domingo, 14 de diciembre de 2014


LAS AGUAS BAJO LA TIERRA (Felipe)


         ¿Quién sabe las razones de un amor? 
        Son secretas como las aguas bajo la tierra, 
        que luego salen en manantial en donde menos 
        se espera”.
                                                                                    Jose Antonio Muñoz Rojas.

La estación de trenes de Blanes está alejada del pueblo, entre huertos precarios y una enorme fábrica que humea y emite un pitido autista. Margarita, antes de jubilarse, trabajó en esa fábrica durante treinta años, limpiando, de cuatro de la mañana hasta medio día. Hace ya mucho de eso. Hoy, mientras espera el tren, le sorprende oír de nuevo ese pitido laminando la luz mate de diciembre. Recuerdos de servidumbre le vienen a la memoria.
         En los meses de invierno, los pueblos de costa se borran a sí mismos. Esta mañana, además, se ha levantado una brisa que redobla el frío en las mejillas. Hay pocas personas en el andén, apenas una docena de sombras ocultas en ropa de abrigo, colocadas unas de otras a esa distancia precisa en la que los extraños se colocan en los espacios públicos: ni muy juntos ni muy separados, lo justo para disfrutar de nuestra intimidad sin sentirnos solos.
        Anuncian por megafonía la llegada del tren destino Barcelona. Margarita se bajará en Premià de Mar.
            Conoció a Arturo en un hotel de Alicante, durante el último viaje del Imserso. A la hora de la comida, en el enorme comedor del hotel, hordas de ancianos se avalanzaban sobre el buffet libre como si no hubieran comido desde la posguerra; volvían a sus mesas con bandejas piramidales acumulando kilos de comida. Arturo y Margarita, cada uno en un lado del comedor, miraban aquello con estupor y desagrado. Hasta que sus miradas se cruzaron. Primero Arturo arqueó las cejas, y con una sonrisa buscó la complicidad de Margarita. Y ella fue una cómplice veloz.
Árturo se sentó a su lado. Se presentaron. Ambos viudos, hijos ocupados, nietos extenuantes y una cierta rebeldía contra los ritos de la tercera edad; acabaron paseando por el puerto, junto al mar lento, la brisa salada y el devoto atardecer. Hablaron y se escucharon.
Cuando Margarita, con toda naturalidad, cogió del brazo a Arturo, todo Alicante tembló.
La noche se impuso demasiado pronto. Volvieron al hotel en silencio. Había ya pocos viejos en el comedor, merodeando como zombies después de la intensa bacanal de la cena.
Ellos picaron un poco de fruta, un par de yogures; siguieron hablando, pero con lugares comunes. Y a las diez de la noche se quedaron solos en el comedor. Los dos supieron entonces que se acercaban a esa pregunta en forma de silencio cuya única respuesta es un beso.
Fue Arturo quien se acercó. Y Margarita –de nuevo cómplice veloz–, le correspondió, temblando como la solitaria hoja de un árbol desnudo.

El tren entra en la estación con su estruendo menguante. Margarita se mira en los cristales de los vagones. Casi no se reconoce. El día anterior se ha cortado el pelo muy corto, por encima de la nuca. Ni cuando chiquilla lo había llevado tan corto. Sabe que a Arturo le gustará. Piensa en el momento en que sentirá sus manos ásperas en la nuca.
        El tren se detiene y se abren las puertas. Margarita escoge un rincón con dos asientos vacíos y esparce el abrigo y el bolso con la explícita intención de que nadie se siente a su lado.
El tren arranca. Margarita mira por la ventana.
Sus manos ásperas. Recién llegado de Andalucía a Cataluña, Arturo empezó a trabajar en la construcción, hasta que unos fuertes vértigos lo obligaron a abandonar la obra; entonces empezó un peregrinaje por distintos trabajos hasta recalar en el de jardinero, oficio que desempeñó durante veinte años. Sus manos eran el resumen de su vida: grandes, agrietadas, duras como el cuero. Cuando él  la desvistió por primera vez, la aspereza de esos dedos recorriéndole el cuerpo la excitaron rápidamente. Nunca había vivido algo así con su marido. Esa noche sus cuerpos se buscaron con ternura y lentitud, asumiendo la edad sin vergüenza. Él le besaba los pechos, le apretaba el trasero, le acariciaba los muslos y el sexo. Inesperadamente tuvo un orgasmo: llegó silencioso, pero pronto se apoderó de ella con una intensidad que la obligó a cerrar los ojos con fuerza. Arturo la miró. Supo que aquel momento era un regalo: ella con los ojos cerrados, a la vez que suspiraba con timidez. Detrás de sus párpados, el placer; detrás de los suspiros, el pudor; un orgasmo que empezó subterráneo, como las aguas bajo la tierra, y acabó siendo oceánico, inundando las vidas de ambos, borrándoles la edad.
A partir de ese momento, la noche transcurrió entre besos y caricias. Y también entre risas, cuando Arturo se dio cuenta de que Margarita llevaba los calcetines puestos.
–Es que se me enfrían los pies –le reconoció ella.
–Cosas de vieja –le respondió él.
Y atesoraron las carcajadas debajo de la manta.

