LA HABITACIÓN.
Su asistente personal cerró la puerta
y echo a todo el mundo de ahí. Quedaron en la habitación el presidente y él a
solas. Un cuarto en el que muchas veces habían celebrado triunfos juntos. No
era el caso esa noche.
El presidente estaba sentado en uno de
los sofás verdes e impersonales que presidian el lugar. Abatido. Con un papel
entre los dedos.
Por lo demás allí casi no había nada.
Sobre el suelo de moqueta azul una máquina de agua y una mesa con café,
diversos tipos de te, refrescos y cerveza fresca. Un televisor de vigilancia
interior y un par de sillas negras. Un espejo de cuerpo entero cerca de la
puerta.
Era la sala de descompresión que
precedía a la sala de prensa de la presidencia del país. Así la llamaban, sala
de descompresión.
El asistente se sentó entonces con las
piernas cruzadas en el suelo delante del presidente. Tomó el papel que este tenía entre las manos
y lo leyó en voz baja de arriba abajo.
Durante su lectura el presidente
levantó la mirada y escuchó con atención. Su rostro reflejaba una mezcla de
tristeza y rabia contenida.
En el televisor de vigilancia se veía
a un grupo de gente ajetreada moviéndose de un lado al otro con evidente
preocupación.
Al acabar su lectura el asistente
levantó el rostro del papel y cruzó su mirada con la del presidente. Un hombre
al que creía conocer bien.
Llamarón a la puerta.
El asistente se acercó y la entre abrió.
Detrás de la puerta su secretaria le comunicó que la rueda de prensa empezaría
en cinco minutos.
Con sus dedos le indicó que la sala
estaba a reventar de periodistas y televisiones.
Con sus ojos preguntó sutilmente a su
jefe por el estado de ánimo del
presidente y este contestó con una expresión que quería mostrar entereza.
Confianza.
Cerró la puerta mientras le decía que
estaban listos y que no dejara bajo ningún concepto que nadie entrara allí
hasta que empezara el acto.
Al girarse se encontró con el
presidente de pié tomando una cerveza directamente de la botella. Un trago
largo. En silencio. Silencio que él respetó.
Entonces el asistente dijo:
-Es la única opción.
El presidente se sentó y concentró su
mirada en ese pequeño discurso que habían preparado juntos y que se suponía que
en breves instantes tenía que leer ante todos esos periodistas en la sala.
Entonces el presidente dijo:
-Tienes razón. Es la única opción.
Pero me pregunto la única opción para que?
El asistente reconocía a la perfección
los momentos en los que su presidente recordaba vagamente al hombre que llegó
al poder hacía ya casi ocho años. Instantes cada vez mas escasos en los que aún
se preguntaba a si mismo alguna cosa. Había aprendido a no alimentarlos. Sabía
que acostumbraban a ser tan solo pálidos reflejos sin importancia ninguna. El
presidente siempre había terminado por hacer aquello que debía hacer.
Entonces el asistente dijo:
-Esta declaración parará el golpe. Nos
dará tiempo. Pondrá el foco en las victimas y eso es lo que necesitamos.
Llamaron de nuevo a la puerta. Ambos
sabían que había llegado el momento de salir ante los leones y los flashes.
El presidente se acercó hacía él. Tomo
su cara entre sus manos y le dijo:
-Eres un buen hombre. Haces bien tu
trabajo. Gracias.
Ajustó su corbata ante el espejo junto
a la puerta. Respiró hondo y abrió la puerta que conducía a la sala de prensa.
El asistente salió tras él y cerro la puerta. La habitación quedó vacía.
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