lunes, 10 de noviembre de 2014

ALCOHOL (Felipe)
                                                                                          


    1                                                                                                      

Gabriel pedalea por el arcén de la carretera. El conductor del camión habla por el móvil. El vehículo apenas se desplaza medio metro hacia la izquierda, suficiente para que el retrovisor impacte en la cabeza de Gabriel.
    El fundido en negro dura tres años.
    Cuando despierta del coma siente un cansancio antiguo y la boca seca. Nota las llagas de sus piernas y su trasero; se palpa con cuidado. Mira hacia la ventana de la habitación. El cielo es una mezcla de azul mediterráneo y gris de polígono. Barcelona.
    Gabriel recuerda quién es y lo que ha ocurrido. O más bien lo que ocurrió. Pero este matiz en el tiempo verbal él todavía lo desconoce.
    Recuerda lentamente.
    Una enfermera entra en la habitación para lavarlo. Se llama Maite y, desde hace dos años, lava a diario a Gabriel. Él no es más que un cuerpo inane, dócil, ligero. Pura rutina. Por eso no puede reprimir un grito cuando se lo encuentra sentado en la cama, mirando hacia la ventana.
    –Tengo sed –le dice con una voz áspera y, para él, irreconocible. Le duele hablar.
    Maite le trae un vaso con agua.
    –¿Recuerda usted cómo se llama? –le pregunta ella–. Beba usted despacio.
    Siente el frío del agua bajando por su garganta hasta el estómago. Es una sensación agradable. Cuando vuelve a hablar, la garganta no le duele tanto, aunque su voz le suena igualmente áspera y extraña.
    –Me llamo Gabriel, sí. Lo recuerdo. Recuerdo el accidente.
    –Ha perdido usted peso. Pero no se preocupe, está usted hecho un mozo –la engaña Maite.
    Gabriel ha perdido 15 kilos de peso y mucha masa muscular. Su aspecto tiene una inquietante fragilidad.
    –Iré a hablar con el médico –le dice Maite.
    Y sale de la habitación con la premura de la niña que tiene urgencia por dar una buena noticia. Cinco minutos después toda la planta del hospital sabe que Gabriel ha despertado y que es capaz de hablar y recordar.
    La misma Maite localiza por teléfono a Claudia, la mujer de Gabriel.
   
Quince minutos después Claudia entra por la puerta del hospital. Conoce de memoria los pasillos interminables, la lentitud de los viejos ascensores, el reconocible olor. Esta vez, sin embargo, no es la memoria la que dicta sus pasos, sino un instinto y una fuerza que casi la hacen volar.
    Se para delante de la puerta de la habitación. Se seca las lágrimas y se arregla el pelo. Abre la puerta.
    Gabriel sigue sentado en la cama, mirando hacia la ventana. Las golondrinas tajan el cielo de Barcelona. Es verano, piensa él. Metódicamente, intenta recordar de qué libro habló en su última clase en la universidad, cuál es su comida preferida, qué canción prefiere, cómo le gusta vestir, cómo le gusta hacer el amor con su mujer.
    –Gabriel –dice Claudia.
    Y Gabriel la mira.
    Claudia empieza a llorar de nuevo. No quería hacerlo, pero son lágrimas que han salido por la puerta trasera de su voluntad, sabias y libres.
    Ella se acerca y le acaricia el pelo. Él se lleva la mano de ella a los labios y le besa los dedos. Se miran en silencio.
    –No puedo llorar–dice él.
    –No te preocupes, amor. Ya lloro yo por los dos.

