martes, 30 de septiembre de 2014

Tren (Tomás)

VIAJE EN TREN

Se despidió en la puerta de entrada bajo el porche. Atravesó el jardín y antes de abandonar la casa del todo se giró y saludó a su viejo padre que le devolvió el saludo girando su mano derecha sobre si misma. Un gesto infantil que había empezado a hacer en los últimos años. Un gesto que acompañaba con un sonrisa inmensa que dibujaba una enorme “u” en su rostro. Un gesto que hacia que sus diminutos ojos azules brillaran con especial intensidad. Giraba la mano una y otra vez sobre si misma como si el viento estuviese soplando a ráfagas en direcciones opuestas a gran velocidad.

Su padre estaba muy enfermo. Vivía acompañado por una cuidadora. Había perdido mucha memoria y movilidad.
Debía apresurarse. Su tren salía en 15’, justo el tiempo que tardaría en atravesar caminando el barrio residencial donde había crecido.
Llegó a la estación justo a tiempo de atravesar corriendo el puente que salvaba la vía, bajar a toda prisa las empinadas escaleras y saltar dentro del último vagón.
Aquello le recordó la infinidad de veces que en su juventud había corrido hacia la estación a coger ese mismo tren en busca de aventuras en las noches de verano hacia la gran ciudad entonces lejana y prometedora.
Una vez sentado y acomodado se dispuso a mirar por la ventana. El viaje duraba unos 45’ hasta el centro del down town, así que tenia tiempo de relajarse. Quizás incluso podría dormir un poco.
No tenia ganas de hacer nada especial, no quería leer ni fijarse en los otros pasajeros. Quería guardarse los 45’ para sí. Cerró los ojos y cruzó los brazos sobre su pecho.
Siempre había pensado que su madre moriría antes que su viejo. Pero no fue así. Su madre murió antes que su padre. Murió de un cáncer galopante en seis meses. Pasó de ser una mujer activa, sonriente y habladora, a ser un pajarito débil, cansado y silencioso.
Murió bien, supo morir. Habló con cada hijo, habló con sus hermanos, sus amigos, dejó a los que se quedaban tranquilos, sin culpa y sin peso.

El domingo había sido placentero. Su padre había estado especialmente cariñoso y dulce con él. Habían dado un largo paseo por los alrededores de la casa. Él tomado de su brazo, caminando juntos, acompasados y muy despacio. Su padre le contó cosas sobre los arboles y las plantas que poblaban el barrio.

Parecía increíble que un hombre como él hubiese acabado aprendiendo tanto de jardinería y dedicando sus últimos años al cuidado de las flores y las plantas del jardín como algo extremadamente valioso.

El tren llegó a la primera parada. Se sabia todas las paradas de memoria como aquel que se sabe todos los ríos de un país. Subieron un par de adolescentes ataviados con sus gorras y sus skates. Van a la ciudad a divertirse, pensó para si. Se sentaron frente a él mascando chicle, con las piernas desmadejadas frente a sus cuerpos de goma.

Su padre, año tras año, después de la muerte de su madre, se había ido perfeccionando en el arte del cuidado del jardín. Cuidar aquellas flores y plantas había sido su salvación. Su refugio. A él le gustaba pensar que al cuidar cada planta su padre estaba de alguna forma acariciando a su querida madre. Fuese a no verdad, que mas daba, le parecía un pensamiento bello. 
En estos últimos cuatro años él había aprendido muchas cosas de su padre. No porque el hombre se hubiese vuelto de repente un libro abierto, sensible y amoroso que se dedicara a contarle todo aquello que le pasaba por dentro y todo aquello que uno debería saber sobre la vida para poder disfrutarla sin ansiedad ni obstáculos, no. Era simplemente que al haber ido perdiendo fuerzas y dureza su padre se había ido abriendo a la observación externa como si de un crisantemo en flor estuviéramos hablando.
Entre otras cosas había entendido que en la vida uno puede tener pensamientos en positivo, en gris, en plano, en negro o en muy negro.
Pensar que su padre acariciaba a su madre cada vez que regaba con esmero unas margaritas en el jardín le producía  un bienestar inmediato, y seguramente alejaba la enfermedad y la tristeza lejos de su alma. Eso era pues lo que había que hacer, pensar de esa forma.

El chico de la gorra negra dijo entonces mientras echaba la cabeza hacia atrás y se señalaba el cuello con el dedo índice:

-Te has fijado que yo tengo una nuez muy grande?.

-Si, y que?-contestó el chico de la gorra roja. 