A la altura de Sant Pol el tren pasa por un tramo de vía única. Ralentizan la velocidad o, directamente, se detienen si otro pide paso en sentido contrario. Es el tramo más hermoso de la costa, pues la vía casi toca el mar; pero también es el tramo más lento. Y esta lentitud hoy enerva a Margarita, que tiene prisa por enseñar a Arturo su nuevo corte de pelo. En su última visita, él le dijo –con una resignación coqueta– que las mujeres de pelo corto le gustaban mucho. Y en broma, Margarita le contestó: “Te tomo la palabra”.
Se despidieron con un largo beso, como siempre, en la puerta de la residencia para la tercera edad donde él vivía.
Esa noche tomó la decisión de cortarse su larga melena gris.
El tren por fin arranca y poco a poco toma velocidad. Hay olas altas con crestas de espuma blanca que rompen en la orilla. Recuerda que a su marido le gustaba mucho lanzarse contra esas olas, también en invierno, con el agua del mar helada. Celebraron sus bodas de oro en el hospital, donde murió de cáncer poco después. Tardó dos años en superar el luto.
          Las visitas a Premià empezaron a la vuelta de Alicante. Margarita temía encontrarse con sus hijos por Blanes de la mano de Arturo, así que convinieron que sería ella quien lo visitaría algunos fines de semana. Pasan la noche en un hostal paupérrimo junto a la Nacional II. Pero no necesitan más que una cama limpia y la habitación caldeada, por pequeña o austera que sea. Por la noche, las aguas bajo la tierra salen de nuevo en manantial. Y después: el largo sueño compartido de dos cuerpos desnudos, ya viejos, pero sólidamente abrazados.

Al llegar a Premià, está lloviendo. Margarita no ha cogido paragüas. Baja del tren y entra en la cantina de la estación, donde compra una revista para cubrirse la cabeza de camino a la residencia. Se ha levantado un fuerte viento, y pronto reconoce que de nada le sirve la revista. Se resigna a llegar mojada y, se teme, también un poco ridícula.
No es aún mediodía, pero el cielo tiene una oscuridad granítica.
Llega empapada a la puerta de la residencia. Llama al timbre. Le abre la cuidadora del fin de semana, Carmen, una murciana que nunca pierde oportunidad para hacer chanza del amor tardío entre Arturo y Margarita.
–Hija, estás empapada –exclama Carmen.
–No es nada. Si me das una toalla, me apaño –le quita importancia Margarita.– ¿Puedes avisar a Arturo de que he llegado?
Carmen vuelve con una toalla. Margarita se quita los zapatos y se seca los brazos, el pelo, la cara. Carmen tiene un cuerpo voluminoso y la bata blanca acostumbra a darle un porte autoritario, pero ahora, mientras sigue de pie frente a Margarita, de repente parece empequeñecida. Margarita se quita la chaqueta y mira a Carmen. 
–¿Por qué lloras?
–No sé cómo decirlo. Arturo murió anoche. Un ataque al corazón. Nadie se dio cuenta. Esta mañana lo hemos encontrado en la cama. No hemos podido hacer nada. Lo siento, Margarita. Lo siento tanto.
Carmen llora sin pudor, abiertamente. Margarita la abraza. Lloran juntas. En el abrazo, la mano de Carmen acaricia el cuello de Margarita. No es esta mano, no es esta mano, piensa ella.
Sin dejar de abrazar, sin dejar de llorar, Margarita recuerda la pregunta de uno de sus hijos cuando era pequeño. Caminaban junto a un rio, y le preguntó:
–Mama ¿un rio se puede quedar sin agua?





