miércoles, 11 de febrero de 2015

La huida (Larri)




Por qué esta carta ahora, te preguntas. Por qué este sobre bajo la puerta, como lanzado al azar por una mano sin dueño en una dirección cualquiera, perdida en el inmenso mar de nombres y números que tejen la ciudad. Sabes que no hay nada de casualidad en ello, lo dicen tus cicatrices, y te inclinas a recoger el sobre del suelo con el ansia de un niño que acaba de encontrar un tesoro. Compruebas la textura, el tono verdoso del papel, sopesas su gramaje, lo giras a un lado y al otro con la inconsciente intención de poder encontrar todas las respuestas con un simple movimiento.


Es invierno, la ciudad bulle a las nueve de la mañana. Te queda el tiempo justo, para coger tus cosas y salir a buscar un metro que te lleve al despacho. Es tu rutina diaria, la de los últimos dos años al menos, pero que hoy no cumplirás por culpa de ese imprevisto. Intentas dejar de pensar y serenarte, no puedes. Retienes el sobre un momento en tu mano. Notas el peso del pasado que te sobrevuela como una nube negra dispuesta a caer sobre ti, a repetirte otra vez que es imposible el olvido, que has de vagar por esta vida arrastrando esa sombra sobre los hombros, esa ruina sin final que te persigue a donde quiera que vayas y que una y otra vez te hará caer, sin condición.
Metes el sobre en el bolsillo de la chaqueta, coges el teléfono y marcas el número de Linda. Cuando levante el teléfono le contarás una mentira. Le dirás que ha llamado tu hermana, que necesita tu ayuda y que estarás fuera de la ciudad durante un par de días. Ella te hará preguntas, se interesará por el tema, te propondrá acompañarte, pero tú te desharás de ella con alguna excusa que inventes sobre la marcha, y le pedirás que justifique tu ausencia en el trabajo, le será fácil, eres una persona bien considerada que no suele faltar. Nadie pondrá problemas.


Sentado en el único sillón que decora tu sala, tras el enorme cristal que te ofrece una nítida panorámica de la ciudad, sacas el sobre y lo vuelves a examinar, puedes reconocer su letra perfectamente en tu nombre, no hay remite. El sello es sueco pero no existe ninguna marca que indique que haya sido enviado desde aquel país. Lo examinas minuciosamente. Nada, ninguna marca. ¿Como habrá encontrado tu dirección? y si no ha sido registrado ¿quien lo habrá traído hasta aquí?. Notas un ligero sudor en las manos. Lo abres con cuidado, y en una cuartilla de papel ves tan sólo cinco líneas escritas con su letra.

Amor, estaré en la ciudad tres días y he pensado que quizás querrías verme, me imagino lo que estarás pensando, perdóname. Estaré en el café Beltrán el Martes 5 a las 11:00. Creo que es lo bastante discreto y tranquilo para nosotros. Él estará todo el día reunido.


P.D. Entendería que no vinieras. Perdóname de nuevo.


Rita

     Te dejas caer en el respaldo y pierdes tu mirada sobre el mar infinito de tejados y antenas, de terrazas abandonadas por el frío, de tendales solitarios de los que ya nada pende; de cables mal colgados, de vidrieras rotas… Y mientras lo miras todo, te asombras, te asombras como si fuera la primera vez que lo ves, y te conmueve su abandono, su solitud impuesta, su tristeza.
Desearías que esa carta no hubiera llegado nunca a tus manos, que se hubiese perdido en cualquier buzón equivocado o en algún rincón de alguna estafeta de correos, olvidada por error. Pero la historia se repite, y hay un motor dentro de ti que por mucho que lo ignores se pone en marcha y lo arrasa todo, como una gigantesca ola marina, como un terremoto, como un fenómeno de la naturaleza imposible de dominar…


Vuelves en ti, hoy es Martes 5, miras el reloj y te das cuenta que ya son casi las diez. Calculas el tiempo que hay desde tu casa al lugar de encuentro. Te subirías ahora a un tren que te llevase lejos, pero no lo harás. Coges la chaqueta y bajas a la calle, tu corazón late con fuerza, sientes una ligera ansiedad por llegar, por oír su voz. Caminas durante una hora y cruzas media ciudad, no miras a nadie porque ya nadie te interesa, tu mente solo apunta a ese momento en que la verás sentada en una mesa al otro lado del cristal, esperando a que llegues; porque sabes que ella llegará la primera, siempre ha sido así.