-Pues que los que tenemos la nuez grande es porque disfrutamos del sexo-dijo volviendo a su posición de cuello normal y mirando serio a su compañero.

-tu estas chalado-soltó el otro.

-De verdad, lo tengo comprobado. Tu fíjate. La gente que tiene el cuello sin nuez es que no tiene mucho sexo o cuando lo tiene no disfruta, ni grita ni nada.

-Y en que se basa tu teoría?

-Y las mujeres también eh?. Hay mujeres que tienen una nuez también. Son mas pequeñas que las nuestras y mas puntiagudas, pero también están ahí.

-Aha-soltó el compañero a modo de mofa.

-Tu ríete, pero es así. Estoy seguro- Zanjó su amigo. Y se pasó la mano por la nuez lentamente.

El tren justo entraba entonces en la siguiente estación, anunciada como siempre por la voz mortecina del conductor. A él le gustaba que los anuncios de las estaciones se siguieran haciendo en vivo y en directo. Le parecía una buena decisión. Era mas cercano, mas humano. En realidad era también una cuestión práctica. Si había cualquier problema, retraso o incidencia el conductor podía tomar las riendas de la situación y anunciar lo que tuviese que anunciar sin depender de ninguna maquina o ordenador.
Bendito anacronismo, pensó para sí.

-Pero como va a tener nada que ver la nuez con el sexo??. Pero vamos a ver, tu por ejemplo, tienes una nuez de la hostia y cuanto sexo has tenido eh???- Dijo el chico de la gorra roja.

-No te enteras de nada. No se trata de la cantidad, te estoy hablando de que se trata de la calidad, atontado.

Al oír esa frase se le escapó una risa que no pudo evitar. Los chicos se dieron cuenta y se creó una situación incómoda por ambas partes. 

-Perdonad. No lo he podido evitar. Disculpad. Me parece bien vuestra discusión. No me hagáis caso-dijo a modo de excusa algo avergonzado.

Los chicos se quedaron muy cortados y dejaron de hablar entre ellos. Él cerró de nuevo los ojos y procuró dormirse.

Al cerrar los ojos retuvo en su interior la imagen de los dos chicos sentados frente a él. Sobretodo retuvo las dos gorras sobre su cabeza, una negra y la otra roja. Y, antes de que la imagen de los chicos y sus gorras se desvaneciera del todo, recordó la canción de lucha que había aprendido de joven y que su padre solía cantar conduciendo cuando estaba de buen humor. Y la cantó en silencio para sí.

Dice así:

