Eran las ocho y cuarto de la mañana de un lunes. En la radio del bar,
dos locutores comentaban el mal juego del equipo local ese fin de
semana: “este entrenador no sabe como encarar los partidos ante rivales que se
cierran”…, “perdiendo en casa, ¡y el primer cambio en el minuto setenta y
cinco!, ¿te lo puedes creer?”…, (risas de los locutores), “éste no llega a
Navidades, te lo aseguro”.
Pedro no estaba pendiente de la conversación radiofónica. El fútbol no
le interesaba demasiado, aunque la última vez que había estado en Alemania le
había comprado a su hijo una camiseta del Bayern de Múnich. Sentado en la
barra, delante de un pincho de tortilla de patatas con pan con tomate y un café
con leche, hojeaba un diario gratuito que había encontrado encima de la máquina
de tabaco.
Con parsimonia, cortaba un trozo de tortilla y se lo llevaba a la
boca; mordía un pedazo de pan con tomate; y bebía un sorbo del café con leche.
Era algo que había hecho decenas de veces a esa hora, pero esa mañana era
diferente. Parecía que meditara cada movimiento. Hacia unos minutos había
firmado la hoja de su despido en las oficinas de la empresa de transportes que
había delante del bar. Su camión ya había salido hacia Turín –ése era su
destino, allí debía pasar dos noches-; lo había visto pasar conducido por un
compañero.
A la hora de firmar su despido no tuvo dudas. Confiaba en Marco, el
abogado del sindicato que también estaba en la reunión. Había sido él el que
otras veces le había conseguido una mejora de sueldo o más días de descanso.
Pedro lo conocía desde que entró en la compañía hacía ocho años, y se habían acabado haciendo amigos. Las condiciones del despido eran inmejorables,
no había nada que objetar. La empresa podía haber justificado el despido debido
a las pérdidas y darle solo veintiún días por año trabajado, en vez de los
treinta que le habían ofrecido. Habían decidido prescindir de cuatro
conductores: los tres más veteranos y uno nuevo del que estaban descontentos. Le
habían explicado que se veían en la obligación de reducir la plantilla y que su
sueldo, debido a la antigüedad, era el más alto.
Pedro no sabía qué iba a hacer cuando saliera del bar. En su mente se
agolpaban diversos pensamientos, pero tenía claro que no quería volver de
momento a casa: con un hijo de catorce años, una hipoteca excesiva y dos coches
por pagar, Cristina le echaría en cara el despido. De momento, pensó, lo mejor es
posponer el drama para más adelante. También pensó que en su matrimonio hacía
tiempo que había desaparecido el amor, pero eso no tenía nada que ver con el
despido.
Sentía que la situación en la que se encontraba tenía ventajas, por
primera vez en mucho tiempo podía escoger qué hacer. Le gustó ese pensamiento: tomar
mis propias decisiones. Durante los últimos ocho años, había vivido una vida vacía completamente
programada: destinos, rutas, paradas, menús, parkings de autopista… Tomó el último trozo de tortilla, dio un sorbo al café con
leche y cuando pasó la camarera, le gritó:
- - Perdona, bonita, me pones un bocata de lomo con
queso y un carajillo de Baileys.
- - Pedro, no me digas bonita que sabes mi nombre, y ya te
he dicho demasiadas veces que esto no es un bar de carretera. ¡Bocata lomo
queso! –gritó la camarera a la cocina.
La decisión de tomar un bocadillo de lomo con queso y un carajillo de
Baileys le había surgido de repente. No porque realmente le apeteciera, de
hecho, no le apetecía; sino porque necesitaba ocupar el tiempo. Sí, era eso: ocupar
el tiempo: como si el tiempo fuera una espacio vacío que necesitara llenarse. Se
dio cuenta que, por primera vez en muchos años, disponía de su tiempo para
hacer lo que quisiera: era amo de su tiempo. Ese segundo pensamiento -después
del de: “tomar mis propias decisiones”-
le hizo sentirse poderoso.
Y cuando volvió a mirar a través de la ventana como
salía un nuevo camión del almacén se dio cuenta que allí dentro iba alguien que
no era amo de su tiempo. Entonces le vino a la cabeza, no sin un ligero alivio,
la palabra esclavo. Pensó que él había sido un esclavo toda su vida laboral;
intentó recordar hasta qué siglo hubo esclavos, pero no halló ninguna fecha
concreta; concluyó que, sin duda, la esclavitud continuaba, pero camuflada de
mil maneras.
Se quedó mirando el culo atractivo de Lucía. Ella estaba preparando
el café frente a la cafetera, llevaba unos tejanos ceñidos que le estilizaban
la silueta y una camiseta corta que dejaba ver la parte final de su espalda. ¿Qué
edad tendría Lucía?, nunca lo había sabido. Podía tener veintilargos como
treinta y pocos. Se notaba que era septiembre, todavía estaba morena.
- - ¡Qué suerte debe de tener tu novio! –le gritó Pedro.
