Cuando hace dos semanas Tomás propuso el tema para este ejercicio me vino rápidamente a la memoria una historia muy lejana.
Yo acababa de cumplir diecisiete años y vivía en casa de mis padres, en un pueblo pequeño cercano al mar. Aquel año había acabado el instituto y mi plan para el siguiente año era el de irme a estudiar a otro lugar, a una gran ciudad.
Ese verano empezó como todos los veranos del mundo en mi pueblo, con olor a mar por las mañanas y tardes de brisa tibia que se alargan hasta casi entrada la medianoche. Mis abuelos vivían en la parte alta del pueblo y tenían una pequeña tienda de ultramarinos. Era una tienda antigua, la habían montado ellos en la planta baja de su casa recién casados, y la habían mantenido viva durante más de cuarenta años. Tenía el suelo de pino gastado y un enorme mostrador de obra recubierto en cemento con sobre de roble que la dividía en dos partes. Lo que más me gustaba eran las estanterías, unas vitrinas de madera pintadas en blanco que forraban las paredes, llenas de latas de conserva, jabones, cordones de zapatos, escobas, camisetas interiores, calcetines de punto y tabletas de chocolate. Allí se vendía de todo, pero solo, todo lo que es estrictamente necesario para proveer a una familia y sacarla adelante. Como nosotros vivíamos en el lado opuesto del pueblo y mis abuelos ya eran un poco mayores, por las mañanas cogía la bicicleta y pedaleaba calle arriba hasta la tienda para ayudarles en lo que fuera necesario. Casi nunca había nada que hacer salvo ir de vez en cuando al almacén a buscar un poco de harina o aceite, mover algún saco de grano o simplemente dar un poco de conversación. Por eso yo ya me preocupaba de meter en la mochila un libro para leer y un cuaderno para tomar alguna nota o simplemente dibujar. Tenía todo el tiempo libre del mundo.
Delante de la tienda, al lado de la puerta había un banco de piedra sombreado a medias por un limonero centenario del que mi abuelo siempre nos recordaba que lo había plantado su bisabuelo. Era majestuoso, salvaje, hermoso; atiborrado de enormes limones que colgaban como tesoros. En aquel banco pasaba buena parte de mis mañanas estivales, las tardes las dedicaba por completo a la playa, con mis amigos.
Fué allí sentado, libro en mano, una mañana de finales de julio cuando vi por primera vez a Rita. La vi de espaldas subida a una escalera de madera con los brazos en cruz bien arriba, sujetando un enorme cartel donde se podía leer la palabra “ALCOHOL”, era de madera y las letras estaban pintadas en negro sobre fondo marrón claro. Mi tio Albino le ayudaba desde un extremo a fijarlo sobre la puerta, haciendo equilibrio sobre dos cajas de fruta. La escena me pareció cómica.
Lo primero que me llamó la atención fué el color de su pelo. Era muy raro ver por aquel lugar a una mujer con el cabello rubio tan claro. Lo tenía recogido en una trenza gruesa que le caía por la espalda. Yo hundía la vista en el libro intentando no ser visto, y entre frase y frase sacaba los ojos a la superficie para no perderme nada de lo que estaba pasando al otro lado de la calle. Era alta y parecía fuerte, espaldas anchas, brazos firmes. Cuando bajó de la escalera y se giró comprobé que su edad rondaría los treinta, su rostro desprendía cierta dureza, no se podía decir que fuese muy guapa pero sí atractiva, o eso a mi me lo parecía. Le sacaba a mi tío un par de palmos en altura. Los dos hablaban animados, ella se reía mucho con él. Mi tió era un hombre simpático, una de esas personas que se toma la vida a risa y hace de todo una interminable broma. Se le veía muy suelto con aquella mujer. Como yo estaba a cierta distancia no podía escuchar lo que decían pero tenía claro que ella estaba hablando español porque él no sabía ni decir “no” en inglés. Cuando se despidieron ella entró en el local y él cruzó la calle y se alejó caminando. Ninguno de los dos reparó en mi presencia.