Cuando canta el gallo negro
Es que ya se acaba el día

Cuando canta el gallo negro
Es que ya se acaba el día

Si cantara el gallo rojo
Otro gallo cantaría

Si cantara el gallo rojo
Otro gallo cantaría

Ay… si es que yo miento
Que el cantar que yo canto lo borre el viento

Ay…que desencanto
Si me borrara el viento lo que yo canto

Se encontraron en la arena
Los dos gallos frente a frente

Se encontraron en la arena
Los dos gallos frente a frente

El gallo negro era grande 
Pero el rojo era valiente

El gallo negro era grande 
Pero el rojo era valiente

Ay… si es que yo miento
Que el cantar que yo canto lo borre el viento

Ay…que desencanto
Si me borrara el viento lo que yo canto

Se miraron cara a cara
Y atacó el negro primero

Se miraron cara a cara
Y atacó el negro primero

El gallo rojo es valiente
Pero el negro es traicionero 

El gallo rojo es valiente
Pero el negro es traicionero

Ay… si es que yo miento
Que el cantar que yo canto lo borre el viento

Ay…que desencanto
Si me borrara el viento lo que yo canto

Gallo negro, gallo negro
Gallo negro Te lo advierto

Gallo negro, gallo negro
Gallo negro Te lo advierto

No se rinde un gallo rojo
Mas que cuando esta ya muerto

No se rinde un gallo rojo
Mas que cuando esta ya muerto


Ay… si es que yo miento
Que el cantar que yo canto lo borre el viento

Ay…que desencanto
Si me borrara el viento lo que yo canto

Le vino entonces a la cabeza otra imagen con su padre. Era cuando él tenia que acompañarle a hacer gestiones por la ciudad en coche. Su padre, en esos paseos de trabajo, tenia dos costumbres. La una era la de apretar con fuerza con su mano la rodilla del copiloto. Para él era como un juego. Visto desde hoy, en el tren de regreso a casa después de pasar un tranquilo domingo con él, esa era, seguramente, su forma de decir te quiero, estoy aquí contigo, vamos justos en el coche. Pero su padre tenia mucha fuerza en las manos cuando era joven y aquello dolía, dolía mucho. Él, con diez años recién cumplidos, delgado y tímido como era, no se atrevía a decirle aún a su padre que no hiciera aquello, que dolía y que no era para nada agradable. Que le daba miedo sentarse junto a él en el coche y esperar que en cualquier momento su mano se posara sobre su rodilla para apretar fuerte.
La otra costumbre incómoda era la de aparcar en doble fila en cualquier lugar de la ciudad, generalmente en sitios prohibidos o de dudosa legalidad y dejar-le allí solo en el coche con el encargo de que si se acercaba alguien o un policía le dijera que serian solo unos minutos, que su padre estaba haciendo unos papeles y que ya volvía enseguida.
Se sentía indefenso entonces, como abandonado.
Probablemente su padre no pensaba en ello en absoluto y si alguien le hubiese cuestionado aquel proceder le hubiera contestado aquello de que así se hará fuerte y sabrá manejarse solo por la vida.

Abrió los ojos. Los jóvenes de las gorras habían cambiado de sitio, pobres. El tren circulaba a buen ritmo y tenia la sensación de que se había dormido un par de paradas por lo menos. Efectivamente, el conductor anunció entonces Mamarronek. Estaban ya a mitad de camino.

Hoy su padre le había mostrado con detenimiento su última gran adquisición para el jardín. La “pimpinella anisum”, una planta delicada, larguirucha y de color liliáceo que había plantado meses atrás y ya estaba consolidada y bien enraizada.
Las raíces, decía siempre su padre, lo mas bello de la jardinería hijo mío es imaginar las raíces de cada planta ahondando hacia el centro de la tierra. Cada planta tiene su raíz en forma idéntica a la que la planta muestra a nuestros ojos, ese mundo invisible es el que debemos cuidar primero para luego poder dedicar nuestro esfuerzo a vestir bonitas a las plantas por fuera.
Cuando le oía hablar de esa manera no podía dejar de sorprenderse. Delicado, preciso y tranquilo. Parecía otro hombre. Nada que ver con el adulto que él había atisbado durante su infancia, duro, nervioso y ausente la mayor parte del tiempo

Recordó entonces, cuando el tren ya había dejado Mamarronek y se dirigía hacia White plains, una imagen poderosa que se le había quedado grabada del domingo anterior.
Cada quince días, cuando tenia la custodia de su hijo, acudía a ver a su padre con él. Tod tenia 10 años y era el nieto mas joven. Su divorcio había sido muy civilizado y el niño vivía con su madre a 10 minutos de su apartamento. Así que cada quince días, domingo si domingo no, cogían el tren hasta Scarsdale para comer con el abuelo y pasar la tarde con él.

El domingo pasado, después del preceptivo paseo vespertino, los tres habían entrado en la casa y se habían acomodado en el salón. Era una tarde de septiembre en las que el sol ya empieza a retirarse algo mas temprano y la luz que entraba por el ventanal de la estancia era tamizada y con tintes anaranjados.
Tod estaba sentado en el sofá principal junto a su abuelo. Este, como sucedía muy a menudo en los últimos meses, estaba ausente, mirando al frente con las manos apoyadas en las rodillas. Tod leía, mejor dicho, ojeaba un cómic de superhéroes junto a él cuando de repente, a cámara lenta y sin previo aviso su padre recostó su cabeza suavemente encima de las piernas de su hijo y se quedó allí quieto con una sonrisa inmensa y feliz en su rostro.
Tod, sin inmutarse lo mas mínimo, empezó entonces a acariciar el pelo blanco de su abuelo con suma delicadeza. Permanecieron así durante mucho tiempo, quizás veinte minutos o mas, en silencio. Como si de un cuadro al óleo se tratase, dejaron que la luz del sol que les bañaba completamente al inicio de la acción se retirase del todo y entonces su padre decidió levantarse e irse al baño sin mediar palabra ninguna. Mientras Tod, como si nada, volvió a su cómic de superhéroes en color.
Fueron veinte minutos de suspensión absoluta del tiempo. Él, sentado frente a su padre y su hijo, permaneció en silencio como uno permanece en silencio cuando entra en una iglesia solo para refrescarse del calor del verano.
Abuelo y nieto juntos, en ese sofá, eran la viva imagen de la ternura desnuda. 