Ves sus ojos que te miran y sonríen. Estás muy guapo, te dice, y te sientas a su lado. Vuestras pieles se rozan y su tacto se retiene en ti unos segundos, lo justo para recordarlo... Lo echabas tanto de menos... Coge tu mano y la aprieta con fuerza, y te dice con los ojos que te sigue amando como siempre, como la primera vez; ¿la recuerdas? en aquella vieja tienda de licores en el que te dejaste un verano de tu juventud mirándola como un tonto desde el otro lado de la calle. Allí, en el piso de arriba te hizo el amor por primera vez y tu vida se truncó para siempre.
Conversáis durante un par de horas, ella se interesa por tu vida, ¡hace tanto que no te veo!, tú también le haces alguna pregunta pero no te importa demasiado saber de sus cosas, te acabarías haciendo daño. Solo tienes ganas de abrazarla, de besarla, de decirle lo absurda que puede ser la vida si ella no está a tu lado. Te sientes dichoso y triste, aterrorizado y arrepentido al mismo tiempo.
Tenemos cinco horas más, te dice, y tú le preguntas dónde. Ella se levanta y te obliga a que le sigas. Cogéis un taxi, os besáis como si el mundo se fuera a terminar ahora. Ya en el hotel, el amor sin dulzura; descarnáis vuestros cuerpos como dos animales que se castigan con la única intención de redimir su desdicha, de pagar su culpa. Luego os amáis con ternura, al ritmo de una tarde de invierno que languidece  a paso lento, viendo tras el cristal como la ciudad, el mundo entero os es ajeno. ¿Cómo has sabido donde vivo?, le preguntas. Me he encontrado hace un par de meses a Miguel, me contó que vivías en París. Luego solo tuve que rastrear, sabes que soy muy buena en eso.
La abrazas fuerte y notas como te invade un suave sueño. Intentas retener su olor y deseas con todas tus fuerzas que el tiempo se pare para siempre.
Me gustaría escaparme contigo a un lugar donde no exista el pasado, escuchas su voz a lo lejos...


Pero el pasado existe, y tu sabes que nunca habrá despertar a su lado. Y por mucho que cambies de ciudad, de trabajo, por mucho que consigas recomponer los destrozos que ha dejado a su paso, Rita volverá a entrar en tu vida para arrasarlo todo. Porque tú le perteneces, aunque lo niegues y te engañes, y vuelvas a perderte una vez más en otra huida sin final.

martes, 10 de febrero de 2015

El entrenador (Txema)

El entrenador

La primera vez que hiciste el amor con Gemma Ruscalolpi, te sentiste alegre, feliz, satisfecho, exultante... Al día siguiente os despedisteis en el rellano con un beso tímido, como si os diera vergüenza que os viera un vecino. En el ascensor, mientras te mirabas en el espejo, jugabas a poner esas caras idiotas que a veces también mostrabas en la pista de baloncesto después de las victorias. Reías como si de repente el mundo se hubiera confabulado para darte un premio.

Durante los primeros meses de vuestra relación, estabas convencido que Gemma Ruscalolpi, en cualquier momento, te diría que lo mejor era dejarlo. Te habías hecho a la idea de que aquello era un lío efímero, y, además, eras consciente que si llegaba a oídos del director te expulsarían del colegio, y también perderías el trabajo en la librería que había delante porque la presión de los padres sería insoportable.

Por otro lado, y eran preguntas que no dejabas de hacerte, ¿por qué tengo que renunciar a un momento así?, ¿qué razones poderosas me obligan a dejar a Gemma Ruscalolpi si me siento enamorado y ella parece sentir lo mismo? Y si alguien te hubiera intentado argumentar que aquello que hacías era ilegal –a Gemma Ruscalolpi le faltaban unos meses para cumplir dieciocho años- hubieras pensado que a veces, y en concreto en esa situación vuestra, vale la pena ser ilegal.

Gemma Ruscalolpi te gustaba por su belleza, claro, que en parte estaba relacionada con su edad, su cuerpo estilizado y fibrado, pero también por cómo explicaba las cosas -una manera teatral que te divertía-, por su seguridad, su inteligencia certera: impulsiva, sin reflexión; pero sobretodo, y es posible que esa fuera la razón principal por la que te sentías tan enamorado, porque al hacer el amor te miraba, y su mirada sin edad te atravesaba y te despejaba las dudas.

En los partidos de baloncesto del final de aquella temporada, una vez que Gemma Ruscalolpi se recuperó de la lesión, te costó aparentar normalidad. Te esforzabas por mostrarte serio, por evitar que se te escapara la sonrisa boba con la que ibas a todas partes. Intentabas mirar a Gemma Ruscalolpi como una más, y eso era imposible. Gritabas, “¡defensa en zona!”, “¡tapar los rebotes!”, “¡después del bloqueo que Gemma Ruscalolpi se juegue el triple” como si después de cada orden tu mirada no buscara su complicidad. Tenías miedo que el resto de jugadoras descubriera vuestra relación. Al  acabar los partidos, o los entrenamientos, cada uno os ibais por vuestro lado y luego os veías en su piso o en el tuyo y pasabais la tarde y la noche juntos.

