sábado, 8 de noviembre de 2014

Alcohol (Tomás)


Andy cogió un paquete de gambas del congelador y lo escondió en el bolsillo interior de su vieja gabardina. Luego, empujando un carro vacío de la compra, se dirigió a la sección de carnes.


El supermercado de la gran superficie estaba vacío. En la sección de carnes no había nadie. La chica de detrás del mostrador estaba sentada hablando por el móvil mientras se pintaba las uñas. Llevaba hablando por teléfono y haciéndose las uñas toda la tarde. Andy se hizo notar. La chica se dio cuenta de su presencia, acabó su conversación con un “hasta luego” y se levanto con toda la parsimonia del mundo.

Preguntó a Andy de forma desganada qué quería y este le respondió que quería los dos mejores filetes que hubiera en toda la tienda. Que tenia una cena importante y quería ofrecer un buen pedazo de carne a su invitada. Mientras le decía esto Andy se comía con los ojos a la empleada. Esta, de labios pintados y mirada fácil, no rechazaba las miradas lascivas de Andy. Le puso los dos filetes bien cortados de un buen pedazo de carne de vaca que troceó con un gran cuchillo bien afilado. Empaquetó los dos pedazos de vacuno, los pesó, los envolvió en un papel y grapó el ticket en la bolsa que le dio. Se cruzaron una última mirada juguetona y Andy se marchó.

La chica cogió su móvil, se volvió a sentar en su rincón, marco el número del hombre con el que estaba hablando antes de que él llegara y reanudó sus conversación.

De camino hacia la sección de alcohol, Andy tomo “prestadas” de las estanterías de la sección de frutos secos un par de bolsas de cacahuetes salados que escondió en el otro bolsillo interior de su gabardina. Le encantaban los cacahuetes. Se podía comer una bolsa entera en pocos minutos uno detrás de otro. Y cuando lo hacía no tenía ni el menor asombro de remordimiento.

Tampoco lo tuvo cuando dejó de estudiar y se dedicó durante unos años a vagabundear por el país sin rumbo, trabajo, ni pareja conocida.

En la sección de alcohol se detuvo ante la inmensa pared de botellas que se le ofrecía. Agarró dos botellas de un vino tinto pasable, una de whisky de malta que le gustaba especialmente y tres packs de
cerveza baratas. Lo puso todo en el carro de la compra y siguió su camino en medio de los pasillos desiertos de la gran superficie.

Se acercó entonces a la sección de congelados y se fue paseando por entre las neveras. Encontró la sección de las patatas fritas. Abrió la portezuela transparente y tras una rápida comparación de precios cogió una bolsa de patatas fritas congeladas tamaño extra.


Siguió adelante y se detuvo en la nevera de los postres y helados. Observó unos instantes las variantes de pasteles helados que había y decidió llevar-se un brazo de nata y frambuesa tamaño medio.

Lo puso en el carrito y se dirigió entonces hacía la caja para salir.

El supermercado se encontraba metido dentro de una inmensa superficie comercial que antaño había sido el centro de la vida social de la comarca. Ahora, después de la salvaje crisis y de los movimientos migratorios hacia la gran ciudad aquello estaba muy desangelado. La mayoría de las tiendas cerradas, con la persiana bajada, y papales y restos de materiales y mobiliario tirados por ahí.

Inmensos bosques de arces y pinos rodeaban el lugar. Una enorme explanada de cemento a modo de parking acompañaba totalmente vacía la estampa. A penas cuatro coches mal contados y alguna furgoneta de carga.

Andy se presentó ante la mujer de la caja. Puso encima de la cinta todos los productos del carro y sonrió. Ella, una mujer rellena, de pelo rubio mal teñido y unos cincuenta años, que no estaba para sonrisas guasonas, le preguntó si eso era todo. Andy, seco, le contestó que claro, que eso era todo y a renglón seguido dijo:


-Porqué, te parece poco?


Ella contestó de inmediato mientras iba pasando los productos por el
laser del precio.

-A mi no me parece nada.

-Perfecto-zanjó Andy.

La mujer acabó de contabilizar todos los productos y alargó el tiquet de la cuenta a Andy.

-Son cuarenta y seis con sesenta.

Andy, parsimoniosamente, rebuscó en los bolsillos del pantalón en busca de billetes y monedas. Lanzó sobre la cinta todo lo que había

encontrado. Un par de billetes arrugados y siete u ocho monedas de distinto pelaje.


La mujer, con calma añadida, contó, mientras intentaba adecentar aquellos billetes maltratados, el total del dinero entregado.

-Te Faltan siete, llevas algo mas?


Andy, fastidiado por el tono profesoral de la dependienta, rastreó con sus manos el fondo de ambos bolsillos sin encontrar nada.

Cogió entonces el brazo de nata y frambuesa tamaño medio y lo retiró del montón de productos ya contabilizados.


-Vale con eso?


La mujer lo volvió a pasar por el lector de láser y descontó el precio
del total de la compra.

