ANDREI.
Andrei era el único superviviente.
Hacía tan solo un par de días su
compañera Irina había muerto del mismo virus que había ido eliminando a los
otros miembros de la tripulación.
El estado de la nave era deplorable.
Perdidos en el espacio des de hacía unos meses, escasos de víveres y sin
posibilidad de hablar con la tierra, se habían ido hundiendo todos en una
depresión colectiva cercana a la locura. Dejadez, suciedad y desorden por
doquier.
Ahora ya solo quedaba él.
Llevaba dos días dando vueltas
alrededor de la nave. Andar era lo único que hacía soportable esa inmensa
soledad. No comía. A penas si bebía un poco de agua.
Algunas veces se detenía ante el gran
ojo y observaba la oscuridad del espacio exterior.
La espesura y la presión que se apoderaba
de él en esas pausas le oprimía de tal forma el pecho que le parecía que le iba
a estallar.
Debía seguir caminando. Eso haría.
Caminar sin detenerse y dormir cuando el cansancio le derrotara.
Día y noche ya no significaban nada
para él. Tampoco persona. Trabajo o sentido, significaban ya nada.
Oía en su cabeza un continuo zumbido
agudo informe. Ese ruido le hacía compañía siempre. Obsesivamente.
Antes, cuando aún vivían sus
compañeros, hablar le evitaba oírlo. Ahora, que se había quedado completamente
solo en la nave, ya no había escapatoria.
Hablar con uno mismo, quizás. Pero sabía
muy bien que si empezaba a hablar con él mismo indiscriminadamente se vería
abocado a la paranoia mas absoluta.
Debía mantener por todos los medios su
voz interior en reposo.
Debía evitar por todos los medios que
sus pensamientos empezaran a tomar el mando y se expandieran sin remedio en su
interior. Ese caos de voces podía acabar con él.
Era preferible el ruido ensordecedor.
Caminó durante horas. Luego cayó
derrotado.
Durmió en medio de la sala de control
estirado en el suelo. En posición fetal con las manos juntas y apretadas entre
sus piernas. La cabeza apoyada en uno de los cojines que había caídos por el
suelo.
La nave continuaba su lento deambular
en orbita alrededor de un asteroide desconocido lejos de la ruta que hacía
tiempo habían perdido. Suspendida en la nada.
Despertó. El zumbido seguía ahí. Con
él. Se dirigió al almacén de provisiones. Tomó algo de agua de una de las pocas
bolsas que quedaban. Reanudó la marcha. Volvió a caminar sin sentido alguno por
dentro de la nave. Durante horas.
Evitando pasar por las dos estancias
donde habían acumulado los cuerpos de los tripulantes muertos. Convenientemente
encerrados en camas de descompresión acristaladas.
Caminó durante horas. No se detuvo en
ningún momento. Ni tan siquiera ante el gran ojo para contemplar el espacio
exterior. Ese día había un inmenso reflejo rosado que perfilaba la cara oculta
de un lejano planeta. Aquella imagen era de una belleza inconmensurable.
Belleza. Tampoco tenía ya ningún
sentido para él.
Forma. Espacio. Todo eso, todas esas
palabras y esos conceptos se había ido borrando de su cuerpo hasta desaparecer
por completo.
Anduvo hasta la derrota. Se sentó
entonces en el puente de mando, en la silla del capitán. Y allí se durmió. Al
mando de la nave.
Al despertar al cabo de unas horas
notó como aquel ruido interior había cesado. Todo estaba en silencio. Ante él
el negro mas intenso.
Se levantó. Se dirigió a la escotilla
de babor. Quiso antes de abrirla despedirse de la vida de alguna forma. No
recordaba como. No tenía en su ser las claves. Su cuerpo ya no reconocía ningún
ritual relacionado con la muerte. Desistió.
Abrió la escotilla y se lanzó al
espacio. Su cuerpo estalló en mil pedazos.
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