Aquella temporada era la primera vez que dirigías al equipo de chicas, antes siempre habías entrenado a los equipos de chicos. En julio, Eduard Desgrans, el profesor de matemáticas, te había preguntado, medio en broma, medio en serio, qué pasaría si te enamorabas de una jugadora, “allí en el vestuario..., piensa que tendréis mucha intimidad”. En aquel momento aquellos comentarios te parecieron las típicas bromas entre amigos. Tenías claro, o eso creías, que a tus treinta y nueve años las chicas de diecisiete eran unas niñas.

Pero cuando llegó septiembre, todo cambió. En el primer partido de liga oficial, apareció Gemma Ruscalolpi. Además de una estudiante brillante, era una de las figuras del equipo. Ese año todavía no se había podido entrenar con vosotros y no la habías visto, había pasado el agosto y parte del septiembre en Lituania donde vivían sus padres. La conocías porque la entrenadora del año anterior te había hablado de ella: alta, rápida, elástica, con buena técnica; le faltaba peso para ser un cuatro, pero podía jugar de tres y entrar a canasta sin temer a las rivales. Aquel primer partido solo la pusiste en los minutos finales.

Al acabar, entraste en el vestuario. Todavía no conocías los hábitos de las jugadoras, estabas acostumbrado a los chicos. Las felicitaste por la victoria, hiciste algunos comentarios técnicos. Algunas se estaban acabando de vestir, y Gemma Ruscalolpi, la más lenta, salió de las duchas tapándose con una toalla. Se puso en una esquina, se quitó la toalla, se quedó desnuda y se vistió sin preocuparse por tu presencia. No recuerdas si ya antes te había gustado, pero en aquel momento te pareció un hada salida de un cuento.

En el cuarto partido de liga, Gemma Ruscalolpi se tropezó mientras realizaba una entrada a canasta. Fue a partir de ese instante, cuando tu vida cambió. Cayó al suelo dolorida y te acercaste corriendo a ayudarla. Te sentías culpable porque la habías forzado a hacer aquella jugada. Camino del hospital, la primera vez que estabas a solas con ella, te contó que no hacía falta avisar a sus padres porque vivían en Lituania y que ya contactaría con ellos por Skype aquella noche. Estuvisteis esperando más de una hora hasta que os atendieron. Con un bolsa de hielo intentabas bajarle la inflamación. Finalmente le vendaron el tobillo y le dieron unas muletas.

Camino de su casa, te hacía ese tipo de bromas que se hacen los amigos. Fue entonces, aprovechando el tráfico denso, cuando empezaste a prestar atención a su sonrisa, a sus ojos, a los movimientos rápidos de los brazos largos que parecían salidos de una película de Tim Burton. Sin duda, notabas que empezaba a gustarte demasiado; demasiado en el sentido que lo que sentías podía traerte problemas.

Aquella mañana, la subiste a su piso en brazos -vivía en un tercero-. En cada rellano tuviste que parar para descansar. Pensabas que Gemma Ruscalolpi, aunque era más alta que tú, sería ligera, aunque la verdad es que tampoco estabas muy en forma como ella te iba recordando. Te contó que su compañera de piso pasaba los fines de semana con sus padres en un pueblo cerca de Osona y que en el piso no había nadie. Te supo mal dejarla sola y decidiste preparar unos espaguetis con una salsa al pesto que encontraste en un armario. Después de comer, os tumbasteis en el sofá y visteis una película. Una de aquellas de naves, planetas lejanos y mundos del futuro. De repente, ella puso su mano en tu cuello, eso te sorprendió.

Se hizo tarde, había oscurecido y caía una lluvia fina. Ibas a irte, pero ella te pidió que te quedaras. Con un esguince de tobillo no le apetecía quedarse sola. Sí, era una excusa. Aquella noche hicisteis el amor por primera vez. Ella con el tobillo vendado, tú intentando no hacerle daño. 


miércoles, 14 de enero de 2015

Navidad (Larri)



….Por donde no pasa ningún barco está el silencio.



Helsinki-Kemi. 25 de Diciembre.


Eran casi las tres de la tarde cuando la máquina del fax hizo un tímido chasquido, como pidiendo permiso para no molestar. El silencio en el puente de mando era total. Johan estaba de bruces por encima del panel principal, con los ojos bien abiertos como intentando encontrar algo entre la niebla. Apenas se dio cuenta de aquella irrupción. Extendió el brazo derecho y alcanzó una botonera verde que había justo debajo del panel. La bocina sonó larga y perdida, como quien deja caer un objeto en un precipicio sin final. Una hoja de papel empezó a moverse desde la bandeja de entrada. A los pocos segundos asomaba por la parte superior y caía al suelo como una hoja que se desprende de un árbol. Sin que esto interrumpiera su vigilancia Johan se inclinó de lado y la recogió. Leyó, dobló el papel y lo guardó en el bolsillo.