Esa tarde, aún no había logrado estirar bien la toalla sobre la arena cuando un batallón de curiosos me cosía el cerebro a preguntas: -“¡Qué! ¿La has visto?” “Creo que es alemana o de algún país de ahí arriba” “Anda cuenta, dicen que está muy buena..” “¿Y sabes cómo ha llegado aquí?” “Parece que ha venido sola.” “A quién se le ocurre venir a este pueblo a montar un negocio de licores...” “Y ponerle ese nombre...” “seguro que es una tapadera.” “Esa tía no debe estar bien de la cabeza...”.
La verdad es que yo también me hacía todas aquellas preguntas, pero en aquel primer momento no me interesé demasiado por el tema. Durante aquellos primeros días experimenté una especie de hartazgo, un desinterés absoluto en lo que seguro era el “Trending Topic” del pueblo.
“La casa del otro lado de la calle llevaba muchos años cerrada. Pertenecía a un familiar lejano emigrado a Brasil en los años cuarenta y que no había vuelto a aparecer por el pueblo. Mi tio y otro vecino tenían las llaves. Cuando era pequeño se utilizó como escuela de verano habilitada por una chica que impartía clase a los niños. En realidad era como una especie de guardería matinal camuflada, un aparcadero de niños jodones. Mi madre me llevaba no porque yo fuera rebelde, sino porque estaba justo al otro lado de la calle, y en aquella época ella se encargaba de la tienda. Allí aprendí a leer mis primeras palabras…”
En esos primeros días como dije antes, no tuve mucho interés por el tema. Estaba demasiado inmerso en mis lecturas y proyectos para después del verano. Nietzsche, Hesse, Jorge Amado. Los días pasaban y yo gastaba las mañanas leyendo sobre la moral, sobre el nihilismo , y sobre la nueva espiritualidad del hombre occidental. Delante de mí la vida transcurría y yo me mostraba un tanto ajeno a todo. La tienda de Rita tenía la puerta abierta y tímidamente la gente del pueblo empezaba a entrar, yo observaba distraído desde el otro lado. Pero de repente un día pasa algo que lo cambia todo. Una mañana, vi a Rita cruzar la calle en dirección a donde estaba yo. Llevaba una falda blanca por encima de la rodilla y una camiseta negra sin mangas que le dejaba los hombros completamente desnudos, el pelo lo tenía suelto. Sus piernas eran finas y bonitas, llevaba unas sandalias verdes. Me pareció tan sensual que me quedé aterrorizado. “Una diosa”, pensé enseguida. Cuando estaba más cerca me fijé en sus ojos, eran del color del mar.
Intenté pensar rápido algo que decirle. Algo divertido que hiciese que aquella mujer se parase un rato a conversar conmigo, algo que me pudiese situar rápidamente en su estrecho círculo relacional, podríamos hablar cada día. Pero nada, de mi boca no salió ni una palabra, ni un solo sonido, ni tan solo un gesto. Me quede completamente paralizado, como una parte más de aquel banco de piedra. Rita pasó por mi lado y ni tan siquiera me miró. Siguió caminando y entró en la tienda de mis abuelos. Dijo buenos días con una voz tan armónica que me pareció la de una sirena, una sirena que me acababa de petrificar. Yo seguía sin poder moverme, clavado como una estatua de piedra. Lo único que podía hacer era escuchar su voz de sirena y la de mi abuelo que sonaba como siempre. Cuando por fin salió y pasó por mi lado, cerré los ojos e inspiré lento y profundo. Hasta ese momento nunca en mi vida me había interesado el olor de una mujer…
El resto de la mañana creo que leí muy poco. La quedé mirando desde mi banco a través del cristal del único ventanal que había y que ella utilizaba como aparador. Esa ventana se convertiría a partir de ese momento y durante los siguientes treinta y pico días en el único punto de curiosidad que me unía al mundo. Por las mañanas llegaba, saludaba a mis abuelos y me sentaba en aquella piedra. Rita ya tenía la tienda abierta. Desde la distancia pude desarrollar mi capacidad de enfoque de tal manera que casi podía colarme dentro y seguirla en todos sus quehaceres matinales. La veía ordenando las mercancías, anotando en su libro de ventas e ingresos, limpiando, atendiendo a las clientas que entraban a comprar. No me perdía detalle, llegué incluso a hacer un registro de la cantidad de gente que entraba cada día, con nombres y apellidos. Uno de los mejores momentos de la mañana era cuando salía a barrer la acera. Eso sucedía al mediodía. Entonces dejaba el libro a un lado y la miraba fijamente con la esperanza de que en algún momento se girase y reparase en mi presencia. Pero eso no sucedía nunca, y los días pasaban. Algún día cruzaba la calle y entraba a comprar en nuestra tienda. Pero nada, yo no estaba allí, como si fuese un espectro, algo completamente transparente, un fantasma, yo no existía para ella. Empecé a pensar que realmente no me veía, que había algo entre ella y yo que no nos permitía encontrarnos.