-No, todavía te faltan uno con sesenta.


Andy esbozó una mueca de sonrisa helada y se quedó en silencio mirando a la mujer. Esta le aguanto la mirada impertérrita sin decir ni mu. Andy resopló. La mujer levantó ligeramente las cejas.

Finalmente Andy retiró del montón una de las botellas de vino que quería adquirir. La mujer la pasó por el contador laser y dijo:

-Ahora te debo yo tres-Los retiró del montón de monedas que seguían allí entre los dos y dio por cerrado el “acuerdo”.

-tienes un par de bolsas?-preguntó entonces Andy.

-Si, son cero con sesenta.

Andy volvió a meter las manos en los bolsillo y sacó tres monedas de veinte que lanzó de forma desganada sobre la cinta. Ella le dio las bolsas y recogió las monedas sin acusar apenas el gesto pretendidamente desafiante de lanzar el dinero de aquella forma. Andy rellenó las bolsas con la botella de vino, las patatas congeladas, el whisky, los packs de cerveza y la bolsa con los dos filetes de carne. Salió hacia la puerta contento. Tenía el menú completo para la cena, con las gambas, que seguían enfriando-le el pecho, de entrante y unos cacahuetes para picar de aperitivo con la cerveza.


Atravesó la inmensa explana del parking hasta llegar a su furgoneta Ford con una bolsa en cada mano.

Hacía un sol radiante en un día de invierno limpio. El aire era fresco y saludable. Daban ganas de respirar. Andy, antes de subir a la
furgoneta llenó los pulmones y al exhalar gritó de alegría en medio de aquel parking desolado. Aquello resonó con un poderoso eco en medio del bosque que tenía enfrente.

Conducía escuchando con el volumen alto a un cantautor guitarra en mano que se desgañitaba triste y quejoso. La ventanilla del conductor abierta y el brazo apoyado en el dintel de la puerta relajado. Una mano al volante y un cigarrillo en la boca.
Avanzaba por la descuidada carretera entre arboles inmensos. De hecho avanzaba entre una pared imponente de verde. De verdes de distintos tonos. La nieve no había llegado aun. No podía tardar.


Se cruzó entonces con un jeep destartalado en una inmensa recta. Una vez dejó atrás aquel jeep le vinieron ganas de mear.

Siempre le sucedía lo mismo. Se olvidaba de mear al salir de los sitios y las ganas de hacerlo le asaltaban entonces en los espacios públicos.

Fue frenando despacio hasta que aparco la furgoneta en el arcén con las ruedas metidas en la tierra. Bajo del coche y se dirigió hacia los primeros arboles del bosque para ocultarse y mear.

Se escondió tras un arce enorme de tronco gigantesco y se dispuso a aliviar su próstata. A media operación alzó la mirada al frente y allí estaba. Un ciervo enorme mirándole a cierta distancia.


Bello animal. Elegante y estilizado. Quieto y con la mirada fija en él y en el ruido que hacia su pipí al caer al suelo.

Andy también se quedo mirándole. Vivir allí, en medio de aquellos bosques apartados de la civilización, en el culo del mundo, tenía ventajas e inconvenientes. Pero sin duda una de las grandes maravillas que ofrecía aquello era poder tener encuentros como ese en medio de la nada.

Poder disfrutar de repente de un animal tan bello como ese ciervo solo para él.

Acabó de mear, cerro la cremallera del pantalón y se quedó quieto aguantando la respiración. Entonces, sin previo aviso el ciervo se dio la vuelta y se marchó con paso ligero adentrándose entre los arboles del bosque hasta que lo perdió de vista.

La canción que sonaba ahora en la radio hablaba del típico amor echado a perder y de la tristeza que sentía el cantante, que, oh pobre, añoraba a aquella mujer que ya nunca mas estaría con él.


Andy aparcó la furgoneta, ligera derrapada mediante, frente al motor-home en el que habitaba.

Cogió las bolsas de la compra, salió y se metió en la casa. Eran las seis de la tarde. Quedaba todavía un buen rato antes de que Lucy
apareciera. Habían quedado a las nueve y Lucy, por lo que intuía, llegaría por lo menos media hora tarde.

Dejó las bolsas con la comida en la nevera. Los filetes y las cervezas en la parte central. Las patatas y las gambas en el pequeño congelador. Abrió una cerveza y una bolsa de cacahuetes, se sentó en el diminuto sofá frente al televisor y se dispuso a ver la segunda parte del partido de los sábados. Y viéndolo se durmió.

Su motor-home estaba aparcado en medio de una zona de camping abandonada no lejos de un pequeño pueblo donde había cuatro tiendas, un par de bares; a los que Andy acudía con frecuencia; y un restaurante abierto las veinte y cuatro horas del día.
Había cerca de la suya un par mas de motor-homes y caravanas mas. Tres vecinos que se llevaban mas o menos bien. Se dejaban en paz, sin mas. Cada uno iba a lo suyo.