Se trataba de Linda... se estremeció, un frío intenso penetró desde la planta de sus pies y recorrió su cuerpo apoderándose de él por completo. Tuvo una ligera sensación de mareo pero lo evitó. Intentó rehacerse lo más rápido posible. Se acercó a la máquina del café y se sirvió uno. Sobre la mesa de cartas revolvió el líquido negro lentamente, con la mirada perdida en el mar de Botnia. Cogió el compás y tomó dos enfilaciones, luego como si retrocediera veinte años en el tiempo trazó el rumbo sobre la carta, miró la aguja, calculó la correspondiente corrección y marcó su posición. Repasó minuciosamente sus cálculos. Aquella lengua del demonio separaba dos países. A estribor Finlandia a treinta millas, a babor Suecia a casi ochenta. ¿Cuántas veces había navegado por aquellas malditas aguas? Y cada vez que la niebla le venía a visitar tenía el mismo presagio...


Esta vez, se había cumplido…


Se dejó caer en uno de los sillones negros y cerró los ojos. Los recuerdos se sucedían deprisa; vio a Linda el día de su cuarenta cumpleaños, estaba preciosa, reluciente. He contado los días para verte, le dijo ella al oído, y Johan notó la tibieza de su brazo rozando el suyo, luego llegó Ralf, la cogió por la cintura y se besaron largamente. La música empezó a sonar y todos bailaron y brindaron, él se alejó sin avisar y se perdió en el jardín. Las imágenes ahora le pasaban fugaces sin que pudiera detenerlas; el día que conoció a Ralf en un viejo bar de Rotterdam, la noche del accidente en Singapur, su primera travesía del Pacífico como capitán, la imagen de una proa de acero gigante que se retuerce y hunde en el océano devorada por la fuerza de un temporal, los ojos de Linda buscándole entre la gente, aquella noche de verano en la cabaña del Cabo Norte…


- Puedo relevarle si está cansado, capitán... -Johan abrió los ojos y vio al primer oficial que le hablaba.
-Quizás es buena idea, bajaré a mi camarote a echarme un rato.
-El patrón no creo que tarde en subir, su guardia empieza en media hora.
-Claro. Dígale cuando le vea que por favor pase a verme.
-Descuide capitán... -El oficial recogió el último parte impreso sobre la mesa y se dirigió al ordenador de abordo.
-Ah!, Peter... la bocina, nunca confíes del todo en un radar, hay que utilizar la bocina... -El oficial sonrió cariñosamente.
-Descuide…


La puerta se entreabrió unos centímetros, -¿puedo pasar?, -Claro Ralf. -Respondió Johan desde dentro. Ralf abrió del todo y entró. Johan estaba sentado en su butaca, junto a la cama, sostenía un libro en sus manos.
-¿Quieres sentarte? -Le señaló la única silla que quedaba.
-No, pero si no te importa bajaré el cristal un poco, hace demasiada calor aquí dentro.
Ralf abrió la ventana y una nube de niebla entró a borbotones e inundó el camarote en segundos, el frío y la humedad impregnó los objetos.
-Esta niebla, que puñetera... -Dijo Ralf, de espaldas todavía, con la mirada perdida más allá del agujero de la ventana.
-Sí, después de tantos años y no logro acostumbrarme...
Ralf se giró y vio a Johan que extendía la mano y le entregaba el mensaje. Lo leyó y volvió a girarse hacia la ventana… Hubo un largo silencio...

-Dime Johan, ¿Cuantas millas hemos navegado juntos?. Creo que millones. Si echo la vista atrás no recuerdo haberme subido a un barco en el que tu no estuvieras. Filipinas, Bering, Panamá, tengo la sensación de haber estado en todos los puertos del mundo. En Singapur me salvaste la vida, ¿te acuerdas? nunca te estaré lo suficientemente agradecido… dudo si yo hubiera tenido el valor de hacer lo mismo...
Los dos se miraron. Ralf prosiguió.
-A veces, me pregunto de qué me ha servido todo esto. De qué, si el resultado es este vacío. Siento que hay una parte de mi vida que ya no me pertenece, que se perdió un día en la niebla; y ahora tan solo me queda este acero que piso, y este mar por el que vagar hasta que me muera, como un pirata maldito. Ya no tengo nada en tierra por lo que volver…

Caminó hacia la puerta y cogió el pestillo. Antes de salir se volvió hacia Johan...
-¿Te acuerdas hace diez años en las Azores? Una noche estuvimos bebiendo y hablando hasta muy tarde, hubo un momento que intentaste decirme algo… - Ahora los dos se miraban a los ojos. Johan sintió la necesidad de hablar, de decirle lo que aquella noche debía haberle dicho y no pudo. Pero ni una palabra salió de su boca. Un nudo de dolor en la garganta no le dejaba hablar... Intentó reponerse.
-¿Sabías lo de su enfermedad?
-Sí.
-Y sin embargo nunca hemos hablado de ello…, me pregunto por qué he dejado que se fuera.
-Lo siento mucho Ralf…
Cuando cerró la puerta, Johan notó el frío calado en su cuerpo. No podía moverse, el camarote le pareció un lugar irremediablemente triste, la luz que desprendía la lámpara era triste, la litera metálica, los libros… Cerró los ojos e intentó escuchar el murmullo del agua, sonó una música a lo lejos… La tripulación en la sala de máquinas celebraba la navidad.