Esto acrecentaba mi sufrimiento y en proporción mi amor por ella, un amor imposible, completamente platónico. Pero también acrecentaba mi inseguridad por un lado y mi obsesión por poseerla por otro. Las tardes las pasaba tumbado al sol pensando alguna estrategia para abordarla. Por las noches mi imaginación erótica desnudaba una y otra vez aquel cuerpo de mujer, dominado siempre por sus morbosas indicaciones que me sumergían en el más obscuro pantano del placer. Después la maquinaria masturbatoria se encargaba del resto. Porque yo en aquella época, como todo hijo de vecino, era un voraz masturbador.
No existía para Rita, y eso, con el paso de los días me convertía en alguien cada vez más desdichado. Un día ya a finales del verano pasó una cosa insólita. Mientras me regocijaba perdido en mi nube de eros maldito oí gritar a mi abuelo. Lo oí gritar con tal fuerza que di un salto y salí corriendo en su ayuda. Era media mañana y la tienda estaba llena de gente. Me lo encontré estirado en el suelo y asistido por una mujer que le sujetaba la cabeza y otra que con una revista a modo de abanico le ventilaba la cara. Al parecer estaba sufriendo un episodio agudo de ciática. Una tercera mujer resolvió que lo mejor era que le diesen unas buenas friegas con “alcohol” y salió corriendo a buscar ayuda al otro lado de la calle. Rápidamente entró Rita con una botella de cristal en la mano, se arrodilló junto a mi abuelo, se frotó las manos con aquel líquido pestilente y empezó a frotarle la espalda. En dos minutos aquel hombre dejó de gritar y pudo con cierta ayuda reincorporarse. “Tiene usted manos de Santa” le dijo agradecido mientras ella sonreía con dulzura. Yo miraba desde un lado completamente abstraído, solo me importaba Rita y el momento en que por fin me volviese a convertir en alguien de carne y hueso. Pero a parte de invisible era un hombre totalmente mudo, me gustaba tanto aquella mujer y me parecía tan inalcanzable que no conseguía acercarme a ella. Por eso tampoco sucedió aquel día, y eso provocó la brecha definitiva en mi línea de flotación. No podía soportarlo más. A partir de ese momento me sumi en la más profunda de las depresiones. Dejé de visitar la casa de mis abuelos, de ir a la playa, de salir por las noches con mis amigos. Mi madre me preguntaba preocupada una y otra vez qué me pasaba. Pero ni tan solo yo lo sabía...
Los días pasaron y el tiempo todo lo cura. El verano terminó y empecé a hacer maletas para irme. En cierta manera ya había conseguido recuperarme de mis males y toda mi atención estaba puesta en mi futura vida.
Llegó la última tarde y subí a despedirme de mis abuelos. Creo que era un viernes o un jueves. Subí a despedirme con la certeza de que lo tenía superado y sin entender cómo, cuando ya me disponía a volver a casa me vi cruzando la calle y entrando en aquella tienda. Crucé la puerta, avancé dos pasos y me quedé quieto mirándola. No había gente. Rita estaba al otro lado del mostrador. Levantó la cabeza de un libro que ojeaba y me miró sonriente.