Las semanas siguientes transcurren entre la maravilla de haber vuelto a la vida, la rutina de la rehabilitación y, sobre todo, el vacío sin consuelo de haber sido robado. Tres años de su vida. Dónde están.
    Él recordaba a su hijo, Marcos, como un niño de nueve años, de pelo largo, movimientos eléctricos y curiosidad extenuante, pero quien entró en la habitación del hospital fue un adolescente primerizo de doce años, con acné en la frente, una voz cambiante en busca de la madurez y unos movimientos lentos dictados por la desidia. En su mirada había amor, sí, pero no exactamente felicidad. Gabriel detectó en su hijo cierta contrariedad por estar de nuevo con un padre al que, tal vez, ya no esperaba.
    Ocurrió lo mismo cuando entraron en casa. Todo había cambiado. Los muebles, el color de las paredes, incluso la cocina.
  –Hicimos reformas –se justificó Claudia–. Fue una manera de distraerme de la desgracia, Gabriel .
    –Me gusta así –mintió él.
    Al entrar en su estudio y encontrarse de nuevo con sus libros y su mesa de trabajo, se reconoció a sí mismo con mucha más claridad que cuando se vio por primera vez en el espejo del lavabo del hospital, más delgado y pálido, y con la mirada inexpresiva, se diría que congelada en un momento de apatía.
    Sus libros, sin embargo, le decían algo totalmente reconocible.
    Eres tú.
    Estás aquí.
    Bienvenido.
    Sobre la mesa encuentra libro de aforismos de Nietzsche. Supo por un amigo la anécdota del momento en que Nietzsche enloqueció y, llorando sin consuelo, se abrazó a un caballo maltratado por su dueño en una calle de Turín. Le gustó tanto esa anécdota que, el día antes del accidente, se había comprado un libro del autor alemán. Pero no tuvo tiempo de empezar a leerlo. Al abrirlo se encontró con esta frase: “Quien tiene algo por qué vivir, es capaz de soportar cualquier cómo”.
   
Cinco días después de haber llegado a casa, Gabriel y Claudia intentan hacer el amor. Pero nada funciona. Dos cuerpo abriendo puertas equivocadas.
    A la mañana siguiente, su hijo ya se ha ido al colegio y Claudia está en la cocina tomando un café.                 
    –¿Has dormido bien? –quiere saber ella.
    –A ratos –dice él–. Amor, no le demos demasiadas vueltas a lo de ayer.
    –¿Te has dado cuenta de que ya no fumas? –pregunta precipitadamente Claudia, cambiando de tema.
    –Lo he recordado esta noche, sí. La verdad es que no tengo ganas de fumar. Resulta un poco siniestro que empezara a hacer ciclismo para que me ayudara a dejar de fumar, pero que lo realmente efectivo haya sido un accidente de carretera.
    –Bueno, sea como sea, es un motivo de alegría.
    –Supongo.
    Y se quedan en silencio. Él empieza a leer el diario en la tablet, y se pone al día de la actualidad que dejó tres años atrás. Las novedades le saltan al cuello. Hace tres años, España, más que un país, parecía una pesadilla extravagante: crisis económica, corrupción política, anhelos independentistas. Hoy todo ha cambiado. Cataluña prospera como paraíso fiscal fuera de UE, y España, más empobrecida, pero con un gobierno de izquierda radical, invierte en I+D más que ningún otro país europeo y ha nacionalizado prácticamente todas las grandes empresas.
    Gabriel mira a Claudia, que bebe café y ojea una revista de decoración. Ella misma es interiorista; con la crisis menguaron los encargos, pero logró mantener el caché con unos pocos trabajos muy bien escogidos y ejecutados con una excelencia que no pasó desapercibida. Veinte años después de haber creado su estudio, seguía siendo referencia en el mundillo barcelonés. Tenía cuarenta y cinco años, los mismo que Gabriel, y seguía siendo una mujer guapa: el pelo largo, rizado y rubio; los ojos azules y pequeños; un buen trasero y unos pechos de pezones anchos y lisos y de un color ligeramente más oscuro que la rosada piel. Una belleza escandinava, pensaba Gabriel. Se conocían desde los dieciséis años. Se querían con una profundidad natural y doméstica.
    –Cariño, tengo algo que decirte y no sé cómo hacerlo –le dice ella.
    –Suéltalo tal cual, amor.
    Claudia aún tarda unos segundos en decirlo. No levanta la mirada de la revista.
    –Tengo una relación con otro hombre. Hace más de un año. Y no lo quiero dejar.
    Nada cambia en el rostro de Gabriel. Mira a su mujer con dulzura, sin atisbo de resentimiento o contrariedad.
    –No tienes por qué dejarlo, Claudia. Imagino que eso quiere decir que lo quieres.
    –Sí.
    –¿Y él a ti?
    –Estoy segura de que sí.
    –Entonces esta es una situación que debemos resolver.
    Este sí era el Gabriel de siempre. Tierno y analítico a la vez. Claudia solía compararlo con un GPS: ponía una dirección de partida y una de llegada, y daba igual si se trataba de un problema sentimental o de una cuestión laboral: había que averiguar cuál era el mejor camino para llegar al destino.