domingo, 11 de enero de 2015

Navidad (Tomás)

MERRY CHRISTMAS

Día de navidad en New York.  Gente atribulada para llegar a la comida. Tráfico insoportable. Gente bien vestida dentro de los coches. Nieve sucia en las aceras. Regalos en los maleteros.

Mat, un hombre de cuarentaiseis años conduce. Junta a él, su mujer, Susan, de cincuenta y dos. Detrás sus dos hijos adolescentes.
Llegan pronto como siempre. Cosas de Susan.
Circulan por la cuarta avenida hacia el norte. Se dirigen a la casa de los padres de Mat, ya octogenarios, que siguen organizando una comida despampanante el día 25 a pesar de que sus cuerpos, mentes y deseos querrían otra cosa.
Son ricos. Para ellos el dinero no es un problema. Los problemas son muchos, pero son otros.

Susan los soporta bastante bien. Con los años ha hecho cayo y las piezas de barro se han acoplado hasta confundirse en la nada de la educación cercana a la muerte.

Key viaja en el asiento del copiloto. A su lado Donald, su marido, conduce distraído. De amplia barriga, abogado, gran aficionado al beisbol y a cualquier deporte que pueda ver recostado en su butaca especial con una cerveza en la mano.
Organiza barbacoas a menudo y ya dio por acabada su vida hace mucho tiempo.
No tienen hijos. Solo su vacío.
También se dirigen a la casa de los padres de Donald que es el hermano mayor de Mat. Ni se llevan bien ni dejan de llevarse. No hacen prácticamente nada juntos excepto los encuentros y reuniones familiares obligadas.
Son dos hermanos que ya de jóvenes apuntaban a la nada que de mayores han confirmado.

Key soporta peor que Susan a sus suegros. Porque Key es mas mujer, mas persona, y mas vida que los otros tres juntos. Vive atrapada junto a Donald, del que se enamoró demasiado joven, demasiado inexperta y demasiado pobre, y se asfixia a menudo.

New York es el caos en un día como hoy. Llegar a la zona norte les costará a las dos familias, bueno, a la familia y media, mas de lo esperado.
Susan terminará por ponerse nerviosa. Ella odia llegar tarde, pues no soporta que ningún accidente o error cambien el curso de las cosas tal y como estas están previstas de ante mano.
Sus dos hijos la odian a ella precisamente por ello. Así es la cosa. Pero en esa familia nadie dice nunca nada. El odio se va labrando a sus anchas y en secreto bajo la alfombra o mejor bajo los corazones de cada uno de ellos hasta que sea un polvorín que nadie será capaz de contener. Susan habla y los demás otorgan. Por ahora.

Cuando los padres de Mat y Donald mueran, y no tardaran mucho, esta comida pasará a la historia y aquello que hoy llamaríamos una familia unida pasará a ser un grupo de personas distantes que miraran de evitarse lo máximo posible hasta que les llegue la hora. Triste.
Efectivamente les ha costado mucho a los dos coches llegar hasta  la zona norte cerca de la cuarta avenida con la sesenta y seis.
Aparcar por aquellas calles que rodean central park en un día como hoy es prácticamente imposible. Ambos han estado dando vueltas y mas vueltas hasta que Susan, ya atacada por completo, ha obligado a Mat y sus dos hijos a bajar del coche. Les ha dicho que ya aparcará ella y que vayan pasando pues llegar un cuarto de hora tarde aún sería aceptable pero ya llevan mas de media hora de retraso. Que pasen ellos delante y miren de amortiguar el golpe del mal humor que su suegra estará acumulando. Que ELLA, así en mayúsculas, ya conseguirá aparcar el coche pues otros no han sido capaces. Es una mujer insufrible.

En el otro coche la cosa ha sido distinta. Mas civilizada y aburrida. Key, dándose cuenta, por enésima vez, de que su marido carece por completo de la mínima sangre que podría hacer que perdiera los nervios alguna vez en su puñetera vida, le ha comentado seca y educada, que ella se apeaba e iba subiendo mientras él encontraba un aparcamiento por la zona.
Al salir del coche, antes de cerrar la puerta, le ha recordado que un par de calles mas allá hay un parking en donde seguramente habría plazas para el coche.
Se lo ha dicho sabiendo que el tacaño de su marido dará diez vueltas mas si es necesario antes de gastar ni un solo penique en un parking privado.

