miércoles, 11 de febrero de 2015

La huida (Larri)




Por qué esta carta ahora, te preguntas. Por qué este sobre bajo la puerta, como lanzado al azar por una mano sin dueño en una dirección cualquiera, perdida en el inmenso mar de nombres y números que tejen la ciudad. Sabes que no hay nada de casualidad en ello, lo dicen tus cicatrices, y te inclinas a recoger el sobre del suelo con el ansia de un niño que acaba de encontrar un tesoro. Compruebas la textura, el tono verdoso del papel, sopesas su gramaje, lo giras a un lado y al otro con la inconsciente intención de poder encontrar todas las respuestas con un simple movimiento.


Es invierno, la ciudad bulle a las nueve de la mañana. Te queda el tiempo justo, para coger tus cosas y salir a buscar un metro que te lleve al despacho. Es tu rutina diaria, la de los últimos dos años al menos, pero que hoy no cumplirás por culpa de ese imprevisto. Intentas dejar de pensar y serenarte, no puedes. Retienes el sobre un momento en tu mano. Notas el peso del pasado que te sobrevuela como una nube negra dispuesta a caer sobre ti, a repetirte otra vez que es imposible el olvido, que has de vagar por esta vida arrastrando esa sombra sobre los hombros, esa ruina sin final que te persigue a donde quiera que vayas y que una y otra vez te hará caer, sin condición.
Metes el sobre en el bolsillo de la chaqueta, coges el teléfono y marcas el número de Linda. Cuando levante el teléfono le contarás una mentira. Le dirás que ha llamado tu hermana, que necesita tu ayuda y que estarás fuera de la ciudad durante un par de días. Ella te hará preguntas, se interesará por el tema, te propondrá acompañarte, pero tú te desharás de ella con alguna excusa que inventes sobre la marcha, y le pedirás que justifique tu ausencia en el trabajo, le será fácil, eres una persona bien considerada que no suele faltar. Nadie pondrá problemas.


Sentado en el único sillón que decora tu sala, tras el enorme cristal que te ofrece una nítida panorámica de la ciudad, sacas el sobre y lo vuelves a examinar, puedes reconocer su letra perfectamente en tu nombre, no hay remite. El sello es sueco pero no existe ninguna marca que indique que haya sido enviado desde aquel país. Lo examinas minuciosamente. Nada, ninguna marca. ¿Como habrá encontrado tu dirección? y si no ha sido registrado ¿quien lo habrá traído hasta aquí?. Notas un ligero sudor en las manos. Lo abres con cuidado, y en una cuartilla de papel ves tan sólo cinco líneas escritas con su letra.

Amor, estaré en la ciudad tres días y he pensado que quizás querrías verme, me imagino lo que estarás pensando, perdóname. Estaré en el café Beltrán el Martes 5 a las 11:00. Creo que es lo bastante discreto y tranquilo para nosotros. Él estará todo el día reunido.


P.D. Entendería que no vinieras. Perdóname de nuevo.


Rita

     Te dejas caer en el respaldo y pierdes tu mirada sobre el mar infinito de tejados y antenas, de terrazas abandonadas por el frío, de tendales solitarios de los que ya nada pende; de cables mal colgados, de vidrieras rotas… Y mientras lo miras todo, te asombras, te asombras como si fuera la primera vez que lo ves, y te conmueve su abandono, su solitud impuesta, su tristeza.
Desearías que esa carta no hubiera llegado nunca a tus manos, que se hubiese perdido en cualquier buzón equivocado o en algún rincón de alguna estafeta de correos, olvidada por error. Pero la historia se repite, y hay un motor dentro de ti que por mucho que lo ignores se pone en marcha y lo arrasa todo, como una gigantesca ola marina, como un terremoto, como un fenómeno de la naturaleza imposible de dominar…


Vuelves en ti, hoy es Martes 5, miras el reloj y te das cuenta que ya son casi las diez. Calculas el tiempo que hay desde tu casa al lugar de encuentro. Te subirías ahora a un tren que te llevase lejos, pero no lo harás. Coges la chaqueta y bajas a la calle, tu corazón late con fuerza, sientes una ligera ansiedad por llegar, por oír su voz. Caminas durante una hora y cruzas media ciudad, no miras a nadie porque ya nadie te interesa, tu mente solo apunta a ese momento en que la verás sentada en una mesa al otro lado del cristal, esperando a que llegues; porque sabes que ella llegará la primera, siempre ha sido así.


