miércoles, 19 de noviembre de 2014

Cuento corto 1 (Tomás)

ANDREI.

Andrei era el único superviviente.
Hacía tan solo un par de días su compañera Irina había muerto del mismo virus que había ido eliminando a los otros miembros de la tripulación.
El estado de la nave era deplorable. Perdidos en el espacio des de hacía unos meses, escasos de víveres y sin posibilidad de hablar con la tierra, se habían ido hundiendo todos en una depresión colectiva cercana a la locura. Dejadez, suciedad y desorden por doquier.
Ahora ya solo quedaba él.
Llevaba dos días dando vueltas alrededor de la nave. Andar era lo único que hacía soportable esa inmensa soledad. No comía. A penas si bebía un poco de agua.
Algunas veces se detenía ante el gran ojo y observaba la oscuridad del espacio exterior.
La espesura y la presión que se apoderaba de él en esas pausas le oprimía de tal forma el pecho que le parecía que le iba a estallar.
Debía seguir caminando. Eso haría. Caminar sin detenerse y dormir cuando el cansancio le derrotara.
Día y noche ya no significaban nada para él. Tampoco persona. Trabajo o sentido, significaban ya nada.
Oía en su cabeza un continuo zumbido agudo informe. Ese ruido le hacía compañía siempre. Obsesivamente.
Antes, cuando aún vivían sus compañeros, hablar le evitaba oírlo. Ahora, que se había quedado completamente solo en la nave, ya no había escapatoria.

Hablar con uno mismo, quizás. Pero sabía muy bien que si empezaba a hablar con él mismo indiscriminadamente se vería abocado a la paranoia mas absoluta.
Debía mantener por todos los medios su voz interior en reposo.
Debía evitar por todos los medios que sus pensamientos empezaran a tomar el mando y se expandieran sin remedio en su interior. Ese caos de voces podía acabar con él.
Era preferible el ruido ensordecedor.
Caminó durante horas. Luego cayó derrotado.
Durmió en medio de la sala de control estirado en el suelo. En posición fetal con las manos juntas y apretadas entre sus piernas. La cabeza apoyada en uno de los cojines que había caídos por el suelo.
La nave continuaba su lento deambular en orbita alrededor de un asteroide desconocido lejos de la ruta que hacía tiempo habían perdido. Suspendida en la nada.

Despertó. El zumbido seguía ahí. Con él. Se dirigió al almacén de provisiones. Tomó algo de agua de una de las pocas bolsas que quedaban. Reanudó la marcha. Volvió a caminar sin sentido alguno por dentro de la nave. Durante horas.
Evitando pasar por las dos estancias donde habían acumulado los cuerpos de los tripulantes muertos. Convenientemente encerrados en camas de descompresión acristaladas.

Caminó durante horas. No se detuvo en ningún momento. Ni tan siquiera ante el gran ojo para contemplar el espacio exterior. Ese día había un inmenso reflejo rosado que perfilaba la cara oculta de un lejano planeta. Aquella imagen era de una belleza inconmensurable.
Belleza. Tampoco tenía ya ningún sentido para él.
Forma. Espacio. Todo eso, todas esas palabras y esos conceptos se había ido borrando de su cuerpo hasta desaparecer por completo.

Anduvo hasta la derrota. Se sentó entonces en el puente de mando, en la silla del capitán. Y allí se durmió. Al mando de la nave.

Al despertar al cabo de unas horas notó como aquel ruido interior había cesado. Todo estaba en silencio. Ante él el negro mas intenso.

Se levantó. Se dirigió a la escotilla de babor. Quiso antes de abrirla despedirse de la vida de alguna forma. No recordaba como. No tenía en su ser las claves. Su cuerpo ya no reconocía ningún ritual relacionado con la muerte. Desistió.
Abrió la escotilla y se lanzó al espacio. Su cuerpo estalló en mil pedazos.





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