Key últimamente bebe. Bebe a escondidas de la gente y de ella misma. No se considera una alcohólica pero está camino de serlo. Entra en un bar que conoce de la esquina con la sesenta y siete, pide un burbon con agua, y se lo toma de un trago. Pide otro y lo apura. Paga y sale disimulando, con la cabeza bien alta, el paso firme, y los andares de una mujer de la alta burguesía neoyorkina.

Así que en la entrada de la casa de los Witman coinciden en el mismo instante, Mat y sus dos hijos, con Key, que viene andando desde el norte cuando ellos están a punto de entrar.

Mat advierte su presencia y la saluda con la mano frenándose.
Cuando Key llega hasta él se besan educados y Mat le abre la puerta y la deja pasar caballeroso al interior de la enorme y cuidada entrada del edifico. Moqueta roja que pegada al suelo indica el camino hasta el vetusto ascensor que, al fondo, preside la estancia. Bellos son los pliegues que el rojo marca en cada uno de los cuatro escalones intermedios de la entrada.
En frente, los dos hijos adolescentes de Mat y Susan, esperan delante del ascensor a que este llegue. Los señores Witman viven en la planta catorce. Tienen unas vistas magníficas de la zona este del parque y de todo el skyline de la sexta avenida y las casas que configuran el limite opuesto del parque en la zona oeste.
Es un piso enorme, victoriano, amueblado con un gusto conservador. Fiel reflejo de sus dueños.

Pat y Marcus, de catorce y diez y seis años, niños mimados y blandos los dos, andan a la greña por cualquier tontería propia de su edad. De repente, y sin mediar explicación ninguna para con los mayores, arrancan uno detrás del otro escaleras arriba como si el diablo les estuviera persiguiendo. Parece que el reto es ver quien llega antes a la carrera hasta el piso catorce a casa de los abuelos.

Desaparecen de su vista en un instante y Mat y Key se encuentran solos y en silencio frente a la puerta metálica del vetusto ascensor que llega.
Seguido al ruido seco y metálico que indica que el aparato ha llegado a un completo stop, Mat abre la puerta y nuevamente de forma caballerosa y algo exagerada abre la puerta y deja paso para que su cuñada entre primero.
Key no soporta ese tipo de gestos. Le parecen la viva imagen de la teatralidad llevada hasta sus últimas y mas mortíferas consecuencias. Quien es él? ¿qué tipo de hombre hace eso? ¿No es ese el signo inequívoco de que alguien ha renunciado por completo a explorar las posibilidades de ser uno mismo?. ¿Es que no tiene el mas mínimo sentido del humor?
Bueno, se dice a si misma, tampoco hace falta exagerar. Mat es un buen tipo. Al menos no molesta y en su momento era bastante atractivo.

Mat pulsa el botón del piso catorce y se gira para situarse frente a key. El ascensor arranca dando un pequeño saltito que ambos ya conocen de memoria.



Key anda perdida en sus propios pensamientos. Una año mas subiendo al piso catorce de casa de los señores de witman. Otra vez a hacer todo el paripé de la maldita comida de navidad. Otro brindis. Mas regalos. Otra charla insoportable con su suegra y su queridísima cuñada Susan. ¿Por qué “ella” no es capaz de atravesar todo aquello como la mayoría de los mortales? ¿sin apenas un roce?
¿Por qué ella es de las que se lo toman en serio y se ven afectadas por todo aquel sin sentido? ¿Por qué, si la mayoría de la gente es capaz de disfrutar de toda aquella sensiblería edulcorada y nauseabunda, ella tiene que ser de las pocas que sigue pensando en todo aquello y tratando, en el fondo, de entenderlo?. Necesita una o mas copas que se va a tomar en cuanto ponga el pie en el piso.

En medio de todas estas preguntas retóricas y repetidas año tras año Mat le pregunta:

-Como estas, key?

Maldita pregunta. ¿cómo estas, key?. ¿Que coño querrá este decir con una pregunta como esta? . Nada. ¿no tienes ninguna pregunta mas idiota y previsible para hacerme? ¿no podrías preguntarme por ejemplo si tengo ganas de desaparecer de ahí? O ¿qué tal si pudiéramos ahora mismo transportarnos por vía telepática a una montaña nevada bajo un cielo azul inmenso en donde nada ni nadie nos pudiera molestar durante varios días? ¿Te gustaría key? ¿Te apetecería que fuéramos tu y yo juntos ahora en un viaje alucinante hasta este rincón inhóspito con el que siempre me decías que soñabas?. Pero no. ¿cómo estas key? Debería responderle que mal, muy mal, pero responde:

-Bastante bien Mat, dadas las actuales circunstancias.

-Que quieres decir Key?

