nada
cambia en el rostro de Gabriel. Mira a su mujer con dulzura, sin atisbo de
resentimiento o contrariedad.
–No
tienes por qué dejarlo, Claudia. Imagino que eso quiere decir que lo quieres.
–Sí.
–¿Y
él a ti?
–Estoy
segura de que sí.
–Entonces
esta es una situación que debemos resolver.
Este
sí era el Gabriel de siempre. Tierno y analítico a la vez. Claudia solía
compararlo con un GPS: ponía una dirección de partida y una de llegada, y daba
igual si se trataba de un problema sentimental o de una cuestión laboral: había
que averiguar cuál era el mejor camino para llegar al destino.
2
Más allá de la copa ocasional, la
cerveza festiva o el vino solemne, Gabriel no conocía el alcohol. Es decir, no
conocía el mundo subterráneo del alcohol.
La
separación de Claudia era inevitable, pero convinieron en que no debía ser
dramática. Ambos activaron el GPS: hasta que Gabriel no estuviera recuperado
totalmente del accidente, él seguiría viviendo en la casa familiar; hablaron
con Marcos, que comprendió la situación, aunque no dudó en decirle a su madre
que no le apetecía nada que otro hombre viniera a vivir a su casa.
La
prueba definitiva, sin embargo, de que Gabriel se recuperaba, se dio cuando
comenzó de nuevo sus clases de literatura comparada en la universidad. Eran a
penas cinco clases a la semana, lo suficiente para tener ciertos ingresos y un
espejismo de normalidad.
Los
tres empezaron a buscar piso para él.
Finalmente
decidió no quedarse en Barcelona. Girona le apeteció como alternativa: gracias
al AVE en poco más de treinta minutos se plantaba en la universidad. Girona era
una ciudad pequeña, hermosa y con habitantes vagamente impermeables. También
era una ciudad universitaria, de ambiente nocturno, joven e irreflexivo. Y
esto, que en otro momento de la vida de Gabriel habría sido invisible a sus
deseos, ahora le apareció un territorio apetecible.
Empezó
a visitar una taberna irlandesa de las ramblas de Girona, frecuentada sobre
todo por los turistas ingleses que aterrizaban en la ciudad gracias al low
cost. Mientras miraba partidos de fútbol de la premier en la televisión, Gabriel, de un modo un tanto arbitrario,
empezó con la cerveza tostada. Era amarga, densa y suave. Le gustaba.
En
esa época empezó a escribir un ensayo, provisionalmente titulado Novelistas del cielo, que trataba de
aquellos narradores que, a su juicio, tenían un impulso poético que trascendía
el corsé de la trama o de las estructuras comunes de la novela más clásica:
Onetti, Lobo Antunes, Rulfo, Faulkner, Michon… Autores de su predilección que
él había enseñado en la universidad como ejemplo de pulsión poética y destreza
narrativa.
En
la taberna acababa su rutina diaria. Se despertaba a las 7 de la mañana, hacía un
poco de ejercicio –costumbre adquirida durante la rehabilitación–, y después lectura
y escritura hasta medio día; comida, siesta y, a media tarde, paseo por la
muralla de Girona. Le gustaba el esfuerzo de subir y bajar las empinadas
escaleras, caminar por el estrecho y largo pasillo de piedra –con unas
inclinaciones que a él siempre le hacían pensar en algunas escenas de
Hichtcock–, mirar desde lo alto el barrio judío, bajar por el jardín de los
Alemanes y perderse después por esas calles de severas piedras llenas de
historia.
Sobre
las ocho de la tarde recalaba en la taberna. Se sentaba en la barra, pedía una
cerveza tostada, unos cacahuetes, y alternaba la lectura de un libro con el
partido de fútbol que en aquel momento estuvieran echando en el Canal de
deportes. Le gustaba cuando la taberna estaba llena de parroquianos ruidosos y
le gustaba cuando estaba vacía. Después de dos o tres pintas, cuando el alcohol
lo había empezado a mecer, volvía a casa.
El
invierno húmedo y categórico de Girona hacía unos días que asomaba el hocico
más allá del río Onyar. Gabriel caminaba hasta el pequeño apartamento que había
alquilado en la calle del Nord. Tenía a veces la sensación de estarse
adentrando en la vida de otra persona.
3
Las noches se alargan y las
mañanas se reducen. Ha vuelto a fumar. Las siestas son más largas y espesas. En
la taberna lo reciben con una familiaridad no exenta de extrañeza. Cada tarde llega
más temprano. Se sienta en la barra, pide una pinta de cerveza, mira el
sempiterno partido de la premier en
la televisión, y hojea algún libro sin tomar notas; las páginas de su ensayo se
alejan en cada trago.
Desde hace un tiempo, a la rutina triangular –partido,
cerveza, lectura– se añade la tozuda y resplandeciente imagen de las
estanterías llenas de botellas de alcohol. Gabriel los empieza a probar.
Primero con cautela, como el niño que no acaba de confiar en el jarabe que sus
padres le obligan a tomar y apenas adelanta los labios para mojarlos sin riesgo.
Pero una vez Gabriel descubre que tal whisky o aquel vodka le gustan sin
mayores esfuerzos, se acostumbra a alternarlos con las cervezas tostadas.
Las
horas entonces se tocan, empieza a cenar en la misma taberna y empalma un
partido de fútbol con otro; la lectura languidece hasta desaparecer. Se sienta
en el extremo más oscuro de la barra. Desde allí todavía puede ver la televisión
pero no está tan expuesto. Puede ver a la gente que entra y sale, bebe, come,
charla y se va; como turnos de un comedor escolar, mira a los diferentes grupos
de personas mientras él, pétreo en su esquina, bebe y observa.
Se
espacian cada vez más las llamadas a su hijo y le resulta sorprendente la
lejanía actual del amor que sintió por Claudia. Cada vez acuden menos alumnos a
sus clases; y aunque nunca bebe los días de universidad, cómo esconder la
dejadez de su aspecto, el sobrepeso, la rutinaria y envejecida voz con la que
analiza ciertas novelas y poemas. Donde antes había pasión, hoy sólo hay oficio
y desidia.
Esta
noche le pide a la camarera –a quien llama por su nombre– que le ponga una
pinta de cerveza, pero que hoy le añada dentro un chupito de whisky. El día
antes, en una película, ha visto que ese era el desayuno de unos estibadores escoceses,
y quiere probarlo. Le gusta tanto que decide pedir todas las pintas de cervezas
con esa pequeña carga de profundidad.
¿Cuánto
tiempo ha pasado desde que despertó del coma? Apenas dos años. Le parece que
hace siglos. Recuerda la sorpresa, un poco infantil, de aquella enfermera que
lo encontró despierto. Dos años. Es doloroso calcular o medir el tiempo
teniendo como referencia el tiempo robado en el limbo inasible y egoísta del
coma. Gabriel lo hace sin darse cuenta. Quien despertó fue ya otro, piensa:
Gabriel murió a lo largo de esos tres años, con cada cambio que su vida fue
haciendo sin su aprobación. A quién culpar.
La
puerta de la taberna se abre, Gabriel mira quién es. Siempre lo hace. Confusamente
desea, en el destierro sin orillas del alcohol, que alguien le traiga ese
tiempo perdido. Pero nunca sucede.
Rodea
con las dos manos la pinta de cerveza. Otros, llorando, rodearon el cuello de
un caballo. Un último trago. Si no tiene nada por qué vivir, tampoco tiene que
soportar ningún cómo.
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