Ves sus ojos que te miran y sonríen. Estás muy guapo, te dice, y te sientas a su lado. Vuestras pieles se rozan y su tacto se retiene en ti unos segundos, lo justo para recordarlo... Lo echabas tanto de menos... Coge tu mano y la aprieta con fuerza, y te dice con los ojos que te sigue amando como siempre, como la primera vez; ¿la recuerdas? en aquella vieja tienda de licores en el que te dejaste un verano de tu juventud mirándola como un tonto desde el otro lado de la calle. Allí, en el piso de arriba te hizo el amor por primera vez y tu vida se truncó para siempre.
Conversáis durante un par de horas, ella se interesa por tu vida, ¡hace tanto que no te veo!, tú también le haces alguna pregunta pero no te importa demasiado saber de sus cosas, te acabarías haciendo daño. Solo tienes ganas de abrazarla, de besarla, de decirle lo absurda que puede ser la vida si ella no está a tu lado. Te sientes dichoso y triste, aterrorizado y arrepentido al mismo tiempo.
Tenemos cinco horas más, te dice, y tú le preguntas dónde. Ella se levanta y te obliga a que le sigas. Cogéis un taxi, os besáis como si el mundo se fuera a terminar ahora. Ya en el hotel, el amor sin dulzura; descarnáis vuestros cuerpos como dos animales que se castigan con la única intención de redimir su desdicha, de pagar su culpa. Luego os amáis con ternura, al ritmo de una tarde de invierno que languidece  a paso lento, viendo tras el cristal como la ciudad, el mundo entero os es ajeno. ¿Cómo has sabido donde vivo?, le preguntas. Me he encontrado hace un par de meses a Miguel, me contó que vivías en París. Luego solo tuve que rastrear, sabes que soy muy buena en eso.
La abrazas fuerte y notas como te invade un suave sueño. Intentas retener su olor y deseas con todas tus fuerzas que el tiempo se pare para siempre.
Me gustaría escaparme contigo a un lugar donde no exista el pasado, escuchas su voz a lo lejos...


Pero el pasado existe, y tu sabes que nunca habrá despertar a su lado. Y por mucho que cambies de ciudad, de trabajo, por mucho que consigas recomponer los destrozos que ha dejado a su paso, Rita volverá a entrar en tu vida para arrasarlo todo. Porque tú le perteneces, aunque lo niegues y te engañes, y vuelvas a perderte una vez más en otra huida sin final.

martes, 10 de febrero de 2015

El entrenador (Txema)

El entrenador

La primera vez que hiciste el amor con Gemma Ruscalolpi, te sentiste alegre, feliz, satisfecho, exultante... Al día siguiente os despedisteis en el rellano con un beso tímido, como si os diera vergüenza que os viera un vecino. En el ascensor, mientras te mirabas en el espejo, jugabas a poner esas caras idiotas que a veces también mostrabas en la pista de baloncesto después de las victorias. Reías como si de repente el mundo se hubiera confabulado para darte un premio.

Durante los primeros meses de vuestra relación, estabas convencido que Gemma Ruscalolpi, en cualquier momento, te diría que lo mejor era dejarlo. Te habías hecho a la idea de que aquello era un lío efímero, y, además, eras consciente que si llegaba a oídos del director te expulsarían del colegio, y también perderías el trabajo en la librería que había delante porque la presión de los padres sería insoportable.

Por otro lado, y eran preguntas que no dejabas de hacerte, ¿por qué tengo que renunciar a un momento así?, ¿qué razones poderosas me obligan a dejar a Gemma Ruscalolpi si me siento enamorado y ella parece sentir lo mismo? Y si alguien te hubiera intentado argumentar que aquello que hacías era ilegal –a Gemma Ruscalolpi le faltaban unos meses para cumplir dieciocho años- hubieras pensado que a veces, y en concreto en esa situación vuestra, vale la pena ser ilegal.

Gemma Ruscalolpi te gustaba por su belleza, claro, que en parte estaba relacionada con su edad, su cuerpo estilizado y fibrado, pero también por cómo explicaba las cosas -una manera teatral que te divertía-, por su seguridad, su inteligencia certera: impulsiva, sin reflexión; pero sobretodo, y es posible que esa fuera la razón principal por la que te sentías tan enamorado, porque al hacer el amor te miraba, y su mirada sin edad te atravesaba y te despejaba las dudas.