- Pensaba que no vendrías nunca. -Me dijo. - Eres un tonto.
En aquel momento noté que el corazón me latía con mucha fuerza. Me sudaban las manos y era incapaz de pensar en nada, solo la veía a ella que se reía de mi.
- Me voy mañana. -Dije de repente, y me sorprendí a mi mismo diciendo aquello.
Entonces Rita rodeó el mostrador, me cogió de la mano y me arrastró con ella. Subimos unas escaleras oscuras que recordaba perfectamente y luego abrió una puerta de un cuarto donde había un cama, una cómoda y una silla. La luz de la tarde entraba con toda su calidez salpicándolo todo, y todo era luz y silencio. Como si fuera en uno de mis mejores sueños Rita me pidió que me tumbara. Yo obedecí, y sus manos empezaron a desnudarme. Lo que pasó después lo guardo como un tesoro.
Dos meses fuera de casa se me hicieron muy largos y las dos últimas semanas interminables. La energía que me proporcionaba una vida nueva contrastaba con el anhelo de volver a ver a Rita. Cada noche me iba a dormir repasando uno a uno todos los momentos de aquella última tarde. El olor de su piel, tenue y perturbador; sus manos recorriéndome, fugaces y expertas; la maravillante descompostura de su cuerpo, su belleza, su sabor. Todo, todo iba y venía en mi cabeza en cuanto levantaba mi atención de algo que estuviese haciendo. Y los días pasaban lentos o casi no pasaban.
Pero por fin volví a casa, y lo primero que hice fue subir a verla. Pero me encontré la casa cerrada a cal y canto. Le pregunté a mis abuelos qué sabían, si había dejado alguna nota, algo para mi. Nada. Solo me dijeron que hacía dos semanas que se había ido con un hombre. Había aparecido una noche en un viejo Ford negro con matrícula extranjera, a la mañana siguiente se habían marchado. También supe que el negocio no le iba demasiado bien y que debía dinero a mi tío.
Esa noche mientras todos dormían conseguí entrar por la parte trasera de la casa. Todo estaba en su sitio, como si ella todavía estuviera habitando aquel lugar. La tienda tenía toda la mercancía perfectamente ordenada, el libro de contabilidad sobre el mostrador, la caja con el cambio del día. Subí al piso de arriba y también me encontré todo en su sitio. Entré en su habitación, donde había estado hace dos meses. La cama estaba con las sábanas revueltas, había alguna ropa esparcida por el suelo. Me tiré sobre la cama e intenté impregnarme con su olor. Me quedé allí un buen rato intentando comprender qué podía haber pasado, todo estaba oscuro y en silencio. Al cabo de un tiempo me desperté. Todavía era de noche pero ya se empezaba a escuchar el alba. Salí por donde había entrado y volví a mi casa.
Volví a la ciudad y pasaron las semanas. De vez en cuando llamaba a mi abuela y con la excusa preguntaba si había noticias de ella. Nada.