La mochila de besos, abrazos, confianza y amor que su hijo Tod iba llenando en esos años de infancia acababa de recibir un regalo de proporciones insondables.
Uno, cuando es niño, recoge en una pequeña mochila toda clase de señales. Señales que van llenando con mas o menos acierto una especie de deposito emocional. De mayores, pensó, tiramos de ese deposito para transitar por todo aquello que nos va sucediendo. Encontramos en la mochila el oxigeno, el auxilio y las fuerzas para enfrentarnos a lo desconocido, a los otros y a nosotros mismos.

Ese domingo Tod lleno su mochila de una señal muy profunda, aquello fue un seísmo emocional de alto voltaje. Él, al observarles, había sentido un ligero pinchazo en el corazón. 

Fue emocionante y recordarlo ahora en el tren hizo que los avisos de lágrima acudieran raudos a sus ojos.
Se retuvo. Se retuvo y se recompuso en su asiento. Se enderezó y desperezó. Miró por la ventana y vio ya las primeras casas de los suburbios justo antes de cruzar el rio y entrar en la isla.
Los cristales del tren se habían empañado señal de que la temperatura ahí fuera estaba bajando. Refrescaba.
Dentro del vagón, donde apenas si había seis o siete personas contándole a él y a los dos chicos con sus gorras y sus skates, hacia mas bien calor. En estos trenes la calefacción siempre estaba muy alta. Era un calor denso, como si una manta te rodeara completamente y te generaba siempre un cierto estado de sudor desértico.
Tenia ganas de llegar ya a Grand Central y enfilar rumbo a su apartamento.

Iba a visitar a su padre cada domingo. Era un buen hijo, pensó. De hecho irle a visitar cada domingo también le ahorraba la incómoda sensación que uno puede tener al pasar todo un domingo solo en la gran ciudad. Después del divorcio, a su edad, y con todos sus amigos y conocidos casados, con hijos y con vidas complicadas, la ciudad un domingo cualquiera era una promesa de vacío, angustia y necesidad de pasar las horas como buenamente se pudiera.
Acudir a ver a su padre, ver naturaleza, salir de la urbe, y acomodarse después de comer en el sofá de la infancia de uno no era pues ningún mal plan en aquel entonces para él.

Pensaba en eso cuando el tren hacia su entrada en los oscuros túneles que darían paso al andén de la estación, final del trayecto. Así lo anunció la voz del conductor. Se abrieron las puertas y la gente salió del vagón. Él salió el último y caminó también el último desde el andén hacia la rampa que daba acceso al hall central. Delante de él, cansinos unos, divertidos otros, en silencio los mas, caminaban una cuarentena de personas que estaban dando por cerrado el domingo después de un día fuera de la ciudad.
Pensó que le apetecía caminar. Caminar y sentir el aire fresco en la cara. Respirarlo y ensanchar sus pulmones. Era una media hora andando, pero andar por la ciudad el domingo por la noche era agradable, había pocos coches, poca gente y las luces siempre generaban perspectivas dignas de ser tenidas en cuenta.
Así que salió de la estación y se encaminó hacia el norte mientras se abrochaba la cremallera de su chaquetita azul oscuro hasta el cuello. Ando a buen ritmo y se fue fijando en las líneas de luz que las farolas de la avenida generaban hacia un infinito lejano.
Llegó a su edificio sobre las 22h. Subió con el ascensor, entró en su casa y se dirigió a su balcón. Allí, con la vista puesta en los edificios que conformaban un pequeño skyline frente a él, encendió el primer cigarro del día y se sentó a contemplar.
Justo en ese momento su padre moría tranquilo y sin sufrir sentado en el sofá de su casa frente al televisor donde echaban una película de terror de serie B.




lunes, 22 de septiembre de 2014

Carta (Ernesto)

-Me cago en Ros! 

Y se tapó la boca. Le salió así, de algún oscuro lugar. Llevaba tiempo cagándose en Dios, como Dios manda. Desde los 23 que ya no vivía con papá y mamá. Maldecía como cualquier hijo de vecino . Pero aquella vez no. Aquella vez fue distinto. Su boca escupió de forma orgánica un juramento postizo, desnaturalizado por las imposiciones familiares y las buenas formas de su antiguo estatus social. Lo hizo sin pensarlo  y al hacerlo  se sintió profundamente conectado con algo impreciso. Como si, finalmente, todos aquellos juramentos que aliñaban ahora sus conversaciones  y le conferían un lugar entre la gente auténtica, fueran más falsos que un duro Sevillano.
Él no alcanzó a pensar en nada de esto. Su cerebro no asimilaba bien las contradicciones. Pero lo registró de forma ambigua, y dejándose ir , completó la serie:

- Ahí va la Osa! Miércoles! ... Me cago en Ros!