                                                FIN

viernes, 12 de diciembre de 2014

SLEEP (Felipe)

Apenas dos páginas para resumir por qué decidí asesinarte. Me bastaría con reconocer que fueron los celos, pero entonces este hermoso final quedaría incompleto. Querido Ángel, mientras en la habitación de al lado te siguen velando y tu teatral familia levanta los puños al cielo preguntándose por qué y quién y cuándo, y mientras tu cuerpo se enfría por fin tanto como frío fue tu corazón en vida, yo escribo esta confesión con la premura del actor que debe salir a escena.
Pero antes de interpretar mi papel quiero dejar esta nota de muerte.
          De entre todos los que al otro lado de la pared te lloran, hay una mujer que mira al suelo, sin decir nada, derrotada y confusa. Es Elvira. Hoy se ha vestido de negro, en un gesto de un clasicismo que no me esperaba, pero que aún me la hace más atractiva. Si supieras lo guapa está hoy. Ayuda el sol brillante que entra por los ventanales del tanatorio y la iluminan como una diosa pagana. Nada de lluvia ni de cielos dramáticos. A pesar de tu nombre, querido Ángel, nadie en el cielo ha decidido llorarte. Y no te dejes engañar por algunos de los que braman como animales heridos. En nuestro trabajo el cinismo es un bien de primera necesidad.
         Sé que te debo una respuesta. La última vez que nos miramos, tus ojos expresaron un fugaz asombro que, debo admitirlo, me dejó mal sabor de boca. Te maté por celos profesionales y celos personales. Si fuera un chistoso, te diría que maté así dos pájaros de un tiro.
Pero deja que te cuente cuándo tomé la decisión. Tal vez recuerdes el día en que compraste, por una miseria, a aquella anciana viuda e ignorante de Iowa, el cuadro Sleep de Frederick Carl Frieseke. Era tu estilo: embaucador y sin escrúpulos. Volvimos de aquel viaje por EE.UU con el lienzo en el avión y hube de soportar tus mezquinos comentarios sobre los réditos que calculabas por su venta. El braguetazo del año, me decías, con un orgullo entre pueril y viscoso.
Puede que te sorprendan mis remilgos. No niego que yo mismo le robaría el bastón a un ciego, si éste tuviera un mínimo de valor. Pero el caso del cuadro fue diferente: no te diste cuenta de que la mujer de la pintura –desnuda y dormida en la cama conquistada–, era igual a Elvira. Frieseke pintó ese cuadro en 1903 y, sin embargo, estaba anticipando aquella noche que muchos años después yo habría de vivir con tu mujer. Cuando miré el cuadro por primera vez, recordé aquella madrugada en que dejé a Elvira dormida después de hacer el amor con ella durante horas. La misma entrega en el sueño –entre la rendición y el alivio– después de una batalla imprevista que finalmente ganamos los dos en un mismo y glorioso instante.
Así descubrí el amor. Sencillo y hondo ¿verdad? Como un pozo.
No se volvió a repetir una noche igual, a pesar de mi insistencia.
Debo decir, sin embargo, que no me sorprendió esa ceguera tuya. La indiferencia con la que tratabas a Elvira, el desprecio por sus aficiones, tus sistemáticas y pregonadas infidelidades, la negativa cerril a darle un hijo y, sobre todo, la impresión creciente de que cuando la mirabas ya no la veías, dejaban claro que Elvira era para ti una obra de arte devaluada.
Los celos devoraban mi carne.  
Pero el detalle más perturbador de la semejanza entre Elvira y la mujer de la pintura, era el doble collar de cuentas rojo. Siempre he venerado ese collar. Es el signo distintivo de Elvira. Recuerdo que quiso quitárselo aquella noche. La detuve. Le pedí que se lo dejara puesto. Mientras hacíamos el amor –ella con los ojos cerrados, tímida y concentrada en el placer–, yo la miraba con avidez. Nunca olvidaré su cuerpo desnudo con el collar puesto.
La mujer dormida de Frieseke, pues, fue el detonante. Aún más cuando le vendiste el cuadro a aquel magnate ruso del Maresme. Un rinoceronte eslavo que lo único que quería era rellenar las paredes de su casa. Te lo reproché ¿recuerdas?, y me miraste como a un insecto.
Dos días después aparecí por la galería justo en el momento en que ibas a cerrar. Recuerdo la desconfianza de tu mirada. Recuerdo tu cara de asombro cuando empecé a narrarte la noche de amor entre Elvira y yo. No terminé la narración. Perdí la paciencia. Fue fácil apuñalarte: una vez superada la molestia de la primera cuchillada, el resto fue fluido: como un eco animal.
Moriste en silencio, arrodillado, estupefacto. Se me hizo tan largo.
Para fingir la motivación del ladrón mudado en asesino, me bastó con llevarme de la galería el cuadro más valioso que en ese momento tenías en venta, un pestiño freak de Lena Hades.  
Cuando los mossos vengan a preguntarme –es cuestión de tiempo–, les haré un rápido e ilustrativo resumen de nuestro negocio. Envidias, amoralidad, obsesión por el dinero, adicciones varias. De todo, menos amor al arte. Me resultará sencillo y verosímil porque estaré contando la verdad.
Me ha gustado comprobar que también hoy Elvira lleva puesto el collar. Mi amor por ella es más sólido que nunca. Soy un hombre paciente y tengo mi hoja de ruta.
Lo primero es acabar esta breve confesión: estamparé mi firma, meteré las dos páginas en un sobre, saldré de la habitación y volveré a la sala del tanatorio con cara de amigo devastado por el dolor; me acercaré a tu cuerpo rígido y bien vestido, y con la excusa de un irrefrenable abrazo, dejaré en el bolsillo interior de tu americana esta confesión. Con ella te enterrarán y con ella te irás pudriendo.
En segundo lugar, haré una calculada visita al rinoceronte eslavo en posesión de mi cuadro.
En tercer y último lugar: todo el tiempo del mundo para construir un amor.
Descansa en paz.