- - Tenía suerte, si acaso, porque discutimos la semana
pasada y lo hemos dejado –contestó Lucía girándose.
Seguramente, pensó Pedro, la guapa de Lucía -como les sucede a la
mayoría de personas-, no es consciente de que no puede disfrutar de lo más
importante que tiene: su tiempo. Lucía le sirvió el carajillo y el bocadillo de
lomo con queso.
- Aquí tienes glotón. No se adónde tienes que ir, pero
hoy parece que necesitas mucha energía para empezar el día.
Pedro se sorprendió al darse cuenta que estaba haciendo ese tipo de
reflexiones, algo que jamás hacía, y supuso que era debido a que podía tomar
sus propias decisiones y disponer de su tiempo. Se acabó el bocadillo y el carajillo,
y pidió a Lucía un Cacique con Coca-Cola.
- - ¿No te estás pasando con el alcohol?, yo no te pongo
un Cacique. Pedro, ¿a qué viene un cubata ahora? Ya sabes que conducción y
alcohol son enemigos mortales.
- - Lucía, me acaban de despedir. No voy a coger ningún
camión. A partir de ahora me da igual si son las ocho y media de la mañana o
las siete de la tarde. Se supone que ahora estoy yendo camino de Turín.
- - ¡Qué cerdos!, pero si llevabas ocho años y nunca
habías dado ningún problema. ¿Ya has hablado con ese abogado amigo tuyo?
- - Sí, Marco, estaba en la reunión. Lucía, el despido
es correcto: hay pérdidas, sobra gente y yo cobraba demasiado. Es lo que hay. Era
algo que se veía venir…, pero se acabó. Gracias a eso me he dado cuenta que mi
vida era una vida de esclavo. Voy a pasarme todo el día reflexionando y
haciendo lo que me apetezca, sin prisas. Lucía, ¿me puedes dejar una hoja y un
bolígrafo?
- - Claro.
Lucía cogió una libreta de una estantería, arrancó un par de hojas y
se las pasó a Pedro junto con un bolígrafo.
- - Aquí tienes, no me pidas el móvil que aunque esté
soltera no te lo voy a dar.
Pedro puso la mano derecha dentro del bolsillo de la chaqueta de
chándal. Allí estaba el sobre con ocho mil euros en efectivo que le habían dado
al firmar el despido; los treinta mil restantes se los ingresarían en la cuenta
donde le ingresaban la nómina cada mes. Escribió en la hoja los dos
pensamientos de los que se sentía orgulloso.
-
1.- Tomar
mis propias decisiones.
-
2.- Dueño de
mi tiempo.
Se guardó la hoja en el bolsillo al lado del sobre. Lucía le trajo el
Cacique con Cola y le sonrió. Pedro dio un sorbo largo como si fuera un viernes
por la noche. Al dejar el vaso sobre la barra, algunas gotas fueron a parar a
la página del diario que tenía abierto; y unas cuantas, en un mágico efecto,
rodearon un anuncio en el que se solicitaban figurantes de aspecto rudo para
una serie de televisión. El casting era para ese día. Pedro miró el reloj,
faltaba media hora para que empezara. Se acabó el cubata, pagó la cuenta, se
despidió de Lucía y salió a la calle.
Hacía un sol magnífico, la noche anterior había llovido y algunos
charcos negros brillaban en el asfalto. Pedro caminó unos metros alejándose del
bar y del almacén, pero se giró y decidió volver a entrar en el bar.
- - Lucía, puedes salir de la barra.
Lucía lo miró sorprendida, se secó las manos, rodeó la barra y se
acercó. Cuando estaba delante, Pedro la abrazó fuerte y le dio dos besos.
Sacó dos billetes de cincuenta euros del sobre y se los dio.
- - Pedro, no puedo aceptar esto –le contestó Lucía.
- - No creo que nos volvamos a ver, nunca más vendré a
este bar y tú me has sacado de muchas tristezas, aunque quizá no lo sabes, tú…
- - Espera… -le interrumpió Lucía.
Lucía cogió una libreta, anotó su número de móvil en un
hoja y se la pasó a Pedro.
- - Ten, si un día tienes tiempo y te apetece quedar,
llámame.
- - Lucía, tengo todo el tiempo del mundo y nada me apetece más que quedar contigo. ¿Quieres que esta noche cenemos juntos?
- - Llámame más tarde. Pero no te pases el día bebiendo, sino no vamos a poder quedar.
Se volvieron a abrazar. Pedro caminó hasta una avenida cercana y paró un taxi. Le pidió al taxista que lo llevara a la dirección del anuncio. En la emisora que tenía sintonizada el taxista se volvía a escuchar un debate encendido sobre el entrenador del equipo de fútbol local. Cuando llevaba unos minutos de trayecto, Pedro se dio cuenta, de repente, que iba vestido como un camionero, con chandal y zapatillas deportivas, y sintió vergüenza de sí mismo; él ya no
era un camionero, era alguien libre; entonces decidió cambiar de planes y le pidió al taxista que lo llevara al centro, a alguna tienda de ropa…
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