Sus compañeros del DCT, ni se inmutaron. Absorbidos como estaban por sus investigaciones.
Alberto, consiguió ese puesto de trabajo por enchufe, aunque él esto no lo sabía. Sus padres le pagaban la ilusión de ganarse la vida. Él creía molestarlos trabajando en la administración pública, pero la verdad era bien distinta. Entró en correos dirigiendo una jefatura. Su dejadez y su falta de ambición hicieron el resto y acabó en el  Departamento de Cartas en Tránsito ( DCT). Comunicó el descenso a su padre, no sin cierto placer. Aquello confería a su plan de bajar a los infiernos de la mediocridad un cariz patético, sin dramatismos. Era perfecto. Hacía tiempo que Alberto comprendió que ser artista, músico o escritor, no tendría mucho efecto. Es sabido que la mayoría de ellos vienen de buenas familias, y cualquier tipo de excentricidad tiene, entre la gente bien, bastante buena prensa. No, él quería hacer daño. Lo mejor era la administración pública. Y de todas las posibilidades, la de ser cartero, le parecía la más patética de todas.
Su padre, cuando recibió la llamada, decidió no hablar para que su voz no le delatara y respiró   con alivio, seguro de que allí, en las catacumbas de la oficina central, su hijo, por fin, no molestaría a nadie.
Alberto, por su parte, interpretó el silencio como un indicio claro de derrumbe dando nueva luz a   su ánimo parricida ( en sentido Froidiano). Para celebrar su triunfo, se sirvió un dry martini , que en un alarde conjunto de esnobismo y rebeldía, sirvió con una aceituna (rellena y del Mercadona).
Pero volvamos al improperio.

- Me cago en ros!

Lo grito mientras se le caía de las manos la carta de papel pautado que acababa de leer.
Si había una regla que jamás se debía romper, una ley que nadie debía quebrantar en el DCT esa era la de no abrir jamás los sobres.  Allí llegaban las cartas perdidas. Bien porque tenían una dirección ininteligible o incorrecta, bien porque el destinatario ya no existía y no constaba el remitente, o una combinación de las dos. En aquel departamento, que en otros tiempos fue el orgullo del sistema postal de un país con un 80% de analfabetismo, se respiraba ahora un tufo inequívoco a extinción e inutilidad.
Los compañeros de Alberto no lo veían así. Uno de ellos, de hecho,  apenas veía. Pasaban todos de los 70 años y habían entregado toda su vida e inteligencia a ese arte. Porque lo consideraban todo un arte. Veían en su trabajo estrechos paralelismos con los personajes de Conan Doyle o Agatha Christie ( uno de ellos se hacía llamar, no sin cierta pompa, Puerro, en un claro ejemplo de dominio castizo de las fonéticas extranjeras)  Cada carta era un nuevo caso, una misión casi sagrada, un servicio para la humanidad. En aquellos sobres llenos de manchas, tachones y garabatos, ellos encontraban indicios, pistas, detalles que les ayudaban a reconstruir las identidades, ya fuera del destinatario o del remitente. Con eso, a veces con menos, esbozaban hipótesis sobre posibles  barrios, y calles, que conocían al dedillo como los taxistas anteriores a la invasión Paki. Con la ayuda del cartero local, acababan dando con la persona y esa persona con la que le había escrito. Estos prodigios, estas conexiones humanas, eran propiciadas a diario por los secretos héroes del DCT en el anonimato de un subterráneo. Nadie llegaría jamás a conocer los esfuerzos y desvelos que esa carta había suscitado. Nunca nadie se lo agradecía, pero ellos se sentían orgullosos y satisfechos cada vez que sus deducciones daban en el blanco.
Pero jamás, bajo ningún concepto, se podía violar la intimidad de esas misivas. Abrir uno de los sobres para buscar pistas esclarecedoras leyendo entrelíneas, les parecía algo aberrante, innoble, indigno de un funcionario al servicio de las comunicaciones.

A Alberto, todo ese celo profesional, esa vocación social, le sudaba la polla y a la mínima dificultad, arrojaba la carta al cajón de la trituradora.

-Que aprendan a escribir coño, que no estamos aquí para perder tiempo. Si quieres que tu carta llegue, hazlo bien cojones. No es tan difícil.

