Por qué esta carta ahora, te preguntas. Por qué este sobre bajo la puerta, como lanzado al azar por una mano sin dueño en una dirección cualquiera, perdida en el inmenso mar de nombres y números que tejen la ciudad. Sabes que no hay nada de casualidad en ello, lo dicen tus cicatrices, y te inclinas a recoger el sobre del suelo con el ansia de un niño que acaba de encontrar un tesoro. Compruebas la textura, el tono verdoso del papel, sopesas su gramaje, lo giras a un lado y al otro con la inconsciente intención de poder encontrar todas las respuestas con un simple movimiento.
Es invierno, la ciudad bulle a las nueve de la mañana. Te queda el tiempo justo, para coger tus cosas y salir a buscar un metro que te lleve al despacho. Es tu rutina diaria, la de los últimos dos años al menos, pero que hoy no cumplirás por culpa de ese imprevisto. Intentas dejar de pensar y serenarte, no puedes. Retienes el sobre un momento en tu mano. Notas el peso del pasado que te sobrevuela como una nube negra dispuesta a caer sobre ti, a repetirte otra vez que es imposible el olvido, que has de vagar por esta vida arrastrando esa sombra sobre los hombros, esa ruina sin final que te persigue a donde quiera que vayas y que una y otra vez te hará caer, sin condición.
Metes el sobre en el bolsillo de la chaqueta, coges el teléfono y marcas el número de Linda. Cuando levante el teléfono le contarás una mentira. Le dirás que ha llamado tu hermana, que necesita tu ayuda y que estarás fuera de la ciudad durante un par de días. Ella te hará preguntas, se interesará por el tema, te propondrá acompañarte, pero tú te desharás de ella con alguna excusa que inventes sobre la marcha, y le pedirás que justifique tu ausencia en el trabajo, le será fácil, eres una persona bien considerada que no suele faltar. Nadie pondrá problemas.
Sentado en el único sillón que decora tu sala, tras el enorme cristal que te ofrece una nítida panorámica de la ciudad, sacas el sobre y lo vuelves a examinar, puedes reconocer su letra perfectamente en tu nombre, no hay remite. El sello es sueco pero no existe ninguna marca que indique que haya sido enviado desde aquel país. Lo examinas minuciosamente. Nada, ninguna marca. ¿Como habrá encontrado tu dirección? y si no ha sido registrado ¿quien lo habrá traído hasta aquí?. Notas un ligero sudor en las manos. Lo abres con cuidado, y en una cuartilla de papel ves tan sólo cinco líneas escritas con su letra.
Amor, estaré en la ciudad tres días y he pensado que quizás querrías verme, me imagino lo que estarás pensando, perdóname. Estaré en el café Beltrán el Martes 5 a las 11:00. Creo que es lo bastante discreto y tranquilo para nosotros. Él estará todo el día reunido.
P.D. Entendería que no vinieras. Perdóname de nuevo.
Rita
Te dejas caer en el respaldo y pierdes tu mirada sobre el mar infinito de tejados y antenas, de terrazas abandonadas por el frío, de tendales solitarios de los que ya nada pende; de cables mal colgados, de vidrieras rotas… Y mientras lo miras todo, te asombras, te asombras como si fuera la primera vez que lo ves, y te conmueve su abandono, su solitud impuesta, su tristeza.
Desearías que esa carta no hubiera llegado nunca a tus manos, que se hubiese perdido en cualquier buzón equivocado o en algún rincón de alguna estafeta de correos, olvidada por error. Pero la historia se repite, y hay un motor dentro de ti que por mucho que lo ignores se pone en marcha y lo arrasa todo, como una gigantesca ola marina, como un terremoto, como un fenómeno de la naturaleza imposible de dominar…
Vuelves en ti, hoy es Martes 5, miras el reloj y te das cuenta que ya son casi las diez. Calculas el tiempo que hay desde tu casa al lugar de encuentro. Te subirías ahora a un tren que te llevase lejos, pero no lo harás. Coges la chaqueta y bajas a la calle, tu corazón late con fuerza, sientes una ligera ansiedad por llegar, por oír su voz. Caminas durante una hora y cruzas media ciudad, no miras a nadie porque ya nadie te interesa, tu mente solo apunta a ese momento en que la verás sentada en una mesa al otro lado del cristal, esperando a que llegues; porque sabes que ella llegará la primera, siempre ha sido así.
Ves sus ojos que te miran y sonríen. Estás muy guapo, te dice, y te sientas a su lado. Vuestras pieles se rozan y su tacto se retiene en ti unos segundos, lo justo para recordarlo... Lo echabas tanto de menos... Coge tu mano y la aprieta con fuerza, y te dice con los ojos que te sigue amando como siempre, como la primera vez; ¿la recuerdas? en aquella vieja tienda de licores en el que te dejaste un verano de tu juventud mirándola como un tonto desde el otro lado de la calle. Allí, en el piso de arriba te hizo el amor por primera vez y tu vida se truncó para siempre.
Conversáis durante un par de horas, ella se interesa por tu vida, ¡hace tanto que no te veo!, tú también le haces alguna pregunta pero no te importa demasiado saber de sus cosas, te acabarías haciendo daño. Solo tienes ganas de abrazarla, de besarla, de decirle lo absurda que puede ser la vida si ella no está a tu lado. Te sientes dichoso y triste, aterrorizado y arrepentido al mismo tiempo.
Tenemos cinco horas más, te dice, y tú le preguntas dónde. Ella se levanta y te obliga a que le sigas. Cogéis un taxi, os besáis como si el mundo se fuera a terminar ahora. Ya en el hotel, el amor sin dulzura; descarnáis vuestros cuerpos como dos animales que se castigan con la única intención de redimir su desdicha, de pagar su culpa. Luego os amáis con ternura, al ritmo de una tarde de invierno que languidece a paso lento, viendo tras el cristal como la ciudad, el mundo entero os es ajeno. ¿Cómo has sabido donde vivo?, le preguntas. Me he encontrado hace un par de meses a Miguel, me contó que vivías en París. Luego solo tuve que rastrear, sabes que soy muy buena en eso.
La abrazas fuerte y notas como te invade un suave sueño. Intentas retener su olor y deseas con todas tus fuerzas que el tiempo se pare para siempre.
Me gustaría escaparme contigo a un lugar donde no exista el pasado, escuchas su voz a lo lejos...
Pero el pasado existe, y tu sabes que nunca habrá despertar a su lado. Y por mucho que cambies de ciudad, de trabajo, por mucho que consigas recomponer los destrozos que ha dejado a su paso, Rita volverá a entrar en tu vida para arrasarlo todo. Porque tú le perteneces, aunque lo niegues y te engañes, y vuelvas a perderte una vez más en otra huida sin final.