Andy se despertó de golpe. El partido ya terminado y la luz del sol a medio caer. Se incorporó de un salto y miró el destartalado reloj que seguía marcando la hora en la pared de la cocina del motor-home. Las siete y media. Se tranquilizó. Solo tenía que freír las gambas en el último momento y lo mismo con las patatas y los filetes. Poca preparación. Abrió otra cerveza y salió a tomar el aire.

Carl, un chico joven medio retrasado que vivía en la caravana vecina estaba sentado en las escalerillas de su “casa” mirando una revista porno.

Andy se acercó. Y se quedó de pie frente a él.

-Que tal Carl?-le preguntó.

El chico tal cual levantó la mirada hacia él, cerró la revista y la medio escondió en su falda bajo sus manos. Esbozó una sonrisa de esas que recuerdan a los bebes y contestó:


-Bien, muy bien Andy. Y tu? Que tal andas? -Seguro que no tan bien como tu...verdad?


-Porque lo dices Andy?-dijo Carl con ojos inocentes. Andy pegó un largo trago a su cerveza.

-Quieres?-dijo ofreciéndole un trago al chico. 

-No Andy...ya sabes que yo no puedo beber...-y se rió escandalosamente, como una hiena- Porque me lo dices siempre si ya sabes que yo no puedo beber?


-Por si algún día te apetece, tonto. Que estabas leyendo Carl..??


Al oír la pregunta Carl se puso de pié con la intención de meterse en
su caravana. De echo dio el primer paso escalerilla arriba.

-A donde vas Carl??. Ya sabes el acuerdo que tenemos tu y yo, no?

Entonces Carl se giró y le miró fijamente a los ojos. Puso cara de estar muy enfadado y de no estar de acuerdo con la orden que implícitamente Andy le estaba dando. Pero, al fin, le lanzó la revista no sin antes advertirle:

-Vale, pero como siempre tu luego me la devuelves, que es mía y me ha costado tres con veinte!.


Andy recogió la revista del suelo y mientras se iba le dijo:


-No te preocupes Carl, te ha fallado Andy alguna vez?-Y se alejó hacia
su casa mientras apuraba la cerveza que llevaba en la mano derecha.


Entró en el motor-home. Se sentó en el sofá. Empezó a ojear la revista. Se puso caliente. Se desabrocho la cremallera y allí mismo sin excesiva pasión se hizo una paja. Se corrió.

Se levantó del sofá, se desvistió, dejando toda la ropa tirada por el suelo, y se dirigió a la diminuta e incómoda ducha que había en el rincón trasero de su “casa”.


Aquella ducha le sentó muy bien. Dejó que el agua caliente corriera por su espalda y le relajara toda la musculatura de los hombros.

Andy era un tipo de complexión fuerte. Musculoso. Con un cuerpo agradecido.
Aprovecho para hacer crujir los huesos del cuello y la espalda y mientras lo hacía pensó en Lucy. Pensó en como la había conocido hacia un par de fines de semanas.

Se habían encontrado en el bar del pueblo un sábado por la noche. Andy y un amigo suyo habían estado jugando a Billar y bebiendo durante horas. A media noche habían aparecido por allí Lucy y una amiga suya de cuyo nombre ya no se acordaba.

Los cuatro habían acabado bebiendo juntos en la barra las últimas copas de la noche y luego se habían dirigido a su casa.

Una vez allí su amigo y él habían intentado iniciar el correspondiente acercamiento sexual, él con la amiga de Lucy y su amigo con Lucy.

Pero la amiga se encontró muy mal, mareada y prácticamente cao. Incapaz de sostenerse en pie por si misma.

Así que Lucy se había ofrecido a acompañarla a casa. Su amigo, fastidiado y ebrio había decidido largarse de ahí a tomarse una última copa en la bar abierto las veinte cuatro horas y Andy se había quedado solo. Pero justo antes de irse Lucy le había dicho a Andy, en un susurro a la oreja, que la esperara despierta que ella regresaría.

Andy vomitó todo lo que había bebido y se quedó dormido en el sofá. Al cabo de un rato oyó como el coche de Lucy aparcaba en el exterior del motor-home. Sin darle tiempo a limpiarse ni adecentarse lo mas mínimo se encontró haciendo el amor por todo el motor-home con esa chica rubia que había conocido dos horas antes en el bar.
Así la conoció. Y no la había vuelto a ver desde entonces.


Salió de la ducha, cogió la toalla azul oscuro que llevaba usando el último mes y se seco despacio y a gusto todo el cuerpo.

Se vistió con lo mejorcito que encontró limpio en el cajón armario que había debajo de la cama doble y se echó un poco de perfume a lado y lado del cuello. Se miró en el espejo de cuerpo entero. Se peinó con las manos el pelo hacia atrás y se dio el visto bueno. Solo faltaba el afeitado. Pero se afeitaría mas tarde, pensó. Así el olor a after shave sería mas intenso cuando llegara ella.
Limpio, guapo y aseado salió, se sentó en las escaleras de su motor- home, dio un trago a otra cerveza fresca y encendió un cigarrillo rubio.