Desde luego, tenía lo que hay que tener para ser funcionario, incluyendo la convicción de que  su trabajo estaba muy por debajo de sus cualidades.
Por eso sus compañeros no le dirigían la palabra. Lo ignoraban. Y eso, a Alberto le jodía. Él había nacido para molestar.
Llevaba 4 meses en el departamento y no había sido capaz de hacer llegar ninguna carta. A pesar de hacer ver que no le importaba, un  resquicio mal digerido de competividad malsana le llevó a proponerse un reto.

-Voy a hacer algo grande. Algo que les impresione, y se lo voy a pasar después por la cara a estos carcamales.

Ese día, Luís Antonio, el más veterano del departamento, tras dos días de indagaciones con un sobre franqueado en Guinea Ecuatorial, se dio por vencido.
Aquello provocó un gran revuelo, puesto que lo que Luís Antonio no podía arreglar, no tenía arreglo posible. Con dolor,  acompañado por las miradas compasivas de sus compañeros, llevo la carta hasta el cajón de la trituradora. Se hizo un silencio. Aquello parecía un entierro. Aguantando la carta con dos de sus dedos, alargó el brazo y lo mantuvo en suspenso. Sus labios parecían murmurar algo, como un especie de rezo. Al rato la dejó caer y aunque no hizo ningún ruido pareció como si alguien hubiera cerrado las puertas del cielo.
La insolencia no se hizo esperar. Alberto, se acercó al cajón, recogió la carta, se la miró con indiferencia, ante la  atónita mirada de sus compañeros, y dijo:

-Espera. Le echaré un vistazo a esta

Y se perdió en su mesa de trabajo tras las mamparas de plástico.
Aquello fue como tirar una bomba de neutrones. No los podía ver. Pero lo podía sentir en el ambiente.
El sobre no tenía nada especial, era el típico sobre estándar de correo aéreo. No pesaba nada. Posiblemente sólo encerraba una hoja escrita de papel fino y barato. Eso sí, parecía haber atravesado desiertos y montañas rocosas, a juzgar por las manchas de polvo, los varios sellos estampados y  las huellas de botas militares. No tenía remitente, pero fuera quien fuera, vivía en Guinea Ecuatorial, y muy posiblemente, fuera negro (esta deducción , a pesar de ser bastante obvia, le hizo sentir intrépido).

Jesús Antonio Blasco Cañadell
Barcelona
España

Eso era todo.
Hubiera sido mucho más fácil si se llamara Buba Kombutu. Eso indicaría que se trataba de un inmigrante. Por ahí podías empezar. En el departamento tenían esa información. Sabían, en que barriadas solían concentrarse los inmigrantes de tal o cual país. Si Alberto hubiera sabído que Guinea Ecuatorial fue una colonia Española. Que los abandonamos a su suerte como hicimos con Filipinas y tantas otras. Que hablaban un castellano perfecto y algo dieciochesco  y que la mayoría tenían nombres perfectamente españoles, no hubiera pensado así. Pero no tenía ni idea. El nombre lo despistaba. Él solo atinaba a descifrar una combinación imposible de rancio abolengo castellano, noucentisme burgués y charnego de extrarradio.
¿Donde buscar? ¿Sarrià? ¿Ciudad Meridiana? ¿Aixample?
Comenzó por el registro, sin muchas expectativas, puesto que lo más seguro fuera que Luis Antonio ya hubiera pasado por eso. Pero no se lo pensaba consultar. Debía solucionarlo solito, y sin perder mucho tiempo. Solo así, tendría el efecto deseado.
Así que , tras comprobar que nadie le veía, abrió el sobre y leyó la carta:

Amor mío,

Ayer me comunicaron la sentencia. Me condenan a muerte. No me han dado un motivo. No lo necesitan. Me pregunto porque no lo han hecho antes.
La buena noticia es que me han permitido escribir una carta. Sólo una. Ésta.
Te amo. Todavía ahora. Con fuerza y sin ella, te amo. Tu recuerdo me mantiene viva. A veces en mis sueños, me visita aquella noche en que yo me enrosqué a tu pierna  como una perra en celo y los dos acabamos con la espalda y las rodillas ensangrentadas por las piedras de aquel camino. Hicimos el amor en medio de un camino, a la luz de la luna. Recuerdo lo de la luna porque se reflejaba en tus ojos, y tus dientes, reflejaban su blancura al morderte los labios.

Cuando marchaste, sabíamos lo que hacíamos. Iban a por ti. Al día siguiente hicieron una redada. Los mataron a todos. Hadbi, Gilberto, Kholo, Fernando. Los metieron, ya muertos, en un autobús y lo estamparon contra un muro. Salió anunciado como un accidente. Ni siquiera pude llorar sus muertes, me daba asco a mi misma por sentirme feliz de saberte a salvo. Porque necesito creer que estas a salvo.