miércoles, 10 de diciembre de 2014

El viejo marino (Larri)



Nicolao llevaba el mar tatuado en su piel, lo había mamado desde niño,  lo había querido y odiado, había pasado en él momentos de infinita felicidad y también largas horas de angustia e incertidumbre. Lo conocía muy bien. Nació sobre las tablas de un barco en una noche de tormenta sin más ayuda que las gruesas manos de su abuelo, mientras intentaban cruzar el canal en busca de un médico. Ser isleño es lo que tiene.
Con apenas dos años ya corría entre redes y sedales, y recordaba con total nitidez el día que su padre decidió que ya era lo suficiente mayor para coger el timón del barco que había alimentado ya a tres generaciones de su familia, y que pronto pasaría a ser su vida y su sustento. ¡Gobernar la nave y dominar el viento! Le gritó desde proa…
Había crecido escuchando historias sobre el mar, historias contadas por su padre que al mismo tiempo habían sido contadas por su abuelo. Historias de capitanes lejanos que llegaban en imponentes naves con blanco velamen desde las tierras de oriente, o de marinos solitarios curtidos de cicatrices y expertos en tempestades; llegados del norte, donde las aguas llevan el color del plomo y no hay día con calma, sino una lucha a vida o muerte en cada milla navegada. Entre todas aquellas historias había una, una que le había marcado de niño y que ahora a sus ochenta y seis años volvía a sus sueños cada noche…