Entonces sonó el teléfono. De inmediato supo que era su madre. Odiaba hablar con ella pero siempre lo cogía. Entró, descolgó y dijo:


-Mama?


-Vaya hijo, como sabías que era yo?

-Es que cuando llamas tú el sonido del teléfono es mas agudo mama.....ya lo sabes..

-Muy gracioso Andy...oye hijo, no tendrás por casualidad 200 pavos para dejarle a tu querida madre?

-200 pavos? Tu estás loca?


-No me dijiste que estabas trabajando últimamente, y que te iba bien?


-Si madre, te dije que había empezado a trabajar, y es cierto, pero no voy a ver un chavo hasta fin de mes....comprendes?

-O sea que no tienes nada para mi....-La madre al entonar esta frase había iniciado un ligero y teatral sollozo infantil. Al oírlo, Andy, dio un largo trago a su cerveza y se sentó en el sofá dispuesto a escuchar- la. La cosa iba para largo.

-Así...que......que...que no tienes nada para mi...eh? Te llama tu madre, te pide un favor y tu solo eres capaz de responder: 200 pavos, estas loca o que?-esto último dicho en una perfecta imitación de la voz ronca y grave de su hijo Andy- Eso es todo lo que se te ocurre decir? Pues sabes lo que te digo yo a ti, que sois todos unos desagradecidos, unos mal nacidos, unos canallas y unos jodidos egoístas que solo miráis por vosotros mismos y os da por culo lo que le pueda estar pasando a vuestra propia madre!!. Que me lo tendría que haber pensado mucho yo eso de tener hijos y casarme con el cabrón de vuestro padre, que yo era una tía guapísima que lo habría podido tener todo, TODO me entiendes? Que lo hubiera tenido TODO si no fuese porque me enamoré de ese hijo de la gran puta y os tuve a tu y a tus tres hermanos! Desperdicio de vida la mía, si, un asco!-Y dicho esto, colgó.

Andy no se movió del sofá al lado del teléfono. Se acabó de un trago largo la tercera cerveza, apuró el cigarrillo y espero a que volviera a sonar el teléfono en unos instantes. Y, efectivamente, el teléfono sonó de nuevo.


Descolgó y atendió unos segundos. Silencio al otro lado. -Mama?


Oyó como su madre sollozaba en silencio cerca del aparato. -Mama, está ahí? Venga no llores mama...

-Perdóname Andy....tu sabes que tu madre te quiere mucho, no?..... Que tu eres mi perla predilecta. Que, que yo os quiero con locura y que estoy enferma....

-Si mama, lo se. Oye, no tienes nada de nada? -No hijo....ya sabes....ayer tuve un mal día....


-Mira, pásate un momento por aquí y te presto 40 que tengo en la caja de galletas vale?


-En serio Andy?...No me tomas el pelo eh? Que estoy en bata y me tengo que vestir, arreglar y todo eso.

-Que no Mama, que es en serio. Pero haz el favor de no tardar que hoy tengo una cita y no quiero que estés aquí cuando ella llegue.

-Con un chica? Que bien Andy!. Me alegro mucho por ti. Descuida, me visto, me arreglo un poco y estoy allí en un santiamén.

-Ok mama, te espero-Dijo Andy y colgó.

Se levantó, tiró la cerveza vacía a la basura que rebosaba. Había anochecido. Eran las ocho. Se plantó ante el espejo, puso la radio a todo volumen y apretó el tubo de la espuma de afeitar con ganas. Sonaba música hortera de discoteca. Esparció la espuma blanca por su cara dura y siguiendo el ritmo por lo bajini procedió a afeitarse con cuidado intentando dejar un apurado perfecto en todos los rincones de su rostro.
Justo cuando había terminado oyó el viejo motor del coche de su madre entrando en el parking frente al motor-home. Se secó la cara con la misma toalla azul de la ducha y abrió la botella de su after- shave para darle el último toque a su obra.

Mientras se estaba acicalando con él, su madre hizo acto de presencia. La vio entrar reflejada en el espejo del baño. Estaba muy envejecida. Echada a perder, pensó. Mal peinada, demasiado pintada para su edad y vestida con una minifalda provocativa que en ella era una declaración humillante de desesperación.

-Andy, tienes algo de beber?-preguntó. Y se dirigió a la pequeña cocina donde reposaba dentro de una bolsa blanca la botella de vino que Andy había comprado para la cena. La sacó de la bolsa y se la mostró a su hijo como quien ha encontrado un trofeo.


-El vino es para cenar mama...


-Solo un par de copas hijo.....no seas tacaño...

-De acuerdo, un par y te largas eh?

-No seas tan duro con tu madre Andy... tienes los 40 pavos?