                                                                         

    2

Más allá de la copa ocasional, la cerveza festiva o el vino solemne, Gabriel no conocía el alcohol. Es decir, no conocía el mundo subterráneo del alcohol.
    La separación de Claudia era inevitable, pero convinieron en que no debía ser dramática. Ambos activaron el GPS: hasta que Gabriel no estuviera recuperado totalmente del accidente, él seguiría viviendo en la casa familiar; hablaron con Marcos, que comprendió la situación, aunque no dudó en decirle a su madre que no le apetecía nada que otro hombre viniera a vivir a su casa.
    La prueba definitiva, sin embargo, de que Gabriel se recuperaba, se dio cuando comenzó de nuevo sus clases de literatura comparada en la universidad. Eran a penas cinco clases a la semana, lo suficiente para tener ciertos ingresos y un espejismo de normalidad.
    Los tres empezaron a buscar piso para él.
    Finalmente decidió no quedarse en Barcelona. Girona le apeteció como alternativa: gracias al AVE en poco más de treinta minutos se plantaba en la universidad. Girona era una ciudad pequeña, hermosa y con habitantes vagamente impermeables. También era una ciudad universitaria, de ambiente nocturno, joven e irreflexivo. Y esto, que en otro momento de la vida de Gabriel habría sido invisible a sus deseos, ahora le apareció un territorio apetecible.
    Empezó a visitar una taberna irlandesa de las ramblas de Girona, frecuentada sobre todo por los turistas ingleses que aterrizaban en la ciudad gracias al low cost. Mientras miraba partidos de fútbol de la premier en la televisión, Gabriel, de un modo un tanto arbitrario, empezó con la cerveza tostada. Era amarga, densa y suave. Le gustaba.
    En esa época empezó a escribir un ensayo, provisionalmente titulado Novelistas del cielo, que trataba de aquellos narradores que, a su juicio, tenían un impulso poético que trascendía el corsé de la trama o de las estructuras comunes de la novela más clásica: Onetti, Lobo Antunes, Rulfo, Faulkner, Michon… Autores de su predilección que él había enseñado en la universidad como ejemplo de pulsión poética y destreza narrativa.
    En la taberna acababa su rutina diaria. Se despertaba a las 7 de la mañana, hacía un poco de ejercicio –costumbre adquirida durante la rehabilitación–, y después lectura y escritura hasta medio día; comida, siesta y, a media tarde, paseo por la muralla de Girona. Le gustaba el esfuerzo de subir y bajar las empinadas escaleras, caminar por el estrecho y largo pasillo de piedra –con unas inclinaciones que a él siempre le hacían pensar en algunas escenas de Hichtcock–, mirar desde lo alto el barrio judío, bajar por el jardín de los Alemanes y perderse después por esas calles de severas piedras llenas de historia.
    Sobre las ocho de la tarde recalaba en la taberna. Se sentaba en la barra, pedía una cerveza tostada, unos cacahuetes, y alternaba la lectura de un libro con el partido de fútbol que en aquel momento estuvieran echando en el Canal de deportes. Le gustaba cuando la taberna estaba llena de parroquianos ruidosos y le gustaba cuando estaba vacía. Después de dos o tres pintas, cuando el alcohol lo había empezado a mecer, volvía a casa.
    El invierno húmedo y categórico de Girona hacía unos días que asomaba el hocico más allá del río Onyar. Gabriel caminaba hasta el pequeño apartamento que había alquilado en la calle del Nord. Tenía a veces la sensación de estarse adentrando en la vida de otra persona.