La había oído por casualidad una noche, en la taberna del puerto. La lluvia golpeaba los tejados. Hacía más de una hora que todo el pueblo estaba sin electricidad. El azul de los rayos salpicaban los objetos, las caras, las paredes,  proyectando en todas partes sombras tenebrosas que hasta al más valiente le cortaba la respiración. Bajo un farol de gas y al calor de un fuego, aquel marinero extranjero de voz ronca y mirada hostil, con un vaso de aguardiente en la mano desgranaba su historia, lentamente, mirando uno a uno a todos a los ojos. Abrazado a la pierna de su padre, con los oídos bien abiertos, Nicolao escuchaba sin pestañear…

- “Hay un lugar no a muchas millas de aquí donde dicen que en algunas noches de tempestad  como esta,  el cielo se abre, las aguas se vuelven mansas como un cordero y el viento deja de aullar... Entonces el mar se vuelve luz y una ciudad colosal emerge de las profundidades como si de un conjuro se tratara. El marino que la ve se libera de la muerte y consigue la juventud eterna. ¡Pero cuidado! has de huir de ella y adentrarte en la tormenta, porque si no te atrapa para siempre…
Dicen que algunos barcos maravillados por su belleza han intentado atracar en ella y no han regresado nunca más.
Es la Ciudad Perdida , un lugar donde no existe el tiempo ni el espacio. Cuentan que sus palacios son de mármol y sus murallas de alabastro, que en sus jardines florecen árboles de toda clase y que los que la habitan transitan felices por sus calles y se abastecen sin final de todo tipo de manjares.
He oído a muchos hablar de ella, y no hace mucho, me encontré en un puerto lejano a uno que decía haberla visto. Os juro por las tablas de mi barco que lo que aquel hombre me dijo era verdad. Su aspecto era el de un chiquillo de veinte años y hablaba como un marino que hubiese vivido trescientos años y navegado infinitas millas…”

Nicolao despertó al alba empapado en sudor, había vuelto a soñar otra vez con aquel hombre y con aquella historia, con una noche de fuerte tormenta en mitad del océano, con el quejido de la madera bajo sus pies, con la humedad en los huesos y el dolor de la sal en los ojos. Otra noche más había visto aquella mirada meterse en su sueño y repetirle la historia palabra por palabra…
Puso el agua al fuego para hacer café y miró el mar a través de la ventana. Era Otoño, época de rompiente, de aguas frías y resaca, de horizontes difuminados con piel de borrego. Habrá que abrigarse, pensó. Y mientras tomaba el café continuó contemplando aquella maravilla que había sido su vida. Se acordó de lo que le había dicho un día su abuelo " El océano es más viejo que las montañas, y guarda secretos que el hombre jamás podrá conocer".
Cuántas veces había salido al mar a explorar esos secretos, cuántas veces deseó encontrarse en medio de la tormenta con una ciudad perdida, como deseó poder toparse con aquel pirata con cara de niño para que le explicase de primera mano su aventura.

Se levantó una ventisca cuando ya había recogido los anzuelos y el cebo. Lo puso todo en un saco y subió a bordo. Luego sujetó los útiles sobre la roda, izó un pequeño foque y soltó amarras. Lentamente, su barca se alejó por la bocana haciéndose pequeña.
Hoy presiento que no habrá pesca, pensó. Sabía que a veces el mar era caprichoso y tozudo y que podía enviar al mejor marinero de vuelta a casa con las manos vacías. Navegó mar adentro, el viento de aleta le era propicio. Cuando aún no había perdido la costa de vista arrió velas y empezó a trabajar; repartió los sedales uno a uno entre babor y estribor, untó los anzuelos de cebo. Luego les dio la profundidad adecuada y esperó…