Jamás recibí una carta con tus señas, una llamada, nada. Me pregunto si llegaste a Barcelona. Si te dieron el asilo político. Seguramente no me escribías para no comprometerme. Pero yo me he comprometido solita. Pasadas las interrogaciones me dejaron tranquila, pero yo no lo estaba. Ya me conoces. Comencé a quedar con las mujeres de los desaparecidos. Siendo mujeres era más fácil. No éramos una amenaza. No todavía.

Ahora esta todo perdido, están todas aquí, conmigo. Esta carta ya no compromete a nadie. Sin embargo he pagado con favores para que la carta realmente salga de aquí . Para que te llegue. No me importa que lo sepas. Aquí he hecho cosas que me avergüenzan. Esto no.

Si esta carta te llega. Si todavía estas ahí. Quiero que sepas que tienes un hijo. Si, nuestro hijo. Los meses anteriores a tu huida estábamos tan asustados que ni siquiera reparé en ello. Llevaba ya tres faltas.

Tiene tus ojos, tu mirada y una forma de llorar, que me conmueve, como si ya luchara, como si la injusticia le doliera en el alma. Me cuesta la idea de que se quede huérfano. Que crezca sólo. Yo, poco puedo hacer al respecto, pero tu, si estas ahí, si recibes esta carta, sí podrías.
Esta con mi hermana.

Te amo. Siempre
Sunmisha

-Me cago en Ros!!!!

Aquello era muy fuerte. Pero que muy fuerte.
Se quedó unos minutos en silencio, recuperando algo parecido a cierta serenidad que jamás tuvo. Lo que le pasó o no le pasó por la cabeza ya lo hemos descrito. Tras un silencio le siguió:

-Ahí va la Osa! Miércoles!...Me cago en Ros!!!!

No se trataba de un guión de una película ( aunque la verdad lo parecía, y bastante mala, por cierto). Aquello iba en serio. No hacía falta ser un lince para entender la responsabilidad que le acababa de caer encima. Y él era alérgico a las responsabilidades.

Su primer pensamiento fue para la trituradora. Aquello era demasiado grande para él. Me dejo de hostias, me trago el orgullo, y vuelvo a dejar la carta en el cajón. Ya encontraré otra manera de quedarme con los viejos.
El segundo, mas complejo, ratificaba el primero. Era evidente que él solo era incapaz de resolver eso. Pero si pedía ayuda a sus compañeros, se delataría su enorme traición, y quedaría como lo que era, como un capullo inútil. Así que, a la trituradora.

Por suerte, no hay dos sin tres, y aunque se hizo esperar, un resquicio de sensatez pareció asomar en él: Espera, date tiempo. Vuélvela a leer. No se trata de ti, se trata de esta mujer, del niño, del padre. ¿Dónde coño esta el padre?!!

Aquella carta de amor, le había caído encima como el mensaje del espectro sobre  Hamlet. Se trataba de una invitación irrevocable a pasar a la acción, y como a Hamlet, que también era un niño pijo, aquello le cogió por sorpresa, a destiempo y con mal pié. Lo que pasa es que Hamlet era Danés, y Alberto catalán. Y en el tiempo que Hamlet llegó al famoso ser o no ser, Alberto fue incapaz, siquiera, de hacer una llamada.

domingo, 21 de septiembre de 2014

Carta (Ivó)

Carta a Nadia

No tengo claro cómo hacerlo. Hace siglos que no escribo una carta de amor, y la verdad, dudo que lo haya hecho alguna vez. Pero algo me dice que ha llegado el momento. No debe de ser tan difícil, recuerdo las que me escribía Irene cuando teníamos 15 años, se pasaron décadas moviéndose de un armario a otro. Le encantaba escribir. Ahora es periodista en Londres. Hace poco lo tiré todo, higiene mental.