Andy salió del pequeño baño y se dirigió a una caja de galletas que tenía escondida en lo alto del único armario que presidía el pequeño salón sobre la mesa del comedor. Lo cogió, lo abrió cerca de su pecho, y escondiendo lo que pudiera haber en su interior de la vista

de su madre, sacó de él dos billetes de veinte pavos y se los dio. Esta, que ya había abierto la botella de vino, los cogió de inmediato y los guardó en su bolso.

Sirvió dos copas de vino y levantando la suya dijo:

-Por mi hijo Andy! Que me quiere y al que yo quiero con locura! Entonces se puso seria de repente y en un tono mucho mas amargo y profundo y mirándole a los ojos fijamente añadió: -Te quiero mucho Andy, lo sabes, verdad?


-Si mama, lo sé. Yo también te quiero.


Entonces, casi al unísono, bebieron los dos su copa de vino en silencio.

La madre volvió a llenarse la suya de inmediato y de un trago corto y seco se la bebió.

-Bueno hijo-dijo entonces-Pues me voy. Muchas gracias por todo y ya sabes que en cuanto pueda mama te devolverá hasta el último céntimo-Dicho esto se acerco a Andy y le dio un sonoro beso en la boca para luego girar sobre si misma y dirigirse moviendo las caderas hasta la puerta. Una vez en ella se giró, regaló una horrible sonrisa entre sexi y seductora a su hijo, abrió la puerta y bajó la escalerilla no sin antes añadir:

-Ah! Diviértete mucho esta noche con “tu” chica!!.

Andy esperó a que el sonido del motor del coche de su madre se alejara definitivamente. Llenó su copa de vino y lo bebió procurando borrar con él el regusto a pinta labios que el beso de su madre había dejado en su boca.

Eran ya casi las nueve. Debía ponerse a cocinar. Abrió el congelador y sacó la bolsa extra de patatas fritas congeladas. Busco en los armarios y encontró una botella de aceite casi terminada. Cogió una paella sucia del fregadero y la puso sobre los fogones. Estaba realmente pegajosa. La puso bajo el agua y con un estropajo ruinoso intentó adecentarla un poco.

Luego, la puso en los fogones, la lleno de aceite hasta la mitad y espero a que se calentara. Abrió entonces la bolsa de patatas y las fue tirando con la mano a la paella para que se frieran.

Agarró del fondo de la bolsa un último manojo de patatas y al ir a tirarlas al aceite su mano tropezó con la paella y su dedo meñique toco el aceite ardiendo. Se quemó. Pego un grito. Soltó un par de
insultos en voz alta y se agarró el dedo con la otra mano sin saber muy bien que debía hacer. Sabía que había una cosa correcta y otras que no lo eran pero joder nunca le había quedado claro si era mejor poner la quemadura bajo el agua fría, o poner aceite o simplemente no poner nada. Eso fue lo que hizo, aguantar el dolor y vendar el dedo meñique con un trapo de la cocina. Nada mas.
Las patatas se habían medio quemado. Andy salvó las que pudo y las puso en un plato. Decidió entonces salir fuera, tomarse una copa de vino, fumar tranquilamente un cigarrillo y esperar a que Lucy llegara para acabar de cocinar el resto de la cena. Ella le ayudaría. Mejor así, pensó.

La noche era clara y estrellada. Un cielo lleno de estrellas en una noche limpia, en medio de la oscuridad, es alucinante. Andy se relajó, sacó la botella de vino fuera y se tumbó en el “jardín” que había frente al motor-home. Solo las estrellas y él. No había nada ni nadie mas. El vino estaba bueno y entraba maravillosamente bien. Andy empezaba a perder de vista el tiempo, las horas, los minutos. Se quedó allí un largo rato estirado mirando a las estrellas. Imaginando líneas entre ellas.

Oyó entonces, en sordina, como casi cada noche, la bronca entre la pareja de abuelos que vivían en el motor-home mas apartado de su “barrio”.

Habían sido los encargados del camping en sus días de bonanza y se habían quedado a vivir allí de dos míseras pensiones cuando el garito cerró definitivamente. Siempre estaban a la greña. Andy pensaba que sería mejor que lo dejaran estar, o que uno se largara y dejara al otro en paz. No entendía porque seguían juntos si cada noche tenían que llenarse de insultos e improperios antes de caer rendidos e irse a dormir. Menuda mierda.

Pensó entonces en sus hermanos. Vivían todos lejos de allí. Se habían largado y le habían dejado a él a cargo de su madre. Cobardes. Eso es lo que eran, unos cobardes egoístas. Su madre tenía toda la razón. Menudos hijos de puta que no venían a verla ni por navidad. La habían borrado de su vida y ella era la que les había puesto ahí. Injusticia.

Andy se levantó del suelo algo ebrio. Se había terminado la botella de vino. Entró en su “casa”. Miró el reloj de la cocina. Casi las diez de la noche. Y Lucy sin aparecer. Abrió la nevera y cogió un cerveza fresca. Tenía hambre. Abrió también la otra bolsa de cacahuetes y se sentó en el sofá a comer y beber. Puso la radio. La tenía sintonizada en una cadena local de música. Sonaba un balada triste de amor. Todas las canciones tristes de amor del mundo hablan siempre de lo mismo,
pensó. La misma mierda. Piensan que el amor es algo que está ahí arriba, en los cielos. Una especie de idea ideal que todos vamos a conseguir un día en nuestras vidas. Y claro, no es así. En la mayoría de los casos, no es así. Y entonces hacen canciones de amor tristes. Hay que joderse.