En los partidos de baloncesto del final de aquella temporada, una vez que Gemma Ruscalolpi se recuperó de la lesión, te costó aparentar normalidad. Te esforzabas por mostrarte serio, por evitar que se te escapara la sonrisa boba con la que ibas a todas partes. Intentabas mirar a Gemma Ruscalolpi como una más, y eso era imposible. Gritabas, “¡defensa en zona!”, “¡tapar los rebotes!”, “¡después del bloqueo que Gemma Ruscalolpi se juegue el triple” como si después de cada orden tu mirada no buscara su complicidad. Tenías miedo que el resto de jugadoras descubriera vuestra relación. Al  acabar los partidos, o los entrenamientos, cada uno os ibais por vuestro lado y luego os veías en su piso o en el tuyo y pasabais la tarde y la noche juntos.

Aquella temporada era la primera vez que dirigías al equipo de chicas, antes siempre habías entrenado a los equipos de chicos. En julio, Eduard Desgrans, el profesor de matemáticas, te había preguntado, medio en broma, medio en serio, qué pasaría si te enamorabas de una jugadora, “allí en el vestuario..., piensa que tendréis mucha intimidad”. En aquel momento aquellos comentarios te parecieron las típicas bromas entre amigos. Tenías claro, o eso creías, que a tus treinta y nueve años las chicas de diecisiete eran unas niñas.

Pero cuando llegó septiembre, todo cambió. En el primer partido de liga oficial, apareció Gemma Ruscalolpi. Además de una estudiante brillante, era una de las figuras del equipo. Ese año todavía no se había podido entrenar con vosotros y no la habías visto, había pasado el agosto y parte del septiembre en Lituania donde vivían sus padres. La conocías porque la entrenadora del año anterior te había hablado de ella: alta, rápida, elástica, con buena técnica; le faltaba peso para ser un cuatro, pero podía jugar de tres y entrar a canasta sin temer a las rivales. Aquel primer partido solo la pusiste en los minutos finales.

Al acabar, entraste en el vestuario. Todavía no conocías los hábitos de las jugadoras, estabas acostumbrado a los chicos. Las felicitaste por la victoria, hiciste algunos comentarios técnicos. Algunas se estaban acabando de vestir, y Gemma Ruscalolpi, la más lenta, salió de las duchas tapándose con una toalla. Se puso en una esquina, se quitó la toalla, se quedó desnuda y se vistió sin preocuparse por tu presencia. No recuerdas si ya antes te había gustado, pero en aquel momento te pareció un hada salida de un cuento.

En el cuarto partido de liga, Gemma Ruscalolpi se tropezó mientras realizaba una entrada a canasta. Fue a partir de ese instante, cuando tu vida cambió. Cayó al suelo dolorida y te acercaste corriendo a ayudarla. Te sentías culpable porque la habías forzado a hacer aquella jugada. Camino del hospital, la primera vez que estabas a solas con ella, te contó que no hacía falta avisar a sus padres porque vivían en Lituania y que ya contactaría con ellos por Skype aquella noche. Estuvisteis esperando más de una hora hasta que os atendieron. Con un bolsa de hielo intentabas bajarle la inflamación. Finalmente le vendaron el tobillo y le dieron unas muletas.

Camino de su casa, te hacía ese tipo de bromas que se hacen los amigos. Fue entonces, aprovechando el tráfico denso, cuando empezaste a prestar atención a su sonrisa, a sus ojos, a los movimientos rápidos de los brazos largos que parecían salidos de una película de Tim Burton. Sin duda, notabas que empezaba a gustarte demasiado; demasiado en el sentido que lo que sentías podía traerte problemas.

Aquella mañana, la subiste a su piso en brazos -vivía en un tercero-. En cada rellano tuviste que parar para descansar. Pensabas que Gemma Ruscalolpi, aunque era más alta que tú, sería ligera, aunque la verdad es que tampoco estabas muy en forma como ella te iba recordando. Te contó que su compañera de piso pasaba los fines de semana con sus padres en un pueblo cerca de Osona y que en el piso no había nadie. Te supo mal dejarla sola y decidiste preparar unos espaguetis con una salsa al pesto que encontraste en un armario. Después de comer, os tumbasteis en el sofá y visteis una película. Una de aquellas de naves, planetas lejanos y mundos del futuro. De repente, ella puso su mano en tu cuello, eso te sorprendió.

Se hizo tarde, había oscurecido y caía una lluvia fina. Ibas a irte, pero ella te pidió que te quedaras. Con un esguince de tobillo no le apetecía quedarse sola. Sí, era una excusa. Aquella noche hicisteis el amor por primera vez. Ella con el tobillo vendado, tú intentando no hacerle daño.