viernes, 28 de noviembre de 2014

Cuento II (Txema)

El fantasma

He recordado esta historia, que tenía superada, porque anoche, antes de dormir, estuve leyendo un cuento de H.P. Lovecraft en el que aparecía un fantasma. La historia transcurría en el siglo XIX en Rhone Island, no recuerdo el título del cuento, y podría buscarlo porque lo tengo en la librería, pero creo que tampoco es necesario para lo que voy a contar. Obviamente, soy incapaz de provocar en el lector la tensión que H.P. Lovecraft alcanza con sus textos atmosféricos.

Sucedió a finales de los ochenta –fue antes de la caída del muro-, yo entonces tenía treinta y siete años y acababa de conocer a una chica de mi edad de la República Federal Alemana llamada Ingrid. La conocí en Cadaqués en julio, el caso es que empezamos a salir y ella decidió quedarse a vivir conmigo en Barcelona. Era traductora y pensó que le sería fácil encontrar trabajo, como así fue. Yo vivía en Gràcia, cerca de la calle Perill, e iba a un gimnasio que está justamente en esa calle. Ingrid se hizo socia y muchas tardes íbamos los dos a las clases de aerobic. Era divertido. He de reconocer, y es algo que he descubierto con el tiempo, porque entonces no me daba demasiada cuenta, que estaba profundamente enamorado de Ingrid. Creo que en algún momento ella también, pero no lo podría asegurar. Cada noche hacíamos el amor de una forma desmesurada, ya no éramos jóvenes. Todo era felicidad.

Una tarde en el jacuzzi sucedió un hecho que truncó nuestra relación. He de explicar, para que se entienda la situación, que el jacuzzi era una piscina pequeña de unos diez metros por cinco. Estábamos habituados a estar allí diez minutos después de los ejercicios. Pero aquella tarde, cuando nos acabábamos de sumergir hasta la cintura, Ingrid lanzó un grito desgarrador. En un primer momento, yo pensé que había tenido un tirón y le pregunté qué le pasaba. Me dijo con la cara desencajada: “he visto un fantasma”. Creo que nadie cree seriamente en fantasmas ni incluso los que dicen creer. Que alguien pronuncie esa frase con seriedad solo quiere decir que ha entrado en la locura. “Es ése”, me dijo, y señaló a un joven delgado de unos veinte años con bigote que estaba sentado en la otra punta.

A partir de aquel día empezamos a discutir por tonterías. Si faltaba pan, como es que no lo había comprado. Si quería ver un partido de fútbol tenía que quitar el sonido porque decía que le molestaba –hasta entonces no le había molestado-. Al chico no lo volvimos a ver en el gimnasio, pero yo tenía miedo de encontrarlo. En Semana Santa, nos fuimos una semana a Grecia, estuvimos en varias islas y parecía que aquello del fantasma había desaparecido. Pero entonces, Ingrid empezó a tener pesadillas. Se despertaba gritando “Gael, ¡déjame, vete de mí!”. Me contó que el fantasma –el chico del bigote- se le aparecía en sueños y trataba de violarla. No puedo negar que sentí una mezcla de celos y preocupación. Le dije que tenía que ponerse en manos de un especialista porque sola no podría superarlo. Pero ella se negó, decía que las pastillas no iban a solucionar nada. En el vuelo de Atenas a Barcelona le dije que lo mejor era que lo dejáramos porque yo no podía hacer nada para solucionar esa historia y ella no parecía querer dejarla atrás. Así fue, recogió sus cosas y regresó a Bonn. Para entonces, yo tenía bastante claro que algo había pasado con aquel chico del bigote que era cualquier cosa menos un fantasma.