-Que se jodan todos los cantantes de canciones tristes de amor! Y que se jodan también todos los cantantes de canciones alegres de amor!-dijo en voz alta para si mismo.

Masticaba los cacahuetes con fruición. Cogía grandes cantidades con la mano y se los metía en la boca todos a una. Su mandíbula fuerte y grande iba dando buena cuenta de ellos. El largo trago de cerveza posterior limpiaba su boca y dejaba espacio para la siguiente recarga.


Lucy probablemente no vendría. Porque tenia que venir?.


Cuando terminó de “cenar” se levantó y se dirigió al teléfono. Marcó y
espero respuesta.

-si?

-Hola, soy Andy, del camping.

-Ei Andy, como andas?

-Bien. Oye...Has visto por ahí a Lucy?

-Quien es Lucy, Andy?

-Ya sabes, esa chica rubia que estuvo conmigo y Terry la otra noche tomando copas hasta muy tarde..


-Ah si, la rubia bajita con sombrero blanco. -Si, esa. La has visto hoy por ahí?


-No.

-Y por el pueblo?

-No.

-No, que? 

-Que no la ha visto Andy. Aunque, como comprenderás, tampoco la he andado buscando..


-Ya bueno...solo por si la habías visto...no hace falta que te enfades.. Hubo un ligero silencio.


-Te puedo ayudar en algo mas Andy? Tengo gente en la barra..

-No, no, tranquilo, todo bien, gracias..

-Hasta luego..

-Si, hasta luego.

Y porqué no iba a venir?. Quizás había tenido algún contratiempo o algo así. O, simplemente, había salido tarde del trabajo y estaba en camino. Lucy era buena chica y se habían emplazado a cenar. Solo estaba llegando tarde, eso era todo. Ella no tenía su teléfono ni el él suyo. No podía llamar, pero vendría. Tenía que calmarse, preparar la mesa y dejar aquello bonito y lo mas decente posible para impresionarla.

Se puso manos a la obra.

Agarró toda la ropa que había por el suelo y la metió hecha un moñigo en uno de los cajones bajo la cama. Miró de arreglar algo la cama. Estiró las sábanas, aplanó la manta sobre ellas y resituó los cojines. Cogió las latas de cerveza vacías y las metió como pudo en la bolsa de basura que estaba a punto de reventar.
Cogió cubiertos para dos, un par de vasos y un par de copas y los colocó en formato restaurante sobre la pequeña mesa del salón- comedor. Salió fuera y buscó entre los matorrales que había por ahí alguna flor o similar que pudiera poner en la mesa a modo de decoración. Meó bajo el cielo estrellado y siguió su búsqueda. Encontró un manojo de margaritas blancas medio marchitas y las cogió. Volvió al motor-home y las colocó en un pequeño jarrón sin agua en medio de la mesa. Aquello había quedado bastante bien. Recogió las revistas y algún periódico que había por ahí tirados. Recolocó en su justa posición todos los cojines que conformaban los asientos para comer a lado y lado de la mesa y dio por terminada la operación. Por último, abrió la nevera, cogió el par de filetes que había puesto en un plato y los olió. Aquella carne era de primera. Los volvió a dejar en el frigorífico y cerro la puerta.
Aquello merecía un trago. Abrió la botella de whisky de malta y se sirvió un trago generoso en un baso de cristal.
Salió a las escalerillas, se sentó y se dispuso a esperar sorbiendo despacito aquel trago de whisky. Encendió un cigarrillo.

A lo lejos, de vez en cuando, se oía el rugir de algún motor que se acercaba por la carretera. Andy ponía entonces toda su atención. Procuraba adivinar si se notaba en algún momento un indicio de que el vehículo estaba reduciendo su velocidad y se disponía a salir de la vía principal. Los tres o cuatros primeros coches que pasaron animaron a Andy. Eran oportunidades ciertas de que Lucy estuviera viniendo en coche hacia su casa. Pasaron algunos coches y furgonetas mas durante el rato que a Andy le duró ese baso de whisky. Ninguno giró. Ninguno hizo ni tan siquiera amago alguno de reducir la velocidad.
Andy volvió a entrar en la “casa”. Llenó el vaso de whisky otra vez de forma generosa y volvió a salir a sentarse en la escalerilla de entrada a esperar.
Era ya bastante tarde. Todos dormían en el “barrio” del camping. A penas si pasaba ya algún vehículo solitario por la carretera muy de vez en cuando. Andy bebía su whisky. Un sorbo tras otro. En una dulce cadencia.