    3

Las noches se alargan y las mañanas se reducen. Ha vuelto a fumar. Las siestas son más largas y espesas. En la taberna lo reciben con una familiaridad no exenta de extrañeza. Cada tarde llega más temprano. Se sienta en la barra, pide una pinta de cerveza, mira el sempiterno partido de la premier en la televisión, y hojea algún libro sin tomar notas; las páginas de su ensayo se alejan en cada trago.
     Desde hace un tiempo, a la rutina triangular –partido, cerveza, lectura– se añade la tozuda y resplandeciente imagen de las estanterías llenas de botellas de alcohol. Gabriel los empieza a probar. Primero con cautela, como el niño que no acaba de confiar en el jarabe que sus padres le obligan a tomar y apenas adelanta los labios para mojarlos sin riesgo. Pero una vez Gabriel descubre que tal whisky o aquel vodka le gustan sin mayores esfuerzos, se acostumbra a alternarlos con las cervezas tostadas.
    Las horas entonces se tocan, empieza a cenar en la misma taberna y empalma un partido de fútbol con otro; la lectura languidece hasta desaparecer. Se sienta en el extremo más oscuro de la barra. Desde allí todavía puede ver la televisión pero no está tan expuesto. Puede ver a la gente que entra y sale, bebe, come, charla y se va; como turnos de un comedor escolar, mira a los diferentes grupos de personas mientras él, pétreo en su esquina, bebe y observa.
    Se espacian cada vez más las llamadas a su hijo y le resulta sorprendente la lejanía actual del amor que sintió por Claudia. Cada vez acuden menos alumnos a sus clases; y aunque nunca bebe los días de universidad, cómo esconder la dejadez de su aspecto, el sobrepeso, la rutinaria y envejecida voz con la que analiza ciertas novelas y poemas. Donde antes había pasión, hoy sólo hay oficio y desidia.
    Esta noche le pide a la camarera –a quien llama por su nombre– que le ponga una pinta de cerveza, pero que hoy le añada dentro un chupito de whisky. El día antes, en una película, ha visto que ese era el desayuno de unos estibadores escoceses, y quiere probarlo. Le gusta tanto que decide pedir todas las pintas de cervezas con esa pequeña carga de profundidad.
    ¿Cuánto tiempo ha pasado desde que despertó del coma? Apenas dos años. Le parece que hace siglos. Recuerda la sorpresa, un poco infantil, de aquella enfermera que lo encontró despierto. Dos años. Es doloroso calcular o medir el tiempo teniendo como referencia el tiempo robado en el limbo inasible y egoísta del coma. Gabriel lo hace sin darse cuenta. Quien despertó fue ya otro, piensa: Gabriel murió a lo largo de esos tres años, con cada cambio que su vida fue haciendo sin su aprobación. A quién culpar.
    La puerta de la taberna se abre, Gabriel mira quién es. Siempre lo hace. Confusamente desea, en el destierro sin orillas del alcohol, que alguien le traiga ese tiempo perdido. Pero nunca sucede.
    Rodea con las dos manos la pinta de cerveza. Otros, llorando, rodearon el cuello de un caballo. Un último trago. Si no tiene nada por qué vivir, tampoco tiene que soportar ningún cómo.


     


   
   
   

    

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