Fue en mayo –hacía dos meses que no sabía nada de Ingrid- cuando una tarde me lo encontré en el vestuario. Era él, el mismo bigote. No pude evitar preguntarle si se llamaba Gael, me respondió que sí; y si conocía a una chica alemana de Bonn llamada Ingrid; para mi sorpresa, me respondió también que sí; y cuando le pregunté cómo era, me hizo una descripción que encajaba hasta en algunos detalles íntimos, como un tatuaje, con la Ingrid que yo conocía; entonces le pregunté de qué la conocía, y sin cortarse un pelo, me respondió que se había enrollado con ella en Cadaqués, en una fecha que era justamente unas semanas antes de que yo la conociera.

Aquella información me afectó, y pasé varias noches sin poder dormir. Estuve tentado de llamar a Ingrid, pero no lo hice, no tenía sentido. Pero no podía dejar de darle vueltas al hecho de que ella dijera que había visto un fantasma. En esa época me sucedieron dos hechos que me dejaron profundamente abatido: mi hermana murió de cáncer en pocos meses y me echaron del trabajo de contable por bajo rendimiento: varios días falté sin justificación y otros me quedé dormido en mi mesa. Me borré del gimnasio, andaba sin rumbo, me sentaba en los bancos y consumía las mañanas. No sé por qué pero mis amigos me dieron de lado. Podía haberme dado a la bebida, pero no me gustaba beber.

Se me ocurrió llamar a Ingrid. Me contó con naturalidad que estaba saliendo con un chico finlandés que había conocido en un congreso. Le expliqué mi situación y mi encuentro con Gael. Se rió, me dijo que era verdad y me preguntó que como era que creía en fantasmas. Tuve que colgar.

Un tiempo después me encontré a Gael en un bar de Gràcia, y por darle conversación le expliqué lo que me había pasado. El chico, que era amable, se quedó muy sorprendido, sobretodo por la historia del fantasma. Me confesó que Ingrid estuvo varios meses después de aquel verano tratando de quedar con él, llamándole y dejando mensajes en su contestador, pero que él nunca le contestó.

Creo que tuve un colapso, porque recuerdo que me desperté en mi cama y creí que estaba solo en el mundo. Solo existía la naturaleza, las máquinas y yo. Cogí la moto, conduje hasta la playa de la Barceloneta y me senté en la arena. Acababa de amanecer. Me tumbé, miré el cielo. Me sentía completamente perdido. “Hola”, una voz de chica me sacó de mis pensamientos oscuros. Era una joven rubia vestida de blanco, se sentó a mi lado y puso su mano suave en mi rodilla como si me conociera, “todos somos fantasmas, todos estamos muertos, no pienses más…” y desapareció. Se volatilizó.

Luego estuve un tiempo ingresado en un centro de salud mental, más adelante me casé, tuve dos hijas, me separé, conocí a una chica húngara, vivo con ella, creo en ella, confío en ella, sé que estoy enamorado de ella.



lunes, 24 de noviembre de 2014

Cuento I (Txema)

El poeta

Amanecía, Ricardo fumaba un cigarrillo apoyado en la barandilla del balcón del hotel que daba a la plaza. En el otro lado, junto a los porches, unos operarios desmontaban el escenario. Era un domingo de agosto, se habían acabado las fiestas. Los obreros del turno de las seis, ya iban camino de la serrería, su andar silencioso contrastaba con el bullicio y las canciones de los últimos juerguistas que volvían de matar la noche en alguno de los garitos del pueblo.

Ricardo dio una calada, expulsó el humo, se sentía asqueado. Otra vez había hecho el truco del poeta, pero ésta vez, se dijo, sería la última. En la cama, estirada de espaldas, dormía una chica delgada desnuda; las sábanas dejaban al descubierto parte de su anatomía: un pie, una pierna, una nalga, un trozo de la espalda, la melena ondulada morena... Ricardo lanzó la colilla a la plaza, entró, contempló el cuerpo con cierta admiración, pese a los cientos de experiencias, dejó un libro encima de la mesilla, cogió su maleta con ruedas y salió de la habitación.