Hay niveles de ironía y del cero al diez esta frase ha sido, pongamos, de un dos o un tres. Pues ni por esas. Es un hombre tan pobre de espíritu que se ha pensado que la sombra de ironía que ha captado en la segunda parte de mi frase iba dirigida o se refería a él y yo juntos en este vetusto ascensor de casa rica.

-Nada Mat, no quiero decir nada mas que lo que he dicho, comprendes?

Cualquier otra persona, ante este segundo comentario lleno de desprecio y desagradable superioridad, se hubiera enfadado un poco. Mat no. Mat simplemente baja la cabeza para luego mirarla y sonreír como un besugo. No ha llegado a ser un hombre de verdad, se quedó en proyecto.

Entonces el ascensor se detiene sin previo aviso entre dos pisos.
Se oye un crujido metálico agudo y muy desagradable y luego todo queda en silencio.

-Que coño pasa aquí?-pregunta en voz alta Key algo melodramática.

Mat está concentrado en el posible movimiento del aparato. Lo toca con sus manos como cerciorándose de que no va a caer, desprenderse o algo así.

-Que coño ha pasado Mat?-repite Key próxima a la histeria aunque en voz baja.

-No lo se-contesta rápido Mat para mirar de calmarla, y añade-El ascensor se ha estropeado.

Key toca el botón del piso catorce y nada sucede. Toca el botón de la planta baja y nada sucede. Toca varios botones sin sentido y todo sigue igual.

-Déjalo Key, por favor, déjalo.

-Me puedes explicar entonces que mierdas vamos a hacer?

Mat toca entonces el botón de alarma de color rojo con una preciosa campana dorada pintada en el centro. Suena un ring mortecino. Mat espera. Mira hacia arriba para ver a través del cristal de la puerta si alguien de fuera se asoma y les ve. El ascensor se ha detenido justo entre dos plantas lo que hace casi imposible tener contacto óptico ni con el rellano de abajo ni, por supuesto, con el rellano de arriba. Están atrapados, detenidos entre dos pisos y sin contacto óptico con nadie por ahora.
Key coge el móvil de su pequeño bolso de piel y marca, busca el número de Donald y espera.

-No contesta!. Seguirá dando vueltas el muy estúpido.

Mat coge su móvil del bolsillo interior de su gabardina marrón estilo clásico otoñal de no me mires que soy mas anodina que un día nublado y marca el número de su mujer.

-Susan….oye…que estoy encerrado… en el ascensor de la casa de mis padres con Key….si….que si….se ha detenido sin razón….si….ya lo… hemos hecho….no responde….nooo…..si…..eso….si….de acuerdo….perfecto…si….de acuerdo….vale..-cuelga.

-De acuerdo que?

-Van a llamar a un servicio de urgencias para estos casos. No pueden tardar mucho.

-Ya, en el día de navidad….vete tu a saber.

-No mujer, no te preocupes, no pueden tardar.

-Mat, por favor, procura no llamarme mujer, si?

-Perdona.

-Estás perdonado desde que naciste Mat.

Mat se calla. Esta vez si que le ha parecido que el comentario “made in Key” estaba un poco fuera de lugar. No le ha gustado. Key lo nota y no dice nada. Va para encenderse un cigarrillo pero Mat la mira y ella entiende que quizás no sea tan buena idea teniendo en cuenta que él es, y ha sido siempre, un firme detractor de los fumadores, de su olor, su humo, y todo su mundo. Tan lejos están el uno del otro.

-Lo siento. Estoy algo nerviosa.

-Yo también.

-No tardarán verdad?-pregunta ella.

-No lo se, la verdad. Nunca me había sucedido algo así.

A key este cometario le ha parecido gracioso. Mat se ha sentido ridículo al hacerlo. Siempre le sucede lo mismo. Cuando está en una situación de cierta intimidad con una mujer empieza a decir obviedades. No puede evitarlo.

-A mi tampoco. Es muy de película no te parece?-dice ella para aliviarle.

-Si. Quizás.

-No. Quizás no. Es una situación de película. Lo importante es que este trasto parece seguro. No creo que nos caigamos hacia abajo a toda velocidad y nos empotremos contra el suelo, no?

Key lo ha dicho con la peor de las intenciones. Sabe que Mat no es un hombre valiente y que el mero hecho de imaginar por un segundo la posibilidad de que el ascensor se soltara y se empotraran a toda velocidad contra el suelo no le va a ayudar a sobrellevar la situación. Ella es así. Amable con los demás.

Susan ha llegado hasta el piso de abajo y desde allí grita hacia el ascensor:

-Estáis bien? Mat, Key, me oís?!!

Se la oye con sordina, como lejos. Mat pega su cara al cristal de la ventanita de la puerta del ascensor procurando ver a su mujer. No llega a distinguir mas que parte de su pelo. También grita:

-Si!. Estamos bien!. Has llamado?! Que te han dicho?!

-Que??!