Poco a poco me fuí recuperando de aquella enfermedad. Empecé a conocer un montón de gente nueva, a salir por las noches, a tener nuevos planes, alguna que otra relación con alguna chica y sin quererlo Rita fué desapareciendo de mi vida, como una nube que se disipa a lo lejos…
Y una tarde de lluvia mientras saltaba de soportal en soportal con una amiga de clase resguardándonos del aguacero, vi a una mujer de espaldas que caminaba bajo un paraguas negro, cogida del brazo de un hombre. Me quedé perplejo en medio de la calle con el agua cayendo sobre mi y la mirada atónita de mi compañera. No podía estar pasándome eso a mí. Convencido de que aquella mujer era Rita me puse a seguirles. Caminé más de veinte minutos y en todo ese tiempo no pude verle la cara, nunca se giraron. Salieron de la zona de soportales y caminaron por una calle estrecha que llevaba al puerto. Estaba llena de pequeñas tabernas de marineros que a esa hora de la tarde ya empezaban a llenarse de clientes. Pensé que su destino podría ser una de esas tascas. Eso me alegró porque me facilitaba las cosas. Lo peor que podía pasar es que desaparecieran en un taxi o en uno de esos enormes parkings oscuros en busca de un coche. Una tasca era un buen sitio. Me podría camuflar entre la gente y acercarme de alguna manera a ella. Pero siguieron caminando y se alejaron de la zona del puerto. Yo estaba completamente empapado y mi compañera ya hacía un buen rato que me había dejado por imposible. Mis zapatos eran unos enormes charcos de agua en los que mis pies chapoteaban a cada paso que daba. De pronto vi que giraban y se dirigían a un hotel que estaba justo al otro lado. Entonces pude verla de perfil bajo el paraguas, ya no había duda que era ella. Llevaba unos pantalones vaqueros, unos zapatos de tacón de aguja y un jersey de lana de cuello alto. Quise gritar y llamarla pero no tuve valor. Los dos entraron en el hotel y desaparecieron tras la puerta.
Regresé a casa en autobús, me di una ducha de agua caliente y me cambié la ropa. Luego bajé a la calle, se estaba haciendo de noche y había dejado de llover. Cogí un taxi y volví al hotel. Pensé que lo mejor sería esperar, así que me senté en un bar que había al otro lado de la calle, desde allí podía ver con nitidez la puerta del hotel. No tuve que esperar mucho. Cuando aún no había pedido el segundo café entró Rita como una furia.
- Que haces aquí, ¿por qué me sigues?, eres tonto, tonto. - Gritaba sin parar, estaba muy
alterada y asustada. Le dije la verdad, que todo había sido una casualidad, que simplemente quería verla un rato, saber si estaba bien, qué había pasado.
- Además de tonto eres un loco… -Me dijo.
Entonces comprendí que allí había algo muy peligroso.
- Has de olvidarme. Yo no soy para ti. Solo te traería problemas. ¿Entiendes?.
Luego me pidió que me fuera. Yo pagué el café y le dije adiós, y cuando ya me iba me giré para mirarla por última vez y vi su cara cubierta por una infinita tristeza. Se me encogió el corazón pero me imagino que en cierta manera ya estaba acostumbrado a olvidar. Ese día fué la última vez que la vi.
A modo de epílogo…
Rita solía aparecérseme con frecuencia. Debajo de la cama, tras la cortina de la ducha, en el tarro del café, en todas partes se dejaba ver, y sus continuas apariciones no presagiaban nada bueno...
...Era un día de hondo invierno. Yo caminaba a lo largo del puerto. Atravesé el desierto asfaltado de los aparcamientos, junto a la playa. Frente a mi se rompían las olas; eran furiosas y altas como muros. Me sentía como un hombre que se escapa de su propia vida. De improviso, a lo lejos, en un extremo del asfalto, rozando ya la arena, distinguí un viejo Ford, gastado y sucio. Un Ford sin ventanilla trasera. Parecía abandonado allí desde que salió del taller, sin que nadie hubiese querido utilizarlo. Parecía también recién llegado de una pesadilla de la que, al despertar, sólo hubieran quedado las marcas de sus ruedas en la cabeza. En ese Ford estaba Rita. Me acerqué lentamente a su sombra metálica como si ya la conociera. Y allí estaba ella, muerta y acurrucada en el asiento delantero, tendida al lado del lugar vacío del conductor, con la cara cubierta por la sangre ya oscurecida. Podía oler el whisky dentro del coche. Pero, aunque estaba muerta, y nunca, nunca más volvería a oír su voz, ni a sentir sus movimientos en la oscuridad, sobre el olor del whisky dominaba otro olor - o quizás lo forjaba mi fantasía-, y era el perfume de su cuerpo, todo el almizcle tibio que había sido ella. Todo el aroma que hacía sólo unas horas se había perdido para siempre y que, por un momento, regresaba.
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