A esa hora de la mañana no había nadie en recepción, había pagado las dos noches de hotel la tarde antes. Atravesó la plaza, giró a la derecha por una bocacalle y siguió recto hasta cruzar el puente sobre el río. Una vez en el Mercedez biplaza, puso música de Bach y condujo hasta la salida del pueblo. 

Violeta tenía veintiún años, estudiaba segundo de filología románica en la Universidad Complutense de Madrid, era una buena estudiante, y ese año, por primera vez, se había presentado al concurso de poesía de Albarado, el pueblo de su padre. Para ella haber quedado segunda era un triunfo, porque el ganador era el maestro de la escuela, considerado el poeta del pueblo, que había ganado el concurso varias veces.

Aquella noche, mientras estaba con sus amigos en un bar celebrando el segundo premio –el pueblo estaba de fiesta, era la semana cultural-, se le acercó un hombre alto con acento extranjero que dijo ser poeta y llamarse Amadeo Sasonado. La felicitó por sus poemas –decía haberlos leído en la web del concurso- y le enseñó un libro de poemas en italiano traducidos al castellano con los que había ganado un concurso en Turín de donde era originario. Violeta leyó en un rincón del bar algunos poemas y le parecieron sublimes, llenos de fuerza, muy diferentes de los suyos que siempre le resultaban dulzones. El hombre se mostraba amable, por sus comentarios se notaba que era culto, le contó que era un profesor de literatura de la universidad de Turín y que en sus ratos libres se dedicaba a escribir poemas.

Los amigos de Violeta le explicaron que iban a cambiar de bar, pero ella les dijo que se fueran que se quedaba con el poeta que acababa de conocer. Estuvieron bebiendo y hablando de poesía y sobre la dificultad de publicar. Amadeo le contó que había publicado cinco libros de poesía, pero que había tenido la suerte de contar con un editor que sentía admiración por sus poemas. Violeta estaba entusiasmada. Cambiaron varias veces de bar, las calles estaban rebosantes de veraneantes que habían acudido a la semana cultural de Albarado.

Ya era tarde cuando Amadeo le propuso a Violeta que fueran a su habitación para continuar hablando de libros. Violeta no era tonta, sabía dónde se metía, pero no podía negar que sentía atracción por ese profesor universitario de maneras delicadas que tenía treinta años más que ella. En la habitación Amadeo le enseñó más poemas que Violeta leyó con fruición. Entonces le pidió, si quería, que se desnudara porque nada le inspiraba más que el cuerpo femenino. Violeta hacía rato que quería darle lo que suponía que él quería, y eso hizo. Y no solo eso, sino que también le hizo una felación tal como Amadeo Sasonado le pidió. Finalmente hicieron el amor, y Violeta se quedó dormida.

Ricardo conducía rápido por la A62 camino de Valladolid. Al día siguiente tenía una reunión en la sede de la empresa cárnica de la que era Director Comercial, y el martes volaba a Turín para ver a unos clientes habituales -iba a la ciudad italiana varias veces al mes-. Se sentía cansado de hacer el papel de poeta y de acostarse con jóvenes. Desde que había encontrado los libros de un poeta turinés desconocido, algo más joven que él, en una librería de Turín, un tal Amadeo Sasonado, en unas ediciones con la traducción en castellano, se hacía pasar por él en las fiestas de los pueblos donde se celebraban certámenes poéticos. Y siempre, inevitablemente, ligaba con alguna de las jóvenes participantes. A Ricardo le gustaba la poesía y la literatura, tenía buen discurso y se tomó aquello como un juego para ligar. El método era infalible. A lo largo de diez años, desde que se separó de su mujer, habían pasado por sus manos más de doscientas chicas, la mayoría estudiantes entregadas. Pero se sentía harto, lo que empezó como una broma se había convertido en una obsesión sexual debido a lo fácil que le resultaba. Nunca hubiera imaginado que el engaño funcionara tanto, empezaba a tener una mala opinión de las mujeres por su extraña facilidad para idolatrar. Ricardo sabía que si se presentaba como Ricardo carecía de interés para cualquiera de ellas, pero también le dolía que en todo este tiempo ni una sola lo hubiera amado a él.