Miró su reloj, los sedales llevaban lanzados más de una hora y todavía no había picado ningún pez. El viento ya había aflojado, el mar empezaba a calmarse y un silencio repentino se apoderó de todo, un silencio tan intenso que se le hizo extraño. Sin pensarlo empezó a tararear una canción. Recordó que era una canción que cantaba de niño con su padre cuando salían a pescar. Levantó la vista, vio que una espesa niebla difuminaba la costa haciéndola casi imperceptible. Sintió felicidad, mucha felicidad, y un cansancio hondo y pesado que le hizo recostarse con un brazo sobre el timón. Mientras se deslizaba en un profundo sueño, iba escuchando aquella canción tan lejana que ahora ya no salía de su boca.
¿Quieres conocer el secreto que guarda el océano? Escuchó una voz que le decía. Claro, respondió. Entonces abrió los ojos y vio a su padre sobre la barca, tenía un remo en cada mano y remaba, remaba lentamente mientras le miraba con la mirada de un padre que está a punto de explicarle algo importante a su hijo. Nicolao se alegró mucho de verle y se sintió tranquilo. Miró sus propias manos y se sorprendió al ver que ya no eran las manos de un viejo con piel de elefante, ahora eran las manos de un joven, fuertes y estilizadas, sin cicatrices; se tocó la cara y su piel también era fina y suave, ya no había arrugas ni durezas. El océano esconde misterios que el hombre no alcanza, prosiguió su padre, ¿quieres verlos?. Nicolao respondió que sí con la cabeza, sentía que su cuerpo estaba lleno ahora de  una energía nueva que le empujaba hacia adelante y sentía la curiosidad infinita que habita en un niño. Mira, y vio que señalaba el fondo del mar, si quieres conocer lo que oculta el océano has de mirar en su interior. Nicolao inclinó la cabeza y miró debajo de la barca. Las aguas del mar se habían vuelto claras y fosforescentes….

Tres semanas más tarde un carguero avistó a muchas millas de la costa su barco. Su cuerpo jamás fue encontrado.



viernes, 28 de noviembre de 2014

Cuento II (Txema)

El fantasma

He recordado esta historia, que tenía superada, porque anoche, antes de dormir, estuve leyendo un cuento de H.P. Lovecraft en el que aparecía un fantasma. La historia transcurría en el siglo XIX en Rhone Island, no recuerdo el título del cuento, y podría buscarlo porque lo tengo en la librería, pero creo que tampoco es necesario para lo que voy a contar. Obviamente, soy incapaz de provocar en el lector la tensión que H.P. Lovecraft alcanza con sus textos atmosféricos.

Sucedió a finales de los ochenta –fue antes de la caída del muro-, yo entonces tenía treinta y siete años y acababa de conocer a una chica de mi edad de la República Federal Alemana llamada Ingrid. La conocí en Cadaqués en julio, el caso es que empezamos a salir y ella decidió quedarse a vivir conmigo en Barcelona. Era traductora y pensó que le sería fácil encontrar trabajo, como así fue. Yo vivía en Gràcia, cerca de la calle Perill, e iba a un gimnasio que está justamente en esa calle. Ingrid se hizo socia y muchas tardes íbamos los dos a las clases de aerobic. Era divertido. He de reconocer, y es algo que he descubierto con el tiempo, porque entonces no me daba demasiada cuenta, que estaba profundamente enamorado de Ingrid. Creo que en algún momento ella también, pero no lo podría asegurar. Cada noche hacíamos el amor de una forma desmesurada, ya no éramos jóvenes. Todo era felicidad.

Una tarde en el jacuzzi sucedió un hecho que truncó nuestra relación. He de explicar, para que se entienda la situación, que el jacuzzi era una piscina pequeña de unos diez metros por cinco. Estábamos habituados a estar allí diez minutos después de los ejercicios. Pero aquella tarde, cuando nos acabábamos de sumergir hasta la cintura, Ingrid lanzó un grito desgarrador. En un primer momento, yo pensé que había tenido un tirón y le pregunté qué le pasaba. Me dijo con la cara desencajada: “he visto un fantasma”. Creo que nadie cree seriamente en fantasmas ni incluso los que dicen creer. Que alguien pronuncie esa frase con seriedad solo quiere decir que ha entrado en la locura. “Es ése”, me dijo, y señaló a un joven delgado de unos veinte años con bigote que estaba sentado en la otra punta.