Lucy era una chica formal. Seguro que acabaría llegando. Esos dos filetes de carne tan buenos lo merecían. Se sirvió un tercer baso de whisky mientras miraba con seriedad lo bonita y ordenada que le había quedado la mesa preparada para su cena romántica de sábado por la noche. Agarró entonces el plato de patatas fritas frías que había encima de la encimera de la cocina y cayó sentado en el sofá. Puso la televisión. Se zampó con deleite aquellas patas congeladas mezcladas con sorbos de whisky mientras veía en la pequeña pantalla un concurso de belleza. Las chicas estaban todas puestas en un fila. Haciendo un semicírculo alrededor del presentador. Un hombre viejo con peluquín que las iba presentando a la concurrencia y a los espectadores. Las chicas iban todas en bañador y con tacones. A cual mas guapa. A Andy le parecían todas muy guapas.

Josh, un hombre honrado, conducía su tráiler por la carretera nacional no muy lejos de ahí. Debía conducir toda la noche para llegar a tiempo a la capital a entregar la carga en tiempo y hora a la mañana siguiente. Le gustaba conducir de noche. La carretera estaba vacía y la inevitable soledad del conductor era mas llevadera así, pensaba él.

Andy acabó con todas las patatas y con un par de vasos de whisky mas. Lucy no iba a venir. Maldita sea. La muy zorra no tenía la menor intención de repetir.

Se levantó y al hacerlo tuvo que apoyarse con una mano en la pared del motor-home pues había perdido un instante el equilibrio. Se puso
la chaqueta negra de cuero que colgaba en la entrada cerca de la puerta. Comprobó que llevaba las llaves de la furgoneta con un golpe repetido en el pecho, cerca del corazón, donde estaba el bolsillo interior de su chupa. Sonaron. Estaban allí. Apuró de un trago el culo de su vaso y lo dejó en el fregadero. Echó un último vistazo a la mesa con las margaritas y salió. Dejó las luces y la televisión abiertas. En ese preciso instante una chica llamada Meghan estaba siendo designada como ganadora del concurso de belleza.

Josh estaba algo tenso esa noche. Se había levantado una ligera niebla baja que dificultaba la conducción. Debía andar despierto y alerta. Redujo algo la velocidad. Se recolocó en el asiento y tomó un trago de agua. Para buscar compañía y mantenerse bien despierto decidió poner música. Escogió el disco “the Wall” de pink floid. Subió el volumen y agarró el volante con ambas manos.

Andy se metió dentro de su furgoneta. Arrancó. Puso la marcha atrás y aceleró de golpe sin mirar por el espejo retrovisor. La furgoneta avanzó recta y chocó sin remisión contra el árbol que adornaba de alguna forma el jardín de su “casa”. El golpe fue duro y seco. La espalda de Andy dibujó un latigazo. Joder, soltó. Miró hacia atrás y vio el tronco del árbol pegado al culo del vehículo. Salió de la furgoneta y se acercó. Los daños parecían menores.

Estaba claro que no podía conducir.

Entonces Andy empezó a andar hacía la carretera. La niebla baja invadía el lugar.

El tráiler de Josh avanzaba despacio por la carretera cerca de ahí. No había nada de tráfico. Solo ese inmenso tráiler pesado de doce ruedas atravesando la noche en medio de la niebla cada vez mas densa y espesa.

Andy llegó a la carretera. Dudó por unos instantes si tenia que caminar hacia la izquierda o hacia la derecha. No recordaba bien si el pueblo quedaba a su izquierda o a su derecha. Se puso a reír solo. Llevaba viviendo ahí hacia ya casi un año y no recordaba si el pueblo quedaba a su izquierda o a su derecha. La ostia. Céntrate se dijo, y por un momento se centró. Giró hacía la izquierda. Acertó. Se puso a caminar por el arcén de la carretera en dirección al pueblo.
Andaba con paso inseguro intentando guiarse por la línea blanca que marcaba el margen del carril. Se abrochó la cremallera de la cazadora de cuero negro y miró al frente. En cinco minutos estaría en el bar.

Josh tenía la mirada fija en la carretera mientras de forma tímida y casi imperceptible seguía el ritmo de pink floid que sonaba fuerte y contundente en la cabina del camión.

Andy tropezó con su propio pié y se dio de bruces contra el suelo. Se puso a reír. Con la cara pegada al asfalto se partió de risa. Menuda fila pensó. Su cuerpo, retorcido sobre si mismo quedó medio atravesado en el margen de la carretera. Aquello parecía un bulto negro en medio de la niebla, un perro o algo así.

El tráiler de Josh pasó por encima de él y lo destrozó. Lo partió en dos como a una lagartija. La cabeza y el tronco por un lado. La cadera y las piernas por otro.