Paró en un área de servicio, se dirigió a los lavabos y al atravesar la cafetería escuchó: “¡Amadeo…!, ¡Amadeo Sasonado!”, se giró y vio a una chica que no recordaba haber visto que corría hacia él gritando.


miércoles, 19 de noviembre de 2014

Cuento corto 2 (Tomás)

LA HABITACIÓN.

Su asistente personal cerró la puerta y echo a todo el mundo de ahí. Quedaron en la habitación el presidente y él a solas. Un cuarto en el que muchas veces habían celebrado triunfos juntos. No era el caso esa noche.
El presidente estaba sentado en uno de los sofás verdes e impersonales que presidian el lugar. Abatido. Con un papel entre los dedos.
Por lo demás allí casi no había nada. Sobre el suelo de moqueta azul una máquina de agua y una mesa con café, diversos tipos de te, refrescos y cerveza fresca. Un televisor de vigilancia interior y un par de sillas negras. Un espejo de cuerpo entero cerca de la puerta.
Era la sala de descompresión que precedía a la sala de prensa de la presidencia del país. Así la llamaban, sala de descompresión.
El asistente se sentó entonces con las piernas cruzadas en el suelo delante del presidente.  Tomó el papel que este tenía entre las manos y lo leyó en voz  baja de arriba abajo.
Durante su lectura el presidente levantó la mirada y escuchó con atención. Su rostro reflejaba una mezcla de tristeza y rabia contenida.
En el televisor de vigilancia se veía a un grupo de gente ajetreada moviéndose de un lado al otro con evidente preocupación.
Al acabar su lectura el asistente levantó el rostro del papel y cruzó su mirada con la del presidente. Un hombre al que creía conocer bien.
Llamarón a la puerta.
El asistente se acercó y la entre abrió. Detrás de la puerta su secretaria le comunicó que la rueda de prensa empezaría en cinco minutos. 
Con sus dedos le indicó que la sala estaba a reventar de periodistas y televisiones.
Con sus ojos preguntó sutilmente a su jefe  por el estado de ánimo del presidente y este contestó con una expresión que quería mostrar entereza. Confianza.
Cerró la puerta mientras le decía que estaban listos y que no dejara bajo ningún concepto que nadie entrara allí hasta que empezara el acto.
Al girarse se encontró con el presidente de pié tomando una cerveza directamente de la botella. Un trago largo. En silencio. Silencio que él respetó.

Entonces el asistente dijo:

-Es la única opción.

El presidente se sentó y concentró su mirada en ese pequeño discurso que habían preparado juntos y que se suponía que en breves instantes tenía que leer ante todos esos periodistas en la sala.

Entonces el presidente dijo:

-Tienes razón. Es la única opción. Pero me pregunto la única opción para que?

El asistente reconocía a la perfección los momentos en los que su presidente recordaba vagamente al hombre que llegó al poder hacía ya casi ocho años. Instantes cada vez mas escasos en los que aún se preguntaba a si mismo alguna cosa. Había aprendido a no alimentarlos. Sabía que acostumbraban a ser tan solo pálidos reflejos sin importancia ninguna. El presidente siempre había terminado por hacer aquello que debía hacer.

Entonces el asistente dijo:

-Esta declaración parará el golpe. Nos dará tiempo. Pondrá el foco en las victimas y eso es lo que necesitamos.

Llamaron de nuevo a la puerta. Ambos sabían que había llegado el momento de salir ante los leones y los flashes.
El presidente se acercó hacía él. Tomo su cara entre sus manos y le dijo:

-Eres un buen hombre. Haces bien tu trabajo. Gracias.

Ajustó su corbata ante el espejo junto a la puerta. Respiró hondo y abrió la puerta que conducía a la sala de prensa. El asistente salió tras él y cerro la puerta. La habitación quedó vacía.