No tengo su teléfono, no puedo mandarle un what’s up, tampoco su correo electrónico. Pero sé donde trabaja. Me dijo que tenía un piso, pero que la mayoría de las veces se queda a dormir en el curro porque es más práctico. Creo que lo más efectivo será mandar la carta al curro.
No sé si ir a correos, o llevarla yo personalmente. Aunque, pensándolo bien, primero habrá que escribirla. ¿No?. De mi puño y letra, nada de ordenadores. Tengo que concentrarme y decirle muy claro lo que siento, cómo y cuando hay que hacerlo. Lo hemos hablado muchas veces, muchas veces sólo hablamos. La carta es un ultimátum. El corrector de google me va a ayudar. Puedo poner algunas frases en rumano, cosas bonitas. Como dragoste, que es amor. Siempre me acuerdo de esta palabra por el hit veraniego, el impacto rumano más fuerte en el mundo después de la ejecución de los Ceaucescu, y de, por supuesto, Nadia Comaneci. Ah! Nadia. Así le pusieron sus padres, cómo la gran gimnasta que deslumbró en los Juegos Olímpicos de Montreal 1976, se fugó a EEUU y se operó las tetas. Si miras fotos ahora parece una MILF de una peli porno americana. Un símbolo.

No quiero asustarla, me dijo que se vendría conmigo. Să ne împreună, vente conmigo. Tenemos el camión y tenemos dinero, al menos para dos años. Una larga luna de miel. Necesita descansar, ya lleva un año trabajando allí. Es duro. Sobretodo los fines de semana, doce servicios por noche. Yo intento ocupar el máximo tiempo posible con ella, muchas veces solo hablamos, pero no puedo evitar que alguien la invite a subir. Lo veo desde la barra bebiendo red bull para poder aguantar toda la noche y vigilar que no le pase nada. Ella me mira escondida entre sus compañeras para no llamar la atención. Las miradas en los puticlubs se utilizan como las palabras porque no se puede hablar, la música está demasiado fuerte. Creo que la práctica del acercamiento de oreja es un estimulante más, cómo el cubata, el mdma o la bachata hard. Hay que tener cuidado a quién se mira, cómo se mira y dónde se mira. Es como una charca llena de caimanes acechando, pero yo sé como hacerlo.
  
Es lo que hablamos. Tenemos un plan.
Desde aquí hacia el norte sin parar dos días. Será rápido. No tendrán tiempo de reacción. Que nos busquen. Si es que alguien nos quiere encontrar. Habrá que tirar los móviles, por lo menos el suyo. La geo localización es una mierda. Nadie sabe quién soy. Tampoco es tan difícil, sólo hay que hacerlo. A ella le gusta el frío. En Umëa puedes ver auroras boreales. Yo no sabía ni que existía, pero Suecia suena bien.

La caja del camión ha quedado de lujo, un puto loft. Forrada de madera, una mesa atornillada, cocina full equip, sofá para apalancarse con su tele y todo, cama de matrimonio y lavabo. He puesto una jarapa de las Alpujarras que queda muy acogedora. Lo he hecho en tres meses, una de las pocas cosas que heredé de mi padre es la sabiduría del bricolaje, pongo los sándwiches del Leroy Merlin a pares. Los trabajos manuales te ayudan a seguir adelante. Y la mecánica te ayuda a ir más rápido. Lo he dejado como la oficina móvil del coche fantástico, y yo soy Michael Night, pero más bajito. Aunque en realidad el personaje más potente del coche fantástico era el pavo que iba en el camión. ¿Cómo se llamaba? Devon. Ese si que tenía magnetismo, nunca fallaba, y no era un pichabrava como Michael Night. Primero tendré que hacer de Michael Knight, por lo de salir corriendo de allí en plan héroe y todo ese rollo. Pero después seré Devon, tranquilo en mi camión.

Nadie me conoce, nunca he hablado con nadie. Espero que ella haya mantenido su palabra y no se lo haya soltado a alguna de sus compañeras. Y alguna de sus compañeras a un taxista. Los taxistas nocturnos son como porteras sobre ruedas, la peor compañía que puedes encontrar.

Últimamente me cuesta más dormir. Muchos días me despierto y aun es de noche, las cuatro. Salgo a la cancha a echarme unas canastas para ir encajando todas las piezas una y otra vez, y lo veo todo claro.
Cada vez que entra la pelota en el aro repaso un detalle mentalmente, el sonido de la cadenita que hace de red es cristalino.
Solo estamos despiertos los basureros, los de parques y jardines y yo. La ciudad es nuestra. Cuando todos se despiertan yo ya he ido y vuelto.

Mañana mando la carta. ¿O la dejo personalmente en el buzón? Pero que credibilidad merece un buzón de un puticlub, quién me garantiza a mi que la carta le va a llegar. ¿También puedo dársela esta noche?. Hacerlo hoy. Pondré algunas frases en rumano, cosas bonitas.

Lo tengo decidido. Te iubesc es te quiero.


Voy a empezar a escribir.