Josh intuyó un bulto negro en la margen derecha de la carretera, y notó un ligero traqueteo en las ruedas delanteras de la derecha del camión. Pero la verdad es que con la niebla que había y la música alta de la cabina no se percató en absoluto de nada. Como mucho pensó que había pisado a un animal o algo así. A menudo por las noches algún animal se cruzaba en la carretera y era muy difícil evitarlos. De echo era peligroso. Con la inercia de un tráiler de esa tamaño casi era mas peligroso intentar frenar o desviarse de la ruta. Así que siguió su camino sin mas. Quedaban muchos quilómetros y había que entregar la mercancía a tiempo.


Mary vomitó toda la cena en la cuneta de la carretera. Habían llegado al lugar de los hechos con su veterano compañero Tim.
Tim estaba en ese momento hablando con la medico forense que observaba el desastre sobre el asfalto y tomaba sus notas.

Camino a la casa de Andy, Tim intentó tranquilizarla. Es parte del oficio. Pasan cosas extraordinariamente desagradables. La gente no tiene límite sabes?. La gente no sabe que hacer con su maldita vida y se pone a caminar en una noche así por la carretera vestida de negro. Ese chico estaba buscando la muerte.
Tienes que procurar distanciarte y entender que la gentes, las personas no están en su sano juicio. Que todo esto es un inmenso desastre y nosotros lo único que podemos hacer es tomar nota de ello y vivir lo mejor que podamos, entiendes?.
Abre la ventanilla y respira. Vamos a ver que encontramos en su casa.

El coche patrulla aparcó frente al motor-home. Allí estaba la furgoneta de Andy empotrada contra el árbol. Allí estaba el motor-home de Andy con las luces abiertas y el televisor en marcha.

Tim y Mary, ya recuperada del mareo, observaron la escena unos segundos fuera de su vehículo. La luz azul de las sirenas manchaba el lugar.

Tim tomo la iniciativa y entró en el motor-home. Mary le siguió a cierta distancia. La mesa seguía allí preparada para cenar con el jarrón de margaritas marchitas. La televisión escupía ahora un programa de tele venta nocturno. Tim la apagó.
Observó la mesa. Bueno, el chico iba a cenar con alguien que no llegó. Cogió la botella medio vacía de whisky y olió el vaso del fregadero. Había bebido bastante. Observó la basura llena de latas de cerveza vacías. Había bebido mucho.
Salió con la idea de ir al pueblo. Empotró el coche contra el árbol. Y decidió ir a pié. Alguien le atropelló. Por las roderas quizás un camión. Y fin de la historia. Que te parece? Fue algo así?.
Mary no contestó. Estaba mirando fijamente la mesa con los cubiertos y los vasos lista para cenar.
Murió como un perro, lo titularía yo.
Tim abrió entonces la nevera y vio en ella los dos pedazos de carne. Tomó una cerveza fría y preguntó a Mary si quería una. Mary aceptó.
Entonces Tim cogió el plato con los dos filetes, lo sacó de la nevera y se los mostró a Mary. Hace una cena rápida antes de volver a rellenar el informe?
A Mary aquello le parecía no solo extraño sino en cierta forma una falta de respeto.
Se lo que estas pensando Mary-dijo entonces tim- y tienes razón. Pero míratelo desde otro punto de vista mucho mas prosaico. Estos dos pedazo de filete se van a podrir en esta nevera si alguien no da buena cuenta de ellos hoy. Así que lo mejor que podemos hacer, casi como un homenaje a este pobre desgraciado es comernos estos filetes y en su preciosa mesa.
Dicho esto se puso manos a la obra. Encendió el fuego de la cocina y pegó un trago largo de cerveza. Mary se sentó y esperó.

Mary y Tim, sentados uno frente al otro, comían en silencio los filetes al punto en medio de la noche dentro del motor-home de Andy que ya estaba camino del tanatorio.
Entonces alguien toco con los nudillos en la puerta.
Tim y Mary se miraron y se quedaron quietos en silencio. Tim puso su mano cerca de su pistola.
La puerta se abrió y apareció Carl en pijama. Les miro asombrado y dijo:

-Que hacen ustedes aquí?

-Y tu, quien eres?-preguntó Tim con voz autoritaria.

-Soy Carl, hola…soy el vecino de Andy..

-Hola Carl-dijo Mary-Andy no está.

-Yo venía a buscar una revista que le presté esta tarde…..pero si no está da igual….ya me voy…

Tim vio la revista porno que estaba tirada cerca de la basura. La cogió y mostrándosela a Carl preguntó:

-Es esto lo que buscas?

Carl se murió de vergüenza y bajo la mirada y el rostro hacia el suelo. Tim se levantó de la mesa y se acercó a él.

-Toma muchacho. Anda, vuelve a tu casa y vete a dormir que ya es muy tarde. Nosotros acabamos y ya nos vamos.

Carl tomó la revista, la enrolló sobre si misma y salió cerrando la puerta tras él.
La niebla cubría ahora todo el lugar. A penas si se veía las luz que salía por la diminuta ventana del motor-home de Andy. Tim volvió a la mesa y se sentó. Él y Mary siguieron dando buena cuenta de los filetes uno frente al otro en silencio. Mary tomó un trago de cerveza.

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