Cuento corto 1 (Tomás)

ANDREI.

Andrei era el único superviviente.
Hacía tan solo un par de días su compañera Irina había muerto del mismo virus que había ido eliminando a los otros miembros de la tripulación.
El estado de la nave era deplorable. Perdidos en el espacio des de hacía unos meses, escasos de víveres y sin posibilidad de hablar con la tierra, se habían ido hundiendo todos en una depresión colectiva cercana a la locura. Dejadez, suciedad y desorden por doquier.
Ahora ya solo quedaba él.
Llevaba dos días dando vueltas alrededor de la nave. Andar era lo único que hacía soportable esa inmensa soledad. No comía. A penas si bebía un poco de agua.
Algunas veces se detenía ante el gran ojo y observaba la oscuridad del espacio exterior.
La espesura y la presión que se apoderaba de él en esas pausas le oprimía de tal forma el pecho que le parecía que le iba a estallar.
Debía seguir caminando. Eso haría. Caminar sin detenerse y dormir cuando el cansancio le derrotara.
Día y noche ya no significaban nada para él. Tampoco persona. Trabajo o sentido, significaban ya nada.
Oía en su cabeza un continuo zumbido agudo informe. Ese ruido le hacía compañía siempre. Obsesivamente.
Antes, cuando aún vivían sus compañeros, hablar le evitaba oírlo. Ahora, que se había quedado completamente solo en la nave, ya no había escapatoria.

Hablar con uno mismo, quizás. Pero sabía muy bien que si empezaba a hablar con él mismo indiscriminadamente se vería abocado a la paranoia mas absoluta.
Debía mantener por todos los medios su voz interior en reposo.
Debía evitar por todos los medios que sus pensamientos empezaran a tomar el mando y se expandieran sin remedio en su interior. Ese caos de voces podía acabar con él.
Era preferible el ruido ensordecedor.
Caminó durante horas. Luego cayó derrotado.
Durmió en medio de la sala de control estirado en el suelo. En posición fetal con las manos juntas y apretadas entre sus piernas. La cabeza apoyada en uno de los cojines que había caídos por el suelo.
La nave continuaba su lento deambular en orbita alrededor de un asteroide desconocido lejos de la ruta que hacía tiempo habían perdido. Suspendida en la nada.

Despertó. El zumbido seguía ahí. Con él. Se dirigió al almacén de provisiones. Tomó algo de agua de una de las pocas bolsas que quedaban. Reanudó la marcha. Volvió a caminar sin sentido alguno por dentro de la nave. Durante horas.
Evitando pasar por las dos estancias donde habían acumulado los cuerpos de los tripulantes muertos. Convenientemente encerrados en camas de descompresión acristaladas.

Caminó durante horas. No se detuvo en ningún momento. Ni tan siquiera ante el gran ojo para contemplar el espacio exterior. Ese día había un inmenso reflejo rosado que perfilaba la cara oculta de un lejano planeta. Aquella imagen era de una belleza inconmensurable.
Belleza. Tampoco tenía ya ningún sentido para él.
Forma. Espacio. Todo eso, todas esas palabras y esos conceptos se había ido borrando de su cuerpo hasta desaparecer por completo.

Anduvo hasta la derrota. Se sentó entonces en el puente de mando, en la silla del capitán. Y allí se durmió. Al mando de la nave.

Al despertar al cabo de unas horas notó como aquel ruido interior había cesado. Todo estaba en silencio. Ante él el negro mas intenso.

Se levantó. Se dirigió a la escotilla de babor. Quiso antes de abrirla despedirse de la vida de alguna forma. No recordaba como. No tenía en su ser las claves. Su cuerpo ya no reconocía ningún ritual relacionado con la muerte. Desistió.
Abrió la escotilla y se lanzó al espacio. Su cuerpo estalló en mil pedazos.