-Que si has llamado?!! Que cuanto van a tardar en venir??!!

-No lo sabían!!. Media hora o un poco mas!!. Yo voy a subir con tu madre y tu padre que estarán ya muy preocupados. Les digo y vengo. En cuanto sepa algo me vuelvo enseguida!!.

-No hace falta Susan!!. Estamos bien!!. Haz compañía a mis padres y en cuanto lleguen nos dices!!!

-Bueno!!. Ahora vuelvo!!.

-Deja de gritar, haz el favor-Pide Key.

-Ya, perdona.

-Y deja de pedir perdón, de acuerdo?

Key se pone a reír entre dientes y mira franca a Mat.

-Es divertido no? Quizás sean estas las mejores navidades de nuestra vida, eh Mat?

Mat piensa que Key está muy guapa cuando ríe. Siempre le ha parecido una mujer extremadamente atractiva. De echo ha soñado mas de una vez con ella y la ha deseado en silencio desde que la conoció. Le parece un ser adorable. Una mujer Viva. Fuerte. Noble y descarada. Y sobretodo una mujer divertida que se ríe de la vida y de si misma. Si pudiera él se reiría con ella.

Oímos entonces la vos de Donald que grita des de el piso de abajo:

-Ya han llegado!! Key!! Mo oís?!!

Key pone cara de circunstancias como si la noticia y la voz de Donald no le hiciera ni puñetera gracia, y responde:

-Si!!, te oigo!!. Perfecto cariño!!

-Estáis bien??!!

-Si!!. Todo marcha bien!!. Tranquilo!!.

-Os esperamos arriba de acuerdo??!!

-Si!!!


Mat ha estado observando a su cuñada mientras hablaba con Donald y sin saber muy bien de donde saca la fuerza y el atrevimiento para hacer lo que está a punto de hacer, pues para el significará, no ha así para Key, destrozar todo aquello por lo que ha vivido y se ha sacrificado dice en voz baja:

-He soñado que hacía el amor contigo muchas veces Key-Y nada mas decirlo baja la mirada al suelo esperando una respuesta.

Key estalla en una sonora carcajada mezcla de incredulidad, sorpresa y nerviosismo.

-No debería haberlo dicho, verdad?. Perdona.

Key le mira compasiva por unos segundos.

-No te preocupes Mat. Es que no me lo esperaba, la verdad..

-Déjalo estar. Ha sido una tontería.

Se produce un ligero silencio que podría aventurar un final abrupto.

-Y que pasa en tus sueños? Si se puede saber-pregunta Key rompiéndolo.

-Hacemos el amor.

-Ya.

-Sonreímos y somos felices, a veces.

-Ya.

-Retozamos tranquilos uno junto al otro desnudos en un jardin.

-Ya.

-Puedes decir algo mas que no sea, ya?-dice Mat mientras sonríe intranquilo.

Ella alarga su mano derecha y acaricia el pelo rizado de Mat como quien acaricia a un hijo. Mat se queda quieto. Paralizado.
Key piensa que la vida es un auténtico disparate. Un despropósito de dimensiones cósmicas en el que casi todas las piezas están fuera de lugar. Desde luego Mat está completamente perdido en medio de la galaxia sin dirección ni futuro y ella navega entre meteoritos procurando no estrellarse y acabar perdida en un planeta innombrable.
Aquel ascensor se podría decir que es un pequeño agujero negro en medio del caos. Porqué no? Si dice a si misma. ¿Porque no hacer el amor con él en ese ascensor detenido?
Sabe que la pregunta misma suena ya inmensamente triste. Suena a derrota compartida. A azufre. Sabe que al hacerlo abrirá una grieta dolorosa que quizás Mat no sepa negociar. Sabe que del placer que aquello les pueda reportar no quedará nada minutos después cuando se sienten a la mesa de los señores Witman y brinden con los demás por unas buenas navidades. Todo eso lo sabe perfectamente y aún así siente que podría ser.
Acerca entonces su dos manos y coge con ellas la cara de Mat. Acerca sus labios a los suyos y empieza a besarle. Se besan apasionados, desbocados. Con intensidad. Sus manos inician la búsqueda de los contornos prometidos bajo las ropas. Soñados mil veces por Mat, posible refugio de una inmensa soledad en el caso de Key.

Se oye un crujido seco. Como si una palanca se desencajara y la electricidad vuelve a invadir el vetusto ascensor. Se enciende la luz de la cabina y el aparato se pone en marcha reiniciando su ascensión hacia el piso catorce.
Mat y Key se separan bruscamente y recomponen sus ropas, pelos y labios a la velocidad del rayo. Key, justo antes de llegar al último rellano donde les esperan expectantes Donald, Susan, Pat, Mat y el señor y la señora witman, dice:

-Esto no ha sucedido.

Mat asiente y mira al suelo. El ascensor se detiene.