A partir de aquel día empezamos a discutir por tonterías. Si faltaba pan, como es que no lo había comprado. Si quería ver un partido de fútbol tenía que quitar el sonido porque decía que le molestaba –hasta entonces no le había molestado-. Al chico no lo volvimos a ver en el gimnasio, pero yo tenía miedo de encontrarlo. En Semana Santa, nos fuimos una semana a Grecia, estuvimos en varias islas y parecía que aquello del fantasma había desaparecido. Pero entonces, Ingrid empezó a tener pesadillas. Se despertaba gritando “Gael, ¡déjame, vete de mí!”. Me contó que el fantasma –el chico del bigote- se le aparecía en sueños y trataba de violarla. No puedo negar que sentí una mezcla de celos y preocupación. Le dije que tenía que ponerse en manos de un especialista porque sola no podría superarlo. Pero ella se negó, decía que las pastillas no iban a solucionar nada. En el vuelo de Atenas a Barcelona le dije que lo mejor era que lo dejáramos porque yo no podía hacer nada para solucionar esa historia y ella no parecía querer dejarla atrás. Así fue, recogió sus cosas y regresó a Bonn. Para entonces, yo tenía bastante claro que algo había pasado con aquel chico del bigote que era cualquier cosa menos un fantasma.

Fue en mayo –hacía dos meses que no sabía nada de Ingrid- cuando una tarde me lo encontré en el vestuario. Era él, el mismo bigote. No pude evitar preguntarle si se llamaba Gael, me respondió que sí; y si conocía a una chica alemana de Bonn llamada Ingrid; para mi sorpresa, me respondió también que sí; y cuando le pregunté cómo era, me hizo una descripción que encajaba hasta en algunos detalles íntimos, como un tatuaje, con la Ingrid que yo conocía; entonces le pregunté de qué la conocía, y sin cortarse un pelo, me respondió que se había enrollado con ella en Cadaqués, en una fecha que era justamente unas semanas antes de que yo la conociera.

Aquella información me afectó, y pasé varias noches sin poder dormir. Estuve tentado de llamar a Ingrid, pero no lo hice, no tenía sentido. Pero no podía dejar de darle vueltas al hecho de que ella dijera que había visto un fantasma. En esa época me sucedieron dos hechos que me dejaron profundamente abatido: mi hermana murió de cáncer en pocos meses y me echaron del trabajo de contable por bajo rendimiento: varios días falté sin justificación y otros me quedé dormido en mi mesa. Me borré del gimnasio, andaba sin rumbo, me sentaba en los bancos y consumía las mañanas. No sé por qué pero mis amigos me dieron de lado. Podía haberme dado a la bebida, pero no me gustaba beber.

Se me ocurrió llamar a Ingrid. Me contó con naturalidad que estaba saliendo con un chico finlandés que había conocido en un congreso. Le expliqué mi situación y mi encuentro con Gael. Se rió, me dijo que era verdad y me preguntó que como era que creía en fantasmas. Tuve que colgar.

Un tiempo después me encontré a Gael en un bar de Gràcia, y por darle conversación le expliqué lo que me había pasado. El chico, que era amable, se quedó muy sorprendido, sobretodo por la historia del fantasma. Me confesó que Ingrid estuvo varios meses después de aquel verano tratando de quedar con él, llamándole y dejando mensajes en su contestador, pero que él nunca le contestó.

Creo que tuve un colapso, porque recuerdo que me desperté en mi cama y creí que estaba solo en el mundo. Solo existía la naturaleza, las máquinas y yo. Cogí la moto, conduje hasta la playa de la Barceloneta y me senté en la arena. Acababa de amanecer. Me tumbé, miré el cielo. Me sentía completamente perdido. “Hola”, una voz de chica me sacó de mis pensamientos oscuros. Era una joven rubia vestida de blanco, se sentó a mi lado y puso su mano suave en mi rodilla como si me conociera, “todos somos fantasmas, todos estamos muertos, no pienses más…” y desapareció. Se volatilizó.

Luego estuve un tiempo ingresado en un centro de salud mental, más adelante me casé, tuve dos hijas, me separé, conocí a una chica húngara, vivo con ella, creo en ella, confío en ella, sé que estoy enamorado de ella.